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La mujer moderna y sus derechos, de Carmen Burgos

La mujer moderna y sus derechos, de Carmen Burgos

La mujer moderna y sus derechos (editorial Huso), escrito por Carmen de Burgos (Colombine) en 1927, es un ensayo feminista sorprendente por su actualidad y la documentación bibliográfica que aporta para analizar los diferentes tipos de feminismo en el primer tercio del siglo XX. Una obra que arremete contra las teorías científicas, biológicas y psicológicas que afirmaban la inferioridad de la mujer y que ahora se publica bajo la edición y presentación de Mercedes Gómez Blesa, Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense, quien afirma que Carmen de Burgos (1867-1932) fue “una de las mujeres de la generación del 98 que encarnó, como pocas, el modelo de mujer moderna que luchó por la mejora de la condición femenina”.

Es, por tanto, un libro fundacional de la teoría feminista y una obra de referencia. Varios de sus estudiosos han visto en este ensayo de Burgos un anticipo de El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir, no solo por la coincidencia de puntos de vista desde los que ambas autoras abordan la identidad de las mujeres, sino porque incluso Burgos se adelanta a Beauvoir en la teoría del género como un constructo social y cultural. La gran diferencia que existe entre estas dos obras es la difusión que tuvieron. Mientras que El segundo sexo alcanzó fama mundial y consagró a su autora como la gran teórica del feminismo, La mujer moderna y sus derechos fue censurada por Franco después de la Guerra Civil e incluida por el nacionalcatolicismo entre las primeras nueve obras de la lista de libros prohibidos. Un siglo de tierra cayó sobre el ensayo libertador de la mujer, sepultándola en el olvido.

 

CAPÍTULO I

Transformación social.– Origen del feminismo.– Sus distintas tendencias.– Lo que significa el feminismo moderno.– Justicia de la proclamación del Derecho Humano sin distinción de sexo.

Se está realizando ante nuestros ojos una de esas profundas evoluciones que transforman la sociedad y de las que apenas se dan cuenta los que sufren el choque de los nuevos elementos, que arrastran todo lo que había servido de base para moldear ideas y sentimientos.

Si los comienzos del cristianismo marcan una nueva Era, y la Revolución francesa es el principio de una Edad, no puede dudarse que la Gran Guerra, que estalló en 1914, da comienzo a un nuevo período histórico y remueve hondamente principios y costumbres.

Estamos en el momento en que se derriba más que se construye; en el que se cogen los materiales viejos para edificar con ellos y se deshacen entre las manos; el momento preciso de prepararse frente a un porvenir que trata de romper con el pasado, en un desbordamiento, tanto más impetuoso cuanto mayores son los obstáculos que se le oponen.

En medio del desconcierto, de la vaguedad, en que todo se agita con el ansia de renovación insaciable que acompaña a la humanidad durante toda su peregrinación por la tierra, la mujer aparece turbada, más intensamente porque es en ella más brusca la transformación. Hay algo en la mujer de enfermo al que operasen unas cataratas y le quitasen la venda a pleno sol, dejándolo expuesto al deslumbramiento y la ceguera.

Aunque existe ya una gran mayoría de mujeres preparadas para la misión social que en el mundo de la posguerra deben desempeñar, se necesita una gran prudencia para no malograr el fruto en esta época de adaptación, pudiéramos decir de transplante, en la que así como el árbol pierde sus hojas y conserva las yemas que han de dar nuevos brotes, la mujer debe perder la falsa hojarasca de preconceptos, ideas falsas y costumbres arbitrarias, conservando lo de noble y lo de fundamental que hay en su naturaleza, lo que constituye una verdadera orientación.

La base está en las leyes, en la proclamación de la «igualdad de derechos».

Las costumbres han evolucionado mucho a favor de la mujer. Lo que se necesita es que los códigos marchen de acuerdo con las costumbres y no pretendan fijar la vida en textos inmóviles.

Se puede decir que atravesamos un período análogo al que las mujeres romanas cuando lograron en las costumbres un grado de libertad, de igualdad con el hombre y hasta de preponderancia, que no han superado aún los estados más feministas de Norte América.

