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La experiencia You-Feeling (VI): La huida

La experiencia You-Feeling (VI): La huida

¿Necesitas refrescar tu existencia durante unos días? U-feeling es la experiencia absoluta. Olvídate de tu viejo yo y disfruta de las sensaciones inolvidables de tener un cuerpo virgen. ¡Tú eliges quién quieres ser!”. 

Así reza la publicidad de esta nueva empresa internacional que ha aterrizado en la capital para comercializar —nadie para el progreso— el intercambio de cuerpos. Se acabó la guerra de sexos, la guerra de clases, adiós a la xenofobia. U-feeling te abre la mente convencida de que con su tecnología puede propiciar la aproximación de enemigos irreconciliables y acercarnos a la paz universal, esa vieja utopía kantiana que parece por fin al alcance de la mano. Empatía, ese es el producto que comercializa.

La experiencia U-feeling estará disponible en diciembre de 2021, pero ya puedes conocer su decálogo, las diez normas fundamentales de You-Feeling.

En los anteriores episodios, Momar Mbayé ha contado cómo y por qué aceptó participar en una experiencia You-feeling ilegal; cómo decidió en el último momento no seguir adelante; y cómo salió huyendo del local intercambialista de You-feeling.  

Y a continuación reproducimos el sexto capítulo: La huida, donde la inspectora JULIA GORDON retoma el interrogatorio.

******* 

Transcripción de la declaración de
Momar Mbayé ante la inspectora de Policía
Estatal Julia Gordon (número profesional
X-2347544) y en presencia de la agente del
departamento de Delitos Tecnológicos
Angie Peña González (número profesional
Y-212336).

comisaría Centro,
jueves 20 de junio, 22.58

—Gracias, agente Peña. A partir de aquí ya retomo yo el interrogatorio y engarzamos con la declaración primera. Repasemos la situación, Momar. Tú encañonas al chófer. Le gritas que arranque el motor en un momento en el que mucha gente salió del bar y te rodeó. Entre ellos el dueño, al que has encañonado previamente.

—El más atrevido.

—Varios parroquianos empezaron a golpear las ventanillas y el chófer, un ciudadano de nacionalidad filipina, afirma que se puso tan nervioso que se le caló el auto. También ha declarado que uno de los agresores golpeó el coche. Según su testimonio, te preguntó adónde querías que fuese y gritaste: «¡Adonde yo te diga, maricón! ¡Pisa el puto acelerador, nenaza!». ¿Es eso correcto?

—Sí.

"Necesitaba dinero. Sabía que algo habría en su casa"

—A renglón seguido, el Yáguar del señor Gallardo acelera y se aleja a toda velocidad por la cuesta de San Vicente. Los semáforos están abiertos. Alcanzáis el túnel de la Emetreinta. El chófer afirma que, al comprobar el poco dinero que había en el bolso, bajaste la ventanilla y tiraste todo fuera. Ese detalle tampoco lo mencionas en tu primera declaración.

—No me pareció importante.

—¿No recuerdas lo que había en ese bolso?

—El monedero. Es lo único que me interesaba.

—Un monedero con doscientos euros dentro, ha declarado su propietaria. Doscientos euros que tiraste por la ventana con desprecio justo cuando entrabais en el túnel de circunvalación…

—Yo necesitaba treinta mil euros como mínimo ese mismo día. Doscientos euros no iban a marcar ninguna diferencia o muy poca. Me pareció calderilla.

—Entonces ¿por qué robaste el bolso? La gente no se suele pasear con tres mil euros en el bolso.

—Porque estaba desesperado. No sabía lo que hacía.

—Según el chófer te exasperaste cuando os topasteis con la velocidad limitada que impera en el túnel y viste la cantidad de vehículos que había. Es un punto conflictivo por la mañana. Eso fue a las ocho cuarenta y cinco. Después le ordenaste que te llevase a casa del señor Gallardo, ¿por qué?

—Necesitaba dinero. Sabía que algo habría en su casa.

—¿Y sabías de quién era el Yáguar?

