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La octava vida, de Nino Haratischwili

La octava vida, de Nino Haratischwili

Nino Haratischwili (Tiflis, Georgia, 1983), es la autora de La octava vida (Alfaguara), una monumental historia que comienza en Georgia, en 1917. Stasia, la hija de un exquisito fabricante de chocolate, sueña con ser bailarina en la Ópera de París pero, recién cumplidos los diecisiete años, se enamora de Simon Iachi, oficial de la Guardia Blanca. La revolución que estalla en octubre obliga a los enamorados a contraer precipitadamente matrimonio.

Alemania, 2006. La biznieta de Stasia, Niza, lleva varios años viviendo en Berlín y huyendo de la dolorosa carga del pasado familiar. Cuando Brilka, su sobrina de doce años, aprovecha un viaje a Europa para fugarse de casa, Niza deberá encontrarla para llevarla de vuelta al hogar. Es entonces cuando decide enfrentarse al pasado (el suyo, el de su familia) y escribir, para ella y para Brilka, la historia de las seis generaciones que las precedieron.

De Londres a Berlín, de Viena a Tiflis, de San Petersburgo a Moscú, el apasionante destino de los miembros de esta familia georgiana se entremezcla con el de la convulsa historia del siglo XX. El resultado es una de las novelas más potentes y memorables de los últimos años, de la que Zenda adelanta las primeras páginas.

Prólogo o La partitura del olvido

2006

En realidad, esta historia tiene varios comienzos. Me cuesta trabajo decidirme por uno, porque todos dan como resultado el comienzo.

Se podría empezar esta historia en un viejo edificio de Berlín, de manera muy poco espectacular, con dos cuerpos desnudos en la cama. Con un hombre de veintisiete años, un músico implacablemente talentoso, que está a punto de hundir su talento en sus caprichos, en el ansia insaciable de cercanía y en el alcohol. Pero también se puede comenzar la historia con una chica de doce años que decide lanzar un «no» a la cara del mundo en el que vive y buscar otro inicio para ella y su historia.

O se puede retroceder muy lejos, hasta las raíces, y empezar allí.

O comenzar la historia con los tres principios a la vez.

En el mismo instante en que Aman Baron, al que normalmente se conocía por el nombre de «el barón» o tan solo «Baron», me confesó que me amaba con una gravedad desgarradora, con una levedad insoportable, con un amor ruidoso hasta el grito y silencioso hasta la mudez —con un amor un tanto enfermizo, débil, desilusionado y esforzadamente duro—, mi sobrina Brilka, que tenía doce años, dejó su hotel de Ámsterdam rumbo a la estación. Tan solo llevaba consigo una pequeña bolsa de deporte, muy poco dinero en metálico y un sándwich de bonito en la mano. Quería ir a Viena, y se compró un billete barato de fin de semana, que servía para trenes regionales. Había dejado en la recepción una nota manuscrita en la que decía que no tenía intención de volver a la patria con el grupo de danza, y que era inútil que la buscáramos.

Justo en ese momento yo encendí un cigarrillo y sufrí un ataque de tos, en parte porque lo que estaba oyendo me sobrepasaba, en parte por el humo, con el que me había atragantado. Aman, al que yo misma nunca llamaba «el barón», vino enseguida hacia mí, me golpeó la espalda con tanta fuerza que me quedé sin aire, y me miró perplejo. Aunque solo era cinco años más joven que yo, me sentía décadas mayor, y además me encontraba en ese instante en el mejor camino para convertirme en un personaje trágico. Sin que a nadie le llamara la atención, porque me había convertido en una maestra del engaño.

Advertí la decepción en su rostro… Según confesó, no esperaba esa reacción. Sobre todo después de haberme ofrecido ir con él a la gira que iba a emprender en dos semanas.

Fuera empezaba a llover ligeramente, era junio, una tarde cálida de nubes ingrávidas, que adornaban el cielo como pequeños copos de algodón.

Cuando superé el ataque de tos y Brilka hubo subido al primer tren de su odisea, abrí la puerta del balcón y me dejé caer en el sofá. Tenía la sensación de estar ahogándome.

Vivía en un país extranjero, había roto el contacto con la mayoría de las personas a las que antaño había querido y habían significado algo para mí, y había aceptado un puesto de profesora visitante que, aunque aseguraba mi existencia, nada tenía que ver conmigo.

