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La lluvia más intensa

Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda.

Nota de autor: en presente simple del indicativo
como aquellas cosas que no son cedidas al tiempo

Esta palabra pálida no alcanza. Observo a través de las cortinas: el abuelo, la abuela, el tío, el padre, personas añadidas al cuadro con urgencia; todos aran la tierra con movimientos coreografiados. La distancia entre ellos y yo apenas puede describirse. Pueden concretarse los filamentos de las cortinas, acaso el grosor de los cristales de las ventanas. La aproximación al viento que nos separa es una labor poética imposible para un niño de mi edad. Siento la textura del banco de madera de la cocina, aquí el aire es suave, todavía resuena el rastro de la comida, preparada e ingerida horas atrás. Bajo la mirada y observo, observo el marrón claro del banco para encontrar algo que pueda definir, algo que sea mío, algo que quepa dentro de esta palabra pálida que hoy agarro con las dos manos porque es lo único que me queda.

I. El olor a lluvia antecede a la propia lluvia.

en un lugar muy complejo
está escrito todo lo que no importa

Más tarde, corazón. Más tarde. A través de las palabras de Heinrich Böll, Rodrigo García Marina (Madrid, 1996) apunta lo inevitable: aquello que esperamos de Edad —su segundo poemario, editado por Hiperión y que le ha valido el I Premio de Poesía Joven Tino Barriuso— es un imposible. Él no nos lo puede dar. Comprende nuestras circunstancias, entiende que nos acerquemos al poema con la inocencia de los niños que entran con asombro en las iglesias, pero nos lo dice rápido y secamente: todo lo que vamos a leer no será siquiera un poema. De hecho, el poema no existe como tal. No es más que una expectativa.

Pues bien: ¿si no existe el poema, qué es esta masa de palabras? Rodrigo García Marina dispone el lenguaje como un mecanismo dialéctico. Interpela al lector abruptamente, lo jalea, lo celebra con calificativos explícitos. Le dice: «eres un ser especial / lees historias que no te pertenecen / les otorgas un sentido». Asume, pues, que Edad es, en esencia, una historia: la historia de la deformación del tiempo a través de la palabra. Una historia a través de la cual el autor, gracias a la mirada del que lee, entabla un diálogo abierto con los que ya no están. Sin embargo, el recorrido de la historia concreta no es autoconclusivo, sino que se ramifica al contacto con otra historia diferente; la del receptor, la del molde que encaja los golpes. Dice: «el poema debe parecerse más a ti que a mí». Escribe: «el poema debes ser tú». Yo digo: el poema soy yo yo yo el poema es mi abuela arando la tierra el poema, sin embargo, no existe.

Todo este tránsito por las carcasas del lenguaje sirve al poeta para sugerir la inutilidad de su búsqueda en la oscuridad, lo perverso de la poesía. Sobre lo inasible de la forma asienta Rodrigo García Marina las bases de Edad, que desde su propio título se asume como un libro en descomposición, un libro que no comprende que la palabra soledad haya sido congraciada con letras tan luminosas —la S, la O, la L, las letras de la estrella más cercana—: así pues, se las arranca. Y pese a todo, pese a la extinción del sol y pese a lo fútil del camino, bajo la lluvia más intensa que recuerda, el poeta busca.

II. Cómo llovía el primer día que recuerdo.

y con la sangre de un fado grité:
cuida de las manos que siembran trigo

Edad, asumida la imposibilidad de encontrar la palabra exacta, vira sobre su propia tesis y finge no haberse escuchado. Rodrigo García Marina se disfraza para redibujar la poesía desde su negación. Utiliza los espacios físicos, en primer lugar, como campo de batalla: en una página, el poeta pierde la fe. Se envalentona entonces. ¿Si puede deformar el espacio hasta ese punto, por qué no podría hacer lo mismo con el tiempo? ¿Por qué no intentar ahora, aunque siempre sea demasiado tarde, decir las cosas que nunca hemos dicho? En un poema titulado Lapso de un minuto, García Marina concibe el núcleo de su poemario. En ese poema están todas las ideas que se disparan hacia atrás y hacia adelante. En ese poema escribe: «quiero tener la vida de la luz de las estrellas / quiero ser eterno para decir mira mamá soy humanamente eterno / quiero ser eterno para justificar esta soledad inmensa«.

