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La mujer y la nueva raza

Hace exactamente cien años, en octubre de 1920, Margaret Sanger —enfermera, activista y educadora sexual estadounidense— publicó su primer libro, un manifiesto que exige la divulgación de información sobre métodos anticonceptivos como un derecho fundamental de las mujeres.

De 1920 a 1926, Woman and the New Race (La mujer y la nueva raza), que primero se tituló La maternidad voluntaria y después El movimiento de la mujer moderna, vendió, junto al siguiente libro de Sanger, más de medio millón de ejemplares. A partir de entonces, el movimiento por el control de la natalidad ganaría en relevancia al movimiento sufragista —en Estados Unidos las mujeres habían obtenido el derecho a votar solo dos meses antes, el 18 de agosto de 1920—–. Durante cincuenta años, Margaret Sanger lucharía por la revolución de la mujer contra la servitud sexual, asegurando que el control de la natalidad en manos de la mujer «rehará el mundo» y que ningún tipo de libertad es más importante.

"Durante milenios, «el espíritu femenino» había quedado subyugado y las mujeres estaban subordinadas a procrear sin control"

Con «la nueva raza» se refería a la raza humana: «Una raza libre no puede nacer de mujeres esclavas. Una mujer encadenada no puede evitar pasar parte de su servidumbre a los hijos. Ninguna mujer puede llamarse libre si no está en posesión y control de su propio cuerpo. Ninguna mujer puede llamarse libre hasta que pueda escoger conscientemente si quiere o no quiere ser madre». Durante milenios, «el espíritu femenino» había quedado subyugado y las mujeres estaban subordinadas a procrear sin control, porque los hombres dominaban en el ámbito de las leyes y la religión. Con el acceso a la contracepción denegado, las mujeres de todo el mundo estaban buscando «medios violentos de liberarse de las cadenas de su propia reproducción» (en Estados Unidos, pagaban cinco dólares por aborto ilegal, o se los autoprovocaban). Según Sanger, la fertilidad incontrolada era no solo una carga personal sino la causa de todas las miserias humanas, incluidas la pobreza, el hambre y las guerras, y el control de la natalidad suponía «la cura verdadera de la guerra».

Margaret Sanger había nacido en 1879 en el estado de Nueva York y se había educado bajo la fuerte influencia de su padre —librepensador irlandés, ateo, socialista y a favor del sufragio femenino, aunque demasiado aficionado a la oratoria y «el buen whisky»—. Sobre todo, la marcó la experiencia de su propia infancia y ser testigo del sufrimiento de su madre. La mujer y la nueva raza está dedicado a ella, «una madre que dio a luz a once niños vivos». Margaret era «la pequeña de seis, pero después de mí otros continuaron llegando hasta que fuimos once. Nuestras muñecas eran bebés —cuerpos vivos, que se movían cuando los bañábamos y vestíamos, en vez de las caras sin vida que nunca lloraban o dormían […]—. Tenía poco más de ocho años cuando ayudé por primera vez a limpiar al bebé de seis kilos y medio que acababa de parir mi madre». En sus autobiografías, la recuerda siempre trajinando y con una tos constante; murió a los cincuenta años de tuberculosis, habiendo estado embarazada dieciocho veces durante veintidós años. Ella quiso ser médico, lamentando no haber tenido conocimientos suficientes para salvar a su madre. Sus dos hermanas mayores se hicieron cargo de su educación secundaria en un internado privado y después de tres años entró a trabajar en un hospital como enfermera en prácticas. Allí «las madres me preguntaban con lamentos, lloros, esperanza: “Señorita Higgins (su apellido de soltera), ¿qué debo hacer para no tener otro bebé enseguida?”. Yo no sabía cómo contestar a esas preguntas íntimas, y se las pasaba al doctor, que con frecuencia resoplaba: “Debería avergonzarse de hablarle a una chica joven sobre estas cosas”».