La noche en que él me dijo que quería ser normal conmigo, Brilka, la hija de mi hermana muerta y mi única sobrina, se encaminó hacia Viena, un lugar que había imaginado como su patria de elección, su utopía personal, y todo por cariño a una mujer muerta. En su imaginación, había convertido en una heroína a esa mujer difunta, mi tía abuela, y por tanto la tía bisabuela de Brilka. Tenía el plan de adquirir en Viena los derechos de las canciones de su tía bisabuela.

Siguiendo las huellas de ese fantasma, esperaba la liberación y la respuesta definitiva al vacío que se abría en su interior. Pero yo entonces no sospechaba todo eso.

Después de haberme sentado en el sofá y haber hundido el rostro entre las manos, después de haberme frotado los ojos y haber evitado la mirada de Aman todo el tiempo que pude, supe que iba a tener que volver a llorar, pero no entonces, no en ese momento en el que Brilka veía pasar por la ventanilla del tren la vieja, nueva Europa y, por primera vez desde su llegada al continente, sonreía con indiferencia. No sé qué fue lo que vio al dejar la ciudad con sus diminutos puentes, lo que le hizo sonreír, pero eso ya no es importante. Lo principal es que sonrió.

Tendría que llorar, pensé justo en ese instante. Para no hacerlo, me volví, me fui al dormitorio y me acosté. No tuve que esperar mucho tiempo a Aman, es fácil curar una pena como la suya cuando se ofrece la curación a través del cuerpo…, sobre todo cuando el enfermo tiene veintisiete años.

Me desperté a mí misma de mi sueño de bella durmiente.

Y mientras Aman apoyaba la cabeza en mi vientre, mi sobrina de doce años abandonaba los Países Bajos y cruzaba, en su compartimento apestoso a cerveza de lata y soledad, la frontera alemana. Mientras, a muchos cientos de kilómetros de distancia su tía, que nada sospechaba, fingía amar a una sombra de veintisiete años, y Brilka cruzaba Alemania con la esperanza de avanzar.

Una vez que Aman se quedó dormido, me levanté, fui al baño, me senté al borde de la bañera y me eché a llorar. Con lágrimas seculares lloré el engaño del amor, la nostalgia de la fe en las palabras que antaño tanto habían marcado mi vida. Fui a la cocina, fumé un cigarrillo y dejé vagar la mirada más allá de la ventana. Había parado de llover, y por alguna razón yo sabía que pasaba algo, que algo se había puesto en marcha, algo fuera de la casa de techos altos y libros abandonados. Con esas lámparas que había coleccionado con tanto empeño como sucedáneo del cielo, como ilusión de la verdadera luz. La iluminación de mi propio túnel. Pero el túnel seguía, las luces tan solo me habían proporcionado un consuelo breve, pasajero.

Quizá haya que decir que Brilka era una niña muy alta, casi dos cabezas más alta que yo, lo que no es tan difícil dada mi estatura; llevaba un corte juvenil a cepillo y unas gafas estilo John Lennon, unos vaqueros viejos, y tenía unos ojos redondos que siempre buscaban estrellas, con una frente interminable tras la que se ocultaban muchas preocupaciones. Acababa de huir de su grupo de baile, invitado de gira en Ámsterdam; ella hacía los papeles masculinos, porque era demasiado llamativa, demasiado alta, demasiado sombría para las suaves danzas folclóricas femeninas de nuestra patria. Después de muchos ruegos, al fin le permitieron salir a escena disfrazada de hombre y hacer los bailes más movidos; el año pasado, su larga trenza había sido víctima de ese permiso.

Era capaz de ejecutar jetés y escenas de esgrima que siempre le salían mejor que los movimientos ondulantes y ensoñadores de las mujeres. Bailaba y le gustaba bailar, y después de que le permitieran bailar un solo para el público holandés por lo buena que era, porque era mucho mejor que los chicos que al principio se habían reído de ella, abandonó la compañía rumbo a las respuestas que el baile tampoco podía darle.

La noche siguiente me llamó mi madre, que siempre amenazaba con morirse si yo no regresaba pronto a mi patria, de la que había huido hacía muchos años. Me dijo con voz temblorosa que «la niña» había desaparecido. Pasó un rato hasta que comprendí de qué niña me hablaba y qué tenía que ver conmigo todo aquello.

