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La España festiva de «El Madrileño»

La España festiva de «El Madrileño»

Hace poco más de un mes se estrenaba el nuevo disco de C. Tangana —muerto y reencarnado ahora en El Madrileño— con un proyecto sin más pretensión que la de recuperar, a modo de maduración personal, ese gran cajón musical que conforma la «canción popular española». En las redes sociales surgían opiniones y debates muy dispares: ¿su gran éxito se estaba debiendo a que las distintas plataformas nos estaban prácticamente obligando a escucharlo, utilizando una publicidad descarada? ¿Era una copia de El Mal Querer de su ex Rosalía? ¿Era una secuencia de canciones monotemáticas hablando sobre desamor?

Efectivamente, El Mal Querer es un disco que obtuvo un éxito rotundo llevando el flamenco a un público generalizado con el desamor como tema central. Pero no debemos confundirnos: fue de una forma conceptual e introspectiva, marcada por el llanto y el dramatismo. En El Madrileño, sin embargo, encontramos todo lo contrario: ahora las penas siguen existiendo, pero toca bailarlas (porque ya lo dijo Estopa, eso de que «las penas con rumba son menos penas, morena»). Es una recuperación nostálgica de la España «golfa y lerele», de la gracia de Lola Flores y las fiestas que echamos de menos desde hace un tiempo. Efectivamente; los planetas parecen alinearse, pues ahora nuestra forma de festejar ha pasado de la macrodiscoteca a la reunión modesta entre amigos, más de sobremesa y conversación, más propicia a recordar ese tiempo pasado que parece siempre ser mejor, en medio de una crisis e incertidumbre que nos lleva a arraigarnos más a «lo nuestro», a escoger nuestra propia música y revivir antiguos éxitos de La Húngara, Camela, Fondo Flamenco, Sabina y Alaska. Aunque —como ya sabemos de sobra— C. Tangana maneja el marketing con una destreza espectacular, nos encontramos ante lo que es, a mi juicio, su disco más personal, donde aúna sus influencias musicales y, de paso, consigue ganarse al público de generación anterior a la suya, posiblemente para dejar de identificarse con el público —tal vez menos maduro y más «masculinizado»— de su etapa más rapera underground.

Si nos adentramos a fondo en el disco, encontramos numerosas referencias y homenajes a artistas españoles importantes (Los Chichos, Joselito, Rosario Flores, Alejandro Sanz, etc) junto a letras propias de lenguaje muy actual que esconden de fondo un cambio de visión sobre el éxito y esa crisis de la masculinidad que se llevaba gestando desde hace un tiempo en su obra. En el tema «Muriendo de envidia», donde colabora con el guitarrista y cantante cubano Eliades Ochoa, homenajea a El Pescaílla en su canción dedicada a Lola Flores («Se están muriendo de envidia, las flores, las estrellas y la mar bella / porque Dios te hizo, Lola, más bonita que a todas ellas») acompañándolo de frases tan generacionales como «Con tu piquete Kardashian toditas las gatas te envidian». «CAMBIA!» es, sin duda, la canción más confesional, donde está presente esa crisis acorde al modelo de masculinidad que se le ha inculcado y que a día de hoy no considera válido por parte de la sociedad, que le exige cambiarlo («Crecí pensando que sólo el billete me daría mi respeto / que un hombre que no tiene pa’ gastar no es un hombre, sólo un muñeco / que siempre te van a sobrar amigos y ni se diga mujeres cuando abunden los diamantes […] De niño me enseñaron a ser gallo y que un cobarde es un gallina / que el hombre que las morras aman bravo va de a golpes por la vida»).

A pesar de que una parte del público le ha tachado de machista por apenas colaborar con mujeres en este trabajo (al parecer, sólo ha contado con La Húngara), es interesantísimo su tratamiento de la figura femenina, que define como «un peligro» en «Comerte entera» y en cuyo vídeo él aparece cocinando y habitando el espacio privado de la casa en todo momento. Ella, mientras tanto, es quien ocupa el espacio público, miran a otros hombres y terminando por abandonarle. Pero, sin duda, la canción más representativa del retrato de esta feminidad es «Ingobernable», la canción más marchosa de todas, de verbena de pueblo, al ritmo de «Ni una escalera para poder alcanzarte / ni una pistola para poder gobernarte […] que sé que tú no tienes precio, reina dentro y fuera de casa / y mi corazón que está muerto de miedo por tus amenazas / que te vas a ir».

