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La flor martirizada de F.G.L.

La flor martirizada de F.G.L.

De Granada a Fuentevaqueros se interpone Sierra Elvira. Es un serrijón indómito. Se eleva desde la propia Vega, y más que elevarse, emerge. Sobresale de la tierra blanda, más allá de la cenefa de los chopos que por todas partes brotan, y desde los sembrados. Es tan inmenso, tan duro, tan amenazante que semeja una aparición. Pues nada hay por allí que lo presagie. Emerge, se eleva, brota sin más, como un cataclismo. Y es un calvero yermo, de piedra desnuda, sin plantas en sus laderas que suavicen tan atroz impacto. Yo creo que han sido necesarias generaciones enteras de granadinos para que, de alguna manera, la memoria genética asimile tan enorme irrupción de roquedal. Asumimos Sierra Elvira como un hecho geológico, pero basta detenerse un momento para percibir la terrible anomalía telúrica. Orientado su flanco principal a poniente, la luz solar extrae de sus aristas cretáceas una evanescencia de mole seca, sin agua, toda raudal de fuego de aquella lava del volcán que fue, y del que hoy sólo pervive una llamada grieta santa, de donde escapan esos fluidos tórridos que impregnan su atmósfera, envolviendo sus híspidos y austeros perfiles.

De Granada a Fuentevaqueros, Sierra Elvira queda a mano derecha, frontal, durante buena parte del trayecto, concretamente desde que en Santa Fe el camino antiguo toma la deriva de la Vega intensa, donde se halla y es el mundo lorquiano más hondo y perdurable. Y siempre me lo he preguntado: ¿cómo es que Lorca nunca la menciona? ¿Por qué? ¿Por qué si hubo de contemplarla, así de firme y compacta, de inminente, cuantas veces se trasladó desde la capital a ese pueblo suyo de su nacencia?

"En Lorca hay dos pasiones, ambas dos antagónicas, si bien complementarias. Una es la mujer. La otra es la muerte"

Fuentevaqueros. Los del lugar lo llaman La Fuente. Es La Fuente por excelencia de estos lugares ubérrimos, con agua por todos sitios. Lugar a donde, inmemorialmente, los arrieros llevaban a abrevar sus caballerizas. Es La Fuente. Hombres rudos, de la tierra, aviándoselas con mulos y caballos, yeguas, potros, y ese olor densísimo que desde lejos se apercibe, y que aún hoy día puede captarse desde la efervescencia del estiércol y el perfume seco y acre de los secaderos de tabaco. Lorca no menciona nada de esto, ni la reverberación de Sierra Elvira, que proporciona un tamiz tostado a la luz. Porque esto es lo tremendo de la Vega, el impacto de dos luces muy distintas: la luz, el resplandor blanco, fresco y limpio que proviene de Sierra Nevada, y la luz opaca, vieja y difícil de Sierra Elvira. Confluyen aquí, en plena Vega, de manera que su aire es, en todo caso, un aire revestido por dos luces perpendiculares.

En Lorca hay dos pasiones, ambas dos antagónicas, si bien complementarias. Una es la mujer. La otra es la muerte. La mujer, en Lorca, es lo contrario de la muerte, esto es, la vida, la fertilidad, la alegría, el ingenio, y así en una graduación de matices casi sinfónica. La muerte es el macho. La muerte es el macho porque el macho es, y simboliza, la fuerza ciega, y en cuanto tal, destructora. A mí no me extraña nada que ese caballo semental de su más severo drama, La casa de Bernalda Alba, signifique al macho elevado a potencia telúrica, así como en Romancero gitano. Bien debía saberlo él de ver esos caballos, de niño, con la terrible verga, acercándose a los caños, pilarones y abrevaderos de La Fuente.

La mujer, en Lorca, es lo nunca visto en literatura española. Es imposible tal concreción, tal hondura, tan impecable verdad. Ni un solo autor se le acerca en esta inteligencia, si acaso Cervantes, tal vez Tirso, un poco Lope. Pero su exaltación permanente, que es la mujer con todos sus atributos, es un caso insólito. Su retina es tan perspicaz en el análisis de la feminidad que hay un instante que rebasa la propia antropología y trasciende a lo mitológico. Un paralelismo de Lorca para con la tragedia clásica establece acordes continuos entre uno y otro mundos mediterráneos, a veinticinco siglos de distancia; conscientemente, además, Lorca sintió una viva atracción por el imaginario griego (Esquilo y Eurípides especialmente, y más que nada en lo que hace a la fatalidad o ananqué), al punto de poder establecerse correlatos entre unas y otras mujeres.