—A ver, otra vez, ¿dónde estaba ella exactamente?

—En Ámsterdam, ¿qué te pasa? ¿Es que no me oyes? Se largó ayer, dejó una nota. Me llamó la directora de su grupo. Han puesto todo patas arriba y…

—Espera, espera, espera. ¿Cómo puede una niña de once años desaparecer de un hotel, sobre todo si…?

—Tiene doce. Cumplió doce en noviembre. Naturalmente, lo has olvidado. Me habría sorprendido que no lo hicieras.

Di una profunda calada a mi cigarrillo, me preparé para la desgracia que se me venía encima. Porque, a juzgar por la voz de mi madre, no me iba a librar tan deprisa del asunto, y tampoco podría desaparecer, mi ocupación predilecta en los últimos años de mi vida. Me preparé para los inevitables reproches, encaminados todos ellos a hacerme ver la clase de mala hija y la persona fracasada que era. Cosas que sabía demasiado bien incluso sin ayuda de mi madre.

—De acuerdo, ha cumplido doce, lo había olvidado, pero eso no viene al caso. ¿Han llamado ya a la policía?

—Claro, ¿qué te has creído? La están buscando.

—Entonces la encontrarán. Es una niña malcriada con un visado de turista, supongo, y…

—¿Te queda aún una chispa de humanidad?

—Lo siento. Solo intento pensar en voz alta.

—Tanto peor, tratándose de tus pensamientos.

—¡Mamá!

—Van a llamarme. Como máximo dentro de una hora, dijeron, y rezo por que la encuentren, por que la encuentren rápido. Y entonces quiero que vayas dondequiera que esté, no puede haber llegado muy lejos, y quiero que la traigas.

—Yo…

—Es la hija de tu hermana. Y vas a traerla. ¡Prométemelo!

—Pero…

—¡Hazlo!

—Oh, Dios. Está bien.

—Y no tomes el nombre de Dios en vano.

—¿Ahora resulta que ni siquiera puedo decir «oh, Dios»?

—Irás a buscarla. Y la meterás en un avión.

Esa misma noche la encontraron en una pequeña ciudad de Austria, cerca de Viena, donde estaba esperando para hacer un trasbordo y donde la policía austríaca la detuvo y la llevó a comisaría. Mi madre me despertó y me dijo que debía ir a Mödling.

—¿Adónde?

—Mödling, se llama la ciudad. Apúntalo.

—Está bien.

—Ni siquiera sabes a qué día estamos.

—¡Lo apuntaré! ¿Dónde demonios está eso?

—Cerca de Viena.

—¿Y qué se le ha perdido allí?

—Seguramente quería ir a Viena.

—¿Viena?

—Sí, Viena. Tiene que sonarte.

—Lo he entendido.

—Y llévate el pasaporte. Saben que su tía va a recoger a la niña. Y han apuntado tu nombre.

—¿No pueden meterla en un avión y listo?

—¡Niza!

—De acuerdo, voy a vestirme. Está bien.

—Y llama en cuanto la tengas.

Colgó.

Así empieza esta historia.

¿Por qué Viena? ¿Por qué todo esto después de la noche de mi huida de las lágrimas? Hay una buena razón, pero entonces tendría que empezar a contar la historia en un punto totalmente distinto.

Me llamo Niza. Mi nombre contiene una palabra que en nuestra lengua materna significa «cielo». Za. Quizá mi vida anterior había sido la búsqueda de ese cielo que se me había dado como promesa desde mi nacimiento. Mi hermana se llamaba Daria. En su nombre está contenida la palabra caos. Aria. El hurgar y remover, el traer la confusión y no remediarla. Estoy en deuda con ella. Estoy en deuda con su caos. Siempre me sentí obligada a buscar mi cielo en su caos. Pero quizá se trata simplemente de Brilka. De Brilka, cuyo nombre no significa nada en la lengua de mi infancia. Cuyo nombre no tiene ni etiquetas ni estigmas. De Brilka, que se dio a sí misma ese nombre e insistió en que se la llamara así hasta que los demás olvidaron el verdadero.

Y, aunque nunca te lo he dicho, me gustaría ayudarte, Brilka, me gustaría tanto, a escribir tu historia de nuevo, de otro modo. Para no limitarme a decirlo, sino también poder demostrarlo, escribo esto. Solo por eso.

