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La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa, por Marc Fumaroli

La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa, por Marc Fumaroli

Marc Fumaroli reconstruye en este ensayo, La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa, el contexto en que fue concebida, publicada y recibida la obra de Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, obra que vio la luz en Huesca en 1647. El tratado ofrecía trescientas máximas sucintamente comentadas sobre cómo prosperar en una sociedad en crisis mediante la prudencia, la sagacidad y la sabiduría de la experiencia. Este «arte de vivir», que extendía los valores de la nobleza a todos los individuos letrados con independencia de su estamento, se anticipó a los postulados del Siglo de las Luces.

Zenda ofrece las primeras páginas de este libro publicado por Acantilado.

LA FORTUNA EXTRAORDINARIA DE LAS MÁXIMAS ESPAÑOLAS

Y DE SU TRADUCCIÓN FRANCESA

En 1684 se puso a la venta en París, salido de las prensas de la Veuve Martin y Jean Baudot, un libro en octavo de letra bastante apretada, provisto de una epístola dedicatoria a Luis XIV, titulado L’Homme de Cour de Baltasar Gracián, traduit et commenté par le Sieur Amelot de La Houssaie, ci-devant Secrétaire de l’Ambassade de France à Venise, debidamente provisto de un privilegio real impreso al final del volumen.

Para los franceses de entonces, aún emocionados por el traslado, dos años antes, de la corte del Gran Rey a Versalles, y también para la Europa de la época que habla y lee francés, esta traducción, de título atractivo, firmada por un autor conocido por su gran erudición y que se presentaba bajo unos auspicios casi oficiales, lo reunía todo para atraer a los lectores de tratados de saber vivir entre los grandes. Por otra parte, el traductor, que era también conocido por su antijudaísmo, y que revelaba en su prefacio la condición de jesuita del verdadero autor español de este L’Homme de Cour muy poco eclesiástico, hizo que de entrada se despertara la curiosidad entre otra categoría de lectores, mal dispuestos hacia una Compañía tan célebre como controvertida. El éxito del libro en París favoreció en el acto su difusión en Europa, y no dejó ya de ser reeditado a lo largo de todo el siglo XVIII.

La obra original, titulada Oráculo manual y arte de prudencia sacada de los aforismos que se discurren en las obras de Lorenzo Gracián, había visto la luz en lengua castellana en 1647, en Huesca, en la provincia de Aragón, bajo pseudónimo laico y la ostensible responsabilidad editorial de un docto gran señor local, don Vincencio Juan de Lastanosa. El palacio de este mecenas, situado enfrente del Colegio de los Jesuitas en el que enseñaba el verdadero autor del Orácu lo manual, contaba con un rica biblioteca y un gabinete de curiosidades arqueológicas y de ciencias naturales. El señor de la casa recibía en ella a los notables letrados de la provincia o de paso por la ciudad. Sabio teólogo y humanista, el jesuita Gracián, estrella de este círculo de laicos, participaba, en los ratos de ocio que le dejaba su profesión, en las libres discusiones entre pares que constituían el atractivo de aquella gran casa local, laica y privilegiada, de la República de la Letras española y europea.

La obra se presentaba como un librito de bolsillo, delgado y minúsculo, de formato en doceavo. Pretendía ofrecer a sus lectores y usuarios, bajo la forma de unas máximas brevemente comentadas y fáciles de memorizar, un arte de lidiar victoriosamente el peligroso e imprevisible toro del mundo civil. Era tan fácil de llevar encima y de consultarlo a diario como los folletos en los que habían sido impresos los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, otro breve manual de tauromaquia, pero éste pensado para la arena de la salvación eterna. Esta implícita simetría entre el arte de prudencia en el mundo temporal y el arte de alcanzar la salvación en el mundo espiritual no parece haber escandalizado al público español, aunque inquietara a los superiores jesuitas del autor, quien no era bisoño en estas lides, y una vez más, bajo una máscara laica fácil de penetrar, se había librado de obtener, antes de publicar, su aprobación explícita, como lo exigían sus votos de religión.

Pero al cambiar de clima, de lengua y de época, este libro de horas profano restituido por el traductor francés al eclesiástico español, enriquecido gracias a sus desvelos, además, con abundantes notas que señalan los precedentes de las máximas de Gracián en Tácito o Plinio el Joven y los pasajes correspondientes en las otras obras de este autor, materia había en él para molestar a los jesuitas franceses, pues el Oráculo manual puesto en francés por el traductor de uno de sus hermanos en religión parecía invitar a practicar en este mundo una virtud ante todo basada en la naturaleza y en la razón, y nada, o bien poco, al menos en apariencia, en la piedad.

