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La mujer y los dos gladiadores

La mujer y los dos gladiadores

Uno de los reclamos turísticos con más gancho de Pompeya son los moldes de yeso de los cadáveres de las víctimas de la erupción del Vesubio en el año 79 después de Cristo. Fue al arqueólogo Giuseppe Fiorelli a quien se le ocurrió, al encontrar huecos en la ceniza que se correspondían con los enterrados en ella, llenar esos huecos con yeso líquido para obtener moldes de los cuerpos originales cuya materia orgánica había desaparecido casi por completo. Y el método resultó tan eficaz que hoy puede contemplarse un centenar de figuras, de yeso aunque del todo reales, con las posturas, actitudes e incluso gestos que tenían en el momento exacto en que la nube tóxica y ardiente los envolvió, matándolos en poco más de un minuto, a unos 400 grados de temperatura.

Impresiona verlos repartidos por la ciudad, solitarios o en grupos, fijados en el yeso veinte siglos después de su rápida agonía. Ni del bombardeo de Dresde ni de las bombas atómicas de Hiroshima o Nagasaki hay testimonios físicos tan estremecedores. Casi todos están boca arriba, cubriéndose la cara con los brazos o intentando protegerse con la propia ropa, o yacen aferrándose a las propiedades que intentaban salvar. Unos pretenden incorporarse y otros parecen resignados a su suerte. Hay grupos familiares, adultos caídos junto a niños a los que intentan poner a salvo, parejas que parecen amantes en el último abrazo, esclavos que se quedaron a proteger las propiedades de sus amos, un prisionero que conserva los grilletes e incluso un perro que no pudo huir por estar atado a su caseta.

Entre ese centenar de cuerpos inmovilizados como una fotografía tridimensional, antigua de veinte siglos, hay tres que me interesan especialmente. Están cerca del pórtico del anfiteatro y fueron identificados por los arqueólogos como dos gladiadores y una joven dama romana que parece de buena posición, engalanada con sus joyas. Yacen los tres juntos, sorprendidos allí por la nube mortal que mató al menos a un tercio de los 15.000 habitantes de la ciudad. Y como al fin y al cabo soy un novelista con tendencia natural y profesional a imaginar y contar historias, no puedo evitar detenerme en ésa. En convertirla de algún modo en mi episodio favorito, el más interesante de cuantos tuvieron lugar en Pompeya ese trágico día que Plinio el Joven, testigo presencial, relataría en dos cartas al escritor Tácito: «Una densa nube negra se cernía sobre nosotros y nos seguía como un torrente… Muchos rogaban la ayuda de los dioses. Otros creían que ya no había dioses en ninguna parte y que esa noche sería eterna y la última del universo».

Así que vámonos allí, a Pompeya. Mientras la densa nube negra se cierne sobre la ciudad y la gente huye y muere entre lava y cenizas, yo, el novelista, imagino por mi cuenta la historia que deseo imaginar. El relato ficticio, o tal vez no tanto, de la mujer joven y rica y los dos gladiadores. Ella, quiero suponer —nada puede oponerse a que así lo haga— es esposa de algún alto funcionario del estado, o quizá de un comerciante con dinero, mercader de cueros o vinos que la ha rodeado de lujo y cubierto de joyas. Vive en una espléndida villa de las afueras y no le falta de nada excepto lo que a escondidas encuentra en un hombre que no es su marido: un gladiador fuerte, duro, silencioso, al que por primera vez vio cubierto de sudor y sangre, con el que mantiene citas clandestinas cuando el marido está de viaje o ella va a la ciudad con cualquier pretexto. Un hombre rudo, elemental, tal vez ni siquiera inteligente, que quizás no valga para otra cosa que para matar en la arena y complacer a mujeres que le den a cambio un puñado de sestercios.

