Cuando supe, a través del cartel anunciador, que en el Ateneo de Madrid se organizaba un acto dentro de la sección de teatro titulado Me acuerdo, ¿y tú?, acudieron a mí numerosos recuerdos de cómo esa expresión había dado título a un artículo de Miguel Munárriz a través de su blog en Zenda. