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La excitante vida de un novelista de provincias

La excitante vida de un novelista de provincias

“Si un novelista les cuenta que la escritura de su novela ha resultado una aventura, desconfíe. Nunca lo es”, confiesa Álber Vázquez, autor de Muerte en el hielo, obra publicada por La Esfera de los Libros con este subtítulo: La novela del San Telmo y los españoles que descubrieron la Antártida.

 

Cuando me propusieron escribir este artículo, lo primero que hice fue preguntarme si algo así era posible. Uno sabe cómo uno escribe y, en fin… tampoco hay gran cosa que contar. Sin embargo, dado que esta es una sección propia de Zenda y que otros han hecho antes esto que ahora estoy haciendo yo, derechito me fui al ordenador y leí, con tanta atención como pasmo, las aventuras que otros colegas de profesión narran aquí. Y madre mía. Madre mía. ¡Madre mía!

¿De verdad que a vosotros os pasan cosas tan grandiosas cuando escribís una novela? ¿U os lo estáis inventando? Porque, honestamente, si yo miro hacia dentro, si me veo a mí mismo escribiendo una novela como Muerte en el hielo, sólo veo a un tío sentado durante horas y horas y más horas frente a un ordenador. A veces, se levanta y se prepara un té. A veces, bebe un poco de agua. Y ya está, no hace mucho más. Porque, ojo, aquí va una verdad irrebatible: escribir novelas es la cosa más aburrida para cualquiera que no sea el que las está escribiendo. ¿También cuando, como es el caso, la novela narra aventuras insólitas que ocurren en parajes extraordinarios durante una época de la que ya nadie queda vivo? También, sí.

"Escribir, amigos, es un proceso aburrido donde la épica no tiene cabida"

Otras disciplinas artísticas son, digamos, mucho más vistosas. Por ejemplo, tengo un amigo pintor que frecuentemente invita a todo quisqui a su estudio. “Ven, pásate un día y charlamos un rato”. Y es verdad que así sucede, y que hasta tiene su encanto, su gracia. Tú vas, el tío te saca una cervecita que tiene en una nevera de playa y la conversación fluye mientras él no para de pintar. Incluso para el que no le guste la pintura, ver a un artista profesional trabajando en su estudio tiene su cosa.

Pero, ¿y los novelistas? ¿Tú cómo le dices a alguien que se venga a verte escribir? Pues con dos copas de más, como hice yo una vez en una noche tonta, a eso de las tantas, con esa voz que uno se escucha mágica pero que suena densa y espesa: “Vente un día y me ves escribir“, le solté a una señora. La mujer, todo quede dicho, previamente había mostrado cierto interés por mi trabajo y hasta aseguraba haberse leído “algo”. Así que, mira, la ocasión la pintan calva y los borrachos siempre dicen la verdad. “Lo dicho…, ¿te vienes a mi casa y me ves trabajar?”.

De inmediato, la mujer se excusó como pudo y puso tierra de por medio. No se lo reprocho, pues yo mismo, mientras hablaba y a pesar de las copas de más, me soné pervertido, algo depravado, poco limpio. ¿Quién en su sano juicio querría ver a un señor absorto en la escritura durante dos o tres horas? ¿Qué clase de experiencia es esa? ¿Cómo crece un ser humano siendo partícipe de ella? No, de ninguna manera. Escribir, amigos, es un proceso aburrido donde la épica no tiene cabida. Yo no iré a ver escribir a nadie. Ni siquiera a escritores que admiro muchísimo. ¿Para qué? ¿Qué clase de relación extraña se entabla ahí?

"El novelista es, por definición, un mentiroso y, como tal, no dudará en mentir acerca de su propio proceso creativo"

Sin embargo, a la gente sí que le gusta que le cuenten cómo se escribe una novela. Esta sección es buena prueba de ello. Uno quiere saber más de aquello que disfruta, pero no quiere saber que ese conocimiento adicional es una sosería. ¿Cómo suplimos, los autores, ese escollo? Con milongas. Si un novelista les cuenta que la escritura de su novela ha resultado una aventura, desconfíe. Nunca lo es. Nadie va de país en país, de continente en continente, nadie se documenta durante cinco años para escribir veinte páginas muy difíciles. ¿Que muchos autores lo afirman? Sí, pero mienten como bellacos, mienten porque saben que la realidad es desoladora, que ellos escriben en ropa interior y albornoz, que es como se escriben las novelas, y no en una piscina con el cuerpo en el agua y el ordenador apoyado en el borde. Nadie escribe novelas en bares castizos, nadie escribe en retiros montañeses, nadie lo hace arrebatado por la inspiración mientras sorbe pensativamente un daiquiri.

El novelista es, por definición, un mentiroso y, como tal, no dudará en mentir acerca de su propio proceso creativo. Al menos, para convertirlo en algo, si no atractivo, sí mínimamente presentable.

¿Cómo se gestó y se llevó adelante mi novela Muerte en el hielo? Si he de ser sincero, no recuerdo dónde escuché por primera vez la historia del San Telmo. No se trata de un suceso que ha permanecido en el más escrupuloso de los secretos, pero tampoco se ha divulgado a los cuatro vientos. Cuando yo escribía sobre aquellos hombres y sobre su epopeya, dudo mucho de que en España hubiera más de media docena de personas interesadas en el asunto. Yo, entre ellas.

"Nunca trabajé en calzoncillos, ni sin ducharme, ni encerrado a cal y canto durante cientos de horas"

Pero es que el asunto es el descubrimiento español de la Antártida. ¿Qué? Eso mismo. La gente se muestra un tanto escéptica ante una afirmación de estas características, pero yo tengo el absoluto convencimiento de que fue así, de que España descubrió la Antártida, y no Inglaterra, a quien se le atribuye dicho descubrimiento.

He escrito una novela bien gorda contando los detalles. Ánimo, léansela, léansela, y verán cómo tengo razón.

E imaginen que la escribí de la más esforzada de las maneras. Rebuscando entre legajos, viajando a países lejanos, accediendo a información confidencial e historias por el estilo. Jamás pasé un verano entero sentado a la mesa del salón de mi casa. Jamás escribí en un ordenador comprado en el Carrefour. Jamás encargué pizzas por teléfono, porque la vida ni el tiempo me daban para más. Nunca trabajé en calzoncillos, ni sin ducharme, ni encerrado a cal y canto durante cientos de horas.

Y, por supuesto, ninguna chica vino jamás a verme trabajar. Después, me hice pintor, eso sí, y, el día menos pensado organizo una exposición. ¿Alguien quiere venir a mi estudio a verme trabajar? Tengo cervezas frías y una cháchara inagotable.