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El mal gusto de Rosalía

El mal gusto de Rosalía

El pasado mes de diciembre estuve viendo en el CaixaForum de Madrid una exposición sobre pop-art. En un momento oportuno, hice discretamente una foto a uno de los Mao de Andy Warhol. «No todos los días se está delante del Mao de Warhol», me dije. Sin embargo, ¿por qué me sentía rodeada de obras que me resultaban una especie de fraude, chabacanas, coloridas, repetidas y superpuestas? En un cuadro diferente, otros dos líderes comunistas —cuyo nombre ahora mismo no recuerdo— maquillados a modo de payasos. Mi acompañante me dijo algo como «¡Pero si se está riendo de los camaradas!». Efectivamente: ni siquiera estábamos dialogando con la ironía que se nos proponía. ¿Eran estos artistas genios o impostores? ¿Se estará Warhol riendo en otra vida de todos nosotros, habiendo huido tras poner encima de la mesa el debate sobre la concepción del «artista»?

Muchas veces me he preguntado qué es realmente el arte kitsch, pues lo considero algo fácilmente detectable a primera vista, pero de difícil definición. Algo así como «ser hortera a propósito». Soy fanática desde siempre de la obra de David LaChapelle, fotógrafo y director estadounidense que ha retratado a todas las grandes celebrities desde esa óptica. Él, además, fue quien dirigió el controvertido videoclip de la canción Dirrty de Christina Aguilera, que describió como «orgía post-apocalíptica» y donde la artista hizo de su nueva imagen un icono posterior en el mundo de la moda: sus pantalones moteros, dejando al descubierto la ropa interior, han sido vestidos recientemente por artistas urbanas del momento como Rosalía en De aquí no sales y Bad Gyal en Jacaranda.

De aquí no sales es un videoclip que podría resumirse en «barroquismo y Mancha profunda». Aparecen los quijotescos molinos de Campo de Criptana ardiendo con una Rosalía cuya cabeza está envuelta de joyas y con un peinado indudablemente excéntrico. La estética kitsch siempre es barroca y en muchas ocasiones brilla, como forma segura de llamar la atención. Esto es visible en cualquiera de sus videoclips —para nada minimalistas—, pero el culmen se da en Aute Cuture, donde nos habla de su propia estética («Tacones y lunares para matar, bájale / los flecos y las trenzas para matar, bájale / eyeliner, leopardo para matar, bájale / madre mía, Rosalía, bájale»). Visualmente se trata de una verdadera oda a lo hortera; ningún elemento estético concuerda, simplemente se dedica a juntarlos y sobreponerlos, independientemente de su resultado. Mientras, también se dedica a presumir de que ese estilo le sea copiado y de que su música sea capaz de sonar en sitios tan dispares como el hotel Palace y el chino, jugando así a mezclar lo exclusivo con lo banal.

Rosalía lo tiene todo para triunfar tanto entre las clases populares como entre esa parte de la sociedad pretenciosa que adora todo lo snob, lo extraño, lo «diferente». Para el pueblo, desprovisto generalmente del sentido de la estética, descubrir lo kitsch es descubrir el arte, la poesía. Y así se siente rico, enfrente de una idea aproximada de «alta cultura». Siempre va a preferir el arte realista porque ofrece un sistema de equivalencias con la realidad —nunca atreviéndose con las vanguardias—, y lo kitsch muestra esa equivalencia, pero añadiéndole esa acumulación de adornos, sin importarle que sea o no bello. Lo que Rosalía ha tomado como elemento más identitario de su estilismo siempre han sido sus largas y llamativas uñas, que también ejercen como fuente de poder y agresividad («Uñas de Dvine, ya me las han copiado / que te las clavo, niño, ten cuidado»). Pero, sin duda, lo que más polémica ha creado en más de una ocasión han sido sus cejas gruesas, despeinadas o coloreadas a juego con su ropa.

La última vez que ha jugado con este detalle ha sido en su reciente colaboración con el reguetonero Bad Bunny en el videoclip de la canción La noche de anoche. En él, la artista lleva un largo y voluminoso vestido acompañado de un maquillaje natural, pero con cejas intencionadamente marcadas y de tonos verdes. Fue de lo más comentado en redes sociales, atrayendo la admiración de gran parte del público. ¿Acaso no es esta extravagancia una llamada de atención premeditada? Nada del vídeo, bastante sencillo, iba a sorprender salvo eso. Si Rosalía lo lleva, se convierte en estilo y tendencia. Pero, ¿cuál es el estilo de Rosalía? En una ocasión comentó que, desde hace mucho tiempo, en su día a día, simplemente vestía con ropa que le iban regalando distintas marcas, sin ser selectiva. ¿Lunares? ¿Flecos? ¿Leopardo? Su única seña de identidad son sus uñas, y en ocasiones esas frondosas cejas. No posee un estilo determinado y a su vez los adopta todos, lo que le lleva a conseguir algo muy valioso en este mundo que habitamos: la capacidad de gustarle a cualquiera; lo que llamamos kitsch, lo que ha llevado a que este estilo haya sido tan criticado y acusado de ser «baja cultura» —o directamente un peligro para ésta—.

Puede parecer que juzgamos en base a algo superficial, pero, ¿qué pasa con su música, el producto que realmente nos ofrece? Ella comenzó versionando cantes antiguos con su disco Los Ángeles para luego saltar a la fama con El mal querer, álbum conceptual y experimental de flamenco mezclado con otros géneros. Además, la mayoría de las canciones fueron compuestas de la mano del artista urbano C. Tangana, kitsch también a su manera. A pesar de que en su conjunto narre una relación tóxica con la que todos nos podemos sentir identificados, ella siempre ha reconocido haberse inspirado en la novela del siglo XIII Flamenca, de autor anónimo. Cantes antiguos, novelas medievales… un producto novedoso, pero siempre buscando el sustento de elementos sólidos en el tiempo. Pero Rosalía no nos engaña; detrás de tanta excusa y tanto filtro, todos sabemos que es humana y que fue C. Tangana quien la quiso tan mal, motivo por el que álbum contiene tanta indudable carga sentimental.

Durante la cuarentena, en medio de un mundo hiper sensibilizado agarrado a la incertidumbre, lanzó la que para mí es su canción más trap, Dolerme, más cercana al rollo sad de la artista urbana Albany que de su respetadísimo Manuel Vallejo («Esas bixis que ahora tienes baby, no saben lo que les espera»). Cuando se humaniza, deja automáticamente de parecer una estafa. Pero lo cierto es que en el último año no nos ha sorprendido con nada. Se ha limitado a hacer colaboraciones de reguetón y hasta C. Tangana parece estar mucho más «flamenco», buscando una identidad, mientras Rosalía se «despoja» de la suya. Más que mal gusto, lo que encontramos en ella es una ausencia de gusto. Por tanto, ¿es realmente una artista sin creatividad ni identidad propia que simplemente se agarra a una tradición que pasa por su filtro kitsch? ¿Funciona el arte kitsch cuando no integra cierto grado de ironía? ¿Es Rosalía simplemente una parodia exagerada de sí misma y también nos está tomando el pelo, como todos los anteriores? Ya dijo en su peculiar canción A palé: «To’ lo que me invento me lo trillan / chándal, oro, sellos y mantilla». Y razón que tiene. Al fin y al cabo, tan sólo es una chica con pasión por la música de un pueblo de Barcelona que ahora se encuentra rodeada de Gucci, Prada y Valentino. Sin saber siquiera cómo combinarlo. Pero eso en el fondo da incluso igual, pues ojalá pasase más a menudo.

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