Debo estas líneas a un siglo que estafó y engañó a todos, a todos los que tenían esperanza. Debo estas líneas a una larga y duradera traición, que cayó como una maldición sobre mi familia. Debo estas líneas a mi hermana, a la que nunca pude perdonar que aquella noche saliera volando sin alas, a mi abuelo, al que mi hermana arrancó el corazón, a mi bisabuela, que bailó un pas de deux para mí cuando tenía ochenta y tres años, a mi madre, que buscaba a Dios… Debo estas líneas a Miro, que me infectó de amor como si fuese veneno, debo estas líneas a mi padre, al que nunca pude conocer de verdad, debo estas líneas a un fabricante de chocolate y un primer teniente blanco y rojo, a la celda de una prisión, pero también a una mesa de operaciones en mitad de un aula, a un libro que nunca hubiera escrito si… Debo estas líneas a las infinitas lágrimas vertidas, me debo estas líneas a mí misma, que abandoné mi patria para encontrarme, y me perdí cada vez más; pero, sobre todo, te debo estas líneas a ti, Brilka.

Te las debo porque mereces la octava vida. Porque dicen que el número ocho equivale a la eternidad, al eterno retorno. Te regalo mi ocho.

Nos une un siglo. Un siglo rojo. Para siempre y ocho. Estás en él, Brilka. He adoptado tu corazón. He tirado el mío. Acepta mi ocho.

Eres la niña mágica. Lo eres. Atraviesa el cielo y el caos, atraviésanos a todos nosotros, atraviesa estas líneas, atraviesa el mundo de los fantasmas y el mundo real, atraviesa la inversión del amor, de la fe, acorta los centímetros que siempre nos separaron de la felicidad, atraviesa el destino que no fue.

Atraviésanos a ti y a mí.

Sobrevive a todas las guerras. Cruza todas las fronteras. Te dedico todos los dioses y todas las coronas de flores, todas las quemaduras, todas las esperanzas decapitadas, todas las historias. Atraviésalas. Porque tienes los medios para hacerlo, Brilka. El ocho, piensa en él. En esa cifra quedaremos enredadas para siempre y podremos oírnos la una a la otra a través de los siglos.

Tú podrás.

Sé todo lo que fuimos y lo que no fuimos. Sé un teniente, una funambulista, un marinero, una actriz, un cineasta, una pianista, una amante, una madre, una enfermera, una escritora, sé roja y blanca o azul, sé caos y cielo y sé ella y yo y no seas nada de eso pero, sobre todo, baila innumerables pas de deux.

Atraviesa esta historia, y déjala atrás.

Nací el 8 de noviembre de 1973, en una clínica rural indigna de mención, en las cercanías de Tiflis, Georgia.

Es un país pequeño. Es hermoso, a eso no tengo nada que objetar, incluso tú estarás de acuerdo, Brilka. Con montañas y una costa rocosa junto al mar Negro. Sin duda, la costa se ha recortado un poco a lo largo del último siglo, gracias al gran número de guerras civiles, estúpidas decisiones políticas, conflictos llenos de odio, pero una hermosa parte de ella aún sigue allí.

Aunque conoces demasiado bien la leyenda, Brilka, en este punto me gustaría mencionarla brevemente para que tengas claro adónde quiero ir a parar; la leyenda según la cual nuestro país nació de la siguiente forma:

Un día hermoso y soleado, Dios dividió en países el globo terráqueo que acababa de inventar (tuvo que haber sido mucho antes de la construcción de la torre de Babel), y organizó un mercado anual en el que la gente pujó a voz en cuello, compitiendo por obtener el favor de Dios, con la esperanza de conseguir así el mejor trozo de tierra (sospecho que los italianos fueron los más eficaces en el arte de impresionar, y los habitantes de Chukotka no se las arreglaron bien). Después de un largo día, el mundo quedó dividido en muchos países y Dios cansado. Pero Dios —tan sabio como siempre— se había reservado, como es natural, una especie de lugar de vacaciones, el trocito de tierra más hermoso: rico en ríos, cataratas, jugosos frutos y —tuvo que haberlo sospechado— el mejor vino del mundo. Cuando los humanos, emocionados, se pusieron en camino hacia su nueva patria, el buen Dios se dispuso a descansar a la sombra de un árbol donde descubrió a un hombre roncando (seguro que tenía bigote y una confortable panza, al menos siempre me lo he imaginado así). No había estado presente en el reparto, y Dios se sorprendió. Lo despertó y le preguntó qué estaba haciendo allí, y por qué no le interesaba tener una patria propia. El hombre sonrió suavemente (tal vez ya se había permitido uno o dos vasitos de vino tinto) y dijo (hay distintas versiones de la leyenda, pero vamos a ponernos de acuerdo en esta) que estaba muy contento, lucía el sol, hacía un día espléndido, y se conformaría con lo que a Dios le quedara para él. Y Dios, tan bondadoso como siempre, impresionado por la tranquilidad y la falta de ambición del hombre, le regaló su propio paraíso de vacaciones, es decir, Georgia, el país del que venimos tú, Brilka, yo y la mayoría de las personas de las que voy a hablar en nuestra historia.

Lo que quiero decir con esto es: piensa que esa tranquilidad (léase pereza) y la falta de ambición (la falta de argumentos) en nuestro país se consideran cualidades realmente sublimes. Piensa también que la profunda identificación con el buen Dios (por supuesto, el Dios ortodoxo y ningún otro) no impide a los habitantes de este país creer en todo lo que parezca, aunque solo sea parcialmente, mítico, misterioso o legendario…, y eso no tiene por qué ser solo la Biblia.

Ya se trate de los gigantes de las montañas, los fantasmas domésticos, el mal de ojo, que puede precipitar a la desgracia a las personas, los gatos negros y la maldición que llevan consigo, el poder de los posos del café o la verdad que solo revelan las cartas (tú misma decías que hoy día incluso se rocían con agua bendita los coches nuevos para prevenir en lo posible los accidentes).

El país que una vez fue la dorada Cólquida, que tuvo que dar a los griegos el secreto del amor en forma de vellocino de oro, porque la terca hija del rey, Medea, enamorada hasta perder el juicio, así lo ordenó.

El país que favorece en sus habitantes cualidades amables, tales como la sagrada hospitalidad, y menos amables, como la pereza, el oportunismo y el conformismo (la mayoría no lo ve así, también en eso estamos las dos de acuerdo).

El país en cuya lengua no hay género (lo que en absoluto puede confundirse con la igualdad).

Un país que en el siglo pasado, después de ciento treinta y cinco años de protectorado zarista y ruso, durante exactamente cuatro años, consiguió instaurar una democracia, hasta que fue otra vez derrocada por los bolcheviques —en su mayoría rusos, pero también georgianos— y proclamada República Socialista de Georgia y por tanto parte de la Unión Soviética.

En esa Unión permaneció el país durante los siguientes setenta años.

Siguieron a esto varios cambios radicales, manifestaciones aplastadas de manera sangrienta, varias guerras civiles, y finalmente la anhelada democracia, aunque la denominación siga siendo cuestión de perspectiva y de interpretación.

Creo que nuestro país puede ser muy cómico (y con eso quiero decir no solo trágico). Que en nuestro país el olvido también es muy posible, unido a la represión. La represión de las propias heridas, de los propios errores, pero también del dolor injustamente causado, de la opresión, de las pérdidas. Aun así, se alza la copa y se ríe. Me parece impresionante, en vista de las pocas cosas alegres que el último siglo ha traído consigo, y cuyas consecuencias sigue sufriendo la gente incluso hoy (¡aunque en este punto te oigo contradecirme!).

Es un país del que proceden, además de los grandes verdugos del siglo XX, muchas personas maravillosas, a las que yo misma amaba y amo mucho. Algunas de ellas han huido, algunas se han extraviado en la búsqueda, algunas ya no viven, algunas han vuelto, algunas ya han dejado atrás sus mejores días, o siguen esperándolos, pero la mayoría no ha conocido ninguno.

Un país que hasta hoy sigue llorando su edad de oro, entre los siglos X y XIII, y espera recobrar algún día el esplendor de antaño (sí, en nuestro país progreso significa al mismo tiempo regreso).

Las tradiciones parecen un pálido reflejo de lo que fueron. La aspiración a la libertad es como una búsqueda insensata de inciertas orillas, sobre todo porque en los últimos dieciocho años ni siquiera han podido ponerse de acuerdo en qué se entiende exactamente por libertad.

