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La mirada perdida

La mirada perdida

La epilepsia es probablemente una enfermedad poco conocida entre la gente de a pie. Si se hiciera una encuesta, seguramente la mayoría de los encuestados recurrirían a la imagen tópica de las películas de una persona tirada en el suelo echando espuma por la boca mientras su cuerpo se agita convulsamente.

Más allá de ese fotograma existe otra realidad bien distinta que es importante conocer. Lo primero de todo es saber que la epilepsia es una enfermedad cerebral crónica.

Partiendo de esa premisa, el acercamiento a la gran obra maestra del autor francés David B. toma una nueva dimensión. En Epiléptico: El ascenso del Gran Mal, el autor nos relata la historia de su hermano mayor, Jean-Christophe, enfermo de epilepsia, y de su familia. En aquellos primeros años de la década de los sesenta, cuando comienza la narración de esta obra, la enfermedad no es muy conocida y los tratamientos disponibles no eran muy eficaces. La búsqueda desesperada de una curación llevará a toda la familia por un periplo vital cargado de dolor, desesperación y falsas esperanzas que irán haciendo mella en los afectos de cada miembro de la familia.

"El autor, que ya de muy pequeño muestra su maestría con el dibujo, vuelca en sus ilustraciones toda la rabia que le consume y también el temor a contraer la enfermedad"

La historia comienza en 1964, cuando Jean-Christophe cuenta con 7 años de edad, y en uno de esos días de juegos infantiles entre hermanos sufre su primera crisis. Sus hermanos Pierre-François —quien posteriormente cambió su nombre al de David— y Florence, dos y tres años menores respectivamente, testigos involuntarios, le socorren y dan la voz de alarma. A partir de ese momento, el Gran Mal se va introduciendo poco a poco en la vida familiar, condicionándola de manera drástica. Ante la falta de un diagnóstico claro y un tratamiento eficaz, los padres buscan solución en seudociencias y acuden a gurús que les aseguran poder curar la enfermedad de su hijo: visitan comunidades macrobióticas, a videntes, se aproximan a sectas… La desesperación les lleva a buscar soluciones en los lugares más dispares mientras la enfermedad no cede y el deterioro físico de Jean-Christophe avanza inexorablemente. También el desgaste afectivo se abre camino entre los miembros de la familia.

El autor, que ya de muy pequeño muestra su maestría con el dibujo, vuelca en sus ilustraciones toda la rabia que le consume y también el temor a contraer la enfermedad. Sus trabajos de esos primeros años son casi siempre de batallas y guerras donde él es el héroe que salva a su hermano. Se refugia entre los lápices y las tintas para no expresar verbalmente lo que siente y se va distanciando de su hermano mayor, física y afectivamente.

Esta obra, que nos llega ahora en un solo tomo —originariamente fue publicada en 6 volúmenes—, supuso en su época una revolución en el mundo del noveno arte. Cargada de simbolismos e ilustrada magistralmente en blanco y negro, el autor intenta con ella no sólo hacer las paces con su pasado sino también abrir los ojos al lector frente a una enfermedad poco conocida que hace no tantos años era capaz de filtrarse en los hogares para quebrantar los vínculos familiares y destrozar la armonía del hogar a la vez que anulaba a sus víctimas.

"En mi caso, la obra de David B. adquirió una dimensión mayor cuando tan sólo hace unas semanas mi amigo Martin me contó que su hijo Sami sufre la enfermedad: el gran mal habita en su interior"

Probablemente el lector lo lea con la distancia con la que yo la leí, desde el confort y la seguridad ficticios de que la puerta de su casa está protegiéndole de ese gran mal que se describe en este libro. Con el convencimiento de que nunca “de pronto, dejará de hablar y de moverse. Se pondrá colorado, esbozará una sonrisa bobalicona y buscará a su alrededor a quién aferrarse. Se pondrá de lado y gemirá al tiempo que sus extremidades se le agarrotan, los ojos se le ponen en blanco y babea un poco por la comisura de los labios. A veces, el ataque finalizará ahí; otras, volverá un poco en sí, se relajará, pero seguirá teniendo la mirada perdida, flotando entre dos mundos, y recaerá otra vez”. Y al salir de esa crisis, no recordará nada y sentirá incredulidad cuando algún testigo le relate lo sucedido como le ocurre a Jean-Christophe en la página 32.

Sin embargo, en mi caso, la obra de David B. adquirió una dimensión mayor cuando tan sólo hace unas semanas mi amigo Martin me contó que su hijo Sami sufre la enfermedad: el gran mal habita en su interior y condiciona su corta vida. Ahora, con 11 años, los médicos han decidido interrumpir el eficaz tratamiento que hasta ahora ha mantenido bajo control la enfermedad porque algunos órganos vitales pueden verse afectados por los efectos secundarios tras una larga exposición a los fármacos. Y, en este último mes, su padre —me lo cuenta con la preocupación que ello le produce— ha sido testigo de dos pequeñas crisis en las que su hijo se ha quedado inmóvil, con la mirada perdida, y al volver en sí, tras solo unos pocos segundos, no recordaba nada de la conversación que mantenían. Fue entonces cuando comprendí la gran dimensión de Epiléptico: El ascenso del Gran Mal y la necesidad del autor de contar esta angustiosa y triste historia que ha marcado para siempre a la familia protagonista.

El relato es tan perturbador como necesario para entender que hay males de los que no podemos escapar y que deberíamos ser más empáticos y solidarios con quienes los sufren. El gran talento de David B. hace posible que tomemos conciencia de ello. Y la buena noticia es que los avances en medicina y farmacología permiten controlar con éxito al Gran Mal.

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Autor: David B. TítuloEpilépticoEditorial: Salamandra. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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