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La experiencia You-Feeling (VII): El cazador cazado

La experiencia You-Feeling (VII): El cazador cazado

¿Necesitas refrescar tu existencia durante unos días? U-feeling es la experiencia absoluta. Olvídate de tu viejo yo y disfruta de las sensaciones inolvidables de tener un cuerpo virgen. ¡Tú eliges quién quieres ser!”. 

Así reza la publicidad de esta nueva empresa internacional que ha aterrizado en la capital para comercializar —nadie para el progreso— el intercambio de cuerpos. Se acabó la guerra de sexos, la guerra de clases, adiós a la xenofobia. U-feeling te abre la mente convencida de que con su tecnología puede propiciar la aproximación de enemigos irreconciliables y acercarnos a la paz universal, esa vieja utopía kantiana que parece por fin al alcance de la mano. Empatía, ese es el producto que comercializa.

La experiencia U-feeling estará disponible en diciembre de 2021, pero ya puedes conocer su decálogo, las diez normas fundamentales de You-Feeling.

En los anteriores episodios, Momar Mbayé ha contado cómo y por qué aceptó participar en una experiencia You-feeling ilegal; cómo decidió en el último momento no seguir adelante; cómo salió huyendo del local intercambialista de You-feeling; y cómo acabo en el domicilio de los señores Gallardo, en el barrio de Salamanca. 

Y a continuación reproducimos el séptimo capítulo: El cazador cazado.

*******

Transcripción de la declaración de Momar
Mbayé ante la inspectora de policía Estatal
Julia Gordon (número profesional
X-2347544)y en presencia de la agente del
departamento de Delitos Tecnológicos
Angie Peña González (número profesional
Y-212336). —continuación

comisaría Centro,
jueves 20 de junio, 23.13

—Si no os importa, preferiría no continuar. He admitido todo. ¿Hace falta volver a repetir lo que sucedió, cuando ya está en mi primera declaración?

—Si, porque ciertos detalles no encajan. Y los detalles en el procedimiento son todo. El juez nos lo agradecerá. Nosotras queremos dárselo bien mascadito. Cuantas menos divergencias entre las diferentes declaraciones, más rápido irá todo.

—Pues vaya.

—Te puedo ayudar a hacer memoria. Lo primero que hiciste fue entrar con el chófer en el recibidor y sin dejar de encañonar a esa chica filipina al cerrar la puerta de entrada. Entiendo que en un silencio tenso. He estado hace unas horas en ese piso. Es bastante antiguo y señorial. Me ha sorprendido lo mucho que crujía el parqué…

—Muchísimo.

—… Y según la declaración de la muchacha filipina se oían voces de los vecinos de arriba. Estaban desayunando. Son un matrimonio de jubilados que no trabajan. Se despiertan tarde.

—Seguramente.

—¿Y entonces?

—Tendí la soga que traía al chófer. Le hice señas de que maniatase a su mujer.

—La soga al final te resultó de utilidad, mira por dónde. ¿Cómo ataste a la muchacha filipina?

—La ató el chófer, no yo. Preferí que lo hiciese él.

—¿Cómo? Lo digo porque no se especifica en la declaración. ¿Con las manos por delante o por detrás?

—Me parece que por delante.

—Fue por detrás.

—…

—No apartes la mirada, Momar. Según la declaración del chófer, le ordenaste que buscase algo para amordazarla y él encontró en uno de los cajones del mueble del recibidor un rollo de cinta aislante negra. Eso también falta en tu declaración.

—Es difícil recordar cada detalle.

—Pues te voy a tener que refrescar la memoria de nuevo. Te advierto que toda la simpatía que pudiera tener por ti se acaba a partir de aquí. ¿Y después?

—Enseguida apareció la señora Gallardo.

—Que se encontró a su chófer amordazando a su chica de servicio con cinta aislante. Tú la encañonaste. La instaste a no gritar. Según las dos mujeres, mientras tanto el chófer te trajo una bolsa de viaje de cuero y te ayudó a meter lo que había de valor. Son los objetos con los que se te encontró cuando te detuvieron en la estación más tarde: un par de aipads, los móviles de los tres, el Rolex de la señora Gallardo, sus pendientes, un huevo de Fabergé y la cubertería de plata. ¿Todo te lo entregó el chófer?

—Sí.

—¿Me puedes volver a decir cómo iba vestida la señora Gallardo?

—Falda corta, blusa blanca y un colgante con un pequeño crucifijo dorado pendiéndole por fuera de la blusa.

