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El cronopio y la fama

Hay libros que tienen el don de congregar a su alrededor la devoción de lectores que muchas veces actúan con maneras de secta secreta. Se citan pasajes entre ellos, hablan de los personajes como si los hubieran conocido en persona, se pasan ejemplares cual si fueran mercancía prohibida, ejecutan rituales iniciáticos, reuniones y cónclaves en lugares sacros vinculados a la biografía del autor del texto que tanto los fascina. Son libros mágicos, más allá del sentido pedestre que ha terminado por adquirir la palabra de tanto usarla. Mágicos porque encantan la imaginación del lector y una vez que toman posesión de ella, éste nunca vuelve a ser el mismo. Ese es el caso de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, de cuya muerte, el 12 de febrero de 1984, se cumplen este mes treinta y cinco años.

"Y en aquellos mismos años era costumbre y casi juramento, entre los entonces nuevos escritores cubanos como Amir Valle, Karla Suárez o Raúl Aguiar, acercarse a la tumba de Montparnasse y llevarse a Cuba fotos y libros que habrían de pasar de mano en mano"

Uno de esos rituales tiene lugar en la ciudad de París, escenario de una constante aunque discreta peregrinación que puede pasar fácilmente desapercibida en medio del ajetreo turístico. Desde su fallecimiento, la tumba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse es el punto donde los más variados senderos personales se entrecruzan. Un observador paciente puede comprobar cómo a diario, llueva o luzca el sol, llegan los peregrinos y dejan sobre la lápida señales de su paso: piedrecillas sin valor, algunas flores y sobre todo papeles con poemas o con frases garabateadas deprisa, como si la emoción les empujara a enviar al escritor un postrer mensaje, convencidos de que el triste trámite de la muerte no puede impedirles continuar comunicándose con él. Son lectores venidos de cualquier parte del mundo y entre ellos muchos escritores, especialmente latinoamericanos.

Cada cual ensaya su manera de estar con Cortázar. En Montparnasse solía verse en los últimos años del pasado siglo al novelista chileno Luis Sepúlveda, acompañado del mexicano Antonio Sarabia —cuya tumba, por esas paradojas de la vida y de la muerte, es hoy también motivo de peregrinaje lector y amistoso en el cementerio de los Prazeres de Lisboa—, acudir a la tumba del argentino para sentarse junto a ella y encender tres cigarrillos, uno de los cuales introducían en la ranura de la lápida hasta que se consumía, de modo que el autor de relatos como El otro cielo, en los que los personajes atraviesan invisibles puertas que les llevan de golpe a otro tiempo y otro espacio, pudiera darle unas bocanadas a la tarde parisina desde ese cielo de palabras donde ahora habita. Y en aquellos mismos años era costumbre y casi juramento, entre los entonces nuevos escritores cubanos como Amir Valle, Karla Suárez o Raúl Aguiar, acercarse a la tumba de Montparnasse —aquel que tuviera la suerte de viajar a París— y llevarse a Cuba fotos y libros que habrían de pasar de mano en mano. Un significativo homenaje a quien tan apasionada, lúcida y críticamente se comprometió con la revolución cubana, ahora que ésta se halla en sus horas bajas.

"Cortázar había nacido en Bruselas en 1914, el primer día de los bombardeos de la ciudad, en plena Guerra Mundial. Hijo de argentinos, permaneció en la capital belga hasta los cuatro años y, al llegar a Argentina, sólo hablaba francés, lo que le dejó “una manera de pronunciar la erre que nunca pude quitarme"

Un relato de Raúl Aguiar, Figuras, galardonado en su día precisamente con el premio de cuentos Julio Cortázar, puede ser un buen punto de partida para seguir las huellas del escritor argentino que no sólo encarnó como pocos lo que se llamó el boom literario latinoamericano (en compañía de autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes) sino también el espíritu rebelde y revolucionario de los años 60 y 70. El relato de Aguiar, muy cortazariano, narra el encuentro fantástico, en un banco de la Plaza de Armas de La Habana, de una jovencita habanera de inicios del siglo XXI  y del propio Julio Cortázar. Ella vive en una mañana del año 2003 y trata de reponerse de una noche de drogas. Él espera a su amigo José Lezama Lima, pero su día corresponde al mes de enero de 1967. Para él, el Che Guevara sigue vivo, para ella es tan sólo una efigie para turistas. El acierto del relato radica en la melancolía que despierta en el lector saber de antemano las tristes respuestas que aguardan a Cortázar cuando, enterado éste de que la muchacha vive en el futuro, pide noticias del porvenir: “Tengo miles de preguntas. ¿El hombre llegó a Marte? ¿Y la guerra del Vietnam? ¿Qué ha pasado en Cuba en este tiempo? ¿Fidel sigue vivo? ¿Y el Che? ¿Y el socialismo, triunfó por fin? ¿Sabes algo de Argentina?”. Casi un catálogo de frustraciones.