La mañana de la erupción, del desastre, intuyendo la tragedia que se avecina, la mujer se carga con sus joyas más valiosas y corre en dirección contraria a la de la multitud fugitiva, al lugar donde su instinto la guía: el cuartel de los gladiadores, en busca del único hombre en el que en un desastre confía. Lo encuentra, al fin, cuando en compañía de un camarada pretende abrirse paso hacia la costa. Y así, reunidos los tres, caminan bajo el cielo negro, resguardándose con los mantos de la lluvia de cascotes y cenizas, flanqueando los dos hombres a la mujer que los retrasa pero a la que protegen, espada en mano, de los atropellos de la multitud aterrorizada. De ese modo caminan casi a ciegas, hasta que una nube más oscura, tóxica y ardiente los alcanza. Y en los últimos segundos, antes de que la noche los abrace a los tres para inmovilizarlos juntos durante dos mil años, ella mira a los dos hombres duros, estoicos y callados, resignados por oficio a su suerte, y piensa que nunca habría encontrado mejor compañía para morir.

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Publicado el 2 de febrero de 2024 en XL Semanal.

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Ricarrob
Ricarrob
25 ddís hace

Don Arturo, su imaginación y su capacidad de fabulación o de entresacar la realidad de los entresijos de cualquier resto de actividad humana, no tiene límites. Estupendo relato, corto y sugestivo. Excepcional, diría yo para ser más preciso. Que no le abandone nunca tan fértil inspiración. Me ha amenizado el desayuno de hoy jueves.

Pero, le propongo un reto. A ver si en esta ocasión me lee usted y me hace algo de caso.

A mi, personalmente, me conmueven más que las imágenes en yeso de estas gentes, las pinturas de la Villa de los Misterios en Pompeya. Hay algunas que llaman profundamente mi atención. Algunos dicen que son imágenes pertenecientes a la mitología. Yo creo que son escenas del mundo romano real y de su sociedad.

Entre ellas, la pintura de la joven desnuda que parece llorar desconsolada y arrodillada, apoyando su cabeza en las rodillas de otra que permanece sentada ante otra que, mientras tanto, danza desnuda, me ha causado siempre impresión y me he preguntado por la historia que se esconde detrás. Quizás es una joven, una esclava, a la que han obligado a prostituirse por vez primera en uno de los muchos lupanares pompeyanos.

Le reto a usted, don Arturo, a que nos cuente la historia de esta joven y nos deleite con su imaginación.

El resto de pinturas de esta villa no tiene desperdicio y pueden ser objeto también de las elucubraciones que se nos ocurran. Observar estas pinturas creo que supone observar una sociedad y observarnos a nosotros mismos, cómo fuimos y… cómo somos.

Respecto a las figuras en yeso, creo que son la instantánea de actos excepcionales llevados a cabo ante un desastre inesperado. Pero, también son el reflejo de cómo somos, el reflejo de lo mejor y de lo peor del ser humano. Nada ha cambiado.

Saludos.

Basurillas
Basurillas
25 ddís hace

«…y piensa que nunca habría encontrado mejor compañía para morir.»
También había encontrado la mejor compañia para vivir: Draco, un rico mercader de tejidos que la colmaba de todo lo necesario, lo superfluo y hasta de sus más caros caprichos. Había sabido utilizar las armas de la astucia femenina y de la belleza fugaz y perentoria para cautivarlo y hacerle caer en sus redes.
Ella había sabido jugar magníficamente a dos barajas, como un buen número de las mujeres patricias de la época y, ciertamente, algunas aún de la actualidad. Y todo ello -aunque cumpliera casi la misma función- sin ser catalogada como una meretrix (una prostituta registrada, de alta gama digamos), ni tampoco una chica de compañía (la más peyorativa scortum) y, mucho menos, una de las numerosas mujeres de la vida casuales que se englobaban dentro de la amplia categoría de prostibulae, normalmente de clase baja, que ejercían su menesteroso trabajo en uno de los numerosos lupanares de la ciudad, tal y como atestiguan los numerosos frescos en las paredes de las villas que se han conservado hasta hoy.
Su esposo escapó casualmente de la hecatombe del Vesubio, al encontrarse lejos de Pompeya en un, según él, viaje de negocios por Hispania; pero que probablemente acompañaría de gratas actividades licenciosas de todo tipo.
Mario, su apuesto amante gladiador, junto a su amigo Lucio -reciario en la arena durante las peleas a muerte- la protegerían en teoría de la asustada plebe hasta salir de la ciudad. No pudo ser, la muerte los encontró a los tres entre la pestilencia de los vapores sulfurosos. Descansen en paz.