La primera traducción extranjera del Oráculo manual había visto la luz en Italia, concretamente en Parma, en 1670, obra de un tal Mario Vigna. Es posible que Amelot, de muy otra autoridad y envergadura intelectual, se sirviera de ella para hacerla suya. Pero el éxito de L’Homme de Cour, que fue inmediato en París, no tardó en extenderse por Europa, donde se hizo más de una traducción del Oráculo manual a partir de la versión francesa y con el título elegido por Amelot. En 1685, aparecía en Londres The Courtier’s Manual Oracle or the Art of Prudence. En Alemania, en Leipzig, dos traductores, Adam Gottfried Kromayer y Johann Leonard, con un año de diferencia, 1686 y 1687, publicaron en competencia el uno L’Homme de Cour, oder Balthazar Gracians Vollkommene Staats und Weltweise, y el otro L’Homme de Cour, oder der heutige politische Welt und Staatsweise. No era más que el comienzo. Con sus momentos culminantes (el siglo XVIII) y sus compases de espera (el xix romántico), la fortuna europea de esta joya francesa de la vasta literatura de los tratados de costumbres civiles del Antiguo Régimen, unas veces eclipsando al Oráculo manual original de Gracián, otras alentando una traducción nueva de este original, prosiguió mucho más allá de 1808, fecha de la última edición parisiense de L’Homme de Cour anterior al siglo xx. Tras un período de latencia, el Oráculo manual re
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sucitó de las cenizas del Antiguo Régimen francés. Pero esta vez, Alemania tomó el relevo de Francia, y fue el clamoroso éxito de una nueva traducción alemana del texto original castellano del Oráculo manual el que hizo que L’Homme de Cour de Amelot fuera a tener, en el siglo xx, una segunda y derivativa vida parisiense. La admiración que Schopenhauer proclamó toda su vida por el Gracián moralista y la traducción del Oráculo manual que se tomó la molestia de realizar él mismo, pero que no vio la luz hasta después de su muerte, en 1863, cuando su propia gloria de filósofo pasó a ser europea, fueron el punto de partida de este asombroso resurgimiento. El culto que Nietzsche dedicó al pensamiento, al estilo y a todos los escritos de Schopenhauer hizo el resto. Subyugada por los dos pensadores alemanes, la atención de la generación simbolista parisiense se centró en la traducción francesa del Oráculo manual, ese L’Homme de Cour que había sido un best seller de la edad clásica francesa y que por entonces no era sino una rareza bibliográfica. La reedición en París, en 1924, de L’Homme de Cour, en los «Cahiers Verts» de la editorial Bernard Grasset, inauguró la segunda y larga vida francesa de la traducción de Amelot, disponible hoy día en varias ediciones (y todas mutiladas) que compiten entre sí en libro de bolsillo.

La extraordinaria aventura de estos dos textos gemelos merece ser contada, pues es la condición previa para todo intento de nueva lectura, con ojos nuevos, del original y de la traducción, a ser posible tal como uno y otra se quiso de entrada que se leyeran. Pese a su indiscutible parecido, divergen en cuanto a su intención y a la recepción que tuvieron. Bonita puesta en práctica del problema que Pascal planteó en L’Art de persuader, de lo que supone «decir lo mismo», la identidad literal de un aserto en dos autores que crea un equívoco que únicamente puede ser resuelto «penetrando en el espíritu» de cada uno de ellos y restableciendo la coherencia de su sentido, aparentemente semejante, con el resto de sus escritos y el conjunto de su pensamiento. La fortuna del Oráculo manual, en la estela de las obras precedentes publicadas en España bajo el nombre de «Lorenzo Gracián», había rebasado las fronteras de la península aun antes de ser traducido, al ser todavía el castellano en 1647 una de las lenguas de alta cultura empleadas por la élite europea, mientras la España política y militar, dueña de Flandes, del Franco-Condado, del Milanesado y del reino de Nápoles, aunque en apuros, seguía siendo un actor de primera importancia en el tablero de ajedrez europeo. La autoridad del castellano no remitió hasta después de la Paz de los Pirineos de 1659, que puso en órbita al joven astro Luis XIV, a Francia y a su lengua.

