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La necesidad de una imaginación poderosa

La necesidad de una imaginación poderosa

Afirma Michel de Montaigne que “une forte imagination produit l’événement”. Clara y Claire, la novela de Camille Laurens, habla de deseo y de cómo este ha cambiado, por circunstancias sociohistóricas y por el impacto de las nuevas tecnologías, algunos de sus parámetros —simulacro identitario, banalidad y liquidez, manipulación de datos, virtualidad, fácil sustitución, inmediatez se instalan y buscan acomodo— mientras otras categorías de su amplio espectro se mantienen intactas —naturaleza sexual femenina y masculina diferentes con explicaciones que van de lo cultural a lo biológico, celos, distancia que nutre la pasión, la idealiza y convierte en obsesión, inseguridad por abandono, ausencia, culpa, represión—. Bauman frente a Barthes, en cierta manera. O más bien Bauman y Barthes (los Fragmentos del discurso amoroso siguen dando respuestas, pero también planteando interrogantes al amor).

"La novela, cautivadora y desasosegante, habla sobre todo, me parece, de la necesidad de una imaginación poderosa en nuestras vidas"

No obstante, la novela, cautivadora y desasosegante, habla sobre todo, me parece, de la necesidad de una imaginación poderosa en nuestras vidas, una imaginación como un espacio otro, como vía simultánea que hace que sucedan las cosas (si seguimos a Montaigne) en la cotidianeidad más prosaica. La protagonista de esta novela ha deseado mucho en el pasado y ha conseguido materializar, con doble mérito al inscribirse su deseo en el heteropatriarcado hegemónico, parte de esos sueños: sed de aprendizaje y conocimiento que se concretan en una carrera filológica como experta en literatura del siglo XVI y ansia de ocupar un lugar prestigioso en el ámbito académico, terreno copado por los varones; también ha deseado a un hombre y la maternidad. Todos esos deseos han sido saciados o satisfechos gracias a su voluntad, a su espíritu curioso y arrojado, a su inteligencia. Y, sin embargo, con más de cincuenta, divorciada y sola, quiere seguir sintiéndose agente y dueña de su deseo (“una mujer libra un combate permanente para no ser víctima, para seguir siendo fuerte, o al menos digna”, p. 93). Y apuesta, como juego consciente, pero también como claudicación parcial ante el androcentrismo imperante que exige belleza y juventud, por fingir otra identidad para seducir al objeto de sus ganas: un joven al que no conoce más que superficialmente a través de dispositivos electrónicos y redes sociales, al que nunca ha visto encarnado, sino con el que se comunica a través de un argot, de una imagen estática, de una voz. Lo idealiza a la manera de la poesía provenzal (sería interesante leer esa inversión a través de los ensayos feministas de Vance o Lagarde) y esa idea sublime empieza a pautar sus ritmos, sus horarios, sus decisiones. Idea su belle dame sans merci de escaso anclaje real y que es imposible por la barrera (virtual, en realidad) de la edad y, algo más tarde, por las dimensiones que va cobrando el engaño. Ese amor perdería, de hecho, su esencia si se concretara o materializara. Únicamente aspira a la idea de que un cuerpo joven y bello, como en el ideal platónico, le pertenece potencialmente. Y se conforma con poseer su mente, puesto que si se produjera un encuentro real el otro descubriría el simulacro, la trampa, el juego, que en este caso se ha vuelto siniestro. Y los hechos fácticos harían también desvanecerse ese deseo en el sujeto. Nace, como el amor cortés, de una imposibilidad y solo se puede mantener en ella y en ese difícil, precario equilibrio. Imaginar el encuentro amoroso ya lo convierte en real para Claire, y por eso quiere permanecer en el terreno de la fantasía sin dar nunca el paso definitivo, pero el hilo, lógicamente, acaba por tensarse demasiado y romperse, ya que el otro no se mueve, como ella, en términos platónicos: ver y tocar “en líquido humor”, para creer (como ofrecía Sor Juana Inés de la Cruz al amante desconfiado) frente al espacio fértil e infinito de la imaginación, frente a una distancia que abre posibilidades. Realidad frente a ficción. Se trata, nuevamente, de la formulación de un deseo: sin ambages y desde la madurez. El hecho de que solo se pueda hacer con subterfugios, angustias y estrategias fingiendo ser otra, teniendo que poner otra cara, otro cuerpo, otra edad denuncia la paradoja de un estadio etario hecho invisible, que hace tener que ocultar o callar las ganas, que silencia. Clara no se atreve a enunciar su deseo y al mismo tiempo quiere medir sus fuerzas, probar si su inteligencia y atractivo físico son suficientes, siguen vigentes. Es un reto al que la lleva ser sujeto deseante y choca con lo factual.

"¿Pierde Clara su apuesta de riesgo?, ¿la gana?"

En un plano más ideológico, la novela lanzaría también un debate sobre qué condiciones proporcionarían seguridad, autonomía y placer a las mujeres y cómo trabajar para conseguir relaciones afectivo-sexuales más igualitarias. ¿Pierde Clara su apuesta de riesgo?, ¿la gana? La trama ofrece diversos caminos dentro de la ficción —en un in crescendo en cuanto a complejidad técnica, estructural y argumental—, pero tiendo a pensar que, al menos por un tiempo, Claire gana, pues se deleita en el placer de la espera y el descubrimiento mutuo, arde y domina nuevos códigos, imagina y vive en su imaginación. A la manera en que declarara, asertiva, Sor Juana Inés de la Cruz en otro soneto, resulta difícil dirimir, en última instancia, qué es más real: ¿la carne, los afectos, las sensaciones?, ¿o bien su potencialidad, su simple posibilidad? “Poco importa burlar brazos y pecho / si te labra prisión mi fantasía.”

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Autora: Camille Laurens. Título: Clara y Claire. Traducción: Juan Gabriel López Guix. Editorial: Sitara. Venta: Todostusblibros y Amazon

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