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La publicación para vanidosos

La publicación para vanidosos

El mes pasado, una amiga me dijo de una conocida común: «No te lo vas a creer. Clara ha escrito una novela y ya ha encontrado una editorial». Entonces tomó aliento, para crear suspense, y soltó la verdadera bomba: «En América». Durante la pausa pensé: ¿En serio? ¿Clara? ¿Y ha fichado con una editorial? ¿Cómo lo ha hecho? ¿Qué números ha comprado? Hasta que oí «En América» y, en efecto, no me lo creí.

En el mundo de la publicación, si parece demasiado bonito para ser verdad, es que no es verdad. Por descontado, existen excepciones y de vez en cuando ocurre que una madre de siete hijos educados en casa, que además lleva un pequeño negocio de productos naturales y no tiene tiempo para teñirse las canas, se pone a escribir una novela e incluso antes de haberla terminado, una «gran» editorial de América se desvive por publicarla… Y qué grandioso suena decir América, ¿verdad?, mucho más que Estados Unidos.

Aun así, continué escuchando a mi amiga los elogios que profesaba para Clara, que le había dado la novela para que la leyera y le diera su opinión. A mí no, por una cuestión de religión: soy atea y ellas dos devotas cristianas y practicantes, y Clara llegó a la conclusión de que si Dios es un personaje crucial en su novela, yo no voy a tener interés por leerla. Se equivoca, por supuesto, pero desde el principio decidí no rescatarla del malentendido por otra razón: he visto cómo escribe en Facebook.

"Desconfío de los escritores que escriben mal en las redes y confiesan no ser lectores"

Ah, las redes sociales… Una navaja de doble filo para los escritores. Por un lado, suponen una gran oportunidad para las voces emergentes de hoy, un escaparate en el que te pueden ver directamente los lectores o las editoriales en busca de nuevos talentos. Por otro lado, son un salto al exterior sin paracaídas, sin alguien que te diga: ejem, es que si quieres escribir, lo primero es aprenderte unas reglas básicas de gramática y sintaxis, y lo segundo, que leas. Ese fue mi segundo prejuicio hacia Clara: recordé su confesión reciente de llevar años sin leer novelas, desde el instituto.

Desconfío de los escritores que escriben mal en las redes y confiesan no ser lectores. No lo puedo evitar, soy firme creyente de lo que otros han dicho millones de veces antes: para saber escribir hay que leer, y no dejar nunca de hacerlo.

Me dije: que te juegas que la editorial esa de la gran América es en realidad una editorial para vanidosos, lo que en inglés se conoce como vanity publishing. En efecto, cuando unos días más tarde vi a Clara y le pregunté: «¿Es verdad que has encontrado una editorial?» y me contestó: «Sí; es de impresión por demanda y tengo que pagar mil quinientos dólares, que incluyen la corrección, y si quiero el marketing también son solo cuatrocientos dólares más, pero me la pondrán en Amazon y Kobo y… y…», pensé: Ah, mi amiga, aprendiz de escritora, ha caído en la trampa. La vi tan ilusionada que por un momento pensé en callar, en no decirle que es una estafa y que empresas como esta aprovechan la confusión que crean al proclamarse a sí mismas editoriales. «No pretendo ser famosa. Ni ganar dinero», me dijo, «pero he descubierto que me gusta escribir. Un día me puse y ya no pude parar…».

"Le hablé de la autopublicación en Amazon, que es gratis y ofrece más garantías de que alguien te compre un ejemplar o dos. Ella había oído hablar pero estaba totalmente desinformada, tenía muchas preguntas"

Pues entonces cállate, me dije a mí misma, no le digas que no va a ganar ni un céntimo y que tampoco corre peligro de ser famosa fuera de su círculo de familiares y amigos, aunque ni siquiera la mitad de estos la leerán. Pero sí le pregunté, por curiosidad, por qué había escogido esta vía. «¿Y qué otra opción tengo?», me preguntó ella a su vez. «No soy nadie. No puedo pretender que una editorial de verdad me tome en serio. Pero quizá cuando vean mi libro publicado…».

Le hablé de la autopublicación en Amazon, que es gratis y ofrece más garantías de que alguien te compre un ejemplar o dos. Ella había oído hablar pero estaba totalmente desinformada, tenía muchas preguntas. Las respondí con paciencia, aunque desde el principio supe que le dijera lo que le dijera, ella tiraría adelante con la «editorial de América». Por vanidad. Sí, por vanidad. Porque si publicas con Amazon, estás autopublicando y, para gran sorpresa mía, eso supone aún un estigma para algunos, una señal de que las editoriales de verdad te rechazan, de que no eres buena. Terminamos la charla con mis palabras de cautela: «Siempre y cuando sepas a quién estás dando tu dinero…». Y no digo que Amazon sea mejor. Jeff Bezos está entre las diez personas más adineradas del mundo. Si nos sobra la plata, desde luego, mejor dársela a las editoriales para vanidosos que a él, pues detrás de estas empresas también hay personas con hijos a los que alimentar. Pero la diferencia es que Amazon solo cobra si nosotros cobramos, y las regalías son de hasta el setenta por ciento.