Ricarrob
Ricarrob
24 ddís hace
Responder a  Basurillas

Cuando he escrito el mío, sr. B., no habìa leìdo su comentario todavía. Supongo que usted tampoco había leído el mío. Por cuestiones junguianas de la sincronicidad, ha enlazado usted la vida de la joven llorosa de la Villa de los Misterios con la figura en yeso de don Arturo. Enlazan a la perfección.

A ver si nos echa una mano don Arturo y completa el guión.

Saludos.

Basurillas
Basurillas
24 ddís hace
Responder a  Ricarrob

Efectivamente, tengo la absoluta seguridad de que ninguno teníamos conocimiento del mensaje del otro, aunque parece que hay una conexión íntima entre ellos, una vez leídos completos, por las expresiones, las palabras empleadas (ese «lupanar» es sintomático) y la imbricación de ambos con el artículo de don Arturo. Tal vez Pompeya, desde siempre, nos haya sugerido cosas similares a los dos, que han renacido a la luz del artículo. Un saludo.

https://m.youtube.com/watch?v=y-E7_VHLvkE

Lihem ben Sayel
Lihem ben Sayel
25 ddís hace

Me he deleitado leyendo este artículo. Y, además, creo que sería una magnífica novela. Muchas gracias y buen día.

Rosa
Rosa
24 ddís hace

Que bonito relato
Triste pero bello

Julia
Julia
24 ddís hace

Estuve en Pompeya y lo único que recuerdo, no muy bien, fue lo que explicaron como un alcantarillado al aire libre.
Ese lugar me produjo malestar y aunque no soy supersticiosa, no querría volver nunca allí.

Por qué los hombres deseados al parecer deben de tener cuerpo de gladiador?
No entiendo muy bien ese culto al cuerpo cuando no le sirve más que para presumir delante del público en piscinas o playas. Los gladiadores se dedicaban a pelear

A mí,particularmente, me horrorizan los hombres de gimnasio ( hay mujeres también) que parecen modelos útiles para explicar las diferentes clases de músculos del cuerpo humano.
Las estatuas griegas y romanas son perfectas y no tienen esos bíceps a punto de estallar como poseen los culturistas.

No me gustaría recibir el abrazo de un gladiador, tendría la sensación de
ser abrazada por un oso y temería quedar descoyuntada.
Valoro en un hombre un físico normal y suelo fijarme en su voz, boca y manos. Es curioso, pero no presto atención a los ojos.
Lo más valioso de un señor para mí, sigue siendo su inteligencia, sentido del humor, educación, sensibilidad, cultura, nobleza y que sea un caballero.
Cualidades independientes del físico que posea.

Ricarrob
Ricarrob
24 ddís hace
Responder a  Julia

Mundo de apariencias. Total. Acercarse por primera vez a un gimnasio por, digamos, motivos de salud como dolores de espalda, hoy es toda una experiencia. La exhibición cultureta sin inhibición es lo general. Además de biceps, cuadriceps, gemelos, mellizos y multiceps, se exhibe el último modelito de ropa deportiva. Se compite a ver quién lleva el modelo más extravagante y que marque mejor, no solo la musculancia sino también la petulancia gonadal.