"Lorca y la mujer. La mujer y Lorca. Y al fondo, la muerte, como algo presentido que marchita en flor todo impulso vital"

Las mujeres de Lorca, por arraigadas en la conciencia colectiva, se erigen en perpetuos arquetipos. Es verdad que en sus dramas poco hay de grandielocuente; pero ésa es precisamente su fuerza: la primacía del instinto sobre todo cuanto lo constriñe o cuanto conspira contra su realización. Son mujeres rústicas las de sus dramas que, sin embargo, desprenden delicadeza en perpetua oposición a su vigor; su vigor, la fuerza del ser vital de estas mujeres, que no es otra que la fertilidad: seguirse en el hijo de las entrañas. ¿No dijo Spinoza que la esencia del ser humano es el deseo? Luego hay un instante en que la sexualidad deja de serlo para revertir en metafísica. En un contexto biológico y sociológico como es la Vega, la fertilidad es pura prolongación de la exhuberancia del territorio. Estas mujeres son, orgánicamente, fuerzas sísmicas de la tierra, y como tal incontenibles en el pálpito que les lleva al congénito, no como un hecho concluyente, ni como celebración pánica, sino como mero tránsito de la fecundidad. El hombre, en tanto que macho reproductor, es un ser accesorio para estas mujeres de fuerza genesiaca prodigiosa. Un ser enteco, estéril por propia definición. No están en contacto, los hombres, con las fuerzas de la Naturaleza, a través de los sueños. Con ellos apenas si se puede hablar. Seres pétreos, son hermosos sólo porque, dando vida al vientre de la mujer, siembran su propia muerte y devastación orgánicas.

Lorca y la mujer. La mujer y Lorca. Y al fondo, la muerte, como algo presentido que marchita en flor todo impulso vital. ¿Cuánto se ha hablado de Lorca y las mujeres? Hoy sabemos que las de su teatro están inspiradas en el natural. Que no fueron invenciones. Lo que es una invención es la articulación metafísica de todo ese trasfondo femenino, ese entramado de pasión y muerte, su elevación a arquetipos integradores. ¿Y de dónde le viene a Federico tal sagacidad, tanta inteligencia sensitiva? Es necesaria una sensibilidad fuera de lo común, pero también instinto, dotes de observación innata, espontaneidad, frescura, empatía que deshaga los prejuicios y rehúya de convencionalismos, clarividencia, para adivinar tal cantidad de resortes y estremecimientos. Sentido mágico, en suma, para remontarse de lo cotidiano, rutinario y servil, condiciones de la mujer de antaño, a lo universal de una entidad cósmica, que es lo que son las mujeres de Federico. Estas cosas, por así decir, hay que mamarlas de chico.

"Las mujeres cuentan mejor que los hombres, tienen este instinto, seguramente por haber sido relegadas a la clausura del hogar"

Y así vemos que su infancia transcurre en casas de pueblo con muchas mujeres, muchas más mujeres que hombres, porque éstos están en el campo trabajando (o sea, asemejándose a los mulos con que trajinan). Los hombres son necesarios en un mundo en el que poseen la llave de la despensa, como aquel desventurado Antonio Benavides, marido de la Bernarda, pero coartan con su autoridad, hielan los sueños, impiden la alegría; cuando aparecen en la casa, cansados, sudorosos, huraños, se hace el silencio en torno a ellos. Las mujeres pareciera que todo lo entienden sin que nada se les diga, acostumbradas por instinto a descifrar los más ligeros indicios en los niños de pecho, que no pueden hablar. En casa de los Lorca eran las primas (como Mercedes, la Guapada, y Clotilde García Picossi), y las vecinitas (Isabelica, la niña Ramicos, y tantas otras), pero sobre todo las sirvientas. Las muy jóvenes, las adolescentes, junto con esas otras criadas “de toda la vida”. Y las nodrizas. En medio de la feracidad de los campos de labranza, las alamedas y los frutales, más los establos. ¿Qué energía no prendería allí, con tanta lozanía en sazón, represada por la intransigencia moral? ¿Qué fervorina hormonal, diríamos hoy?