Lo repito: las empresas que piden dinero por corregir, maquetar, publicar y distribuir tu libro no son editoriales. Lo que sí son: una persona o dos que autopublica tu libro y te cobra mucho más de lo que cuesta. Aceptan cualquier manuscrito, lo dan a corregir a correctores mal pagados y poco cualificados, y cobran al escritor por el manuscrito, la corrección, la maquetación, la cubierta y el aguachirri marketing, que se reduce a inundar Twitter de basura. Te dicen que tu novela estará en El Corte Inglés, Casa del Libro, Fnac y todos los grandes puntos de venta además de las plataformas en red como Amazon, y tú te vas a casa soñando que en el próximo Sant Jordi estarás firmando al lado de las estrellas. Entonces, tu mejor amiga, tan ilusionada como tú, se va a El Corte Inglés a comprar el primer ejemplar que venderás y le informan de que no tienen ni una sola muestra en la tienda, pues la impresión bajo demanda es eso: alguien tiene que ir a pedir tu novela que, por descontado, no está en ningún escaparate ni visible en ningún sitio. Resumiendo: alimentan tu vanidad, te engañan sin mentirte aprovechándose de tu ignorancia. Tienes que leerte la letra pequeña con lupa de Sherlock Holmes.

"En las librerías descubrí un libro parecido al mío, al menos en el título, aunque el autor —un abogado famoso que salía por la tele— había hecho el mismo viaje en las cinco semanas de agosto de 2001"

Me sorprende que todavía haya gente que cae en esta trampa, que no sabe de qué van estos negocios, pues hace ya algunos años que rondan por el mundo y son innumerables los artículos de prensa que los desenmascaran. Pero sí, siguen viviendo de gente que, como la Clara de esta historia, se dejan engañar casi voluntariamente, o sin el casi. A lo largo de los últimos seis años, varias personas me han escrito para solicitar mi opinión sobre este tipo de publicación o sobre la mejor manera de publicar su primera novela. Siempre les contesto lo mismo: la autopublicación en tus propias manos te sale más a cuenta, pero me encuentro que no me hacen caso, que no es eso lo que querían oír.

Al llegar a casa ese día, no podía quitarme el asunto de la cabeza y resolví que si no se lo contaba directamente a Clara, al menos tenía que compartir mi propia experiencia con alguien, para ojalá evitar que otros cometan el mismo error. Y he aquí la razón de este artículo. En lo que queda de él, intentaré ser breve…

En la primavera de 2001 terminé de escribir mi primer libro de viajes, Amanecer en el Sudeste Asiático, sobre el viaje que realicé en el año 2000. Lo envié a cinco editoriales de España especializadas en viajes. Estaba convencida —inocente, inocente— de que alguna lo aceptaría, pues yo no había leído nada igual en español y creía que mi libro era innovador. Pero no me esperé para comprobarlo: retomé la mochila y continué viajando. Cuando regresé a casa de mis padres un año más tarde, encontré en mi viejo escritorio los manuscritos devueltos y las cinco cartas de rechazo. En las librerías descubrí un libro parecido al mío, al menos en el título, aunque el autor —un abogado famoso que salía por la tele— había hecho el mismo viaje en las cinco semanas de agosto de 2001, mientras que yo le había dedicado los primeros siete meses del 2000.

Durante los diez años siguientes continué viajando, escribiendo y viviendo la vida, incluso encontré tiempo para casarme y tener hijos. Con mi libro de viajes no hice nada más aparte de darlo a leer a quien me lo pidiera. En 2010 lo leyó una amiga de una amiga que también había escrito un libro. Me urgió a que hiciera algo con él; es decir, que intentara publicarlo. Al principio mostré reticencia: había pasado demasiado tiempo y yo misma lo encontré algo obsoleto. Por fin le hice caso, animada por nuevos cambios en mi vida. Escribí a una treintena de agencias literarias de Barcelona y Madrid, de las cuales me contestaron cuatro y una aceptó representarme.

"Mi sueño era, y sigue siendo, publicar más que nada para inspirar, para que me lean, sí, pero no para regalar libros a mis amigos y que me den palmaditas en la espalda"

Esperé seis meses. Mi agente me informó de que una de las editoriales más grandes de España había estado a punto de ofrecernos un contrato editorial y en el último momento se había echado atrás. El contrato con mi agente finalizó ahí, pues no había logrado colocar mi libro en ningún sitio; con pena me dijo que había tenido mala suerte, que era un mal momento, que estábamos entrando de lleno en una crisis. Así que investigué otras vías y lo primero que encontré fue una de estas empresas que se hacen llamar editoriales. La autopublicación en España a través de Amazon no era todavía posible; eso llegaría al año siguiente.