—La señora Gallardo estaba acabando de desayunar cuando entraste. Había quedado en ir de compras con su mejor amiga esta mañana y se encontró con un cuadro que ella califica como dantesco.

—La noción del infierno es relativa. Para ella estará lleno de negros. Para mí, de policías blancos.

—Luego te los llevaste a ella y a la pareja de filipinos a la alcoba de matrimonio. Según tu declaración, ella misma te ayudó a meter en la bolsa las joyas que guardaba en una cajita encima de su cómoda.

—Así es.

—La señora Gallardo amagó con gritar en un momento en el que tú observabas las joyas. Tú la agarraste. La empujaste hacia el salón. Allí encendiste el televisor, para que cubriera el ruido. Luego obligaste al filipino y a su mujer a seguiros. El chófer arrastró a su esposa, que estaba a punto de desvanecerse. La dejó tumbada, según tus indicaciones, en la puerta del salón. No sé si para que viera todo. En ese momento, siguiendo otra vez tus indicaciones, le ató también los dos pies con la misma soga. Todo eso se llama sadismo.

—Quería tenerla bien a la vista. Para estar seguro de que no hiciera nada.

—¿Hacía falta que te mirase?

—Mejor que me mirase a mí que no hacia otro lado, ¿no? Yo era el director de orquesta. Se habría perdido la parte entretenida de la película.

—Basta de guasa, Momar. Todo esto te hará reír menos cuando el fiscal sume las penas con las que te va a imputar. Y al chófer filipino ¿por qué no le ataste?

—Porque no me dio la gana. No hacía falta. Me ayudaba a controlar a su mujer mientras yo me ocupaba de la Gallardo.

—Una vez en el salón, la señora Gallardo dice que te dirigiste de entrada a la caja fuerte, que estaba detrás de un cuadro del artista Master que por cierto me acabo de enterar de que cuesta un dineral.

—¿Quién es ese Master?

—¿No lo conoces? Es el pintor más cotizado de la última década. Sus cuadros de niños ricos obesos y tristes como el que hay en el salón de esa casa están en los mejores museos del mundo. Solo ese cuadro, si hubieses querido llevártelo, valía un dineral. ¿No te diste cuenta?

—No soy un experto en arte. De todas formas, ¿cómo lo iba a vender? Lo que no se puede vender en mi barrio, es como si no existiese.

—Eso es cierto. El caso es que la señora Gallardo tuvo que descolgarlo para acceder a la caja fuerte y después introdujo la clave. Un número que solo conocen ella y su marido. ¿Tuviste que ejercer violencia para que te lo diese?

—La mujer estaba aterrorizada. Con mi voz bastó. Hay gente que cuando les pones una pistola delante se ponen como las sábanas y son incapaces de desobedecer. La sentí totalmente bajo mi control. Lo raro es que no se mease encima.

—En su declaración ella insiste en que la violentaste, que la empujaste. Que la insultaste de una manera exacerbada, sádica.

—A lo mejor me excedí verbalmente. Todo esto es muy cansado, ¿no lo podemos dejar aquí? Es la segunda vez que lo cuento. Voy a repetirme.

—Seguiremos hasta que yo lo decida y lo repetirás todas las veces que haga falta. La señora Gallardo insiste en que cuando abrió la caja fuerte sacó del interior un cofrecito con las alhajas más preciadas, contratos, papeles y unos fajos de billetes que tú metiste en la bolsa después de haber hurgado bien en la caja fuerte para comprobar que no quedaba ningún billete más. Solo te llevaste las joyas y el dinero. ¿Cuánto dinero había exactamente?

—No lo sé. No lo conté. Mucho.

—¿Todo lo metiste en la bolsa?

—Todo en la bolsa, sí.

—Tanto la señora Gallardo como su marido coinciden en que había algo más de cincuenta mil euros. Esa es la cantidad que robaste en efectivo. Sigamos con los hechos. Según la señora Gallardo, todo aquello lo hiciste con una clara morosidad…

—No sé qué quiere decir eso.

—Que lo hiciste con detenimiento. Que te deleitabas según metías cada nuevo objeto y cada fajo de billetes en la bolsa. Además ibas haciendo comentarios, mofándote de ella y de la situación, de una manera que le pareció gratuita: ella estaba haciendo lo que querías. Dice que según terminaste de llenar la bolsa que colocaste sobre la mesa, cuando ya viste que no cabía más, echaste un vistazo alrededor y escupiste sobre uno de los cuadros de la estancia. No el de Master, otro. Un retrato de su tatarabuelo paterno.