Estas mujeres son mujeres de pueblo, auténticas, esto es, a las que la cultura no ha maleado aún con sus normas estresantes. Habitualmente, y porque Lorca en más de una ocasión lo mencionó así, estas mujeres obraron de transmisoras de la tradición oral. Ello es cierto. Las mujeres cuentan mejor que los hombres, tienen este instinto, seguramente por haber sido relegadas a la clausura del hogar, lo cual opera en beneficio de la memoria y la narratividad consiguiente. No es necesario enseñar a ninguna mujer de pueblo los recursos de la dicción para que un sucedido, cualquier conseja, lo comiencen in media res; como tampoco los entresijos de la retórica, que en ellas se traducen en puro desparpajo inconsciente, gracejo y oportunidad. Y las mujeres de la Vega, cuanto más mayores, es que más han vivido para contarlo. Sí, ciertamente, Lorca dispuso de un vivero de cosas que contar, pero también de un arsenal de maneras para decirlo, palabras, gestos e inflexiones, captación mímica en suma, la deíctica y la enfática, que está en el origen de su teatro, a través de los títeres de cachiporra, las farsas (como La zapatera prodigiosa) y las alegorías (como El maleficio de la mariposa). Todo esto está muy bien, ¿pero sólo influyeron en su inteligencia narrativa y caracterológica? ¿No en su punto de mira? ¿No en su afectividad? Y ya puestos: ¿tampoco en su despertar sexual? ¿Es esto creíble?

Casa con muchas mujeres, lo mismo la de Fuentevaqueros que la de Asquerosa, de Venta de Zujaira como el cortijo Daimur. Mujeres de la Vega, potentísimas de instinto. Mujeres fuertes, protectoras, y al mismo tiempo, frágiles por dentro, anhelantes. ¿Qué no le enseñarían? Él mismo dice: “¿Qué sería de los niños ricos, si no fuese por las sirvientas, que ponen en sus cabezas y entendimiento la raíz y el bebedizo de la palabra del pueblo?”. Muchas mujeres en una casa adaman el carácter de los niños. Esto es tan cierto que hasta hace poco, el padre solía recelar de que influjo semejante no afeminara el carácter en formación de sus hijos varones, sobre todo si el niño salía fantasioso, como fue el caso de Lorca. Las mujeres enseñan el bebedizo de las historias y también el de la vida. Sin lugar a dudas, el despertar sexual de un niño es con las mujeres con las que vive y crece. En aquel tiempo, además, los niños no accedían a la escuela hasta los siete años, con lo cual quedaban a merced de una mayor condensación sensitiva por parte de las mujeres de la casa. Las mujeres de la Vega temen, como toda mujer verdadera. Temen al macho, más en aquellos tiempos y en medio tan rural. Temen en la misma medida que se sienten fascinadas por el mundo macho. Yo no sé cuáles eran los sueños del niño Federico y en qué medida fueron conformados por su despertar sexual. Ello corresponde a la intimidad más sagrada de cualquier persona. De lo que sí estoy persuadido, al adentrarme de tantos años en su obra, esto es desde que tuve luz de la razón, es del efecto contagio entre unas mujeres y su mente infantil, y en concreto el contagio de este miedo al macho en su sensibilidad ya de por sí temerosa, receptiva a todo lo misterioso. Es un contagio que opera como ósmosis, esto es, no necesita de las palabras para comunicarse. Las muchachas de la Vega estaban ahí, en su propia casa, le tocan, le miman, le hablan, y sus fluidos vitales trascienden a la blanda sensibilidad de un niño. Ese temor al macho, a lo macho entendido como fuerza del destino, como opresión y al mismo tiempo salvación para la mujer, está en su mundo femenino: en Yerma, en Bodas de sangre, en La casa de Bernarda Alba. Y ese temor al macho Lorca lo absorbió de las mujeres del pueblo. Las más mozas, de las que no habla expresamente, y las mayores, que sí.

