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La realidad empeora la ficción

La realidad empeora la ficción

Esta semana nos ha visitado el escribidor de novelas del que ya le he hablado en otras ocasiones. Se ve que el hombre está trabajando en una novela que se desarrolla en Buenos Aires y se pasó por aquí para catar la calidad de nuestros caldos. Néstor nos estaba hablando sobre el caso del joven de diecisiete años que ha sido detenido recientemente como principal sospechoso del homicidio de tres personas en la zona de Quilmes, todos ellos perpetrados en un plazo de cinco días. En ese punto, intervino el escritor para afirmar que existen hechos reales que, por extremos, no tendrían cabida en el mundo de la ficción. No debimos de mirarle con ojos muy crédulos porque enseguida se dispuso a demostrárnoslo simulando una conversación con su editor.

–Pablo, tengo la novela del año. Con esta salimos de pobres.

–Dispara.

–Es la historia de un niño de siete años con las orejas enormes que se convierte en uno de los peores asesinos en serie de la historia, pero no tanto por ser prolífico como por la brutalidad de sus crímenes. Sus víctimas son siempre niños.

–¿Mata niños con siete años?

–Con siete empieza, pero le va cogiendo gusto al asunto y cada vez se hace más violento. Se desarrolla en el Buenos Aires de finales del siglo XIX, en un ambiente muy sórdido. El protagonista, Cayetano, es medio contrahecho y se aprovecha de que parece un tonto inofensivo para cometer sus crímenes. Al final lo pillan porque acude al velatorio de su última víctima a comprobar si todavía tiene el clavo la cabeza con el que le ha matado y…, claro, llama la atención de los polis.

–¡Claro, claro!

–Luego se pasa treinta años en la trena. Su principal ocupación es masturbarse tres o cuatro veces al día hasta que lo terminan matando los otros reclusos porque al tío no se le ocurre otra cosa que quemar vivo al gato que era la mascota de la prisión. ¿Qué te parece, Pablo?

Cuando dejamos de reírnos compuso un gesto serio y nos narró una historia muy real.

Le sirvo uno joven y se la cuento.

 

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Cayetano Santos Godino nació en Buenos Aires en 1896 y se crió en el seno de una humilde familia de inmigrantes italianos procedentes de Calabria. De su padre farolero, alcohólico, sifilítico y maltratador, aprendió el significado de la violencia antes que el de las palabras. Y su madre, ocupada de dar de comer a sus ocho hijos, no le enseñó nada con lo que contrarrestar las rotundas lecciones paternas. Ninguno prestó atención a las tempranas manifestaciones de violencia del pequeño Cayetano, cuyo comportamiento cumplía con precisión lo que J.M. MacDonald definiría más tarde como la triada del sociópata en proceso de formación: mojar la cama, tendencia al maltrato animal y firofilia.

Quienes conocieron a la perla lo definían como un auténtico imbécil, analfabeto, desagradable a la vista y carente de cualquier brillo que compensara su sombrío aspecto y oscura conducta. Su talla era inversamente proporcional al tamaño de sus orejas y de su miembro viril, pero fueron sus apéndices auditivos los que le hicieron ganarse el sobrenombre de Petiso Orejudo. Con estos mimbres, Santos Godino vagabundeaba por los arrabales de una ciudad en plena eclosión demográfica dispuesto a dar rienda suelta a unos instintos más propios de los monstruos que habitan en las pesadillas de los más pequeños que de un niño de siete años.

"En el velatorio del menor, Santos Godino llamó la atención de los investigadores por la rabieta que se agarró al no encontrar el clavo que los forenses habían extraído previamente a la víctima."

Sus primeras probaturas no salieron bien, pero no por falta de empeño. Las víctimas fueron un niño y una niña de menos de dos años a los que intentó asesinar a golpes. Las tentativas fueron frustradas por las oportunas intervenciones de terceros, pero dada su corta edad era devuelto a las calles de forma inmediata. La tercera, sin embargo, sí sería exitosa. Con ardides y engaños convenció a una vecina de tres años para que le acompañara a un lugar apartado de miradas molestas. Allí trató de estrangularla, pero Santos Godino no había cumplido los ocho y todavía no tenía fuerza suficiente en las manos para oprimir eficazmente la tráquea, por lo que no le quedó más remedio que enterrarla en estado de semiinconsciencia bajo unos escombros. Y allí la dejó morirse.

petiso-orejudo-en-ushuaiaDurante los años sucesivos atacó brutalmente a otros menores, como fue el caso de uno niño de veinte meses al que quemó los párpados con un cigarrillo. Con doce inviernos y ninguna primavera, el Petiso Orejudo fue internado por expreso deseo de sus padres en un centro para menores donde, lejos de rehabilitarse, salió fortalecido tres años más tarde en sus criminales intenciones. Durante los doce meses sucesivos cometió tres asesinatos más —en uno de ellos prendió fuego al vestido de una niña que murió a consecuencia de las quemaduras—, otros tantos intentos –a cada cual más cruel–, y provocó varios incendios, algunos de ellos de enorme consideración. El último de sus crímenes, por el que fue detenido definitivamente, fue el de un niño de tres años al que golpeó, mordió y ahorcó con la cuerda con la que se ataba el pantalón. La deficiente ejecución le forzó a encontrar un método más conclusivo. Un clavo de diez centímetros que introdujo en la sien del pequeño ayudándose de una piedra fue la solución. En el velatorio del menor, Santos Godino llamó la atención de los investigadores por la rabieta que se agarró al no encontrar el clavo que los forenses habían extraído previamente a la víctima. Aquella extraña reacción fue lo que puso fin a su carrera criminal.

El Petiso Orejudo murió en el inhumano penal de Ushuaia con cuarenta y ocho años a consecuencia de las continuas palizas que recibía del resto de internos, algo molestos con él desde el día que decidió arrojar el gato de los reclusos a una hoguera. Decía que le tenía miedo.

–La realidad no supera la ficción, la empeora —concluyó el escritor.

Pagó la ronda y se fue.

Texto publicado el 21 de marzo de 2016 en El Norte de Castilla.

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