La fortuna de Gracián y de su Oráculo manual encontró, pues, un indispensable relevo en la traducción francesa de Amelot de 1684, fortuna que dependió por largo tiempo, en lo sucesivo, de esta traducción, cuyo aparato de notas podía hacer creer que se trataba de un compendio de las obras del jesuita aragonés. Este rico «paratexto» ha desaparecido de las reediciones francesas modernas de L’Homme de Cour, tanto de la de 1924 como de las que se han sucedido a partir de 1971. A pesar de los esfuerzos recientes de la filología y de la historia de la literatura, internacionales y españolas, por disociar la traducción de Amelot de su original español, L’Homme de Cour recobró en Francia, desde 1924, el impulso y la autoridad de un original, que no remite más que a sí mismo, un «clásico» intemporal de nuestra lengua, tanto más fascinante cuanto que, sin su aparato de notas y su antología, era arrancado de su humus histórico y erigido en manual actual de dandismo moral y político. El Oráculo manual de Gracián, quintaesencia del humanismo y del catolicismo aristocráticos del siglo XVII, estados de ánimo vueltos incomprensibles u odiosos para el romanticismo, viró, en el decurso del siglo XIX, en prefacio arcaico pero fascinante, del Zaratustra nietzscheano, y posteriormente, hacia 1968, en elixir de cinismo para uso de intelectuales inconformistas o de mánagers postmodernos, espoleados unos y otros por la democracia liberal y decididos a sacar el mejor partido de su degeneración en «sociedad del espectáculo».

«Grandes corazones de hoy, no os sonriáis tanto del cortesano de antaño. ¿Acaso no tenéis vosotros también vuestra idolatría y vuestro Luis XIV, el culto a la popularidad? No habéis hecho más que cambiar de amo», escribía SainteBeuve, en 1853, en alusión a Hugo y a otros adoradores románticos del «bello ideal de la promiscuidad».

Desmintiendo por adelantado la voluntad general de Rousseau, el imperativo categórico de Kant y el humanitarismo romántico ridiculizado por Sainte-Beuve, escondidos en los recovecos laberínticos de las trescientas máximas del L’Homme de Cour, brillan algunos aforismos rotundos que casan muy mal con la facilidad de doblar el espinazo atribuida al «cortesano» y al «ci-devant»1 desde 1789: «Un homme brave doit se piquer d’être tel que si la galanterie, la générosité et la fidelité se perdaient dans le monde, elle se retrouveraient dans son coeur» (máxima 165, «Hacer buena guerra»). Gracián había escrito: «Préciese de que si la galantería, la generosidad y la fidelidad se perdiesen en el mundo, se había de buscar en su pecho». Tan desconcertante e indignante como esta exaltación de la singularidad, para nosotros que creemos firmemente en la igualdad aritmética y en la lógica moral de los derechos universales del hombre, la máxima 288, «Vivir a la ocasión», despeja toda ilusión sobre lo que espera a la virtud del sabio inmerso en el río de Heráclito de este mundo: «Ne règle point ta vie sur des maximes générales, si ce n’est en faveur de la vertu. Ne prescris pas de lois formelles à ta volonté, car tu seras demain forcé de boire de la même eau que tu méprises aujourd’hui». Gracián había escrito: «No vaya por generalidades en el vivir, si ya no fuere en favor de la virtud, ni intime leyes precisas al querer, que habrá de beber mañana del agua que desprecia hoy».

Pese al título elegido por Amelot, que parece hacer del Oráculo manual de Gracián un manual más de arribismo cortesano que otra cosa, el cuerpo original del libro del jesuita aragonés que el erudito francés tradujo honestamente, a veces sin comprender las intenciones de su autor, enseñaba a sus lectores el arte de guardar intactas en su interior su propia singularidad y virtud, actuando y expresándose exteriormente con el suficiente ingenio para desbaratar a tiempo los torcidos manejos de la envidia, la ambición, la hipocresía y la ceguera de los hombres del rebaño, cómplices del fluir cambiante del tiempo y de la fortuna terrenales. Este manual de una prudencia civil arrojada al teatro del mundo moderno era también un tratado de educación para la independencia y la dignidad personales. Ha sido el secreto de su singularidad, y también el de su particular resistencia metamórfica desde el siglo xvii, ya sea en su texto original como en la traducción de Amelot.

Para evitar los ribetes de leyenda que la extraordinaria fortuna del texto castellano y de su traducción francesa han hecho cristalizar en torno a ellos, conviene empezar por reconstruir el contexto inicial en cuyo seno cada uno de ellos, a poco más de treinta años de distancia, y a ambos lados de los Pirineos, fue concebido, publicado y recibido.

Este contexto, en los dos casos, no era sólo circunstancial. Para haber creado semejante estela, y de una tal persistencia, es preciso admitir que este librito y su traducción francesa se sitúan, uno tras otro, en una línea de falla transversal del espíritu europeo que no ha dejado de abrirse desde el Renacimiento, pero que se ensanchó singularmente en el transcurso del siglo XVII. Estas dos versiones de la misma obra surgieron la una y la otra, como los Pensamientos de Pascal, en el centro de la fractura entre razón y fe, entre política y religión, entre prudencia civil y piedad religiosa, que escindió la inquieta conciencia de la Europa cristiana posterior al Renacimiento y a la Reforma, y que no ha cesado, desde entonces, de ensancharse y de enconarse.

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Autor: Marc Fumaroli. Título: La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa. Editorial: Acantilado. Venta: Amazon

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