Así, el país en el que vine al mundo hace treinta y dos años es hoy como un rey, sentado en su trono con una reluciente corona y un espléndido manto, que da órdenes, impera y reina… sin darse cuenta de que hace mucho tiempo que toda su corte ha huido, y está solo.

No causes problemas; ese es el mandamiento supremo en este país. Tú me lo dijiste una vez en nuestro viaje, y lo anoté (he anotado todo lo que me dijiste en nuestro viaje, Brilka).

Y añado esto:

Hazme el favor de vivir como vivieron tus padres, trata de estar sola pocas veces, si es posible nunca. Estar solo es inútil y peligroso. El país idolatra a la comunidad y desconfía del solitario. Intégrate en grupos de amigos, en comunidades familiares y grupos de intereses… Sola valdrás muy poco.

Reprodúcete, somos un país pequeño y tenemos que subsistir; ese mandamiento es equivalente al primer mandamiento. Siéntete siempre orgullosa de tu país, nunca olvides tu lengua, encuentra el extranjero (da igual cuál sea) hermoso, emocionante e interesante, pero nunca, nunca, nunca mejor que tu patria.

Encuentra siempre vicios y peculiaridades en otras naciones que en Georgia serían por lo menos escandalosas, y altérate por eso: la codicia en general, es decir, la falta de voluntad de dar todo tu dinero a la comunidad; la falta de hospitalidad, es decir, la falta de voluntad de cambiar toda tu vida para cada visita; la débil disposición a comer y beber, es decir, la incapacidad de beber hasta caer redondo; la falta de talento musical…, por mencionar algunas de esas peculiaridades.

Muéstrate abierta, tolerante, comprensiva y muy interesada en otras culturas, mientras estas respeten y afirmen siempre la singularidad y peculiaridad de tu patria.

Sé creyente (una renovación en los últimos dieciocho años), ve a la iglesia, no hagas ninguna pregunta que tenga que ver con la Iglesia ortodoxa; no pienses por ti misma, santíguate cada vez que veas una iglesia (¡esto está muy en vogue, dijiste!), esto es, unas diez mil veces al día, si estás en la capital. No critiques nada que sea sagrado…, es decir, prácticamente todo lo que tiene que ver con este país.

Sé alegre y jovial, porque esa es la mentalidad del país, y en nuestra soleada Georgia no gustan los tristes. También eso lo sabes muy bien.

No engañes nunca a tu marido y, si tu marido te engaña, perdónale, porque es un hombre. Vive sobre todo para los demás. Porque los demás siempre saben mejor que tú lo que es bueno para ti.

Por último, quiero añadir que, a pesar de mis años de lucha por este país y con este país, no he conseguido sustituirlo, expulsarlo de mí como un mal espíritu que te asalta. Ningún ritual purificador, ningún exorcismo me ha servido hasta ahora, porque allá donde iba, alejándome cada vez más de este país, buscaba ese amor derrochado, esparcido a mi alrededor, despilfarrado y sin utilizar, que he dejado allí.

Sí, es un país que no quiere mostrar ambición, al que le gustaría que todo le viniera dado, porque es muy amable, simpático, alegre y jovial, y capaz (en los días buenos) de provocar una sonrisa al mundo.

Así que vine al mundo en este país, el 8 de noviembre de 1973. A un mundo que estaba ocupado en otras cosas, como para que mi llegada llamara demasiado la atención. El escándalo Watergate, las campañas antibélicas contra Vietnam, el golpe militar en Grecia, la crisis del petróleo y Elvis mantenían en marcha el mundo occidental, mientras la parte oriental se hundía en un sordo estancamiento bajo Brézhnev y la Nomenklatura soviética. Un estancamiento que incluía mantener el poder por todos los medios y por tanto el rechazo a toda clase de reformas, y que cerraba cada vez más los ojos a la floreciente corrupción y al mercado negro.

De un modo u otro, en ambas partes del mundo se oyó por vez primera «The Great Gig in the Sky» de Pink Floyd. En el Oeste en público, en el Este en secreto.

Y Vysotski habría de cantar, sobre aquellos tiempos:

El circo eterno donde,

como pompas de jabón,

las promesas explotan;

que se alegre quien pueda.

