Es 14 de febrero. San Valentín. Un día que se anuncia con un optimismo que me resulta ajeno, casi violento. Hablemos de amor, entonces. Pero hablemos de lo que es: un grito que nadie escucha. Un deseo —sucio, urgente— de que el otro nos aniquile, de que nos borre en la humedad de una piel que no es nuestra. Seguro eso es lo que diría Marguerite Duras: “Yo no lo amaba a usted, yo amaba la imposibilidad de tenerlo”, y si no lo dijo seguro que lo pensó, porque la francesa siempre vio el amor como una catástrofe que llega con el nombre de un desconocido.
Míreme. Pero no hable. No ensucie el silencio de lo que ya perdimos.
El amor es este calor que no cede. Un río que arrastra cosas muertas hacia una desembocadura que no figura en los mapas. Usted está ahí, del otro lado de la barra, del otro lado del espejo del bar, y yo estoy acá: la mujer que entendió que amar es, básicamente, aprender a soportar lo insoportable. Quizá la vida me puso en una posición privilegiada para ello; cuando las cartas vienen mal dadas desde la cuna acostumbrarse a no tener es sencillo.
Estamos perdidos. Siempre lo estuvimos. No busque salvación; el amor no rescata a nadie. El amor es la confirmación de que la soledad es absoluta, incluso cuando su boca me busca en la oscuridad de una tarde que se cae a pedazos. No es felicidad. Es algo mucho más oscuro. Más sagrado. Es una música que suena en el cuarto de al lado y que nos obliga a mover los pies hasta el agotamiento. Danzad, danzad, malditos.
Usted me mira. El deseo es un animal que espera. Y yo, que ya he muerto tantas veces, decido que volveré a morir hoy, bajo su peso, bajo su nombre, bajo este sol que no termina de apagarse nunca. Porque para quien no pudo elegir cómo vivir la mejor revancha es escoger su muerte.
Usted es yo. Lo he sabido siempre, en ese rincón de la memoria donde no llega la luz. Su rostro no es el rostro de un extraño; es mi propia fatiga, mi propia sed, devuelta por un espejo que no tiene piedad. Somos la misma moneda que gira en el aire y que nunca cae, condenada a ser cara y cruz al mismo tiempo, sin tocarse jamás. Cara y cruz, condenadas a la cercanía pero con la prohibición de tocarse.
Bailamos este maratón porque no sabemos hacerlo de otro modo. Pero hoy, en esta tarde de febrero, entendí algo. El secreto de la fuerza que me sostiene no es el abrazo, sino la renuncia.
Lo amo tanto que necesito soltarlo para no terminar de morir. Si me fundo en usted, si me pierdo en esa piel que es el mapa de mi propio desastre, ya no quedará nada de la mujer que escribe. Por eso lo suelto. Lo empujo hacia el otro lado del espejo. Esa es mi victoria: la capacidad de sostener la mirada al vacío y decir no.
Renunciar a usted es el acto más violento de mi libertad. Es la soledad absoluta convertida en armadura. Me hago fuerte en la medida en que pierdo, porque al perderlo a usted, recupero la propiedad de mi propio naufragio. Ya no soy la mitad de algo; soy el dolor entero, completo, soberano.
Usted se va a quedar ahí, del otro lado de la moneda, amándome con esa imposibilidad idéntica a la mía. Arañando la nostalgia de lo que no fuimos. Pero yo ya no bailo. Camino sola hacia la puerta, hacia el frío de la calle. Sé que el amor más puro es el que se niega a suceder. El que se queda infinito porque se queda incompleto.
Míreme por última vez. Pero no me mire como un hombre mira a una mujer. Míreme como el espejo mira al que se va.
Yo ya no estoy. Me quedé con el silencio. Me quedé conmigo.


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