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Las soldadesas, de Ugo Pirro

Dice Andrea Camilleri de Las soldadesas, novela de Ugo Pirro publicada por Altamarea: “El largo viaje del autor, que acompaña por las carreteras de una Grecia devastada a un transporte de prostitutas, se convierte en un largo viaje dentro de la conciencia, en la progresiva aproximación al vislumbre de algunas certezas, de algunas verdades. En cierta medida, yo también me eduqué sobre esta novela de formación de Pirro”.

Durante la ocupación italiana de Grecia en la Segunda Guerra Mundial una misión muy peculiar rompe la monotonía de la vida militar de un joven teniente de estancia en Volos. Tendrá que ir a Atenas para recoger a un grupo de prostitutas griegas y entregarlas a las tropas italianas apostadas por diferentes puntos de la península helénica. Empieza así su viaje a través de una Grecia amiga y hostil, bella y desfigurada por la guerra y por el hambre. Un itinerario no solo geográfico sino también interior, un periplo formativo que el joven soldado emprende niño y acaba hombre, después de haber conocido en el arco de unos pocos días el amor, la compasión, la vergüenza, el rencor y el remordimiento.

Un testimonio de uno de los capítulos más grotescos de la historia bélica de la Italia fascista, y al mismo tiempo una conmovedora novela sobre las experiencias del amor y de la muerte.

Ugo Pirro (1920-2008) es conocido sobre todo por su extraordinaria producción como guionista cinematográfico, que le valió dos nominaciones a los Oscar (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y El jardín de los Finzi-Contini) y la fama de cineasta contestatario y políticamente comprometido gracias a películas como La clase obrera va al paraíso u Operación ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco. Su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial influyó en su temprana producción literaria, de la que forma parte Las soldadesas, su exordio como narrador.

Zenda publica el prólogo de este libro y las primeras páginas.

Prólogo

Por Íñigo Domínguez

Este que tienen entre las manos es uno de los mejores libros sobre la guerra que se pueda leer, dentro de una tradición, más bien del cine italiano que de su literatura, que adopta un punto de vista muy particular sobre el asunto: la del que no quiere tener nada que ver con la guerra, o más bien desearía no haber tenido nada que ver, no haberse envilecido con ella, y la mira con ojos cansados, sin retórica. En esta novela, escrita con la precisión del desencanto, el protagonista merodea por los bajos fondos de la guerra, lejos del frente y las trincheras. No hay un solo momento de acción o heroísmo, sino de huida y desolación, con hombres y mujeres convertidos en bestias, pero ya sin ferocidad, derrotados en su dignidad. El hallazgo de Le soldatesse es el estilo, el gran talento de su autor, que escribe como si se tratara de un informe, descriptivo e introspectivo, donde no esconde nada, tampoco su culpa, ni su incapacidad de descifrar sus propios sentimientos, aunque es excepcionalmente sagaz en captar los matices, que son el secreto de una situación. Es frío e íntimo a la vez. Narra los hechos sin una pretensión moralista, pero consciente de que deja a la vista implacablemente el horror moral que representan.

Ugo Pirro estuvo en Grecia, fue uno de esos jóvenes que el fascismo, en su locura imperial, mandó allí, como a Etiopía y Albania, a conquistar el mundo, sin que la mayoría de los soldados hubieran salido antes de su pueblo ni estuvieran lejanamente convencidos de esa épica. En el caso de Grecia, los italianos se encontraron con gente que era como ellos en paisajes que eran parecidos a los suyos, pobres campesinos en aldeas reducidas al hambre. En las trincheras de los griegos no encontraban cigarrillos y chocolate, como en las de los ingleses, sino migas de pan y latas de sardinas vacías.

Los italianos, además de no creerse la guerra, intuían que la perdían, vivían en una fatalidad rutinaria y degradante. En la Italia de la posguerra no se había dicho mucho, las atrocidades y los desmanes de las tropas italianas se habían silenciado. Primaba el estereotipo italiani, brava gente: el soldado italiano no era como los alemanes, era un invasor simpático, caía bien a los enemigos, trataba bien a los sometidos. También había contribuido a ello la propaganda del cine de Hollywood, que los colocaba como los buenos dentro de los malos, alemanes y japoneses, porque sabían que Italia era el anillo débil del eje. Ugo Pirro, sin embargo, fue una de las primeras voces en contar algo bien distinto en un relato demoledor. Tocó además un aspecto tabú, y romperlo era muy adelantado a su tiempo, un ángulo poco considerado dentro del gran drama de la guerra: el de la prostitución en la población ocupada, las mujeres tratadas como carne de mercancía, repartidas en camiones por el ejército.

Pirro no fue el primero, sino el segundo en Italia en hablar de esto, y lo que le pasó al primero es muy revelador. Le soldatesse, opera prima, se publicó en 1956. Seis años antes, en 1949, Renzo Biasion, otro veterano de Grecia, había contado su experiencia en un relato publicado en la revista milanesa Rassegna d’Italia con el título de Sagapò: un anticipo del homónimo libro que Biasion publicará cuatro años más tarde bajo el prestigioso sello de Einaudi.

