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Veinte corazones, ganadores, de Efthimis Filippou

Veinte corazones, ganadores, de Efthimis Filippou

Efthimis Filippou (Atenas, 1977) es periodista, publicista, autor teatral y guionista de cine. Ha estado nominado al Oscar en dos ocasiones: Mejor Guión por Langosta y Mejor Película Extranjera por Canino. El pasado mes de octubre fue premiado con la Palmera de Honor en la Mostra de Valencia, donde se proyectó un ciclo de sus películas y además realizó una masterclass en la Filmoteca de Valencia.

Con un estilo muy personal, Efthimis Filippou mezcla lo cotidiano con lo absurdo, el humor negro y seco con la violencia más cruda, la distopía con el surrealismo y lo fantástico con lo banal.

Veinte corazones, ganadores (Libros Walden), incluye tres libros que hasta ahora solo habían sido publicados en una edición limitada en Grecia y del que Zenda publica unas páginas.

—Últimamente sueño una y otra vez que me matan y luego me dicen: «Qué pena. Te pondrías muy triste si pudiese ver la pinta tan asquerosa que tienes de muerto. Lleno de babas. El pelo sucio. Por lo menos no se te ve el culo, que es lo que querías». Quizá sea porque llevo una vida temeraria. Quizás por eso tengo sueños tan raros.

—No llevas una vida temeraria.

—Pertenezco a una banda. Nadie lo sabe. Intentamos castigar a todos los que cometen injusticias contra otras personas. Ayer tuvimos la reunión semanal. Una chica dijo: «Mi hermana me ha cogido camisetas a escondidas y como tiene unos pechos bastante más grandes me las ha dado de sí. Varias veces». Una anciana dijo: «Les gustaba el lemon pie, así que se lo hacía muy a menudo. Estoy segura de que estaba muy sabroso. Todos lo decían. Ponía mucho esfuerzo en la crema. Pero nunca estaban contentos. Mi hijo la encontraba siempre mediocre. No era mediocre y esto ha sido comprobado». Un hombre mayor dijo: «No he fumado nunca. Mi alimentación ha sido siempre buena. Era campeón de Grecia de decatlón y serví en las fuerzas especiales. Tengo cáncer en el pulmón». Una pareja dijo: «Decidimos casarnos en Saronida, porque fue allí donde nos conocimos. La boda se haría fuera, en verano. Los invitados eran aproximadamente 350. Todo estaba prácticamente listo cuando la decoradora que se encargaría de las mesas y la decoración de los arboles dijo que dimitía, sin darnos un porqué y sin querer discutirlo para encontrar una solución. No sabíamos qué hacer. Sentíamos el mundo desvaneciéndose. La semana antes de la boda un enorme “Por qué” daba vueltas encima de nuestras cabezas.» Cada vez que sientas que no te hacen justicia, quiero que me lo digas. Que no dudes.

—Yo también estuve en una banda, hace mucho tiempo. Matábamos personas que escuchaban música latina. Pensábamos que de esta manera no se extendería este género concreto por Grecia. Nuestro golpe maestro fue durante el carnaval de 1984. Planeamos un asesinato colectivo en un baile de disfraces. Murieron ocho personas y otras cinco resultaron heridas. Después lo dejé. Me di cuenta de que era en vano. Las personas iban a escuchar música latina de todas formas, hagas lo que hagas, por mucho que lo intentes. No olvidaré nunca la imagen de un hombre aquella noche. Estaba tirado en el suelo, su boca llena de sangre y confeti y el uniforme blanco de chef que llevaba se había vuelto granate por la sangre y el barro del suelo. Se le había caído el sombrero de la cabeza, así que podría no haberse notado que iba vestido de chef y podría pensarse que iba de médico, enfermero o algo diferente. Pero no, él, incluso sin sombrero, incluso con su camiseta blanca solamente, parecía un chef. ¿Y sabes por qué? Porque, como nos enteramos después, este hombre no se había vestido de chef, sino que era un chef. Era el responsable de la comida de esa noche, él supervisaba si los platos estaban bien hechos, si todo estaba en su sitio. El líder de la banda le puso serpentina en las orejas y con un mechero les prendió fuego, para que perdiera su oído. El uniforme ardió enseguida. El hombre, tras agonizar durante un rato en el suelo, murió. A su lado, de pie, había un hombre vestido de papagayo y otro vestido de bombero. El que iba vestido de bombero quedó tan impresionado aquella noche, que formó un grupo contra la injusticia. ¿Lo conoces?