Lo cierto es que ese interés apasionado por el mundo tardó bastante en despertarse en el Julio Cortázar de carne y hueso. Él mismo reconocía: “yo había mirado muy poco al género humano hasta que escribí El perseguidor”, uno de sus mejores relatos. Claro que, en ese momento, contaba cuarenta y cinco años de edad. Cortázar había nacido en Bruselas en 1914, el primer día de los bombardeos de la ciudad, en plena Guerra Mundial. Hijo de argentinos, permaneció en la capital belga hasta los cuatro años y, al llegar a Argentina, sólo hablaba francés, lo que le dejó “una manera de pronunciar la erre que nunca pude quitarme”. Aquel fue uno de los rasgos físicos singulares que caracterizaron a Cortázar. Porque no fue el único. Era alto, muy alto, y extremadamente delgado. Su rostro fue lampiño durante la mayor parte de su vida (hasta que un tratamiento hormonal logró hacerle nacer la barba) lo que le confería un aspecto de eterno adolescente. Sus ojos eran enormes y muy separados y daban a su mirada un cierto aire asombrado y gatuno que explica quizá, por vía de solidaridad, su pasión por los gatos. También su carácter individualista y enigmático le emparentaba con los felinos: “Yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años… Estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía mucho interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas y no las dos sillas. Y por eso, desde muy niño me atrajo la literatura fantástica”.

" Esa incomodidad, esa rebeldía iban a acompañarlo siempre. Por eso, en un primer periodo quiso escapar de un mundo que le disgustaba a través de la puerta de la imaginación. Cortázar se convirtió en un lector empedernido, apasionado de las historias de vampiros, de la mitología clásica, de la poesía de Rimbaud y los textos surrealistas"

Precisamente su literatura empezó a desarrollarse en ese territorio, el de la fantasía. Pero, al igual que en su mirada infantil, en sus cuentos lo fantástico aparece sobre todo como un intersticio, un hueco que, como una cuña, se introduce en la realidad, en el discurso cotidiano, transformándolo. Una casa que empieza a ser tomada por una presencia que nunca se nombra y que termina obligando a sus habitantes a abandonarla, en Casa tomada. Un hombre que sufre extraños ataques de vómito en los que expulsa diminutos conejos vivos por la boca, en Cartas a una señorita en París. Un fotógrafo que sorprende una enigmática escena de seducción entre un adolescente y una mujer y que, al fotografiarla, acaba quedando atrapado dentro de su propia fotografía, en Las babas del diablo (el relato que fue llevado al cine por Antonioni con el título de Blow up)… La veta fantástica fue una constante en la obra de Julio Cortázar.

En su infancia hubo también otro rasgo que habría de completar, a la postre, su dimensión literaria. “Desde pequeño”, explicaba, “mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferenciaba de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”. Esa incomodidad, esa rebeldía iban a acompañarlo siempre. Por eso, en un primer periodo quiso escapar de un mundo que le disgustaba a través de la puerta de la imaginación. Cortázar se convirtió en un lector empedernido, apasionado de las historias de vampiros, de la mitología clásica (su primera obra fue una relectura heterodoxa del mito del Minotauro, Los reyes, en la que Ariadna en realidad entrega el hilo a Teseo en la creencia de que el Minotauro acabará con éste y podrá servirse de la guía para escapar del laberinto), de la poesía de Rimbaud y los textos surrealistas. Más aún, en su obra supo rescatar y continuar, sin limitarse a repetirlos miméticamente, los principios y las apuestas estéticas de los surrealistas. Como éstos, consideraba que la fantasía, los sueños, forman parte de la realidad, de una realidad superior al realismo cartesiano y que integra tanto lo racional como lo irracional. Con ellos compartió la creencia en que los encuentros fortuitos eran todo menos casuales y que el amour fou y el azar funcionan como enigmáticos mecanismos a través de los cuales construyen su destino los hombres.