"Cuando le llegó el momento de comparecer a juicio, escapó a Canadá, donde sus contactos en la comunidad radical le facilitaron documentación falsa para viajar a Europa"

En 2020 el derecho de la mujer a la maternidad voluntaria, cuando y en las condiciones que una desee, nos puede parecer algo obvio, indiscutible, pero hace cien años prevenir la concepción atentaba no solo contra las leyes divinas sino también contra las de los hombres. En 1912 Margaret Sanger publicó una serie de artículos bajo el título What Every Girl Should Know (Lo que toda chica debe saber) en el suplemento dominical del diario socialista The Call. En esa época, que una mujer informara sobre tales temas como la atracción sexual, la masturbación, las relaciones sexuales, los embarazos y los partos era una provocación que requería mucho valor. Las reacciones fueron diversas, con una gran mayoría de respuestas favorables por parte del colectivo femenino. Sin embargo, en vez de su artículo, un domingo se encontró dos columnas en mayúsculas: «LO QUE TODA CHICA DEBE SABER: ¡NADA! POR ORDEN DEL DEPARTAMENTO DE CORREOS». En ese artículo habían aparecido las palabras «gonorrea» y «sífilis» y «a Anthony Comstock, el jefe de la Sociedad de Nueva York para la Supresión del Vicio, no le gustaron».

En 1914 empezó a publicar un mensual feminista de ocho páginas con el título Woman Rebel (La mujer rebelde), en el que acuñó el término birth control (control de la natalidad). En La mujer rebelde formula la pregunta: «¿Hay alguna razón por la que las mujeres no deben recibir conocimiento claro, inofensivo y científico para prevenir la concepción?». De nuevo, el departamento de correos confiscó su primera entrega con una advertencia. Ella continuó publicando y distribuyendo el periódico de manera privada (e ilegal), depositándolo en buzones de toda la ciudad. Finalmente la arrestaron y acusaron de cuatro cargos criminales con una sentencia máxima de cuarenta y cinco años. Le dieron seis semanas para prepararse antes del juicio. En vez de eso, se dedicó a escribir otro panfleto de quince páginas con el título Family Limitation, donde hablaba de varios métodos anticonceptivos: «Parece antiestético y sórdido introducirse un pesario o tableta en anticipación del acto sexual. Pero es mucho más sórdido encontrarte, varios años más tarde, con la carga de media docena de niños no deseados, indefensos, hambrientos y mal vestidos tirándote de la falda, y a ti misma como una sombra estirada de la mujer que fuiste». Cuando le llegó el momento de comparecer a juicio, escapó a Canadá, donde sus contactos en la comunidad radical le facilitaron documentación falsa para viajar a Europa.

"Los cargos por obscenidad habían quedado obsoletos cuando el debate sobre el control demográfico aparecía ya en los principales diarios del país"

En 1915, Anthony Comstock detuvo al marido de Margaret por haber entregado un ejemplar de Family Limitation a un agente del gobierno infiltrado en su casa. William Sanger se sentía emocionalmente identificado con el trabajo de su esposa y acusó a Anthony Comstock de ser «víctima de una sexofobia incurable, a quien le falta la inteligencia suficiente para distinguir entre pornografía e información científica». Declarado culpable, recibió una sentencia de treinta días de cárcel. La opinión de uno de los jueces inició un debate público que perdura hasta nuestros días y poco tiene que ver con la obscenidad, sino más bien con el papel de la mujer en la sociedad: «Demasiada gente tiene la idea de que tener hijos no está bien. Algunas mujeres son tan egoístas que no quieren molestarse con ellos. Si algunas personas fueran por ahí animando a las mujeres cristianas a tener hijos y no perdieran tanto el tiempo con el sufragio femenino, esta ciudad y sociedad serían mucho mejores».