"Si teme al macho, lo combate. Si lo combate, da en ambivalencia. Incurre en una sexualidad compleja"

¿Y cómo se articula el temor al macho en una sensibilidad y sexualidad masculinas? Iba a decir inequívocamente masculinas; pero me abstendré de tal apreciación, porque la sensibilidad de un poeta es cósmica, y como tal, no al contrario, andrógina. ¿Y hasta qué punto influye la sensibilidad en la sexualidad? Nadie, me temo, puede contestar a esto, ya que no es cuestión de posología, y que, como la sexualidad reverbera en la conciencia, ésta, a su vez, presiona sobre aquélla, aun sobre las preferencias de la sensibilidad. En Lorca, su lugar y su tiempo, la religiosidad es bien patente; de chico ya se sabe que alzaba altaricos e incluso actuaba de oficiante. Ningún misticismo se aprecia en Lorca, a no ser un misticismo de índole sensual y panteísta; lo que nos lleva al hecho de que su religiosidad era meramente externa, esto es, plástica; y luego, ya en su madurez, fundamentalmente ética. Sin embargo, la demonización del sexo como imperativo católico resuena tanto en su infancia como luego de adolescente, con lo cual hay que agregar el componente represivo a estas sus pulsiones de la libido infantil. Ello propicia el prestigio de lo prohibido, que redunda en mayor fascinación. Las mujeres de su vida y de su tiempo propenden al temor al macho, un temor irreflexivo, adquirido, y por ello instintivo; siendo que, al mismo tiempo, tal temor genera fascinación, nos hallamos en un escenario sexual donde poco a poco la escena va iluminándose: la escena es la de su ámbito sexual, su fuerza motriz el temor al macho, y el personaje él mismo. Él teme al macho que hay en él. Él teme a la muerte. Está obsesionado con ella, esto es la verdad.

¿Y cómo le condiciona? Si teme al macho, lo combate. Si lo combate, da en ambivalencia. Incurre en una sexualidad compleja. Porque, de una parte, asume que esa potestad destructiva inherente al macho depredador es en sí misma perniciosa. Por tanto, si amar a una mujer en el plano sexual incluye agresividad, ese amor habrá de ser bien desviado al hombre, bien sublimado en la obra de arte, bien ambas cosas (puesto que la vida es una y la creación otro plano de la misma). De otra parte, esa fascinación que provoca el temor al macho puede derivar a una tensión anímica donde la sensibilidad se dirija hacia lo homófilo. En Lorca no hay muestra expresa, decididamente inequívoca, de lo uno ni de lo otro: siente a la mujer desde la mujer misma, y es por ello que no acaba de acoplarse a una sexualidad nítidamente masculina, que implica acción consumante, y con respecto al hombre mismo, el que es él mismo, la propia asunción de su sexualidad, tan conceptualizada por la identificación de lo masculino a lo violento y lo thanático, le impide actuar en hecho consumado.

Aquí conviene recordar que ni una sola mujer que le conoció en vida declara haber percibido en él el más mínimo comportamiento afeminado o, siquiera, feminoide. Y que, fisiológicamente incluso, su virilidad era probablemente excesiva. Así Ana María Dalí habla de su figura, poco esbelta y cuadrada, como también de su voz ronca, que es lo mismo, esto de su voz, que lo que dicen todas, y es bien sabida la relación entre la voz y la libido. Alguna habla expresamente de lo marcadamente varonil (Esperanza Rosales), o de que no observó el más ligero indicio de que no fuera un hombre normal (Carmen Lasgoity, que convivió en La Barraca), “rudo, fuerte y enérgico de carácter” (Estrella del Castillo), e incluso lo muy macho que era (Paco Murillo, chófer de familia, quien le llevaba al Sacromonte, donde ambos frecuentaban, de consuno, el trato con las Gazpachas, unas hermanas con mucha gracia) o que varios meses de convivencia en la misma habitación no dieron motivo para el menor recelo (José Mora Guarnido). La relación sería interminable; dejémoslo aquí. Coinciden todos en su carencia de amaneramiento y ellas en su enorme atractivo personal.