"La moralidad está bien cuando se tiene el estómago lleno y se puede reflexionar. Yo estaba bajo una enorme presión. Me movía por instinto"

—Sabía que pertenecía a alguien que podía permitirse tener chófer. Yo tenía un problema gordo. No podía volver a casa y explicarle a Tsitsi que no llegaría el dinero para ingresar a nuestro hijo en el hospital. Necesitaba enmendarlo, y estoy seguro de que cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar. No había tantas opciones.

—No sé si lo que sigue a partir de ahora está tan justificado. Hasta ese momento eras una víctima, tu caso se hace casi simpático, pero a partir de aquí tu comportamiento se vuelve abyecto. ¿Eras consciente de que acababas de franquear una línea roja moral, de que te estabas convirtiendo en un delincuente?

—Yo era consciente de que necesitaba dinero urgentemente. La moralidad está bien cuando se tiene el estómago lleno y se puede reflexionar. Yo estaba bajo una enorme presión. Me movía por instinto. Quería salvar a mi hijo. Y además no hice daño a esa anciana. Seguro que tiene un montón de dinero escondido en un calcetín en casa.

—O no. Según.

—Es absurdo que los viejos tengan el dinero que no necesitan mientras que quienes tenemos la vida entera por delante no la podamos vivir por falta de medios. Es una injusticia, una entre tantas. Esta sociedad ha fracasado por su incapacidad de redistribuir mínimamente la riqueza. Es absolutamente increíble el que más del cincuenta por ciento esté en manos de menos del dos por ciento, y todos blancos.

—Me temo, Momar, que los policías no estamos autorizados a meternos en política. Nosotros no cuestionamos el statu quo ni la legalidad imperante. Nuestro trabajo es que sea respetado, solo eso.

—Un trabajo triste. Sois esclavos del sistema.

—Ya, claro. Sigamos. El chófer ha declarado que en el túnel le dijiste que le llevases a la casa de su jefe y que aparcase en el garaje. ¿Nunca habías estado en el domicilio del señor Gallardo?

—No.

—¿Y cómo sabías que tenía garaje?

—Toda la gente rica tiene garaje. Un Yáguar no duerme en la calle. Los pobres no tenemos formación pero no somos idiotas. Solo hace falta sumar dos y dos.

—¿Sabías que vivía en el barrio de Salamanca?

—Me lo dijo el chófer en cuanto sintió el frío de mi pistola contra su nuca. De todas maneras, lo vi en los papeles del vehículo.

"Yo lo único que sabía era que necesitaba dinero y que la casa del propietario de aquel cochazo era un buen lugar para encontrarlo"

—¿No te dio miedo meterte en plena ciudad, en la boca del lobo? Quiero decir que lo lógico si uno pretende huir es alejarse de los barrios céntricos, que es donde hay más agentes desplegados. Todas las huidas toman la dirección de la periferia.

—La verdad es que no me lo planteé. Yo lo único que sabía era que necesitaba dinero y que la casa del propietario de aquel cochazo era un buen lugar para encontrarlo, más que la periferia. Era un Yáguar de alta gama con todas las comodidades. Eso no se lo permite cualquiera.

—Una vez en el túnel, circunvalasteis la capital.

—Sí.

—Allí hay cámaras. Os tendrán grabados. Conseguiremos las imágenes para confirmarlo.

—Estupendo. Me encantará verme.

—No es momento de ponerse gracioso, Momar. La agente Peña se ha mostrado muy amable contigo, pero yo no voy a pasarte ninguna chulería. De modo que te ruego que borres esa sonrisita estúpida y te concentres en lo que estamos hablando. El chófer dice que le pediste que te entregara toda la documentación que había dentro de la guantera del coche. ¿Ahí viste por primera vez que el propietario se llamaba Gallardo y que vivía en la calle Serrano?  ¿El apellido no te dijo nada?

—Absolutamente nada. Me daba igual quien fuera.

—Después salisteis por el otro extremo de la ciudad. Entrasteis por avenida de América.

"Lo saqué del coche y le di algún que otro porrazo"

—Fuimos por donde quiso el chófer. Le dije que cogiera el camino más rápido y de vez en cuando presionaba con la punta de la pistola a través del asiento para que no se olvidase de mí. Él a ratos miraba por el retrovisor, pero la mayor parte del tiempo se concentraba en conducir.

