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La historia tiene corazón de novela

La historia tiene corazón de novela

Vivimos una época de erosión del lenguaje. El uso y sobre todo el abuso en la utilización de las palabras las lleva muchas veces a perder su sentido hasta terminar por nombrar a veces lo contrario de lo que en teoría nombran. Baste un ejemplo tristemente célebre: los «bombardeos humanitarios» de las primeras guerras del siglo XXI.

"Intuitivamente sabemos que la Historia y la novela se relacionan, y no sólo porque exista un género de novela histórica, que tiene apenas siglo y medio de existencia. Sospechamos que su vínculo es más profundo"

En ese contexto conviene afinar la definición de las palabras que usamos, siquiera sea para entendernos. Hablamos hoy de literatura e Historia, pero la palabra «Historia» es una palabra-trampa cuya polivalencia puede llevar a equívocos. Se habla de la Historia de un país, se pide a quien acabamos de conocer que nos cuente su historia. «No me vengas con historias», se le dice al liante, y el crítico literario nos habla de la historia que cuenta una novela…

Intuitivamente sabemos que la Historia —con mayúscula— y la novela se relacionan, y no sólo porque exista un género de novela histórica, que tiene apenas siglo y medio de existencia. Sospechamos que su vínculo es más profundo. Al menos, yo así lo creo.

Lo primero que une novela e Historia es que comparten un territorio común: el de la memoria. Y hay diferentes clases de memoria: la memoria individual que da cuenta de lo que hemos vivido, la memoria familiar que heredamos a través de los relatos de familia, la memoria de los otros, a la que accedemos por los relatos ajenos y los testimonios de quienes han vivido experiencias diferentes de las nuestras. Y, por fin, la memoria colectiva, a la que llamamos Historia, con mayúscula.

"Tampoco es casual que las dos obras fundadoras de la literatura occidental, La Odisea y La Ilíada, tengan por escenario un hecho histórico: la guerra de Troya y sus consecuencias"

Para los griegos, la Historia con mayúscula era una de las artes, no una ciencia: el arte de contar fielmente lo sucedido. Nuestros clásicos no desconfiaban de la memoria, y por eso la narración del pasado se aceptaba como versión verdadera. Hoy somos conscientes del peso de la mentira en nuestras vidas, del modo en que la mentira distorsiona la memoria personal y del papel que la mentira ha jugado y juega como motor de la Historia. Algunos de los episodios más terribles de la Historia han estado condicionados activamente por la mentira, cual es el caso de la expulsión de los judíos de España en 1492, en la cual jugó un papel fundamental la difusión de una mentira: el supuesto asesinato de un niño cristiano a manos de judíos en un pueblo de Toledo, Guarda. Un crimen que nunca existió, pero que sirvió para atizar el odio necesario que justificara la expulsión.

En la Antigüedad la memoria era salvadora. Y fructífera, pues estaba en la base del arte. No en vano las cuatro musas inspiradoras (Clío, musa de la Historia, Calíope, musa de la poesía épica, la belleza y la elocuencia, Melpénome, musa de la tragedia, y Polimnia, musa de los cantos sacros) eran, según la mitología, hijas de la diosa de la memoria: Mnemósine.

Tampoco es casual que las dos obras fundadoras de la literatura occidental, La Odisea y La Ilíada, tengan por escenario un hecho histórico: la guerra de Troya y sus consecuencias. A tal punto están inspiradas en ese hecho (ocurrido siglos antes de la época en que escribió Homero), que cuando en nuestra época Schliemann buscó las ruinas de Troya pretendió haberse servido de las referencias geográficas de La Ilíada para localizar las ruinas de la legendaria ciudad.

"En realidad, los seres humanos somos humanos en cuanto que tenemos memoria. No recuerdos, pues hay animales que también los tienen, sino memoria. Es decir: recuerdos ordenados narrativamente"

En La Ilíada y La Odisea las musas Clío, Calíope y Melpénome se aliaron para inspirar en Homero los poemas épicos narrativos que están en la raíz de lo que mucho después sería la novela. Con ello podemos concluir que el segundo rasgo en común que tienen la Historia y la novela es su carácter narrativo. Ambas cuentan hechos, sentimientos, actitudes, ideas y lo hacen sometidas al orden de la narración.

La pregunta, pues, sería ¿por qué esta pasión del ser humano por el relato, por la narración? Me parece evidente que esa pasión está en la raíz misma de nuestra formación como seres humanos. Tal vez la respuesta esté en que el relato, la narración, responden al modo en que se organiza nuestra memoria, pues toda memoria es un relato.

La memoria nos cuenta quiénes somos, qué hemos hecho nosotros y qué han hecho los otros, cuáles son nuestros miedos y cuáles nuestros sueños. En realidad, los seres humanos somos humanos en cuanto que tenemos memoria. No recuerdos, pues hay animales que también los tienen, sino memoria. Es decir: recuerdos ordenados narrativamente.

"Sin embargo, es difícil aceptar la idea de que antes de la aparición de la escritura no hubiera una preocupación cronológica, una preocupación por la memoria, una pulsión por la narración"

Siempre me ha llamado la atención que muchos de los mitos fundacionales de nuestras culturas se refieran a edades salvajes, en las cuales el ser humano emerge de entre los animales como un ser que empieza a ser consciente del paso del tiempo, capaz de guardar memoria de éste y de fundar la memoria futura. Adán y Eva vivían entre animales. Rómulo y Remo fueron criados por la loba Luperca. Oscuramente, esos mitos nos remiten a un tiempo sin memoria, a un tiempo sin relato. Y con ello aparece el tercer punto de unión entre Historia y novela: la escritura. Sólo se habla de Historia a partir del momento en que queda rastro escrito, memoria escrita de lo vivido. Los tiempos ágrafos forman la prehistoria. Creo, pues, lícito concluir que toda escritura, también la escritura literaria, la novela, responde a una pulsión de memoria y se nutre de ésta.

