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La palabra en un espejo

El dolor es algo pegajoso. Es pegamento en los dedos, de ese que hace viruta y no se va por mucho que frotes. Es sangre seca en una habitación abandonada, impregnada por suelo y paredes, imposible de limpiar. Es una sustancia viscosa que se adhiere con facilidad a todo lo impoluto. Es una nube espesa, casi opaca, que avanza lentamente por el cielo despejado y pronto lo cubre todo, como un manto de polvo. El dolor es el barro en la zapatilla cuando llueve, la falta de aire en una autopista, la salsa que chapotea y mancha la mesa.

"Pero el dolor también es un espejo. Es un trozo de cielo gris que de pronto te describe el color azul, lo significa y lo vuelve real"

Pero el dolor también es un espejo. Es un trozo de cielo gris que de pronto te describe el color azul, lo significa y lo vuelve real. El dolor es una explicación, la respuesta a una pregunta que nadie quiere hacerse —pero siempre llega—, un abrazo en mitad de un huracán. Es imposible escapar del dolor porque el dolor nos protege. Es una emoción que llega para refugiarnos, para dar solución a lo que no entendemos. Es, sencillamente, el alivio. Porque el dolor no es el daño: es la cura.

Esto es lo que he aprendido después de leer Traducción del dolor, el último poemario de Fran Barreno. Antes de él, y gracias a la poesía, asumía el dolor como una emoción natural del cuerpo humano, una experiencia casi física que pausa el acto de respirar el mundo, que nos da tregua. Sin embargo, después de leer a Barreno, lo entiendo como una trascendencia aún mayor, como un camino que no es obligado, sino necesario. Tendemos a rechazar el dolor porque nos asusta, pero en este libro una aprende a recibirlo cuando lo ve llegar y, en vez de transformarlo rápidamente en otra cosa, deja que se quede el tiempo suficiente para verlo de frente, saborear sus punzantes aristas, ese extraño placer que da tocar la herida cuando aún está fresca.

"Una nunca regresa ilesa cuando se sumerge en las palabras, mucho menos cuando estas son tan poderosas"

La traducción de las palabras conlleva siempre un alto nivel de valentía. Una nunca regresa ilesa cuando se sumerge en las palabras, mucho menos cuando estas son tan poderosas. Barreno lo hace y, aunque desconozco si sale intacto, deja a sus lectores un poemario limpio, sin polvo. Quizá él, en un acto de generosidad absoluta, se haya quedado con todo lo pegajoso y nos haya dejado a los demás únicamente la claridad del dolor.

Recomiendo leer Traducción del dolor en tres ocasiones: cuando una esté feliz, para recordar lo andado; cuando una esté triste, para entender mejor las palabras; y cuando una tenga miedo, para convertirlo en curación. Sea cuando sea, será ayuda, será alivio, será sanación.

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