—No sé de qué cuadro me hablas.

—Un hombre con levita, con traje negro, y bigote…

—Ah, ese.

—Dijiste que seguro que era un hijo de puta capitalista y que se follaría a su esposa por el culo. Empezaste a demostrar muy mala baba. Todas las frases que empleaste demuestran una obsesión libidinosa con ciertas partes del cuerpo.

—No me acuerdo de nada.

—Tú apenas mencionas ningún insulto en tu declaración. En cambio la señora Gallardo, la muchacha filipina, que seguía atada, y el chófer, que asistía a todo sin atreverse a enfrentarse a ti, sí recuerdan perfectamente tus comentarios vejatorios. Daba la impresión de que empezabas a disfrutar con lo que sucedía.

—No me acuerdo de nada, joder.

—A lo mejor es que no quieres acordarte ahora que estás en presencia de dos mujeres. La señora Gallardo dice que la responsabilizabas de todos los males de tu raza. Le echaste en cara las humillaciones que has sufrido por ser persona de color.

—Mirad. Cuando se es una persona como yo en este país, y más con el Gobierno actual, el racismo está presente en todos los aspectos de la vida. No hay manera de evitarlo. Vosotras igual no os dais cuenta, pero alguien como yo no puede dejar de notarlo. Todo lo blanco tiene connotaciones positivas, virginales. Lo negro en cambio es siniestro, mórbido, negativo. Os aseguro que no pasa ni un solo día en el que no oiga una expresión con un trasfondo denigrantemente racista: «trabajar como un negro», «me pone negro», «esto es una merienda de negros». Todo eso marca. Y delante de una rubia elegante como la señora Gallardo uno no puede dejar de sentirse negro, muy negro. Para esa mujer en circunstancias normales yo habría sido poco más que un animal o, ni siquiera, habría sido invisible. Ni me miraría. Pero hoy estaba a mi merced y quien tenía el poder era yo. Supongo que me di el gusto de aprovecharlo.

—Haces una generalización muy vasta, Momar. Hay gente en este país que os ha acogido, no digo que con los brazos abiertos, pero sí decentemente. Muchos admiramos la cultura negra, la música negra, los deportistas negros.

—Porque no habéis tenido más remedio que aceptar el talento de quienes os han superado ampliamente. No hay entre los corredores de cien metros ningún blanco que haya despuntado por encima de un negro desde la época de Usaín Bolt. Los jamaicanos llevan dominando los cien metros desde hace casi un siglo.

—Mi sensación es que hay cada vez más parejas interraciales y que en la educación de este país, hasta hace nada, se trabajaba muy concienzudamente para erradicar el racismo en las nuevas generaciones. Todos los que tenemos dos dedos de frente somos conscientes de que es una lacra.

—Las parejas interraciales se cuentan con los dedos de la mano. Ni yo ni ninguno de mis amigos tenemos novia blanca. Y erradicar el racismo sabéis que es imposible. El racismo está demasiado arraigado en la sociedad. Siempre habrá mujeres blancas que fantaseen y se enrollen con nosotros, pero a la hora de tener pareja estable y casarse… Eso es harina de otro costal. Hay menos tolerancia de la que parece incluso en Europa. A lo mejor en España hubo más racismo históricamente contra magrebíes y gitanos. Y a lo mejor por haber poca población negra, hasta aquí se notó menos. Pero el racismo siempre ha estado ahí agazapado y en cuanto uno se descuida rebrota.

—¿Por eso te ensañaste con la señora Gallardo? ¿Por ser blanca? ¿Por una cuestión racial?

—La gente como ella no se imagina cómo vivimos. El universo de esa mujer, con sus parroquias, sus centros comerciales, sus salones de té, sus clubes de tenis, sus restaurantes de lujo, está en otra galaxia, a años luz de nuestros barrios. La gente así va a escuelas y universidades propias. Sus hospitales son privados, exclusivos. Ella nunca coincidiría con alguien como yo. Supongo que necesitaba vengarme de alguna manera de las humillaciones sufridas a lo largo de los años y la pistola me daba la posibilidad de hacerlo.

—Está claro que lo lograste. La tuviste aterrorizada hasta que te cansaste de insultar a su familia y echaste la última ojeada a tu alrededor. En ese momento la señora Gallardo te dijo, con lágrimas otra vez en los ojos: «Le juro que no hay más en la casa. Es todo lo que tenemos».