"Rayuela, publicada en 1963 y recibida con verdadero deslumbramiento por la crítica, da cuenta también del trascendental encuentro de Cortázar con la ciudad de París"

Un doble encuentro (con la ciudad de París y con la Maga) fue precisamente el que imprimió un giro radical a su vida y a su obra. En 1950 Julio Cortázar realizó un breve viaje a París y, durante la larga travesía en barco, tuvo lugar uno de esos encuentros sorprendentes que fueron una constante en su vida. A bordo del navío viajaba una joven alemana, de origen judío. Se llamaba Edith Arón, tenía veintitrés años, diez menos que él, y era delgada, de pelo negro y ojos verdes. Cortázar no tardó en reparar en ella. Tampoco su figura flaca y su rostro de niño grande escaparon a la curiosidad de Edith. Sin embargo, apenas si cruzaron unas pocas palabras durante la travesía. Al llegar a París, se separaron sin dejarse dirección ni manera de contactar y, a los pocos días, lo que otros habrían llamado casualidad hizo que coincidieran en una librería del Barrio Latino. Fueron juntos al cine, pero al separarse, y ya como un verdadero reto al destino, decidieron no darse cita y confiar en la extraña fuerza que les acercaba para volver a encontrarse, cosa que sucedió unos días después, en los Jardines de Luxemburgo. La señal estaba clara. Cortázar no tardó en descubrir que aquella muchacha de hermosa sonrisa, que hablaba español, francés y alemán, era “brusca, complicada, irónica, entusiasta”. En otras palabras, irresistible. Entre ambos se estableció un vínculo que mantuvieron por carta una vez que Cortázar regresó a Argentina al cabo de unas semanas. Cuando en 1951 regresó a París para instalarse, Cortázar no sólo volvió a encontrarla y a mantener con ella una relación que, con aproximaciones y distancias, duró toda su vida, sino que terminó convirtiéndola, aunque ella misma haya rechazado muchas veces haberle servido de modelo, en personaje de su obra maestra, Rayuela, al inspirar la figura de La Maga: una mujer imán que el protagonista encuentra y pierde en las calles de París, y cuya sombra reencuentra después en Buenos Aires a través de otra mujer.

Rayuela, publicada en 1963 y recibida con verdadero deslumbramiento por la crítica, da cuenta también del trascendental encuentro de Cortázar con la ciudad de París. “París fue un poco mi camino de Damasco, la gran sacudida existencial”, recordaba años después. Era una ciudad rebosante de jazz, música que le apasionaba, y en ella encontró la soledad necesaria para concentrarse en la escritura. Pero, sobre todo, descubrió su condición de latinoamericano, pues “en estas islas terribles en que vivimos metidos (pues la Argentina, o México, son tan insulares como Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas”.

"Mantuvo siempre su propio criterio, aunque se esforzó en que sus críticas no pudieran ser utilizadas por los enemigos políticos de la revolución, lo cual le llevó a situaciones de franca soledad, mal considerado tanto por los adversarios del castrismo como por las autoridades de Cuba"

Aquellas voces eran no sólo las de otros escritores latinoamericanos sino también las de los lectores que, a lo largo de los años 60 y 70, hicieron posible el llamado “boo al identificarse con una literatura emergente. De tal modo que bien podría decirse que el éxito internacional de las obras de García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa o Cortázar, tal como él mismo defendía, de alguna manera expresaba un deseo colectivo de unidad, de fraternidad; el ansia de establecer vínculos entre los hombres de diversos países de América, por encima de las fronteras. En otras palabras, la literatura se armonizaba con el movimiento político de cambio revolucionario que recorría en esos momentos América y cuyo centro de difusión era la revolución cubana.

Nada hay más lógico, pues, que la fascinación que muy pronto manifestó Cortázar por Cuba. Viajó a la isla en 1961 y ahí, en sus propias palabras, “empecé a sentir por primera vez lo que era América Latina (…), empecé a comprender que los libros deben llevar a la realidad y no la realidad a los libros”. El vínculo de Cortázar con la revolución cubana fue constante, pero también crítico. Según el escritor cubano Antón Arrufat, era diestro “en señalar errores y en admirar finalmente”. Mantuvo siempre su propio criterio, aunque se esforzó en que sus críticas no pudieran ser utilizadas por los enemigos políticos de la revolución, lo cual le llevó a situaciones de franca soledad, mal considerado tanto por los adversarios del castrismo como por las autoridades de Cuba. Prueba de su actitud fue su admiración explícita por Lezama Lima, incluso en los dogmáticos años 70 en que éste, como Virgilio Piñera, padeció el ostracismo de los medios oficiales cubanos debido sobre todo a su condición de homosexual.