Dos semanas después, Anthony Comstock murió de neumonía y Margaret Sanger regresó a los Estados Unidos tras diez meses de exilio. En enero de 1916 tuvo que aparecer en juicio por los cargos que se le imputaban a raíz de La mujer rebelde. Sin abogado y consciente del creciente apoyo de los medios de comunicación, alegó: «No hay nada nuevo o radical en el control de la natalidad. Aristóteles lo propuso, también Platón, y ¡todos los grandes pensadores!». En poco tiempo se había hecho famosa. Los cargos por obscenidad habían quedado obsoletos cuando el debate sobre el control demográfico aparecía ya en los principales diarios del país. El fiscal terminó por retirar los cargos y Margaret Sanger dedicó los meses siguientes a dar conferencias por toda la nación.

El 16 de octubre de 1916, Margaret Sanger, su hermana Ethel Byrne y una trabajadora social alquilaron un local en Brooklyn y colgaron carteles en inglés, italiano y yiddish: «¡MADRES! ¿Os podéis permitir una familia numerosa? ¿Queréis más hijos? Si es que no, ¿por qué los tenéis? NO MATÉIS, NO ATENTÉIS CONTRA LA VIDA, PERO PREVENID. Podéis adquirir información segura e inofensiva de enfermeras cualificadas en el nº 46 de la calle Amboy». Una cola de madres empujando cochecitos y llevando de la mano a niños pequeños empezó a dar la vuelta a la esquina. Se inauguraba así la primera clínica de planificación familiar de América. Desde entonces el modelo de un centro independiente y sin ánimo de lucro para la distribución de información y métodos anticonceptivos ha servido de precedente en Estados Unidos y en todo el mundo libre. Cobraban diez céntimos por consulta, que consistía en mostrar cómo usar pesarios y condones. Nueve días después de la apertura de la clínica, recibieron la visita de una policía de paisano. Al día siguiente arrestaron a las tres mujeres por violar una sección del código penal del estado de Nueva York según el cual era ilegal distribuir «cualquier receta, droga o medicina para la prevención de la concepción».

"En el sexto día de huelga, Ethel Byrne se convirtió en la primera prisionera de los Estados Unidos a la que se alimentó a la fuerza"

El abogado de las dos hermanas arguyó que las leyes de Comstock eran inconstitucionales, ya que infringían el derecho de las mujeres a «la búsqueda de la felicidad» y ponían sus vidas en peligro. El argumento no fue convincente y a Ethel, la primera en ir a juicio, se la declaró culpable. En enero de 1917 el juicio y encarcelamiento de Ethel Byrne en Nueva York saltó a la prensa de todo el país, mientras el Partido Nacional de la Mujer hacía vigilia en la Casa Blanca con carteles que rezaban: «SR. PRESIDENTE, ¿CUÁNTO TIEMPO DEBEMOS LAS MUJERES ESPERAR LA LIBERTAD?». El 22 de enero Ethel tuvo que abstenerse durante dos horas de su trabajo de enfermera en un hospital para oír su sentencia: treinta días de prisión. El New York Tribune informó: «Los niños con sarampión que estaba cuidando la Sra. Ethel Byrne tendrán que encontrar a otra enfermera». Con el mismo tipo de ataque que Margaret Sanger sigue recibiendo hasta hoy, el fiscal acusó a Ethel de «querer deshacerse de los judíos» al entregarles anticonceptivos en un gueto de inmigrantes. Ethel anunció que haría huelga de hambre y su historia apareció en primera página del New York Times durante cuatro días seguidos, junto a los titulares sobre la guerra en Europa.

Después de dos días sin comer ni beber, Ethel Byrne ingresó en el hospital de la cárcel. Desde allí declaró: «El Departamento de Salud notifica de ocho mil muertes al año en el estado [de Nueva York] derivadas de operaciones ilegales a mujeres, así que una muerte más no importará». Al quinto día, Margaret Sanger informó a la prensa de que su hermana (a la que no se le permitió visitar) estaba al borde de la muerte. El New York Tribune suplicó el perdón del gobernador, con la amenaza del juicio de la historia: «Será difícil hacer comprender a la juventud de 1967 que en 1917 se encarceló a una mujer por hacer lo que hizo la Sra. Byrne». Recordemos que su delito fue la «obscenidad», por informar a otras mujeres sobre cómo prevenir los embarazos. En el sexto día de huelga, Ethel Byrne se convirtió en la primera prisionera de los Estados Unidos a la que se alimentó a la fuerza —huevos, leche y brandy a través de un tubo de caucho— mientras estaba inconsciente. Poco después, Margaret Sanger consiguió el perdón del gobernador para su hermana, con la promesa de que no volvería a involucrarse en el movimiento por el control de la natalidad.

