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La realidad según ‘The Good Fight’

The Good Fight, la secuela de The Good Wife protagonizada por Christine Baranski (Diane Lockhart), arranca con la investidura de Donald Trump y la caída en desgracia de la estrella principal. Como es habitual, los personajes con más peso en la televisión estadounidense son miembros de una izquierda adinerada, asentada en grandes ciudades, en este caso Chicago, que se convierten en iconos aspiracionales para el resto del mundo.

Pero, en esta esperada entrega, esa clase alta demócrata aficionada a la filantropía lavadora de conciencias se pega un costalazo importante. No es sólo que Trump gane las elecciones, es que la fortuna invertida en un timo piramidal bursátil se esfuma y la protagonista se ve obligada a convertir su tradicional discurso progresista en realidad.

Los guionistas han decidido que Diane Lockart sea la única socia blanca en un despacho de abogados negros. Han creído que ya es hora de que sea coherente con sus ideas, que se coloque realmente en el bando que decía defender si quiere volver a soñar con una jubilación adecuada a su ambición. Es el momento de abandonar una falsa superioridad moral y pelear en el barro.

Ahora que los editoriales de los periódicos son irrelevantes, la ficción se presenta como una de las pocas armas de influencia en la agenda informativa. Los guionistas estadounidenses nos mostraron durante años una realidad paralela a la de los votantes de Trump, así que, como hace Diane en The Good Fight, ahora toca arremangarse, abandonar el activismo de salón y pasar a la acción.

El arranque de la serie es un ejercicio de autocrítica constructiva que raramente vemos en los medios de comunicación. Es la ficción televisiva, una vez más, quien elabora algunas de las mejores columnas de opinión del periodismo.

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