¿Grandes cambios?

Nada más que frases.

No me gusta todo esto,

me da asco.

Aparte de mi nacimiento y la caída de mi hermana, aquel día no pasó nada especial. Salvo quizá el hecho de que aquel día mi madre, en su eterna guerra con mi padre y en la eterna esperanza de entender a los miembros femeninos de su familia, perdió la paciencia y empezó a gritar.

—¿Es que eres una puta? —le rugió mi abuelo, y mi madre respondió llorando, a gritos:

—¡Si acaso, una hija de puta!

Dos horas después comenzaron los dolores de parto.

En la disputa estuvieron involucrados: mi imperativo abuelo, mi infantil abuela y mi madre, que estaba perdiendo cada vez más el control de su vida.

El otro acontecimiento excepcional del día, justo antes de que empezaran las contracciones, fue la conmoción cerebral de mi hermana mayor, que tenía casi tres años y medio.

Algunos días antes, había ido con nuestro abuelo a la yeguada cercana, y allí se había enamorado de los caballos árabes y de los ponis daguestaníes, de manera que el día en que nací mi abuelo la había subido a un poni, y la sujetaba sin mucha fuerza por el talle, cuando de repente el poni echó a correr y tiró a la niña. Todo fue tan rápido que mi abuelo no logró atraparla. Cayó como una pesada calabaza al suelo que, aunque estaba cubierto de paja, estaba más que duro para mi tierna y rosada hermana.

Mientras mi abuelo se lanzaba desesperado a recoger a su nieta, acusaba al criador de caballos y le amenazaba con cerrar «todo el chiringuito», mi madre empezó a gemir, revuelta por la disputa y las hirientes palabras, que todavía resonaban en la Casa Verde, la casa de mi infancia. Mi abuela, que en tan ruidosos enfrentamientos —y en verdad había muchos— entre su marido y su hija asumía el papel de una especie de árbitro y, al no tomar partido, no hacía más que aumentar la rabia de ambas partes, corrió enseguida a la cocina, donde estaba mi madre, y, sin decir nada, agarró el macizo teléfono que pendía de la pared.

Los trabajos de parto duraron exactamente ocho horas.

En el mismo instante en que mi madre llegaba al hospital local, acompañada de su corpulenta madre, mi hermana Daria, a la que la mayor parte de las veces llamábamos Daro, Dari o Dariko, ingresaba también en el hospital.

«¡Aaahhh!», gritaba Daria. Y «¡Aaahhh!», gritaba su madre. «¡Mamáááá!», aullaba Daria, y su madre gemía: «¡Mamáááá!».

Mi abuelo metió a su hija en el Lada blanco —dado que su querido vehículo de coleccionista Chaika (la «Gaviota», cuyo nombre oficial era GAZ 13 y que estaba reservado tan solo a la élite soviética), que cuidaba y quería como a un hijo, era demasiado lento para la carretera— y se dirigió a toda prisa al mejor hospital de Tiflis, donde certificaron que Daria sufría una leve conmoción cerebral. Y que yo, unos kilómetros más allá y algunas horas después, había venido al mundo.

Mis gritos obligaron a mi agotada madre a levantar la cabeza, mirarme y observar que no me parecía a nadie, para luego volver a dejarse caer en la improvisada silla de partos.

Mi abuela fue la primera en hacerse cargo de mí con plena conciencia: juzgó que era «un bebé con una necesidad sobrenatural de armonía», al fin y al cabo había venido al mundo en medio de una disputa.

En lo que se refiere a la necesidad de armonía, iba a equivocarse de cabo a rabo.

Mi abuelo, que había vuelto a llevar a casa a mi hermana desde el hospital —le habían prescrito reposo en su domicilio—, recibió por teléfono la noticia de que yo, «escuálida y morena», estaba allí y gozaba de una «salud estable». Se sentó en la terraza, se envolvió en su vieja chaqueta de marinero, por la que mi hermana y yo tanto íbamos a discutir en el futuro, y no hizo más que mover de un lado a otro la cabeza.

