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La flor amarilla del prestidigitador, de Gustavo Tatis

La flor amarilla del prestidigitador, de Gustavo Tatis

En La flor amarilla del prestidigitador (Navona editorial), Gustavo Tatis Guerra nos lleva, según Dasso Saldívar, prologuista del libro, con su pluma experimentada de periodista y reportero y su ángel acariciador de poeta y pintor, a través de la vasta geografía humana, emocional, familiar, literaria, periodística, cinematográfica, política y diplomática de Gabriel García Márquez.

Zenda ofrece un adelanto del libro. Juan Cruz, Dasso Saldívar y el editor Pere Sureda presentan la obra este jueves a las siete de la tarde en la Casa América de Madrid.

García Márquez cuenta sus secretos

El hombre que está sentado frente a la ventana es Gabriel García Márquez.

A lo único que se parece ahora no es al hombre que he visto tantas veces en los periódicos y en la solapa de los libros. Se parece a Melquíades.

La mejor película que vive todos los días es la de sus recuerdos. Viaja por su memoria prodigiosa un tren amarillo y remoto que cruza por la estación de Aracataca, su aldea natal. Es como una aparición fantasmal, efímera, por la línea de sus recuerdos, y él va allá a bordo del tren, con sus ojos de niño asombrado por la ventanilla del vagón, leyendo en el paisaje un cielo de un azul diáfano y metálico, en donde crece el tierno y reverberante verdor de los platanales.

El río de la memoria fluye en el tiempo, intacto, desolado, con su lecho de piedras y sus mujeres invisibles que aún lavan en sus aguas y juegan en la penumbra a ser sombras alunadas. En medio del verano implacable, un niño abre su sombrilla al sol.

El tren que pasa ahora por las tardes, una vez a la semana, con pasajeros más fantasmales que los de la novela, no parecen ir a ninguna parte. Los niños inventaron su propio carrito de balinera para llevar los cántaros de agua sobre los rieles del tren, impulsados con remos al sol. En un parpadeo de la tarde, los muchachos que trabajan en las plantaciones bananeras imaginan, bajo el frescor de las hojas, las noches de cumbiamba y mazos de espermas envueltas en billetes y muchachitas que se desnudaban en la flor del fuego. Imaginan y recuerdan como si lo hubieran vivido el delirio mitológico de unos hombres, los de la compañía bananera, que parecían haber salido de una película del Oeste, silenciosos y distantes, y el aura feliz de quien está encubriendo un secreto fatal.

En ese pueblo cuya vida había transcurrido sigilosa, casi anónima desde su fundación en 1885, sobresaltada por una huelga que derivó en una noche de sangre bajo las bananeras en 1928, nació el 6 de marzo, nueve meses antes de la masacre, Gabriel García Márquez, el hombre cuya imaginación y vaticinio poético ha puesto a vivir el lado mágico de todas las cosas.

Tiene la voz recia de un Caribe desenfadado y tierno, un perfil de cantante de boleros, de reportero de nuevos augurios, de mago de feria y de alquimista.

Lo ha dicho como si se lo hubiera preguntado Marcel Proust: le gustaría vivir «junto al arroyo triste que está en el fondo de la Gioconda», y su color preferido es «el amarillo del mar Caribe a las tres de la tarde en Jamaica».

«¡Qué ruidaje!», dice de pronto, intempestivamente, al entrar al apartamento de su madre, Luisa Santiaga Márquez, en el barrio Manga. Frente al barandal está la bahía espléndida y contaminada de Cartagena, con sus barcos insomnes y sus alcatraces que vigilan los amaneceres desde el embarcadero.

«Siempre, desde mucho antes que existiera la casa, había niños. Y la casa siempre está llena de niños», dice mirando a su madre. Y la madre lo observa silenciosa. «Niños —continúa García Márquez—, niños que siempre están jodiendo.» Me ha citado allí el Jueves Santo en la casa de su madre en Cartagena de Indias y solo me ha recordado que no lleve cámara fotográfica ni grabadora.

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Autor: Gustavo Tatis Guerra. TítuloLa flor amarilla del prestidigitadorEditorial: Navona. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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