"Más allá del erotismo hipersensual y pansexual de Lorca laten las aguas oscuras del peligro, como en esos enigmáticos pozos de la Vega, esas mismas aguas que acogen la última luz del día en Granada"

La presunta homosexualidad de Lorca es cosa de Jean Louis Schonberg, quien a partir de 1956 divulgó la idea de que su asesinato tuvo por causa las rencillas entre homosexuales. Despejado que la causa no fue ésta (Dionisio Ridruejo protestaría airadamente por el artículo de Schonberg, supuesto que implicaba una exculpación del Movimiento en el asesinato), por más que los ejecutores materiales la propalaran, seguramente como descargo infame de conciencia, dicha homosexualidad vino, con el tiempo, bien a ciertas, y por otra parte legítimas, reivindicaciones potenciadas desde sectores de la izquierda, y como condena, por ende, a la intransigencia de cuarenta años de represión a este colectivo. Aquí prescindimos de cualquier apreciación moral o política. Al término de la controversia sobre su sexualidad, Buero Vallejo vino a decir que si es cierta no fue un desdoro, sino una singularidad. Y el caso es que ni desdoro ni singularidad. Un hecho tan solo, si acaso oportuno de dilucidar para un mejor entendimiento de su obra. Schonberg no parece conocer al hombre ni a su circunstancia; tan sólo su peripecia vital, que es cosa muy distinta. Como tampoco aparenta conocer su medio rural, de donde extrae Lorca lo más permanente de su obra, que lo es también su misterio: La Sombra, que él mismo representó en La vida es sueño, esto es la Muerte que ya anidaba en la manzana de Adán, la destrucción que lleva implícita la semilla del placer. Más allá del erotismo hipersensual y pansexual de Lorca laten las aguas oscuras del peligro, como en esos enigmáticos pozos de la Vega, esas mismas aguas que acogen la última luz del día en Granada: se enreda entre los cipreses / o se esconde bajo el agua. Los perros de plomo, en fin. El presagio de la muerte.

Una muerte que se obceca en la entraña masculina, que se incuba en la mente destructora. Y que se identifica, pienso yo (aunque sea mucho pensar), con ese serrijón que él miraba, pero que no podía ver. Por eso tal vez no la menciona nunca, Sierra Elvira. Tan potente ahí, tan malsana. Torturada por la erosión y las tormentas, por su combustión interna. Al atardecer, cuando la luz deja de ser del color de los vidrios de Castril, se colma de tonos cárdenos, y luego lívidos, hasta semejar un calvario, sobre el fondo rojo eccehomo; es, a esa hora, cuando las mujeres de los pueblos encienden lamparillas de aceite a sus muertos, en sus casas antes de cenar. Por el contrario, cuantas escritoras han indagado en el mundo de su manera de ser y sentir (desde María Lafranque a Marcelle Auclair, pasando por Antonina Rodrigo y Eulalia Dolores de la Higuera) son de opinión bien diversa. Ya digo que es imposible saber de Lorca desde una perspectiva distinta del universal femenino. Para Lorca, el sexo femenino es flor martirizada. ¿Se entiende la diferencia con respecto al secreto erizo de Alberti, al vertiginoso abismo de Miguel Hernández, por poner ejemplos de poetas-macho? Si Lorca no mira ni siente desde lo femenino, jamás hubiera hablado de flor martirizada. Le habría bastado esta otra externidad masculina que también dijo en otra ocasión: corales tibios, ambos lóbulos. Lo cual ni compromete ni siente; es pura decoración.

"Afortunadamente, Lorca, a fuerza de excepcional, era solo, y como tal intermitentemente solitario, y por ello puede decirse que célibe de naturaleza"

Esto es, sexualmente, Federico no puede amar a las mujeres porque se lo impide el temor al macho que lleva adentro, como tampoco a los hombres, porque él es biológicamente un hombre, a todos los efectos. Queda así una franja difusa entre una y otra polaridad, y ella es cubierta por su inmensa seducción, igual para hombres que mujeres, equidistante, si bien, por sensibilidad, se plasme con más frecuencia escorada hacia la mujer, por fenómeno de simple empatía. Sin duda que otro tipo de mujer hubiera decidido la balanza. Pero, por entonces, la amistad entre varones y hembras era irrealizable por motivos morales, y la amistad erótica, impensable. De hecho, por muy amigos que fueran, las presiones sociales compelían al tratamiento de “usted”. Era necesario el componente añadido de camaradería para pasar al “tú”, como así pasó para con la Xirgu o la Argentinita, sus iguales en fama y proyección social. Y de “usted” precisamente se trataban Federico y la mujer con la que tal vez pudo contraer matrimonio, pues no en vano a Federico se le ocurrió más de una vez eso de “sentar la cabeza”, establecer una familia, como también lo de ser “hombre de provecho”, y a estas instancias se debe el que pidiera, hacia 1926, a Jorge Guillén le buscase una colocación (se decía así entonces) de lector de español en París. No debe extrañarnos ni lo uno ni lo otro, pues, para sí mismo, Federico era normal en su plano íntimo. Suele ocurrir: de ninguna manera quien posee alguna desviación es por lo general consciente de ello. Afortunadamente, Lorca, a fuerza de excepcional, era solo, y como tal intermitentemente solitario, y por ello puede decirse que célibe de naturaleza.