Sin embargo, es difícil aceptar la idea de que antes de la aparición de la escritura no hubiera una preocupación cronológica, una preocupación por la memoria, una pulsión por la narración. Está comprobado que las formaciones megalíticas estaban relacionadas con la medición del tiempo y del ciclo de los astros. Y en muchas culturas ágrafas se desarrollaron sistemas nemotécnicos para conservar memoria de los hechos (tal es el caso de los quipus, los cordones anudados usados por los incas para guardar memoria de su cultura).

Prueba de esa pasión esencial de memoria es la existencia de una literatura oral que precedió a la literatura escrita y que en realidad dio origen a ésta (¿de qué otra manera pudo acceder Homero al recuerdo de la remota guerra de Troya si no fue en parte por la memoria oral, transmitida y transmutada de generación en generación?).

"Contar de nuevo lo sabido no es repetición, porque con cada nueva narración se muestra diferente. Y eso es así no porque sea el pasado el que cambia, sino porque cambiamos nosotros"

Y es lógico pensar que esa pulsión de memoria está presente en la Humanidad desde la noche de los tiempos, porque cada ser humano reproduce individualmente la génesis de nuestra especie y todos necesitamos desde la infancia contarnos nuestras vidas. Necesitamos relatos, como esos cuentos infantiles repetidos una y mil veces hasta sabérnoslos de memoria. Necesitamos relatos aunque sepamos el final de la historia que se cuenta, como bien demostró Gabriel García Márquez en su extraordinaria Crónica de una muerte anunciada.

Contar de nuevo lo sabido no es repetición, porque con cada nueva narración se muestra diferente. Y eso es así no porque sea el pasado el que cambia, sino porque cambiamos nosotros: cada generación mira al pasado con ojos nuevos y se descubre en él, se proyecta en él, de una nueva manera. Por eso la Historia vuelve a contar una y otra vez los episodios fundamentales del pasado. Por eso la novela regresa una y otra vez a los mismos temas centrales, que nacen del corazón de la Historia: a los acontecimientos legendarios, referidos a un pasado remoto y fundador. A los grandes hechos de la Historia escrita: las guerras, las vidas y hechos de los reyes, los descubrimientos… Por eso revisita otras formas de vida, otras mentalidades lejanas en el tiempo o en el espacio. Por eso ahonda en los pasajes oscuros de la Historia, en el misterio con que el olvido oculta a veces partes esenciales del pasado dejando la puerta abierta a la fantasía.

"Probablemente, la novela surge de la pérdida de inocencia del ser humano, de la desconfianza en la Historia como establecedora de una memoria salvadora"

Y todo ello, todo ese proceso racional de trabajo sobre el pasado, la novela lo filtra con el tamiz de nuestras pasiones, nuestros miedos y nuestros sueños, que tienen un carácter irracional, instintivo, primario. Es precisamente ese filtro el que aporta el cuarto punto en común entre novela e Historia: la ficción. O si lo prefieren, la mentira. Porque la mentira, inherente a la ficción literaria, también está presente en la Historia a través del papel que juegan en ella las mentiras interesadas, los recuerdos falseados, los testimonios deformados… Al igual que hay también algo de ficción en las hipótesis de los historiadores, pues muchas veces tienen que llenar los huecos documentales con suposiciones, con hipótesis, que, por muy deducidas y pensadas que sean, no dejan de ser ficciones.

Probablemente, la novela surge de la pérdida de inocencia del ser humano, de la desconfianza en la Historia como establecedora de una memoria salvadora. La ficción novelística aparece como “mentira salvadora” o “mentira verdadera”, en palabras de Mario Vargas Llosa, capaz de desenmascarar las trampas de la memoria histórica.

"He escrito no para contar lo que la Historia con mayúscula ya ha contado, sino para escuchar el latido de los corazones de las personas que la vivieron y hacerlo sentir en sus venas al lector de hoy"

En la Antigüedad, Apuleyo escribió la novela El asno de oro, en una época en la que la civilización romana estaba escarmentada de su imperio y sus abusos. Por eso nació con una estructura que es anticipadamente picaresca. Y novelística fue la respuesta que la literatura dio en la España del Siglo de Oro a la crisis imperial del siglo XVII, con novelas como El lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfarache y, sobre todo, El Quijote.

En mi propia trayectoria como escritor he querido trabajar sobre esos puntos de unión entre novela e Historia, recuperando a los personajes secundarios de la Historia, como los españoles que participaron en la Revolución Francesa, frente a los Grandes Personajes, dando voz a los vencidos frente a los vencedores. A los indígenas conquistados, a los judíos convertidos perseguidos por la Inquisición, a los moriscos expulsados de España, a los perdedores de la Historia. Así he escrito el ensayo narrativo La epopeya de los locos y las novelas Carta del fin del mundo, El converso y Mi nombre es Jamaica. No para contar lo que la Historia con mayúscula ya ha contado, sino para escuchar el latido de los corazones de las personas que la vivieron y hacerlo sentir en sus venas al lector de hoy. Porque todos somos hijos de la Historia, todos tiramos con nuestras vidas de un hilo de tiempo que se hunde en la noche de los tiempos y que secretamente, oscuramente, también nos da forma con sus recuerdos y sus olvidos, con sus ecos y sus silencios. Todos somos seres históricos. Y la Historia tiene corazón de novela.

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