Inicio > Firmas > Escrito en la Argentina > La Navidad de los corruptos
La Navidad de los corruptos

Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. Es un personaje ficticio definido como un “héroe infame”, que opera en los márgenes de la ley y a la sombra del poder en la Argentina. Antes de ser reclutado por los servicios de inteligencia fue condecorado por su coraje en la guerra de Malvinas: era un dragoneante cruel de la Infantería, luchó en la batalla de Monte Longdon y su sargento le decía todas las mañanas, con gran admiración: “Hijo de remil putas”. Quedó Remil. Su jefe y mentor es el coronel Leandro Cálgaris, refinado espía argentino que dirigió “La Casita”, una base operativa y paralela dedicada a limpiar, salvar, manipular y quemar políticos, sindicalistas, periodistas y jueces. En formato libro, Remil tuvo su debut con la novela El puñal, que vendió 100.000 ejemplares solo en la Argentina, fue traducida a varios idiomas y resultó finalista del Gran Premio de Literatura Policial de Francia y del Festival Violeta Negra de Toulouse. A esa novela le siguieron La herida y La traición con igual éxito. A esta serie literaria que lanza La Nación de Buenos Aires y también Zendalibros la han bautizado significativamente Política Ficción, y lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”.

La acción se desarrolla en el puro presente, cuando Cálgaris y Remil son reclutados por una agencia paralela de la CIA en Buenos Aires con la misión de “cuidar al gobierno de sí mismo”, en la idea de que Estados Unidos ha invertido mucha plata en su suerte y que, como fuerza aluvional, el oficialismo ha aceptado en su seno personajes impresentables que traerán problemas y que han pasado por debajo del radar de quienes debían “escanearlos” antes de convertirlos en funcionarios y en legisladores de distintos niveles en todo el país. Los norteamericanos, para asegurar su misión, necesitan baquianos en el territorio, de manera que Cálgaris y su mano derecha cumplen ese rol con la intención de evitar que el gobierno argentino se siga pegando tiros en los pies, o al menos que no se noten los “errores” y acaben en escándalos.

Se trata, por supuesto, de un juego literario y ficcional, pero con la intención de imaginar y exhibir la intimidad de esa trama mafiosa y trucha que entrecruza toda la política argentina desde hace décadas. “Los relatos de Remil siempre me permitieron mostrar sin máscaras esas trastiendas crudas; son como el reverso de mis columnas de opinión donde me atengo a la verdad periodística comprobable, sin romper el contrato de lectura de cualquier diario —cuenta Fernández Díaz—. Pero allí donde el periodismo traza una frontera (solo es posible publicar lo que puede probarse), yo siempre he logrado saltarla con la imaginación. Aunque, digamos, con una imaginación veraz, producto de la veteranía del oficio y del conocimiento de los mecanismos ocultos del poder”.

La nueva serie del escritor se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la primera entrega, La Navidad de los corruptos.

*****

LA NAVIDAD DE LOS CORRUPTOS

“¿Usted es el jefe de la custodia?”, me pregunta por fin ese hombre bajito, ansioso y afable. “No, yo soy la custodia”, le respondo: llevo esperándolo dos horas y media en un sillón del vestíbulo de una Casa de Provincia, en pleno microcentro, pero no le guardo ningún rencor porque el aire acondicionado me ha salvado de este diciembre bochornoso y porque mi oficio trata, entre otras cosas, de la templanza. Me mira de arriba abajo, como si estuviera evaluando mi contextura y como si tratara de adivinar dónde escondo mi Glock, y cuando intento hacerme cargo de su valija azul de veinticuatro pulgadas, se niega con un gesto lacónico y la lleva rodando por el corredor. A cambio me entrega un papel con la hoja de ruta: daremos unas cuantas vueltas. Alguien lo saluda en la entrada, lo llama “contador” y le desea feliz Navidad. El hombrecito sonríe y se seca la frente amplia con un pañuelo, y cuando alcanzamos mi 4×4 y dejamos la valija en el asiento trasero, él insiste en ocupar el lugar del copiloto; no tarda en volverse locuaz. Me pregunta mi nombre. “¿Remil?”, se sorprende, y espera alguna clase de aclaración, pero como no despego los labios se encoge de hombros, supone que es un apellido francés y mira las vidrieras decoradas en rojo, verde y plata. Es un fanático de los ritos navideños y me cuenta al menos seis o siete momentos de su infancia, y me vigila de reojo para comprobar si impresionan sus anécdotas. Como no me conmueven, vuelve a la carga y me explica las cábalas de Nochebuena y los trucos para espantar las “vibras negativas”: sal gruesa en los rincones de la casa, muérdago en un recipiente, y velas de colores determinados preferiblemente sobre hojas de laurel; brindis con la mano derecha y siete monedas bajo el arbolito.