Es como el ciclismo de ciudad o de extrarradio. Se ha constituido en todo un símbolo del estatus disfrutado, disputado o envidiado. Se compite, no por el sano ejercicio, sino por dos cosas extradeportivas: el último modelito de ropa ciclista-astronauta, ropa sofisticadísima y super cara y por el último modelo de bicicleta, a ser posible de titanio. Todo totalmente fuera de la intencionalidad lúdica y deportiva. Es un juego de exhibición del estatus.

Todavía recuerdo los tiempos en que la gente hacía ejercicio con una ropa sencilla y ligera y se la veía correr en bicicletas normales, no diseñadas por la Nasa o el Mit, vestidos con pantalón de deporte o chandal y una camiseta.

Bueno, hay también otro elemento de estatus que acompaña tanto a neo-gimnastas como a astro-ciclistas: los aparatejos, super caros, que se cuelgan de brazos, antebrazos, muñecas, bicicletas o quizás hasta de las gónadas, para medirles no se sabe qué de su intensísima actividad olimpiástica.

Bueno, de todo ello los beneficiados, que siempre los hay de los ríos revueltos, son los mega-centros de venta de ropa deportiva, aparatejos electrónicos y máquinas de tortura gimnástica diseñados por el Marqués de Sade. Sí, esos centros a los que los fines de semana llevan a los niñitos los padres estresadísimos a que se desfoguen y cometan desmanes.

Sociedad…

En mis tiempos, al musculitos de turno se le llamaba Pepito-Piscinas. Hoy, hay pepitos-gimnasio y pepitos-bici.

Mundo de apariencias. Total.

Alicia
Alicia
24 ddís hace

Me quito el sombrero, como siempre. Me emociona.

Elsa Rodriguez Garcia
Elsa Rodriguez Garcia
24 ddís hace

Que maravilla de relato, hermosa pluma, así tal cual voló siempre mí imaginación hacia Pompeya, como no puedo embellecer mis palabras no me atrevo a escribir lo que mí mente me dicta

Tom
Tom
24 ddís hace

Super bueno, como always!! Vale para una historieta corta de cómic bien dibujado y para un corto de cine.

Oscar Bolivar
Oscar Bolivar
24 ddís hace

Qué belleza de texto, sencillo, puntual, claro, pero cargado de emotividad y tensión. Gracias Don Arturo.

Svr
Svr
24 ddís hace

Es hermoso. Me caerían las lagrimas sino fuera de que estoy desayunando luego del trabajo en un lugar publico. Gracias.

Rafael donoso
Rafael donoso
23 ddís hace

interesante

Rafael donoso
Rafael donoso
23 ddís hace

como le he escrito antes, me ha parecido interesante. pero a mí me ha llamado la atención, un poquito más, la historia del pobre perro…..

Luis Rubén Cifuentes Carrillo
Luis Rubén Cifuentes Carrillo
23 ddís hace

Este breve cuento me recuerda aquel otro denominado «Ojos azules», poco más extenso. El tema es igual, la huida desesperada del protagonista para conservar la vida, en este caso amenazada por unos aborígenes americanos que se defienden de los españoles invasores. Estupendos ambos relatos del magnífico escritor que es el maestro Pérez Reverte.