Ellas no se inquietaron de su situación en el Código, no discutieron; todo fue acción y feminismo, que podemos llamar práctico, y todo desapareció con el Imperio sin dejar huella. Se borró el influjo de las costumbres y quedó solo el derecho escrito, que ha servido de sello para marcar como esclava a la mujer durante tantos siglos.

Se necesita que la libertad conquistada en las costumbres esté garantizada por las leyes. Hay que fijar de un modo definitivo el verdadero concepto del feminismo.

Pocas doctrinas han sido tan combatidas y tan mal comprendidas. Se hizo caer sobre el feminismo el descrédito que solo merecía la conducta de algunas mujeres que no entendieron su significación, y las campañas de hombres y de mujeres que ridiculizaron a las que luchaban por la liberación de una parte de la humanidad.

La primera conquista importante del feminismo fue la de hacer que se le tomase en serio, que cesasen las fáciles bromas y chistes de mal gusto, que hombres eminentes se declarasen partidarios de la liberación de la mujer y se definiera con claridad que feminismo significa: partido social que trabaja para lograr una justicia que no esclavice a la mitad del género humano en perjuicio de todo él. Se alejó de la palabra feminismo el concepto de desequilibrios y ridiculeces, la idea de hegemonía femenina y de peligro para la sociedad.

Rara vez puede encerrarse una idea en los estrechos moldes de una definición y menos el feminismo, que tiene tan amplias acepciones y más acción que doctrina, para lograr la liberación de la mujer y la mejora de su condición, a fin de garantizar sus derechos individuales en nombre del principio del derecho humano y en interés de la colectividad, que realizará más fácilmente su misión contando con el concurso de las dos mitades que la constituyen. Así, pues, el feminismo encierra como doctrina los principios más puros de libertad y de justicia y como obra, entraña una gran utilidad social.

La palabra con que se ha designado este movimiento y esta doctrina es de origen francés y se le atribuye a Fourier, ese gran defensor de las mujeres que en su Sistema expresa el convencimiento de que el progreso de la humanidad está en razón directa de los privilegios y la influencia social que el sexo femenino pueda desarrollar.

De ninguna manera quiso significar con esa palabra un deseo de inversión de sexos o de funciones, y mucho menos la aspiración a la igualdad, que hace imposible la naturaleza.

Aceptada la palabra feminismo para designar la causa de la liberación femenina, de acuerdo con su naturaleza, la mala fe la desacreditó y llegó a presentar el feminismo a veces como una cosa terrible, capaz de disolver la sociedad, y a veces como una cosa ridícula y risible, que no merecía ser tomada en serio.

Con el deseo de hallar una palabra nueva, menos discutida, para denominar las justas aspiraciones de la mujer, hubo quien le llamó humanismo, sin lograr que este nombre se universalizase.

Realmente la cuestión es baladí en el fondo. La palabra feminismo está llamada a dejar de usarse bien pronto, sin necesidad de buscar ninguna que la sustituya, como sucedió con la palabra masculinismo. Lograda la justicia para regirse las dos mitades del género humano, no habrá necesidad de hacer esa distinción, que ha obligado a buscar una palabra que represente la vindicación de la mujer.

La palabra no es más que el signo representativo del problema que se agita en el seno de la sociedad y que no es de esos que podríamos llamar secundario, porque no afectan más que a determinado número de individuos o porque nacen de convencionalismos. El feminismo existe, independientemente de la voluntad, y comprende a la sociedad en general. Nace de la injusticia, del malestar, que una parte de la humanidad sufre. Solo puede resolverse restableciendo la integridad de la justicia para que todos tengan garantizado su derecho.

Así vemos que el feminismo no es una simple teoría, sino un hecho. Representa la aspiración a la libertad de la mujer oprimida y vejada. Aunque su origen sea antiquísimo hay períodos en los que se ha agudizado más la lucha y el malestar, sobre todo desde que un mayor desenvolvimiento de la cultura, y la generalización del espíritu crítico, hicieran que una gran parte de las mujeres salieran del marasmo, de la indiferencia y del engaño de la galantería.