"El amor simbolizado en el personaje de la Maga, entrevisto a bordo de un transatlántico en 1950, tomó en su vida los nombres de diferentes mujeres: Aurora Bernárdez, Ugné Karvelis, Manja Offerhaus y tantas otras amantes, hasta encarnarse al fin en Carol Dunlop"

A partir de Rayuela, la obra de Cortázar se convierte en el viaje de un explorador que está decidido no sólo a expresar la realidad tal como la vemos, sino a buscar otra realidad posible en medio de los horrores de unas décadas de muerte y opresión, pero también de sueños y esperanzas. Vivió el mayo del 68 francés y participó en la toma simbólica de la Casa Argentina de la Ciudad Universitaria. Publicó en 1973 la novela El libro de Manuel, en la que reflexionaba sobre los nuevos guerrilleros latinoamericanos, cuyas razones compartía pero con cuya revolución no se identificaba. Fue galardonado con el premio Médicis, cuyo importe entregó a la resistencia chilena. Al año siguiente formó parte del Tribunal Russell, constituido para denunciar las violaciones de derechos humanos. Sostuvo activamente la revolución sandinista en los años 80. Paralelamente, su escritura se hizo cada vez más indagadora, más libre. Fruto de ese esfuerzo son sus libros en los que mezcla ensayos, comentarios, relatos, como Último round, o novelas en las que toda la estructura narrativa se transforma en busca de un orden nuevo, como en 62 modelo para armar. El propio Cortázar expresó muy elocuentemente ese vínculo no dogmático entre literatura y revolución al afirmar que “estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”.

Julio Cortázar terminó sus días en París, convertido en exiliado por la dictadura argentina, pero reconocido como ciudadano francés por el presidente Miterrand. El amor simbolizado en el personaje de la Maga, entrevisto a bordo de un transatlántico en 1950, tomó en su vida los nombres de diferentes mujeres: Aurora Bernárdez, Ugné Karvelis, Manja Offerhaus y tantas otras amantes, hasta encarnarse al fin en Carol Dunlop, su última compañera que le precedió un año en la muerte y con la que escribió uno de sus últimos textos: Los autonautas de la cosmopista. Amor, revolución y escritura formaron pues el triángulo de la aventura cortaziana.

"Quizá por eso, cuando reencontramos a Cortázar en ese espacio fuera del tiempo que son las páginas de sus libros, en las que todavía él vive y respira, recuperamos también una cierta alegría de vivir, un optimismo que puede parecer incongruente en estos tiempos de descreimiento y fatalismo"

La revolucionaria empresa literaria de Cortázar fue titánica, pero nunca grandilocuente. Sin duda su gran virtud, como señala su biógrafo Mario Goloboff, fue ser “siempre lúdico; siempre, y a pesar de todo, antisolemne”. La espontaneidad, el humor, la consideración del arte como placer, como diversión, son rasgos presentes en toda su obra y en algunos casos, como en Historias de cronopios y de famas, verdaderos protagonistas. En la curiosidad casi infantil y la mirada entre asombrada y juguetona de esos personajes que cada cual imagina a su manera, los cronopios (reverso de los serios, interesados y cuadriculados famas), hay mucho del propio Cortázar, hasta el punto de que calificarlo a él de Gran cronopio se ha convertido casi en un lugar común.

Quizá por eso, cuando reencontramos a Cortázar en ese espacio fuera del tiempo que son las páginas de sus libros, en las que todavía él vive y respira, recuperamos también una cierta alegría de vivir, un optimismo que puede parecer incongruente en estos tiempos de descreimiento y fatalismo, en estos tiempos dominados por la desalmada hipocresía de los famas. Quizá por eso las preguntas que el Cortázar del relato de Raúl Aguiar dirige a la jovencita cubana de nuestros días nos llenan de melancolía: porque nos hablan de una realidad que pudo ser y no fue, del germen de otro mundo que habita en el seno del nuestro pero que no sabemos hallar porque hemos perdido ese arte del encuentro del que Cortázar fue maestro. Quizá por eso los lectores que pasan cada día ante su tumba parisina no son turistas curiosos. Son sus cómplices.

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