Esa mujer con la que pudo casarse se llamaba Emilia, y la acción transcurre hacia 1920. Cuenta Dolores Cebrián, quien era sirvienta suya, mujer tan castiza y ocurrente, al par que bienhablá, que Federico inspiró en ella los epítetos hilarantes puestos en boca de la Zapatera (garabato de candil, estafermo, chupaletrinas, judío colorado, etc.), que una vez estaban Federico y su señorica en el balcón (de la casa de ella, que daba a Plaza Nueva) y estaban cogidos de la mano. A la declaración de él, ella responde que prefería ser su amiga siempre, a no su amante de unas horas. Emilia Llanos lo amaba de verdad, esto es lo interesante. Lo demostró cuando, enterada de su asesinato, entró en una crisis de la que no saldría en su vida entera, pues, aun cuando por la edad su mente se ofuscó, no olvidó nunca a Federico, muriendo entre sus recuerdos y retratos, y cartas, que conservaba en un atadijo con lazo rosa. Él y ella se paseaban por la Alhambra bajo las sombrillas de muselina que acostumbraba llevar. Y que a Federico, cómo no, le encantaban. Cuántos ecos de Rosita en ella, o de ella en Doña Rosita la soltera.

"Los caballos, el caballo nuevamente. Sinécdoque del macho, no sólo su traslación metafórica"

Y es interesante, digo, porque lo lógico es, en una mujer que le amase, que hubiese dicho justo lo contrario: «Prefiero ser tu amante siempre, a no tu amiga unas horas». Pues de hecho dejaron de serlo, amigos asiduos, al no poder ser amantes, esta vez por condicionantes sociales. ¿Y qué otro tipo de mujer no conservadora se hubiese acoplado mejor a sus preferencias? Es osado, en este plano, responder a esta pregunta. Con Ana María Dalí el idilio existió, de hombre a mujer, aunque se truncó, se supone porque alguien que no es preciso nombrar interfirió en esta relación. Federico, por entonces, y allí mismo en Cadaqués (la segunda vez que los visitó), estaba escribiendo su inconcluso El sacrificio de Ifigenia. Ifigenia representa la inmolación personal a cambio del bien común. Y aquí entramos en el terreno de las sincronías. Qué curioso, o qué intuición la de Federico, que años después, se encontrase en Ampurias, tan cerca, un mosaico que precisamente recrea el sacrificio de Ifigenia, nombre por el que es conocido el mosaico hoy día. ¿Cuál sacrificio es éste que a Ifigenia-Ana María hubiera debido pedírsele? Yerma es un biotipo que supedita lo erótico a lo biológico, esto es, su amor como mujer a su amor como madre, en pro de la fecundidad. En Bodas de sangre, la Novia ha de optar entre el Novio y Leonardo, aun el presagio de fatalidad que implica fugarse con este último. Adela, en La casa de Bernarda Alba, identifica la pasión con la libertad, al precio de la muerte. Ella es quien dice aquello de a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique. Pero este tipo de mujer sólo existía en la ficción. Ésta hubiera sido su igual por la sola fuerza visionaria de su amor, su rebeldía e independencia personal.

Los caballos, el caballo nuevamente. Sinécdoque del macho, no sólo su traslación metafórica. En Bodas de sangre mismamente, se menciona, en una nana, “el caballo que no quiere beber”, y que, tal vez por ello, “se pone a llorar”. Es toda una alegoría. “Yo no tengo la culpa. La culpa es de la tierra”.

Luego de todo lo demás, llegó el Amor oscuro. No le hizo feliz.

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