—Ya en Serrano, en pleno barrio de Salamanca, entrasteis por la puerta del garaje subterráneo del edificio donde reside el señor Gallardo. El chófer dice que aparcasteis en su plaza y que cuando en ese momento se negó a decirte en qué piso vivía su jefe le golpeaste. Eso tampoco lo mencionas en tu declaración anterior.

—¿Tan importante es?

—Es violencia añadida. Puede considerarse un nuevo delito. ¿Qué pasó?

—Lo acabas de decir.

—¿Le volviste a golpear?

—Lo saqué del coche y le di algún que otro porrazo, según parece.

—Él chófer dice que le restregaste la cabeza contra el suelo y que, apoyando la rodilla sobre su cuello, murmuraste: «Si dices una palabra te mato aquí mismo».

—Puede ser.

—Y después subiste con él.

—Sí.

"Necesitaba el dinero, y eso estaba arriba en el piso del dueño del coche"

—A partir de aquí no dejas de mostrarte sistemáticamente violento. Al chófer le abofeteaste tres o cuatro veces con una saña que no tenía sentido dado que te estaba obedeciendo. Tiene unas magulladuras y pequeñas heridas en el rostro que aún no han sanado. Lo obligaste a tomar contigo el ascensor del edificio y subisteis juntos desde el garaje. ¿No tuviste miedo de cruzarte con alguien o de que te pudieran oír?

—Insisto en que necesitaba el dinero, y eso estaba arriba en el piso del dueño del coche.

—Era el segundo B. Subiste encañonando al chófer en silencio.

—No era una partida de placer. Ni para él ni para mí. No había nada de que hablar.

—El chófer ha declarado que temió por su vida y que los golpes que le diste fueron tan violentos que no se atrevió a hacer nada para contrariarte.

—Es humano. Yo habría actuado igual en su situación.

—Después, en el rellano, le hiciste llamar al timbre. ¿Qué pasó entonces?

—Lo dije en mi declaración anterior.

—Repítelo, por favor.

—Nos abrió una mujer filipina. Vestía uniforme de servicio.

—Ella y el chófer son pareja. ¿Lo sabías?

—No. Pero tampoco era difícil de imaginar.

—¿Les soltaste algún propósito racista?

—Creo que no.

—¿Crees?

—No me acuerdo de todo. Estaba bajo estrés.

"Estaba improvisando. Era imposible hacer nada más en la situación en la que me hallaba"

—Te voy a refrescar la memoria, entonces. Nada más abrir la puerta de entrada, la chica de servicio se encontró con que apareces detrás de su marido. La encañonas llevándote un dedo a los labios. El susto que se llevó, desde luego, fue de infarto. El marido, el chófer, según testimonio de ambos, reforzó la orden con gestos de que no hiciese ruido. ¿Tampoco te acuerdas de ello?

—Ahora que lo dices, me van volviendo los detalles.

—En ese momento son las nueve de la mañana. ¿Es correcto?

—Supongo. No estaba mirando el reloj. Os aseguro que no tenía la más mínima conciencia de la hora. Lo único que sabía era que el tiempo corría con una rapidez exasperante: cada minuto que pasaba era malo para mi hijo.

—¿Insistes en declarar que no tenías previsto lo que ibas a hacer?

—Por supuesto que no. Estaba improvisando. Era imposible hacer nada más en la situación en la que me hallaba. Cuando uno se encuentra bajo tanto estrés, la capacidad de reflexión se limita yo diría que al sesenta por ciento. Se piensa cosas básicas, poco más. Se focaliza al máximo. Se resuelven los problemas como mejor se puede, es decir malamente.

—En tu caso, muy malamente. ¿Eras consciente de que con cada nueva acción agravabas tu situación?

—Me daba cuenta de que no iba en la dirección adecuada. Pero tampoco sentía que me estuviese lanzando al abismo. En mi cabeza todo era sencillo: coger el dinero, huir. Punto. El problema era demasiado complejo como para poder resolverlo de ninguna otra manera que con la violencia. Y menos bajo estrés.

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Capítulos anteriores:

Un hombre llamado Momar

Tener un hijo enfermo

Las reglas

Un intercambio fallido

Errando por la ciudad

Próximo capítulo: El cazador cazado

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