"En 1931 recibió la medalla de la American Medical Women’s Association después de haber aparecido en el congreso defendiendo los derechos de las madres"

Durante el juicio a la propia Margaret Sanger, el fiscal del distrito entrevistó a varias mujeres que la habían visitado en su clínica de Brooklyn «para que parara a los bebés». El abogado defensor les hizo a su vez relatar sus trágicas historias de abortos naturales, muertes infantiles, pobreza, hambre y enfermedades. Cuando Margaret se negó a prometer «obedecer una ley que no respeto», se la declaró culpable. El juez dictaminó que «ninguna mujer tiene derecho a copular con la seguridad de que no resultará en concepción». Entre una multa de cinco mil dólares o treinta días de cárcel, Margaret escogió la cárcel, y cumplió su pena sin huelga de hambre. El día que salió de prisión, su hermana Ethel la fue a recoger, pero nunca le perdonó su intervención con el gobernador. Para el movimiento que Margaret pretendía liderar, Ethel era demasiado radical. A partir de entonces, Margaret Sanger redirigió su táctica política; de la rebelión pasó a la reforma social. El juez había declarado que no tenía derecho a distribuir anticonceptivos porque no era médico, así que decidió aliar el movimiento por el control de la natalidad con la profesión médica. En 1918, en otro folleto mensual —Birth Control Review—, publicó un ensayo de Havelock Ellis, conocido psicólogo inglés especializado en sexualidad humana, con el título The Love Rights of Women (Los derechos amorosos de las mujeres).

En 1921 fundó la American Birth Control League (Liga Americana por el Control de la Natalidad), que en 1942 se convertiría en la actual Planned Parenthood Federation of America (Federación de Planificación Familiar de América). En 1923 abrió otra clínica con el dinero de su segundo marido, empleando a personal médico femenino: el Clinical Research Bureau, en la Quinta Avenida, que con el tiempo se convertiría en el Planned Parenthood Center, todavía existente. Más tarde, sería la primera presidenta de la Federación Internacional de Planificación Familiar, fundada en la India en 1952, que actualmente trabaja en más de ciento ochenta y nueve países. Diez años después de la publicación de La mujer y la nueva raza, se había convertido en la líder internacional del movimiento por el control de la natalidad. En 1931 recibió la medalla de la American Medical Women’s Association después de haber aparecido en el congreso defendiendo los derechos de las madres. El New York Herald Tribune lo celebró: «La Sra. Sanger merece este honor; merece más honores que el mundo pueda jamás darle, un mundo contra cuya oscuridad de mente ella ha luchado con valentía y constancia durante veinte años. La Sra. Sanger ha trazado, casi sin ayuda y enfrentándose a toda variedad de persecuciones, un camino a través de las más densas junglas de la ignorancia e impotencia humanas». En 1935, el escritor H. G. Wells predijo: «Cuando se escriba la historia de nuestra civilización, será una historia biológica y Margaret Sanger será su heroína. El movimiento que ella ha empezado será, dentro de cien años, el más influyente del mundo». William Marston Moulton, el creador de Wonder Woman, declaró para la revista Times en 1937 que Margaret Sanger era la segunda persona más importante del mundo por su contribución a la humanidad en general, solo después de Henry Ford. Entre los años 1953 y 1963, recibió treinta y una nominaciones para el premio Nobel de la Paz. Murió en 1966, habiendo vivido lo suficiente para ser testigo de la realización de parte de su visión, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos protegió el uso privado de los anticonceptivos y en 1960 empezara a comercializarse la píldora anticonceptiva que ella había conseguido financiar.