Mi sueño era, y sigue siendo, publicar más que nada para inspirar, para que me lean, sí, pero no para regalar libros a mis amigos y que me den palmaditas en la espalda. Así que, en mi caso, mi interés era vender. Me dijeron que el libro había pasado su criba. Primera mentira: no hay criba alguna. Lo dieron a corregir no sé a quién, pero desde luego no a una profesional de la corrección. Lo maquetaron, hicieron la cubierta. Yo, que lo ignoraba todo sobre el proceso, me fié. Solo cuando ya hubieron impreso doscientos ejemplares me di cuenta de que se habían comido un capítulo del medio. Me enfurecí pero respondieron que la culpa era mía, por haber dado el visto bueno. Y en efecto la culpa fue mía, por creer que estaba tratando con profesionales. Entonces llegó lo de la distribución, otra mentira. Creo que vendieron algún que otro ejemplar, pero a mí nunca me pagaron ni un céntimo en regalías. Al poco tiempo de este chasco —quizá solo un mes— rompí mi contrato con la empresa, sin esperar recuperar el dinero pero al menos intentando olvidar todo el asunto como si no hubiera ocurrido.

"Como eran los inicios de la venta de libros electrónicos de Amazon en España, tuve suerte: Amanecer en el Sudeste Asiático enseguida se situó en el número uno en las categorías de viaje y ahí sigue después de seis años"

A principios de 2012 me compré un Kindle y así descubrí la autopublicación en Amazon. Antes de lanzarme a ocuparme de todo yo sola —corrección (una vez más), maquetación y cubierta— leí varios libros y blogs para instruirme en cómo hacerlo de manera profesional, lo cual me llevó tres meses. Usé el nombre de mi empresa de venta de libros de segunda mano como «editorial». En fin, hice todo el trabajo de una de esas editoriales para vanidosos sin gastarme un céntimo. Una de mis mejores amigas, como ocurre en estas historias, fue la primera en comprar un ejemplar, y le siguió mi madre. Pocos días después, por Sant Jordi, puse la versión electrónica gratuita y, sin anunciarlo en ningún sitio, «vendí» veintiséis ejemplares. Para mí eso fue increíble; aunque solo una de esas personas se leyera el libro, que tantas se hubieron molestado en bajárselo significaba ya mucho.

Como eran los inicios de la venta de libros electrónicos de Amazon en España, tuve suerte: Amanecer en el Sudeste Asiático enseguida se situó en el número uno en las categorías de viaje y ahí sigue después de seis años. Otros golpes de suerte fueron un par de entrevistas en la radio y que mi libro fuera a parar a manos de algún que otro famoso, como José Luis Íñigo, al que estaré eternamente agradecida porque aún pasados los años lo recuerda. El año pasado lo volvió a mencionar en la radio, lo cual provocó un pequeño estallido de ventas. Sin embargo, varias personas que quisieron adquirir un ejemplar no me encontraron en internet, quizá fueron a las tiendas físicas, no lo sé; la cuestión es que esa editorial para vanidosos que preferí olvidar para siempre me escribió preguntando si había vuelto a publicar el Amanecer porque habían recibido llamadas y correos electrónicos solicitándolo y habían respondido que estaba descatalogado.

"Desde que publicara ese primer libro, he hecho lo mismo con cuatro más, uno de los cuales es la versión en inglés de Amanecer en el Sudeste Asiático"

Qué rabia. Sí, lo publiqué por mi cuenta enseguida —les contesté—, alcanzando un pequeño éxito que para mí fue y continúa siendo enorme, y que hicieran el favor de facilitar mis detalles de contacto a toda persona que fuera a parar, por error, a ellos. No me contestaron ni he vuelto a saber nada más, y ningún lector, que yo sepa, me ha llegado jamás a través de ellos.

Desde que publicara ese primer libro, he hecho lo mismo con cuatro más, uno de los cuales es la versión en inglés de Amanecer en el Sudeste Asiático. No es mi mejor obra —porque creo que en diecisiete años he mejorado en este difícil arte de la escritura— pero sí la que sigue vendiendo más. Siempre he pensado que si la hubiera aceptado una de esas cinco editoriales de verdad en 2001, se habría vendido bien y yo no tendría que haberme reducido a ser una autora autopublicada. Pero ahora ya no estoy tan segura y tampoco me importa. En seis años he conocido a muchos escritores de cerca y de todo tipo y he aprendido una cosa de mí misma: que yo escribo por varias razones, pero por vanidad no.