En lo que corresponde al tema del éxito y el dinero, central en toda su discografía, hemos pasado del «¿Quién quiere tu respeto cuando tengo un millón?» o «Ya no siento na’ si mientes, sólo quiero oro en los dientes» de temas antiguos suyos, al «Si un día, Dios no lo quiera, pierdo los cuartos y mi talento, les juro a todos los presentes que voy a morirme igual de contento» y «Me he cansado del primer puesto, ya no quiero ser mejor que el resto». Por otra parte, para entender este disco es imprescindible atender al contenido visual que acompaña a todas y cada una de las canciones. Ya no hay mujeres haciendo twerking ni un C. Tangana fibrado sin camiseta; ahora encontramos cuadros y distintas miradas por todas partes, los lugares más emblemáticos de Madrid, el cocido madrileño, vidas de pareja en un entorno familiar, crucifijos, referencias a la caza, el boxeo, el bar de siempre, e incluso la tauromaquia («Hong Kong» es la canción que cierra el disco con la frase «Tus banderillas en el corazón»). Así, construye una identidad acorde a esa simbología que podría tacharse de «rancia», ligada a un país y unas costumbres.

Sin embargo, la canción que mejor representa el sentido del disco es «Cuándo Olvidaré», donde versiona el tango «Nostalgias» —compuesto por Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián a raíz de la muerte de Carlos Gardel— siguiendo la tradición de otros artistas españoles como Rocío Dúrcal, Sara Montiel, Diego El Cigala y Andrés Calamaro (que también colabora en el disco). Pero, sin duda, lo más interesante de la canción de C. Tangana es la incorporación de un fragmento de una entrevista a Pepe Blanco, carismático cantaor logroñés (y también fan de Gardel), en el que dice:

«Creo que la canción española es del pueblo. Es racial, es de raza. Y te voy a decir una cosa: cuando he oído cantar en el extranjero, he corrido el mundo, yo he corrido el mundo cantando —no todo, porque sería mucho, pero bastante—. He llorao oyendo cantar a cualquier artista español, porque no puede cantar un inglés un fandango, ni una jota, ni un pasodoble. No puede cantarlo… en cambio, yo cantaría lo que canta ese gran artista, Sinatra, lo cantaría yo, aunque haría […] y lo cantaría, pero él no puede cantar “ay, ay, ole” como canta Farina, por ejemplo… Farina o Antonio Molina, ¿a que no puede cantarlo?»

No puede ser una explicación más acertada, dándonos la clave de la distinción de esa canción española que se reivindica en este trabajo. Pepe Blanco, taxista de profesión que acabó viviendo y muriendo en Madrid (y componiendo canciones como «Cocidito madrileño» y «Madrid tiene seis letras»), decía que él era un artista popular, del pueblo porque la gente le conocía, no «de periódico». En el videoclip, encontramos a un C. Tangana tan popular que suena en la televisión del típico bar de barrio, donde Imanol Arias interpreta el fragmento de Pepe Blanco. Esas palabras no esconden más que la «incógnita» de lo que es el flamenco: ese «ayeo», ese arte que es especial porque su filosofía es la no contención en forma de quejidos, ese llanto prolongado sin palabras. Es imposible no visualizar a un Sinatra visitando el tablao madrileño Corral de la Morería y muriéndose de envidia por el cante flamenco que llegó a presenciar (y por Ava Gardner, pues también llegaron a protagonizar allí una famosa escena de celos, según cuenta la leyenda).

Hace unos días, C. Tangana publicaba en Instagram el poema «La copla» de Manuel Machado: «Procura tú que tus coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás». No hay versos más adecuados para representar lo que él ha buscado con este resurgir de la canción española: el seguir una tradición, el perdurar musicalmente en plena cultura de la inmediatez mediante un acercamiento honesto a nuestro país y su cultura —a ese «españolear» que ya llevó a la copla Luis Lucena—, sin una visión elitista ni pretenciosa, entregándose al pueblo porque, como Machado bien dice, «al fundir el corazón en el alma popular / lo que se pierde de nombre / se gana de eternidad».

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