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La hermana del desván, de Gøhril Gabrielsen

La hermana del desván, de Gøhril Gabrielsen

Cuesta entender que una autora con una fuerza narrativa tan descomunal como Gøhril Gabrielsen haya permanecido inédita en castellano hasta ahora. Por suerte, Las Afueras ha solventado esta carencia al publicar la historia de dos hermanas que viven aisladas del mundo y que un día reciben la visita de un hombre que trastocará sus existencias. Como ha dicho Mariana Travacio, es “imposible salir indemnes de su lectura”.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La hermana del desván, de Gøhril Gabrielsen (Las Afueras).

***

I

En el desván

Mi hermana y su marido están cavando un hoyo profundo fuera de casa, justo al lado del abedul enano que crece al pie de mi ventana del desván. Se van enterrando entre raíces escuálidas, hincando la pala en la tierra con un ritmo regular. Llevan más de una hora trabajando. Estoy tumbada en la cama, inmóvil, y escucho el ruido que hacen y que trepa por las finas paredes de la casa y se cuela en la habitación por la rejilla que está justo encima de la cómoda: la pala que cava, el chirrido de la piedra contra el acero, clavándose golpe a golpe en la tierra seca.

¿Qué buscan a estas horas, en este día que nunca anochece? ¿Qué harán allí en las profundidades, bajo varios estratos de tierra? Hablan bajito, no intercambian muchas palabras, intuyo una armonía tranquila entre ellos. De vez en cuando paran y se quedan completamente en silencio. ¿Me habrán percibido? ¿Percibirán mi vigilia? Pero no es más que un cambio de tarea, trabajo y asueto a partes iguales. Como de costumbre, mi hermana Ragna y Johan están de acuerdo en todo

Después de un rato largo desaparecen y regresan jadeando y arrastrando los pies. Llevan algo a rastras entre los dos, lo intuyo por el sonido. Debe de ser pesado. Me los imagino: el ceño fruncido de Ragna, la mandíbula apretada, la cara ancha, los brazos delgados que asen con muy poca fuerza la carga. Y su marido, esforzándose por encontrar un punto de agarre que le permita llevar el peso. Lo oigo, con la barriga estorbando, hinchada, como siempre, se ve obligado a caminar encorvado y con pasos cortos y rápidos detrás de ella; siempre detrás de ella.

 

Arrojan la carga al hoyo. Lo cubren de tierra.

Allí abajo, en el hoyo oscuro y profundo, el fardo choca contra trozos de piedra, arena, tierra y materiales blandos. Lo imagino por los golpes breves y amortiguados, puedo oírlos desde donde estoy acostada, golpe a golpe hasta que los sonidos se atenúan y dejo de percibirlos.

Estoy cansada, a punto de quedarme dormida. A lo lejos oigo cómo cubren la tierra con turba y brezo. Pronto descanso sin sueños, tan recluida como lo que ahora reposa en la tierra oscura.

*

Imagina un desván, no un desván cualquiera, sino uno situado en un remoto lugar al norte del mundo, dejado de la mano de Dios.

Aquí también hay un montón de cosas almacenadas, todos los trastos que no se necesitan, todos los recuerdos de un pasado guardados en cajas y maletas, retirados del mundo exterior y cubiertos por una fina capa de polvo y olvido.

Te resistes a subir hasta aquí, especialmente sin compañía. Hay algo en el crujido de los escalones, en la escalera tan estrecha y empinada que te obliga a trepar ayudándote con las manos. No es fácil llegar a la habitación de allí arriba. Y bajar es aún más complicado.

Una vez que consigues incorporarte bajo las vigas del techo, te rodea un aire seco, pero también algo más. Te preguntas si será la oscuridad, las partículas de polvo en el haz de luz que sube de la escalera, pero cuando te detienes sabes que se trata del silencio de aquí arriba, el mutismo de las cosas que no tienen la oportunidad de expresarse, el pasado amordazado por el incesante murmullo de la vida del piso de abajo y de la naturaleza que está justo ahí fuera.

En el otro extremo de la habitación hay una puerta. Entra una luz tenue por la cerradura. Caminas con cuidado hacia allá, por listones de madera separados y tan secos que si los pisaras sin zapatos se te clavarían astillas en los dedos de los pies.

Pegas la oreja. Al poco, percibes el sonido de la vida, no una respiración ni un movimiento, sino una vibración de existencia, una inquietud que solo la vida es capaz de generar. Te agachas, acercas un ojo a la cerradura y lo ves todo negro. Te mueves un poco, cambias el peso a la otra pierna y clavas la mirada dentro. Muy dentro, entre puntitos blancos que bailan, divisas la silueta de un cuerpo acostado en una cama. Y ese cuerpo, esa inquietud casi imperceptible, soy yo.

 

Y entonces te preguntas lo que tantas veces últimamente: ¿Qué estoy haciendo en esta habitación? ¿Qué me impide bajar y estar con Ragna y Johan? ¿Me han secuestrado? ¿Estoy gravemente enferma? ¿O acaso la existencia en la habitación del desván es un producto de tu propia fantasía, una imagen congelada de un instante, de la angustia que te sube por la espina dorsal, el miedo a lo que estás por ver?

Últimamente, he pensado con tristeza que estoy sola en el desván, que no soy más que un pensamiento antiguo y polvoriento sobre la vida, un alma aislada que nunca va a poder bajar al piso de abajo, hacia los juegos, la risa y las personas que entran y salen por las puertas.

*

No sé cuánto tiempo me ha dejado aquí tumbada, sin supervisión. Los días se confunden unos con otros, pero puede que hayan pasado muchos, puede que hasta una semana entera. ¿Cómo voy a saberlo si estoy aquí sin reloj, junto a una ventana que deja pasar la luz de un cielo que brilla también de noche?

Dependo de su ayuda y su buena voluntad, de que ella me traiga comida y ropa limpia, de que me ayude a ir al baño y me lave cada dos o tres días. Pero no me hace caso cuando la llamo. No viene. Me castiga duramente, una vez más.

 

No he comido ni bebido nada desde que me trajeron aquí arriba, y me he pasado la mayor parte del tiempo exhausta en la cama. La sed, la falta de comida; es posible que no piense con la misma claridad que antes, pero, aun así, en los ratos de vigilia trato de comprender lo que ha sucedido.

Tengo miedo de haberme resignado, de haberme rendido, de tener quebrada la voluntad y de empezar a descuidar mis propias necesidades y deseos en favor de los de ella. Temo que, de ahora en adelante, ella decida cuándo he de comer, despertarme, vaciar la vejiga y las tripas, cuándo me está permitido hablar, qué puedo decir e incluso pensar. Y eso es lo que más me inquieta: el agotamiento puede cambiar lo que pensamos, ya he empezado a notar la semilla de la resignación, a sentir que, a partir de ahora, sin resistencia ni rabia, seguiré todos sus deseos y caprichos.

Este encierro: pienso en él como en un corte hasta el nervio de nuestra relación de hermanas, un tajo aún más profundo hacia el odio. Pronto, todo lo que de alguna manera nos ha unido estará totalmente desgarrado.

(…).

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Autora: Gøhril Gabrielsen. Título: La hermana del desván. Editorial: Las afueras. Venta: Todos tus libros.

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