"Aunque la eugenesia es hoy una filosofía desacreditada, hay que tener en cuenta que a principios del siglo XX la aceptaban la mayoría de científicos y médicos estadounidenses (y europeos)"

Sin embargo, a Sanger se la ha repudiado y criticado durante décadas —después de haber luchado contra oponentes tan poderosos como el gobierno de los Estados Unidos y la Iglesia Católica— por racista, por haber pasado de ser socialista a republicana registrada y por ser partidaria de la eugenesia negativa, o la esterilización de los física o mentalmente incapacitados. Aunque la eugenesia es hoy una filosofía desacreditada, hay que tener en cuenta que a principios del siglo XX la aceptaban la mayoría de científicos y médicos estadounidenses (y europeos), e incluso se enseñaba en las universidades. En los años treinta, ante el horror nazi, los eugenesistas americanos empezaron a respaldar el control de la natalidad universal y voluntario. En Woman of Valor, la biógrafa Ellen Chesler asegura que «su herejía fundamental fue exigir el derecho de las mujeres a poseer y controlar sus propios cuerpos —a experimentar su sexualidad libre de consecuencias, tal como los hombres han hecho siempre—». La defiende también de las acusaciones de racismo que han proliferado sobre todo desde el advenimiento de internet, a través de páginas web y blogs antiabortistas y antifeministas que citan a Margaret Sanger con información falsa o fuera de contexto. Esta información falsa se repite tanto que «la entrada sobre Sanger en Wikipedia está llena de incorrecciones y es intelectualmente incoherente». Chesler afirma que «Margaret Sanger no fue nunca racista, pero vivió en una sociedad llena de profundos prejuicios y cometió el error de no rechazarlos sin dudar —sobre todo entre los defensores de su causa—, algo que la ha perseguido desde entonces». La noticia más reciente, de julio de este mismo año, ha sido la decisión de Planned Parenthood de retirar el nombre de Margaret Sanger de su centro en Nueva York «por sus conexiones dañinas con el movimiento de la eugenesia».

En una época en que la mujer invierte, de promedio, solo cinco años de su vida intentando concebir y la media mundial de hijos por mujer es de menos de dos y medio, es fácil olvidar que hace un siglo la reproducción era su principal objetivo y la maternidad su papel primordial. Me inclino a estar de acuerdo con Chesler cuando afirma que «toda mujer en el mundo que da por sentada su autonomía sexual y reproductiva debería venerar a Margaret Sanger». En realidad, se beneficia la sociedad entera, pues está claro que el control demográfico y la incorporación de las mujeres al mundo laboral han propiciado el progreso humano en general. Como escribió la propia Margaret Sanger en los agradecimientos de su autobiografía: «Es una causa que nos pertenece a todos».

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*Para la elaboración de este artículo, he leído los siguientes libros y artículos en internet:

The Secret History of Wonder Woman. Jill Lepore. New York: Alfred A. Knopf. 2014

Woman of Valor: Margaret Sanger and the Birth Control Movement in America. Ellen Chesler. Simon and Schuster. 1992 – 2007

Margaret Sanger: An Autobiography. Margaret Sanger. 1938

Woman and the New Race. Margaret Sanger. 1920

https://www.plannedparenthood.org/files/9214/7612/8734/Sanger_Fact_Sheet_Oct_2016.pdf

https://time.com/4081760/margaret-sanger-history-eugenics/

https://apuntesdedemografia.com/polpob/maltusianismo/margaret-sanger/

https://www.nytimes.com/2020/07/21/nyregion/planned-parenthood-margaret-sanger-eugenics.html

https://www.lavanguardia.com/vida/20200721/482462663944/planned-parenthood-retira-nombre-de-historica-feminista-por-legado-racista.html

https://ourworldindata.org/fertility-rate

… y algunos más, solo para comprobar cuánta controversia existe aún en torno a la figura de Margaret Sanger.

**Las obras de Margaret Sanger son de dominio público y se pueden bajar gratis en internet (en inglés).

***Todas las traducciones son mías, del inglés.

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