El aire moderno, que avivó la hoguera, vino de tierra americana, no solo por ser un país más joven, más libre de los prejuicios que engendra la historia, desbordante de rica savia productora y de fermentos generosos, sino porque la lucha se hacía en él ruda, empeñada, y exigía el desarrollo de todas las fuerzas activas.

La semilla había sido Europa; de América venía el fruto maduro.

Con ese impulso la personalidad de la mujer moderna se desarrolló rápidamente, creciendo en libertad al par que en dignidad y en autoridad, aunque otra cosa pretendan los detractores que involucran, con las manifestaciones de respetable independencia, los desequilibrios de un escaso número de mujeres, que como dice María Martín: «Ocultan bajo el manto del feminismo una conducta de las más equívocas o una excentricidad de mala ley. Bajo el falso pretexto de la emancipación, dan libre curso a sus costumbres extrañas y a su fantasía caprichosa». No se trata de censurarlas ni de discutir si hacen bien o mal. Lo que podemos afirmar es que su conducta nada tiene que ver con el feminismo; y que aprovechan, a sabiendas, un argumento poco serio y nada leal, los que gritan ante ellas: «¿Ved qué ejemplo dan las feministas?».

Pero el feminismo es algo más serio. Su hoguera prendió en el mundo a impulso de las necesidades económicas que levantaron sus llamas, avivadas por el dolor y el sufrimiento de la esclavitud femenina.

Se había ido verificando, a través del tiempo, sin darse apenas cuenta, una evolución en la familia y en las condiciones económicas de las naciones, y no, ciertamente, por influencia de la mujer.

Desapareció, casi por completo, un tipo de organización familiar dentro de la cual, aunque carecía de derechos, la mujer se sentía moralmente amparada. Apenas existen ya aquellos hogares que cobijaban, cerca de la débil luz de aceite, a una familia amorosa, cuyo jefe protegía a cuantas mujeres lo ligaba una relación de parentesco, por lejana que fuese. La mujer encontraba siempre albergue en aquellos hogares donde la rectitud más severa era norma de conducta. Tenía satisfechas sus necesidades económicas; no habían penetrado aún en su espíritu inquietudes ni ambiciones y se resignaba a la vida rutinaria.

Pero al no quedar más que una minoría de ese tipo de hogares; al no encontrarse ya la mujer respetada y garantida, ni en el suyo propio, a veces, tenía que sentir un profundo malestar e irradiarlo sobre la sociedad entera, víctima de su propio egoísmo; pues según la acertada frase de Novicow2, «la felicidad de las naciones está en razón directa de la suma de justicia que distribuyan entre los individuos que las forman».

Y la transformación de la familia acompañó la transformación económica. La vida se hizo más difícil; con las grandes fábricas y las grandes empresas industriales escasearon jornales y trabajo. La mujer, para ganar su sustento, no contando con hombre que la mantuviese, tenía que salir del hogar para ir al taller y a la fábrica.

No podía vivir de contar estrellas, como en la leyenda inglesa.

Tenía que elegir entre trabajar o arrastrar una existencia abyecta; ya que se le suele ofrecer, a cambio de su dignidad, lo que no se concede a su conmovedora debilidad.

Esta fue la raíz del movimiento feminista. Las mujeres se acogieron a la doctrina que predicaba su igualdad social con el hombre, llenas del mismo fervor que siglos antes había convulsionado a los esclavos, al oír las teorías igualitarias del cristianismo.

Y frente al feminismo se agudizó también el antiquísimo antifeminismo. Representaban este los hombres injustos y celosos de su hegemonía y las mujeres egoístas que temían perder una situación de privilegio.

Se proclamó con todos los tonos patéticos que la naturaleza marca la misión de los dos sexos: el hombre debe trabajar, la mujer no debía ser más que madre, ángel del hogar, reunión de todas las gracias y bellezas.

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Autor: Carmen de Burgos. Título: La mujer moderna y sus derechos. Editorial: Huso editorial. Venta: Fnac y Casa del libro