Sagapò venía de una expresión griega que significa «te amo», y sirvió a las tropas aliadas para bautizar burlescamente a los italianos, por su propensión a relacionarse con las chicas griegas, aprovechándose del hambre y pagando sus servicios con un trozo de pan. A su vez las chicas, por cierto, eran fuente inagotable de información para los espías de ingleses y partisanos.

El relato pasó inadvertido, pero en 1953, poco antes de que el libro de Biasion viese la luz, se armó un escándalo enorme con el borrador de un guion publicado en la revista Cinema Nuovo: el guion se titulaba L’armata sagapò y estaba basado en el relato de 1949 de Biasion. El autor, Renzo Renzi, y el director de la revista, Guido Aristarco, fueron acusados de vilipendio a las fuerzas armadas y juzgados por un tribunal militar, porque ambos habían sido militares. Estuvieron cuarenta y cinco días en prisión. Renzi recordó con gracia años después, en una entrevista, que en prisión él era el oficial de mayor rango, y su director tenía uno inferior, así que se invirtió la jerarquía: en la vida real él era un simple colaborador de la revista, pero en la cárcel su director tenía la obligación de limpiar la celda y hacerle el café. El proceso terminó con una condena simbólica de siete meses para Renzi y de seis a Aristarco, con libertad condicional. Pero tuvo la virtud de desatar una fuerte reacción de protesta en la opinión pública y plantear el debate sobre lo realmente ocurrido en Grecia.

Hasta entonces, en Italia pesaba el recuerdo de la terrible masacre de Cefalonia, en septiembre de 1943. Tras la rendición de Italia, las tropas destinadas en esta isla se negaron a entregar las armas a los alemanes, hasta ese momento sus aliados. Tras un sangriento asedio, en el que murieron más de mil italianos, se rindieron. Como represalia, las tropas de Hitler asesinaron a los supervivientes, al menos entre cuatro mil y cinco mil.

Pero el comportamiento de los soldados italianos había sido antes mucho menos heroico, y eso es lo que contó Pirro. Se lo publicó Feltrinelli, una nueva editorial que nació ese año, impulsada por un millonario revolucionario loco, Giangiacomo Feltrinelli, todo un personaje. Fue quien publicó Doctor Zhivago y El Gatopardo y solo con eso ya pasó a la historia. Pero estaba tan metido en la época que acabó fundando un grupo terrorista y murió cuando colocaba una bomba en 1972. Fue un intelectual comprometido como Feltrinelli quien publicó el libro de Pirro, que rompía con una larga tradición de retórica guerrera italiana, del Risorgimento al fascismo. También con el silencio de la posguerra en Italia, donde no hubo juicios de Núremberg, sino amnistías, y los fascistas se reciclaron en la nueva república, también entre las autoridades. Con el beneplácito norteamericano, que quería un aliado sólido y estratégico contra el comunismo, y en el país con el partido comunista más grande de Europa.

Le soldatesse es un viaje al horror de la guerra que, de ser una novela estadounidense, habría tenido en el cine una especie de Apocalypse Now en forma de road movie. «Un largo viaje dentro de la conciencia», lo definió Andrea Camilleri en el texto que escribió para la última reedición italiana, en reconocimiento a su deuda con aquel libro que leyó de joven y le impresionó por su autenticidad. En el cine no tuvo suerte, fue una pena. Llevó la obra a la gran pantalla Valerio Zurlini, buen director, pero en este caso no estuvo a la altura del material. De todos modos, el cine italiano ha tenido una especial sensibilidad para el género bélico, y con él ha alcanzado varias de sus obras maestras, exactamente en la misma línea que la novela de Pirro. Roma città aperta, La ciociara, Tutti a casa, La Grande Guerra… parten del mismo presupuesto, la experiencia brutal de la guerra de todos sus autores. El contacto con la más compleja y extrema gama de sentimientos humanos. De ahí sale un cine bélico esencialmente antibélico, narrado por la gente común, sin tipos cachas, al contrario, a menudo son descreídos, cobardes e imprevisibles. Pero lúcidos y valientes. Como este libro.

 

Las soldadesas

I

A las cuatro salíamos de los acuartelamientos y daba comienzo el paseo por Volos; íbamos y veníamos, una y otra vez, por el paseo marítimo, como los domingos en nuestros pueblos, y después, a las cinco, nos reencontrábamos en el comedor. Comíamos a toda prisa y acto seguido corríamos a tirarnos en el catre, a esperar a que nos subiera la fiebre. Todos teníamos malaria y nuestra jornada concluía a las cinco. Así pues, solo nos quedaba una hora para pasear y procurarnos una mujer. No era difícil, pero a menudo el amor necesita la complicidad de la oscuridad para crecer y consumarse y, sin embargo, la fiebre nos desarmaba antes de la puesta de sol.