"El juez no lo recibe como a Santa Claus sino con el ceño arrugado, y no acepta tocar el obsequio"

En la zona de Palermo Hollywood busco estacionamiento en un hueco milagroso, y veo que el contador abre la valija azul y saca un regalo envuelto en papel reluciente y con moño dorado. Lo espero un rato, mientras él ingresa en un edificio: cuando marco ese domicilio en Google me doy cuenta de que corresponde a una productora de contenidos y a un canal de streaming que dirige un joven influencer con fama de rebelde. Reviso la cuadra por si hay movimientos sospechosos, pero el propio edificio tiene seguridad así que me relajo un poco. Luego me amparo en los vidrios polarizados para abrir la valija y confirmar que está llena de más regalos navideños, aunque de diversos tamaños. Sopeso uno y sonrío: dólares o euros termosellados; hasta podría calcular la suma si fuera necesario, pero nadie me pide tanto. Será un largo día. El influencer acompaña al contador hasta la calle y se despiden con un beso en la mejilla. Seguimos viaje: la próxima parada es en un club de golf de San Isidro, y por lo que veo quien recibirá las bendiciones será esta vez un juez federal. En el trayecto el contador es una ametralladora de entusiasmo: me habla de la fe y critica a los que han vaciado la Navidad de sentido religioso. Me cuenta incluso milagros navideños que suenan a leyendas urbanas, pero se apropia de algunos, que narra en primera persona con pasión. El juez no lo recibe como a Santa Claus sino con el ceño arrugado, y no acepta tocar el obsequio; sigue caminando por el green como un príncipe, pero su asistente agarra el paquete y lo guarda en una mochila del carrito. El contador no es vulnerable al desprecio y sigue ilustrándome sobre la historia verdadera del nacimiento de Jesús: tiene detalles historiográficos puntuales y diversos, todos ellos “muy científicos”, pero ninguno refuta la versión oficial, apenas la adorna de detalles prodigiosos.

"Mastico un breve e insípido tostado sin mirarlo, echando vistazos a mi alrededor y en permanente estado de alerta"

Visitamos la antesala del despacho de un funcionario dedicado a la recaudación impositiva y lo escolto después hasta el Congreso de la Nación; allí el hombrecito reparte varias atenciones, tanto en la cámara alta como en la baja. Almorzamos en la confitería del Hipódromo, donde me habla de la comida que cocinará personalmente para la fecha añorada; él y su mujer llevan veinte años de casados, comparten todos los gustos y hacen cursos de gastronomía. Será, esencialmente, una mesa fría con varias exquisiteces y un plato estrella: pastel de salmón ahumado, y servirán caliente un pollo deshuesado relleno con jamón, queso, aceitunas y morrones. Mastico un breve e insípido tostado sin mirarlo, echando vistazos a mi alrededor y en permanente estado de alerta. Pasan por la mesa, con gestos que van desde la discreción a la efusividad, un referí de primera división y un escribano de alta gama a recoger disimuladamente sus regalos, y más tarde vamos a pie hasta un edificio sobre la avenida Libertador donde funciona una inmobiliaria famosa: el contador le deja a una secretaria ejecutiva dos presentes más bien gordos y saludos calurosos para los patrones.

"El contador se muestra servicial y le explica que volverá para Reyes con más, pero noto que está pálido y que su interlocutor evalúa si darle una lección"

La digestión lo vuelve algo filosófico, porque ya de nuevo en la camioneta me habla de la caridad cristiana y la importancia de repetir los rituales, algo que escribió alguna vez una psicóloga familiar: sirven para reafirmar la identidad de grupo y, si se gestionan bien (si se evitan los balances), pueden mejorar la salud mental; ni hablar de la relevancia que representan esas tradiciones para los chicos: el contador tiene cuatro. Hacemos un alto en un country del sur, y preguntamos en la entrada por un sindicalista: un vigilador nos hace pasar hasta un chalet con pileta y caballerizas. El señor no se encuentra, pero una empleada en uniforme rosa está enterada y recibirá los regalos, que son varios. Llegamos a La Plata para la hora de la merienda y tomamos un café amargo con un comisario especializado en tráfico de estupefacientes, que antes estaba en Delitos Complejos: lo reconozco de inmediato, y él también, pero nos hacemos los sotas y dejamos que el hombrecito concrete su generosa entrega. Se quejan de las zonas picantes y de la idiosincrasia de este país: acá la mafia verdadera sería de imposible desarrollo porque los argentinos somos muy desorganizados; hasta los grandes carteles nos desconfían, porque “son gente seria”. Regresamos por la misma ruta, pero nos desviamos por otra para cubrir la penúltima posta: un barrio humilde y poco recomendable para la integridad física. Nos rodean “soldaditos” en una calle de tierra, y el puntero sale enjoyado y con ropa deportiva y no se contenta con las regalías navideñas. El contador se muestra servicial y le explica que volverá para Reyes con más, pero noto que está pálido y que su interlocutor evalúa si darle una lección. Saco la Glock, pero dejo caído el brazo y le sonrío. El puntero me observa, me sondea pestañeando una y otra vez, y luego de un siglo asiente y le dice al contador: “Para Reyes”. Salimos marcha atrás, y mi cliente se vuelve a secar la frente ancha. Tarda un buen rato en recuperar la locuacidad: está hablando de la pureza de espíritu que sólo tienen los pobres cuando entramos de vuelta en la Capital y, ya de noche, frenamos en una torre de Puerto Madero: la señorita, le informa el encargado, nos espera en el SUM del último piso. Está haciendo gimnasia y es una rubia que raja la tierra. El hombrecito, para congraciarse, juega con su Yorkshire Terrier, que parece histérico, y le comenta a ella lo bien que ha estado en televisión y lo injustos que fueron al tratarla de “botinera profesional”. La dama corre en la cinta sin transpirar, le señala un bolso donde dejar la ofrenda y se coloca de nuevo los auriculares. Al fin lo devuelvo a la casa de la provincia, donde ya están apagadas casi todas las luces y donde tiene su coche estacionado en el subsuelo. “El don de regalar es una droga dura”, declara, satisfecho, cuando bajo la valija vacía. Me abraza, me desea feliz Navidad. “Y acuérdese de algo, Remil —agrega—. Lo que damos, vuelve”.

—————————

*Relato publicado en el diario La Nación de Buenos Aires

4.7/5 (19 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios