El otro día, un señor se encontró un cuadro tirado por la calle, que recogió porque, decía a los medios, simplemente le gustaba su marco. Resultó ser un Sorolla que había acabado ahí. ¿Reside el valor de un objeto en los ojos que lo ven? Hace unos meses, volví a visitar la exposición del despacho de Ramón Gómez de la Serna en el centro cultural Condeduque. Este lugar es, sin duda, el collage de objetos digno de las vanguardias que él mismo abanderó en España. Una pipa, un bote con la palabra «ideas», un maniquí, una figura de un enano, bolas de discoteca, un jilguero cantarín de madera.

El Rastro, 1961. Fotografía de Carlos Saura.
No es justo llamarlos objetos en general: trastos, chismes, cachivaches. El mes pasado entré a una tienda de antigüedades a punto de cerrar por jubilación en mi barrio, Los «Cachivaches» de la Conce. De allí rescaté un vinilo de Antonio Molina y una conversación con el dueño, que era muy creyente y me enseñó una representación de Cristo de su parroquia favorita de la ciudad. A veces también me da por ir a un mercadillo improvisado del barrio, que he apodado como «el mercadillo de la basura» y del que rescaté una mañana, antes de ser disuelto por la policía, una réplica pequeñita de La maja desnuda, de Goya, que intuyo de poco valor. El valor objetivo, no el simbólico y subjetivo.
Soy partidaria de que cada objeto tiene su energía propia, fruto de la antigüedad, historia, dónde ha habitado, quién te lo ha regalado, dónde lo has encontrado, quiénes han sido sus propietarios. Juntos, en un rastro o en una tienda, forman ese conglomerado de cosas que acaba conformando una obra artística en sí misma. Últimamente también rescato libros de la basura. Como persona que empezó a edificar su biblioteca desde cero durante la adolescencia, no comprendo eso de tirar libros, pero me gusta esa aleatoriedad del libro en la basura, puesto que es el título que no se busca, sino que te encuentra. Mi biblioteca se ha agrandado gracias a una colección de tres tomos de tapa dura de fotografía de El País, Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, Los nombres de los barcos, de Juan Carlos Vázquez y una serie de cuentos infantiles.
En algún momento tendré que parar con este síndrome de Diógenes cultural, por lo que a menudo pienso en Ramón Gómez de la Serna y en el privilegio de tener un lugar en el que ocupar espacio con tus excentricidades de escritor. El barroquismo del marco dorado de mi Maja desnuda no concuerda con la decoración minimalista de Ikea de mi enano piso compartido de alquiler, donde un cuadro es reposado en una balda y nunca colgado en la pared mediante taladro. La biblioteca no es biblioteca, sino distintos espacios ocupados por libros. En mi habitación de alrededor de seis o siete metros cuadrados, el escritorio cumple función de mesita de noche, y el flexo es flexo y lámpara a la vez. Nunca imaginé que la independencia conllevaría tener tan cerca el lugar donde escribo y el de la intimidad y el sueño.
El barroquismo ha sido sustituido por lo minimalista en aquellos espacios donde hay que fingir amplitud, qué le vamos a hacer. Las cosas quieren decirnos algo, pero no pueden, ya que cada vez tenemos menos poder de acumularlas, y muchas más mudanzas a las espaldas. Tal y como escribió Gómez de la Serna, «El Rastro es, sobre todo, más que un lugar de cosas, un lugar de imágenes y de asociaciones de ideas, imágenes, asociaciones sensibles, sufridas, tiernas». Por tanto, despojarnos de objetos que nos rodeen sería despojarnos también de una fuente de creatividad. Walter Benjamin escribió un maravilloso ensayo sobre coleccionismo llamado Desembalo mi biblioteca, donde afirmaba que «Toda pasión, sin duda, confina con el caos, y la pasión del coleccionista confina con el caos de los recuerdos […] Para el coleccionista verdadero, la adquisición de un libro antiguo equivale a su renacimiento».
El objeto es, por tanto, recuerdo, energía, estética e incluso inspiración. Sobre Gómez de la Serna, su admirador Francisco Umbral ya escribió que «será siempre el indeciso entre lo insólito y lo cotidiano, pasando de lo insólito a lo cotidiano y viceversa». No se puede ser buen escritor ni observador sin mirar a la calle, a lo que aparentemente no vale nada a ojos de otros, a lo abandonado.
Coleccionismo no solo concebido como pasión, sino como una manera de entender el objeto como memoria, como un chisme al que todavía le queda mucho por contarnos.




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