—Lloró mucho, sí.

—Entonces te acercaste a ella. Le arrancaste la cadenilla de oro con el crucifijo que llevaba colgando por fuera de la blusa. Lo metiste en la bolsa con lo demás. Dijiste: «No es suficiente». La señora Gallardo te juró otra vez que no tenía nada más. En ese momento, dice que tú contestaste, y cito: «Claro que sí, claro que tienes algo más para mí. Pedazo de zorra». Eso tampoco lo mencionas en tu primera declaración.

—Pues lo añadimos ahora.

—Te le acercaste amenazadoramente. Cuando el chófer hace amago de interponerse le golpeaste en la cara con la culata de la pistola.

—Eso es.

—Y cuando cayó junto a su mujer con la cara ensangrentada, le pegaste cinco o seis patadas en el suelo, profiriendo insultos racistas. Ellas dos lo cuentan así pero no tú en tu declaración. ¿Admites que sucedió aquello?

—Sí, joder. Lo llevo admitiendo todo desde el principio. ¡Todo!

—Las declaraciones de ellos tres vuelven a coincidir en que mientras le pegabas patadas en el suelo gritabas: «¡Puto filipino!».

—No recuerdo exactamente mis palabras. Estaba fuera de mí.

—Esa pareja no eran blancos.

—Repito que estaba fuera de mí y confundido.

—Pues no lo parecías, visto el aplomo con el que sometiste a todos a punta de pistola y robaste la casa. La señora Gallardo insiste en que no perdiste tiempo. Parecía como si supieses donde estaban las cosas.

—Cualquier persona sabe que las mujeres guardan sus joyas en el dormitorio y que el dinero suele estar en la caja fuerte. Mi hijo estaba enfermo. No tenía tiempo que perder.

—Pero para conseguir dinero no hacía falta tanto ensañamiento. Los detalles alevosos agravarán tu condena. Te aseguro que el juez no va a ser muy comprensivo, y menos en las circunstancias actuales de revueltas incesantes. Si te toca un juez conservador, te va a crujir. Y no digo nada, una jueza. En ese caso el paquete será tremendo.

—Para enjuiciar a una persona hay que poder meterse en su piel. Perdonadme si os lo digo, pero es fácil pensar que no se es racista desde vuestros barrios céntricos. Ninguno de vuestros jueces ha puesto nunca un pie en Villaverde ni ha asistido a una lucha de macanas y cadenas como las que está habiendo últimamente entre nigerianos y magrebíes o entre chinos y pakistaníes. De lejos es sencillo ser tolerantes y bienintencionados. Pero con el odio cerca es casi imposible sustraerse.

—Otra cosa no, pero los policías sabemos lo que se cuece en las calles.

—Vosotras a lo mejor. Pero mucha de esa gente que se llama a sí misma progresista y se manifiesta por las buenas causas y lo público, cuando llega el momento de meter a su hijo en un colegio no le mete en el público de la esquina, y desde luego no al que va mi hijo, sino el privado al que van los hijos de sus amigos para que se teja esa imprescindible red de relaciones. Habrán defendido la sanidad pública de boquilla, pero todos tienen contrato con sociedades privadas y hoy no sufren por que haya desaparecido la Seguridad Social.

—No pienso convertir esto en una discusión política, Momar. Estamos aquí para procurar descifrar lo que ha podido pasar por tu cabeza y para hacer un informe lo más preciso posible de los hechos, nada más.

—¡Es que todo es político! Igual el racismo a ti no te interesa, pero tú eres una servidora de un Estado que oprime a las minorías y perpetúa la explotación de la población por un sistema depredador que, por encima de todo, no para de destruir el planeta.

—Lo que tienes es un morro que te lo pisas. Eso es una pantalla de humo tras la que intentas escaquearte. Y de todas formas a ese «sistema», como dices, se le pueden achacar muchos defectos, pero no el de no haber procurado, por lo menos hasta muy recientemente, fomentar una sociedad menos racista y más tolerante con todas las minorías. El Gobierno actual es una excepción. Muchos no lo hemos votado. Y ahora tranquilízate, Momar. Ya estamos acabando.

—Estoy agotado. Quiero dormir un rato. ¿No podemos dejarlo?

—Todavía no. Falta lo más importante.

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Capítulos anteriores:

Un hombre llamado Momar

Tener un hijo enfermo

Las reglas

Un intercambio fallido

Errando por la ciudad

La huida

Próximo capítulo: El odio

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