Mientras su madre horneaba un pastel de bienvenida, sacaba de la bodega su queridísimo licor de frutas (en esta ocasión, de cereza amarga) y planeaba una fiesta por mi nacimiento, mi abuelo seguía inmóvil, desconcertado ante el nuevo acto vergonzoso de su hija, y no alcanzaba a hacer otra cosa que mover la cabeza. Mi llegada al mundo le obligaba a volver a dar a una nieta su propio apellido, es decir «Dzhashi», porque yo había sido engendrada fuera del matrimonio. Esta vez no solo con un desertor y traidor a la patria, como en el caso del progenitor de mi hermana, sino sencillamente con un criminal, que cuando yo nací estaba en la cárcel.

—Esta niña es un producto de la desvergüenza de Elene, de su depravación, y sella mi definitiva derrota en la lucha por su honor, así que no tengo ningún motivo para alegrarme o celebrar nada. La niña, aunque no tenga la culpa, es la encarnación de todo el mal que su madre ha traído a esta casa —esa fue su primera frase, por fin, después de que su madre, mi bisabuela, le insistiese para que hiciera el favor de mostrar una reacción a la llegada de su segunda nieta.

Bueno, en aquel momento no le faltaba razón, y en vista de las circunstancias en las que nací no se lo puedo recriminar.

Los cinco días que pasé con mi madre en el hospital, durante los cuales mi abuela iba a diario a visitar a su hija con caldo de pollo y verduras en conserva, mi abuelo se quedó en casa, a la cabecera del lecho de Daria, que no podía entender por qué no le permitían levantarse, y la entretuvo con toda clase de historias, juegos, series de dibujos animados (había puesto en su cuarto un aparato extra de televisión), y ni Daria supo de mi existencia ni mi madre de la conmoción cerebral de su primogénita.

Daria era la niña idolatrada y admirada en el reino de nuestro poderoso abuelo, destinada a ser elevada a los cielos y observada con veneración. Hasta que… Pero me estoy adelantando, para eso aún tendrían que pasar muchos años en los que ella habría de encarnar con éxito el papel de la joya ensalzada por todos.

Sin embargo, a pesar de esas circunstancias, del reparto de papeles radicalmente opuesto que nuestro abuelo y cabeza de familia nos asignó desde un principio, desde el día en que me llevaron del hospital a casa tuve asegurada una ventaja para siempre: conté con el amor loco e incondicional de mi bisabuela Stasia. Era para mí, solo para mí. Mi bisabuela me dio el amor que durante décadas había negado a todos los demás, que tan solo daba a duras penas, contenido, oculto y casi titubeante, y sobre todo no a su propio hijo. Pero a mí me lo otorgó, esta vez de manera ostentosa, ruidosa, casi obsesiva, pueril, desbordante. Como si llevara todos aquellos años esperando mi llegada, como si lo hubiera reservado para mí.

El día en que, frágil, arrugada y en absoluto bonita, me llevaron a casa, fue el día en el que Anastasia —ese era su nombre completo— abandonó su castillo insonorizado y salió a la luz del día, a dar la bienvenida a mi fea poquedad. Ya no era tan remota y poco entusiasta como había sido durante muchos años, porque algo cambió de golpe cuando me tomó en sus brazos y cerró los ojos.

Y, cuando despertó de su estado sonámbulo y miró por fin a su bisnieta, dijo:

—Es una niña distinta, una niña especial. Necesita mucha protección y mucho margen.

Y todos se dieron una palmada en la frente y gimieron. La anciana demente había despertado a la vida, y no se sabía del todo si eso era algo de lo que alegrarse o que acabarían lamentando.

Por el momento, también a mí se me concedió la oportunidad de idolatrar a mi hermana mayor.

En mi vida anterior, me han preguntado a menudo si su belleza, su popularidad, la admiración que todo el mundo sentía por ella me han hecho sufrir. Pero no fue así. A pesar de todas las dificultades que nos acompañaron a Daria y a mí durante nuestra infancia y adolescencia, aunque nos atormentásemos, casi torturásemos, aunque a duras penas nos perdonásemos nuestros errores, todo eso ocurría tan solo porque nos queríamos hasta la locura.

Sí, yo siempre enmudecía cuando era niña y Daria me rondaba, cuando consideraba la posibilidad de tocarme la cabeza o hacerme cosquillas en la nariz. No podía hacer nada más que idolatrar a Daria, como todos los que nos rodeaban.

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Autora: Nino Haratischwili. Título: La octava vida (para Brilka). Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.