Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.
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Durante muchos años, Maxim Ósipov fue un escritor ágrafo. Estudió ciencias de la salud porque su bisabuelo, un médico acusado por el mismísimo Stalin de participar en un complot para asesinar a Máximo Gorki, sobrevivió a un gulag ejerciendo precisamente ese oficio. A su regreso al hogar, aquel hombre impuso en su familia el dogma de que, en tiempos de autoritarismos y falta de libertades, las únicas profesiones que pueden salvarte la vida son las técnicas. La lección caló hondo en sus descendientes, pero sobre todo lo hizo en su bisnieto Maxim, quien silenció la voz interior que le empujaba hacia la escritura y se convirtió en cardiólogo. Años después, cansado de abrir cajas torácicas y de insertar cánulas en venas cavas y aortas, fundó una editorial de textos científicos y se dedicó íntegramente a corregir artículos y revisar fotolitos. Hasta que una noche, tras una jornada leyendo textos ajenos, Ósipov abrió su diario personal y escribió una frase que lo cambió todo: “Soy un médico sin pacientes y un escritor sin libros”. Y esta verdad, esta dolorosa y demoledora y frustrante verdad, hizo que al fin tomara la decisión de liberar al narrador que llevaba dentro.
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Hay un cuento de Daniil Kharms en el que un mago sube al escenario, alza los brazos y anuncia que es capaz de realizar hechizos nunca vistos. Los espectadores aplauden y le miran expectantes, pero en vez de decir “abracadabra” y desaparecer tras una nube de humo, el hombre se cruza de brazos y permanece quieto. Es un mago auténtico, no un ilusionista ni un prestidigitador, sino alguien que conoce los conjuros necesarios para convertir el agua en vino y el plomo en oro, pero en su alma habita una especie de Bartleby a la soviética y, simplemente, prefiere no usar sus poderes. Muere años después en la miseria, sin que nadie lo crea realmente capaz de obrar ni un triste milagro, convertido en el hazmerreír del pueblo. El cuento es hermoso, pero también aleccionador. Porque, ¿acaso podemos decir que es menos mago quien, pudiendo hacerlo, se niega a mostrar su magia? Y en lo tocante a la literatura, ¿se puede afirmar que es menos escritor quien, sintiéndose como tal, no escribe ni un párrafo?
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John Keats perdió a su padre a los ocho años y a su madre a los catorce. El primero, por un accidente a caballo; la segunda, por la tuberculosis. Al huérfano le asignaron un tutor que, desdeñoso con sus aspiraciones poéticas, le instó a estudiar algo útil. Keats se matriculó en medicina y fue un alumno brillante, pudiendo haber llegado a ser uno de los mejores cirujanos de su época. Pero, según puede verse en los legajos conservados en la Houghton Library de la Universidad de Harvard, el joven estudiante se pasaba las clases de anatomía escribiendo versos en los márgenes de sus cuadernos de cuero. Al final, el bisturí cedió ante la pluma y Keats se dedicó por completo a la poesía.
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En su relato “Camorritos, 1966/68”, presente en la antología Una infancia de escritor (Xórdica, 1997), Martín Casariego evoca los veranos en que jugaba con sus hermanos a trasplantar órganos a las ranas. Ponían a los batracios panza arriba, les abrían el vientre y cambiaban los corazones de cuerpo. Lógicamente, sus padres auguraron que los cuatro chavales acabarían ejerciendo la medicina, pero lo cierto es que todos tenían dentro lo que el mayor de ellos, Pedro Casariego Córdoba, también conocido como Pe Cas Cor, llamó el “artista interior”, esto es, una especie de demiurgo que los decantó hacia la escritura, el cine y la pintura.
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Encontrar la vocación no es algo sencillo. Algunas personas la descubren cuando son niños, mientras que otras se pasan la vida buscándola… y a menudo no lo consiguen. Wolfgang Amadeus Mozart supo a qué dedicaría sus días siendo todavía un chiquillo, pero Vincent van Gogh tuvo que pasar primero por muchos oficios, el de predicador incluido, antes de volcarse en la pintura. De hecho, la incertidumbre profesional le causó tal zozobra que, en 1880, escribió una carta a su hermano Theo en la que decía: “No siempre [un hombre] sabe qué hacer. Y, aun así, puede decir por instinto: ¡Soy bueno en algo! Hay algo dentro de mí, pero ¿qué es?“.
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La última novela de Maxim Ósipov es Después de Eternidad (Libros del Asteroide).


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