Francisco Brun
23 ddís hace

El tema de las figuras en yeso de los cadáveres de Pompeya me remite a pensar en cómo serán los últimos instantes de mi propia vida. Seguramente un pasaje rápido al otro lado de la cosas, sería preferible a una lenta y dolorosa agonía. Pero como alguien una vez dijo, “no quiero conocer el futuro de mi vida, prefiero que lo que vendrá me sorprenda”.
Siguiendo con mi razonamiento, siempre surge la misma e indescifrable pregunta: ¿qué es la vida? o tal vez algunas más complejas como ser: ¿quiénes somos?, ¿para qué estamos?, ¿cómo se debe vivir?.
Todos podemos dar alguna respuesta razonable, pero por lo general incompleta; el misterio de la vida sigue allí y siempre es el mismo.
Regresando a Pompeya, ¿cómo habrá sido la vida de esas personas?, ni por una remota casualidad hubieran imaginado su final, y menos aún que su último instante quedó congelado allí, para la posteridad. Curioso es el destino, curiosa es la vida, y misterioso e inexpugnable es conocer cómo será nuestro final; o tal vez nuestro principio, ¿quién puede asegurarlo?. Del mismo modo que una criatura no imagina que va a nacer, tampoco podemos imaginar que habrá después de la vida.
He terminado de ver una serie, la cual no es reciente, que ratifica mi creencia que podemos viajar en el tiempo, pero lo más importante del mensaje de esta hermosa trama, es la fortaleza y las ganas de vivir de una joven por sobre la adversidad, convirtiéndola en una heroína de su propia vida; se las recomiendo se llama “Anne con e”. Para mi, la serie demuestra que la vida se puede vivir muy bien, valga la redundancia, en todos los momentos de la misma, incluso durante los más duros.

Cordial saludo

Ricarrob
Ricarrob
23 ddís hace
Responder a  Francisco Brun

¿Y si nuestro espíritu hubiera tenido un antes que no recordamos y pudiera tener un después que no nos esperamos?

Piense, sr, Brun, que usted, su espíritu, pudiera ser el de una de esas personas en yeso a quienes les cayeron los efluvios del Vesubio. O lo fui yo, o el sr. B. Quizás todo no se termine aquí y ahora… Quizás en algunos momentos de lucidez, quizás en los sueños, recordemos algún retazo de nuestras pasadas vidas…

Saludos.

Ricarrob
Ricarrob
21 ddís hace

El barco se llama el Augustus. Hace la ruta de Panormus a Neapolis. Bajan tres pasajeros, dos hombres y una mujer que, de inmediato, ponen rumbo a Pompeya montados en dos cisium, conducidos por los correspondientes cisarii.

Pompeya es una ciudad provinciana en la que todos se conocen y toda vida es desgranada por el resto de la ciudad y todo nuevo forastero causa admiración y curiosidad, como la espectacular dómina acompañada de su pareja y de un guardaespaldas fornido, seguramenre un retiarius comprado a un lanista.

Han pasado seis meses y la ciudad está revuelta. La dómina forastera a roto los corazones, los bolsillos y las gónadas de toda la élite ciudadana masculina y ha concitado los odios, rencores y maldiciones al dios Orcos de toda la concurrencia femenina. Todos hablan de la cornamenta minotaúrica del supuesto maritus.

Y llega el Vesubio, no se sabe si por la acción del dios Orcos, ante tanta maldición invocada en su nombre, harto de tanta queja, que vomita toda su rabia sobre la ciudad.

Los tres forasteros intentan huir, con las riquezas acumuladas por tan intensos quehaceres, y la lluvia de cenizas y los gases les sorprenden.

Tantos desvelos, tanta actividad erótica y pecuniaria, la vida misma, todo queda sepultado por muchos siglos… … …

Ricarrob
Ricarrob
20 ddís hace

Perdón, se me olvidaba. El título de mi comentario es:

La pasajera del Augustus.

Eterna lucha. Eros contra Tánatos, Tánatos contra Eros. Eterna lucha. En esta ocasión, tristemente, el vencedor ha sido Tánatos…

Luisa
20 ddís hace

En el fondo eres un romántico, Arturo.

Ricarrob
Ricarrob
19 ddís hace
Responder a  Luisa

En el fondo, en la forma y en la superficie…

Amaranta
Amaranta
19 ddís hace

Y cuan diferente sería el mundo, con menos bancos y más bibliotecas…

Guillermo Fernández Boan
Guillermo Fernández Boan
18 ddís hace

Recé en vano por el Nobel para Jorge Luis Borges.
Al filo de mis setenta años pido la gracia de ver premiado al genial Arturo Perez Reverte.