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La primera nieve

He cambiado la mirada para celebrar la llegada del frío. Estoy entregado al silencio del otoño, a la calma con que los helechos transforman su color. Cada domingo lo celebro acercándome a las laderas de unas montañas que a nadie le confieso.

Empiezo a andar con las estrellas como guía en medio del latigazo de la escarcha. Titilan aún las farolas de las callejuelas de las aldeas, los gallos estiran su cuello y lanzan el primer aullido de la jornada. El mundo se da la vuelta en la cama, estira la pierna, bosteza y se lava la cara, se viste y se apresta a saludar como se debe a una jornada aún incierta.

"Nieve, aquello era nieve. Ya no había duda alguna. Me detuve ante esa marea que se abría delante de mí."

No conozco mayor prodigio que ese suave cambio de luz. Me dejo caer en su rumor y espero que me arrope el edredón del viento. Mientras asciendo la pendiente del día cierro a veces los ojos para ser parte del espectáculo que se alza en medio del silencio. No hace falta pregonero alguno; se sabe, todos lo sabemos, que la ceremonia se oficia cada jornada. Allá cada uno con lo que elige, con lo que desprecia.

Hoy, esta misma mañana, fui descubriendo la escarcha como un punteo breve;  apenas eran manchas que salpimentaban la hierba, que engalanaban los enebros. Ascendía entre esas breves llamaradas con la mirada en el firmamento, atento a las pálidas estrellas que iban apagándose como las farolas del pueblecillo que se desperezaba valle abajo. Caminaba ajeno a una alfombra blancuzca que se iba extendiendo alrededor.

Nieve, aquello era nieve. Ya no había duda alguna. Me detuve ante esa marea que se abría delante de mí. No sabía qué hacer. Sólo contemplaba ese paisaje inesperado, ese regalo sorpresa que se desplegaba sólo para mí.

"Ya en casa llené la bañera y añadí dos kilos de sal, como Mario me aconsejaba. Cerré de nuevo los ojos y recordé desnudo en medio de aquel mar liliputiense el aroma de la nieve de la mañana."

Me agaché y con las dos manos cogí un puñado de ese algodón frío que me quemaba como el fuego y la besé. Me llené la boca de ella, la mastiqué, noté cómo bajaba hacia mi interior. Cómo ella se transformaba en mí. Cómo yo me iba diluyendo y me metamorfoseaba en esa enorme sábana que parecía no tener fin.

Me desbordaba una alegría íntima a medida que se abrían las horas y se expandía la luz. Un goce que con nadie podía compartir. Así que fui haciendo el día, dejaba que el viento soplara esa nieve de arena que me acariciaba la cara. Abría la boca para besar la nevada.

Ya en casa llené la bañera y añadí dos kilos de sal, como Mario me aconsejaba. Cerré de nuevo los ojos y recordé desnudo en medio de aquel mar liliputiense el aroma de la nieve de la mañana, cómo se acercaba a veces teñido de resina. Cómo durante tres horas no fui yo. No fui nadie. Sólo aire, aire de nieve.

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