La marquesa

Se pintó la raya del ojo y se separó rápidamente del cristal del espejo. El reflejo le devolvió una imagen mejorada de sí misma. Esa raya algo más gruesa podía disimular el tamaño inferior de su ojo izquierdo. No era habitual que la marquesa se maquillase y peinara con tanto esmero si no tenía previsto salir. Hacía más de diez años que no salía de su palacete. A lo sumo, breves paseos por el jardín los domingos por la mañana acompañada de Sagunta, la ama de llaves, la única huella de un pasado resplandeciente que terminó al morir sus padres.

Poco recuerda del accidente que arrasó su familia llevándose la vida de sus padres cuando tenía 31 años. Además de la orfandad y el pequeño palacete, una cicatriz bajo su ceja izquierda le ladeaba y empequeñecía levemente el ojo. La marquesa aún no sabía mucho de la vida y seguía sin saberlo ahora, que habían pasado dieciocho años. Sus amigas del Sagrado Corazón fueron su primer y principal apoyo. Quedaban con frecuencia en el Paseo marítimo y se sentaban a merendar todas ellas acompañadas de sus ayas, que no les quitaban ojo de encima, no fuera a volver, alguna de ellas, preñada a casa.

Cuando las ayas se alejaban con sus pequeños cucuruchos de helado, María Pilar, Teresa, Alba y la marquesa se entretenían hablando de hombres. La marquesa, ya entonces, las miraba con envidia y escuchaba con atención lo que sus experimentadas amigas comentaban, y se sorprendía, a veces en casa, con las mejillas encendidas y los sueños desbocados y los labios, a punto de gemido, mientras sus dedos buscaban el placer que, hasta entonces, no había aprendido a disfrutar.

Las llamaban las pequeñas damitas, y pronto todas ellas se fueron casando y abandonando los paseos a media tarde, los baños de sol en la terraza del Casino y los cucuruchos de vainilla.

En poco tiempo la Marquesa se quedó sola. Sus amigas se enclaustraron en torno a sus nuevas familias y quedaron para hablar de tetinas y dientes de leche. La marquesa se recluyó en su palacete y despidió al poco servicio que tenía. Sólo mantuvo a su lado a la fiel Sagunta, su confidente, la mujer deslenguada y vulgar (a juicio de sus padres), que le había comprado a escondidas su primer maquillaje, le contaba los chismorreos de Santander y le encendía el rostro desvelándole algunos de sus encuentros amorosos con su novio de toda la vida.

Sagunta también se casó con Joaquín, su novio de toda la vida, y no abandonó a la marquesa. Al contrario, la mujer siguió acompañándola, preparándole la comida y aviándole el palacio, los cuatro cuartos que aún usaba.

Sagunta y Joaquín vivían en el palacete con la marquesa. Ella respetaba la intimidad de la pareja aunque los sábados por la noche, tras la cena, se azoraba cuando Joaquín guiñaba el ojo a su esposa y subían a su cuarto de paredes empapeladas de amarillo, los escalones de dos en dos, los cuerpos cimbreantes agitándose enfebrecidos sobre el colchón de lana de su cama de 1,50.

La marquesa subía tras ellos escondiéndose en el cenador. Movía el retrato de sus desaparecidos padres y descubría la pequeña mirilla. Arrastraba con sigilo el sillón y se tumbaba en él, con las piernas abiertas y los botines apoyados en la pared. Sus manos buscaban su sexo  y sus pechos y sus gemidos se ahogaban con el ruido desacompasado del cabecero de forja de la cama chocando contra la pared. La marquesa se corría y se levantaba presurosa, cubierto el rostro de sudor, el pelo encrespado y el moño descompuesto… Se acercaba de nuevo a la mirilla y miraba a Joaquín a los ojos mientras él descargaba su fuerza sobre Sagunta. La marquesa sentía que era a ella a quien miraba y le devolvía el gesto mientras volvía a tocarse con premura.

Con el tiempo los sábados por la noche se convirtieron en sábados y jueves. La marquesa continuaba dándose placer en el cenador, con la mejilla pegada a la pared, deleitándose con cada embestida que no le correspondía, con cada gemido que encontraba respuesta en el otro, mientras ella se mordía los labios apagando el deseo en un obligado silencio.

Las demás noches la marquesa se retiraba a cenar a su cuarto. Sagunta le subía una bandejita plateada con el consabido consomé y unas rodajas de fruta. La marquesa engullía con rapidez, deseando que el ama de llaves desapareciese de su vista.

Se acercaba el 50 cumpleaños de la marquesa y decidió armarse de valor y pedirle a Sagunta lo que más deseaba. Ella no se extrañó ante la petición, era algo que ya esperaba por lo que se prestó a colaborar.

Llegado el día preparó el tocador de la marquesa con los aceites corporales que le había pedido, la ayudó a peinarse con un delicado moño trenzado, la maquilló con cuidado y se encargó de que su piel y su pelo brillasen por su limpieza y suavidad. La ayudó a colocarse el corsé y las ligas y la instruyó en el uso y colocación del preservativo. La dejó sola mientras se pintaba la raya del ojo.

Frente a ella, en el espejo, una nueva mujer estaba a punto de despedirse de una década, y de una vida. La excitación bullía en su interior. Sonrió satisfecha cuando oyó un cuerpo acercándose detrás de ella. Cerró los ojos mientras unas manos recorrían sus pechos. Se permitió, esta vez sí, gemir en voz alta y sin cuidado. Notó en su espalda la erección de Joaquín, del novio de toda la vida, del marido de toda la vida de Sagunta. El hombre que la marquesa jamás había podido tener y ahora tenía. Por una noche.

Joaquín la tumbó en la cama y la desvistió con cuidado. Le separó las piernas introduciendo su cabeza entre ellas, su lengua recorriendo suavemente sus pliegues mientras la marquesa acalorada notaba que estaba a punto de correrse. Joaquín se tumbó apoyándose sobre ella y la penetró con fuerza. La marquesa gritó sin miedo esta vez a escuchar su propio placer. Joaquín la embistió meciendo su cuerpo con una nana de espasmos incontrolados.

En pocos segundos ambos se corrieron. Joaquín no se separó de ella, besándole el rostro cubierto de sudor, acariciándole el pelo encrespado y el moño descompuesto mientras la marquesa temblaba aún por la turbación.

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