Esta es la idea: detener el tiempo para hacer posible la eternidad. Esta ilusión divina se plantea como una súplica en forma de espejo que desvela el destinatario último de las palabras del poeta, más allá de su pensamiento teórico sobre las posibilidades dialécticas de la poesía. «Mi abuela vive de hacer que recuerda», escribe. «Quiero que no olvide para que no riegue siete veces las petunias / Quiero que mi abuela no ahogue su jardín por amor y por olvido». A través de la palabra poética, pues, Rodrigo García Marina logra adivinar el mecanismo para salvar a su abuela del olvido. Si se detiene el tiempo, si todo tiempo posible es presente de indicativo; el pasado no existe y la memoria se vuelve innecesaria. O lo que es lo mismo: si se detiene el tiempo, puede detenerse también la lluvia. Y viven, y florecen, en un caracoleo infinito de presente primaveral, las petunias de su abuela.

III. Apuntes sobre por qué llueve más sobre algunas personas concretas.

La pulsión político-social de Rodrigo García Marina, columna vertebral de su uso del lenguaje en Aureus —su primer poemario, editado en 2017 por Bandaàparte—, también late con fuerza en las paredes de Edad. En coherencia con su exuberante poética, el deseo es desplazado de forma explícita —como tema— a las notas a pie de página, en otro acto de subversión de las estructuras tradicionales —en las que las notas a pie de página se intuyen conatos de academicismo que justifiquen la palabrería—.

La escritura de García Marina se transforma con vivacidad, capaz de enfrentar sus frecuentes disquisiciones de carácter teórico con una eléctrica expresividad coloquial. Prueba de esta flexibilidad estilística es la explosiva combinación de citas que abre el libro: el Evangelio según San Mateo como reverso de la música de Enrique Iglesias. Esta acidez política, que muta en activismo lingüístico cuando hace referencia al cuerpo y al pensamiento queer, es la corona de una estética personalísima, distanciada de la arrogancia en tanto se niega su propio valor y al mismo tiempo epítome de la bravuconería, del desenfado y del puro baile. Imagina que las palabras perrean mientras leen a Herta Müller: eso es la poesía de Rodrigo García Marina.

Su voluntad última, tanto en Aureus como en Edad, es deshacer el estado de abulia colectiva que, desde su juventud, contempla. Sacude los conceptos arraigados para que el árbol de la memoria continúe viviendo —escribe: «¿sabía que los árboles en condiciones ideales nunca perecen?»—, para que el estado juvenil de alerta ante la supresión de las libertades individuales no desaparezca. Y volvemos entonces al asunto de la detención del tiempo: si el pasado no existe, uno jamás podría envejecer.

IV. De las cosas que haré el día que ya no llueva.

cuando decimos exactamente lo que queremos decir
qué significa el silencio
¿es esto un poema?
¿o es la lluvia más intensa desde 1927?

Edad se anuncia como una búsqueda a oscuras, una búsqueda consciente de su arrebatada inconsciencia. En su conclusión, asume su propia tesis: el lenguaje no es sino un mecanismo de disuasión, una herramienta engañosa incapaz de acertar sobre la espalda de la belleza. Así, García Marina se entrega al silencio. Cita a Paul Celan: «El poema muestra, es imposible no reconocerlo / una gran tendencia a enmudecer». Se enfrenta entonces, con los brazos abiertos y asumiendo la vulnerabilidad compartida con el lector, a las únicas palabras no dichas, las únicas palabras en las que encuentra un destello lejano de verdad: las palabras de amor.

«El amor es la forma / pero nadie conoce el porqué de la forma», escribe, consciente de que la cura de todas las cosas deviene, en último término, en causa de la enfermedad. El amor por su abuela justifica su necesidad de generar un espacio compartido más allá de la muerte; el amor por la palabra justifica que, pese a la incapacidad manifiesta del lenguaje para salvarnos la vida, él continúe escribiendo. Así que escribe casi a ciegas, en una búsqueda ya desesperada: «ahora recojo flores de las lindes del camino que conduce al cementerio / sin embargo desearía llevar gorriones en los bolsillos».

***

Sé que mi abuela me quiere; supongo que ella también sabrá que yo la quiero. Cuando estamos juntos no nos decimos ese tipo de cosas, nos tratamos con una frialdad divertida. Yo le digo abuela eres minúscula, ella dice te voy a pegar una bofetada y te voy a mandar a la finca de enfrente. Siempre que estamos así, juntos, pienso si sería mejor apagar los fuegos, acortar distancias y abrazarla. Pero sólo la abrazo cuando llego y cuando me voy. Cuando me voy. Cuando me voy. Cuando se va.

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Autor: Rodrigo García Marina. Título: Edad. Editorial: Hiperión. VentaHiperión.

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