—No.

—Fue tan extraño ver a un papagayo intentar salvar a una persona de las llamas con más esfuerzo que un bombero.

—Tuvo que ser muy extraño.

—Lo fue.

—Mi primo viene mañana.

—¿El que va a atracciones donde fotografían a la gente y cuando un fotógrafo pide a alguien que sonría le dispara en la cabeza, porque encuentra tonto que alguien sonría en una foto sólo para que cuando vea la foto años después piense que estaba contento cuando se la hizo cuando en realidad no lo estaba, sino que sólo obedeció a la absurda y estúpida orden del que sacó la foto?

 

—No, el que tiene una tienda de iluminación.
—Siempre confundo a esos dos. Me he cansado de estar de pie.

—Siéntate.

—¿Por qué no te has sentado dentro?

—¿Quieres que vayamos dentro?

—No. Bueno, no pasa nada.

—¿Te has cortado el pelo?

—No. —¿Seguro?

—Lo hice, pero no quería decírtelo. Te has dado cuenta, desde luego.

—Te lo has cortado mucho.

—Igual que me lo corto siempre.

—No te lo cortas tanto normalmente.

—¿Por los lados?

—Y por detrás.

—¿Me lo han cortado mucho por detrás?

—Muchísimo. Ponte la mano. ¿No te das cuenta de lo mucho que te lo han cortado?

—Sí, me doy cuenta.

—¿Se lo dijiste tú?

—No. Le dije que me lo cortara corto, pero no tanto.

—¿Qué tal fue ayer?

—No tan bien como esperaba.

—¿Por qué?

—La música era mala, los invitados eran malos.

—¿Dimitra estuvo?

—Sí. Llevaba una rebeca de punto y gafas de miopía y tejanos y unos zapatos blancos. Estaba muy guapa. Se había recogido la mitad del pelo atrás. Luego, de pronto, mientras bailaba, se bajó los pantalones y fue muy incómodo para todos.

—¿Qué quieres decir con «Se bajó los pantalones»?

—Estaba haciendo unos movimientos bastante impresionantes, si no la has visto nunca hacerlos, y después se paró, puso las manos en las rodillas y se apoyó como, ¿sabes cómo?

—No.

—Así.

—Ok.

—Y jadeaba. Y de repente se bajó los pantalones. Al principio algunos se reían, pero después se alejaron y ni siquiera la miraban. Ella intentó ensuciar a algunos con tierra del jardín, pero, tras recibir dos o tres bofetadas, paró y continuó bailando.

—¿Hablasteis?

—Muy poco.

—¿Cómo está?

—Está bien. Me dijo que las cosas habían sido un poco difíciles últimamente, pero que ahora está
bien.

—¿Había buffet?

—Sí.

—¿Te dieron regalos cuando os fuisteis?

—Habían colgado en la puerta del piso un cartel que decía: «The party is here».

—Dicen que una vez que alguien no puso ese cartel en la puerta, un invitado fue por error a otro piso donde vivía una familia y empezó a bailar molestando al papá que estaba viendo la televisión y después la mamá empezó a bailar con él y se enrollaron y fueron al dormitorio y lo hicieron y los pilló el papá, que entró a poner el despertador y lo mató.

—¿A ella?

—No.

—¿Niños tenían?

—Una hija. Estaba en su habitación estudiando para los exámenes de acceso a la universidad. No oyó nada. Por lo menos eso dijo luego en el juicio. El papá se declaró inocente al final.

—¿Era empleado de un banco?

—Sí.

—Yo también conocía esa historia.

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Autor: Efthimis Filippou. Título: Veinte corazones, ganadores. Editorial: Walden. Venta: en la web de la editorial

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