A pesar de todo, algunas tardes no aguantábamos en la cama y la necesidad de abrasarnos con otra cosa que no fuese la fiebre se apoderaba de nosotros. Nos atiborrábamos de quinina y con los oídos zumbando marchábamos al prostíbulo a hablar italiano, a beber y a cantar sin moderación.

En Volos había dos prostíbulos, uno reservado a la tropa; el otro, a los oficiales. Los oficiales superiores y los de la comandancia iban allí por la mañana y sorprendían a las chicas en la cama inmediatamente después de la visita del doctor. Una tarde que llamé a la puerta del burdel no vino nadie a abrir. Habitualmente se escuchaba la algazara de las chicas, que corrían para disputarse el cliente. Ante mi insistencia compareció la madama, que dijo que se habían llevado a las chicas. Supuse que las habrían transferido al prostíbulo de los soldados; siempre sucedía lo mismo: cuando algún coronel se hartaba ordenaba el traslado.

No tenía yo ni tiempo ni fuerzas para ponerme a lanzar improperios, sentía que la fiebre me cargaba los ojos y terminaba con todo deseo, pero entré igualmente; la patrona me hizo acomodar en el salón y me ofreció vino. Hablaba italiano y conocía Trieste. Me acribillaba a preguntas y yo respondía con gestos. Tenía calor y se aflojaba la bata de seda sobre el pecho y dejaba desnudas las piernas.

La fiebre transformaba el deseo acumulado durante semanas en una sensación de asco, y además estaba débil y vaciado. Ella en persona me llevó a la cama y me quedé dormido al instante. Se acurrucó a mi lado; me di cuenta de ello solo por la mañana, cuando me desperté aturdido y sin fiebre. Vestido como estaba, me incorporé y me marché, y la escuché imprecar mientras abría la puerta.

A primera hora de la mañana, las calles de Volos estaban llenas de asnos; atestado y sucio circulaba algún que otro tranvía, y patrullas de carabinieri se cruzaban con los gendarmes griegos, insignificantes y avergonzados.

Mi asistente me esperaba desde hacía una hora. Dormía delante de mi puerta como un perro guardián, tirado sobre un colchón de crines. Cuando me vio llegar corrió hacia mí: me dijo que habían venido a buscarme de la comandancia.

Siempre ocurría lo mismo: los soldados aún dormían en los acuartelamientos y el coronel ya disparaba órdenes a la velocidad de una ametralladora. Tuve que limpiarme las botas y afeitarme los cuatro pelos de la barbilla; el coronel no parecía preocuparse de otra cosa, no los toleraba en absoluto y no me excusaría. Bien sabía yo cómo terminaban indefectiblemente ciertos encuentros, con una semana de arresto, lo que, por otra parte, no significaba más que setecientas liras de retención.

El coronel, a decir verdad, era un prodigio, una auténtica cigarra, sin prudencia ni juicio, malgastaba toda su energía antes del mediodía; era un castigo para todos nosotros, que nunca podíamos permitirnos un instante de negligencia y laxitud antes del rancho.

Llegué a la comandancia sudado y resignado, pero el coronel ya se había ido. Cuando no estaba en el cuartel a primera hora, se iba de inspección a las habitaciones de los oficiales, a sacarlos de la cama.

—Quizá se haya ido a toda prisa al burdel —dijo su ayudante mayor—, desde hace unos días está insoportable.

Respondí que sabía con absoluta certeza que el burdel estaba vacío y el ayudante mayor palideció. Comprendimos que el coronel tendría al alcance de la mano una buena justificación para su insomnio durante muchos más días.

Por lo que a mí respecta, había dado la orden de que partiera inmediatamente para Atenas. Y era una noticia que siempre daba alegría y hacía olvidar la malaria y los peligros del viaje.

El mismo Fiat 26 de siempre ya estaba delante de la comandancia. Partí inmediatamente y ni siquiera me cuidé de leer atentamente todos los papeles que me habían entregado. Solo sabía que iba a recoger a gente y era lo único que me importaba; aunque solo fuese durante algunos días, la idea de regresar a Atenas me bastaba para aliviarme y no pensar en nada más. Sentado al lado de Esposito, el conductor, yo contemplaba la carretera, blanca y accidentada, que desfilaba hacia las Termópilas, Tebas y Atenas.

Marchábamos con el acelerador pisado a fondo, los griegos huían de la carretera, cautos y desconfiados como eran. Llegamos a Larisa al cabo de una hora, pero ni siquiera nos detuvimos, escupimos en la carretera como conjurando un retorno a sitios tan luminosos y lúgubres. Sobre aquella llanura poblada por pocas casas y escasos árboles, la malaria había diezmado nuestras unidades más que las ametralladoras y los morteros escondidos sobre Tepelenë, cuando se combatía de verdad.

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Autor: Ugo Pirro. Título: Las soldadesas. Editorial: Altamarea. Venta: Fnac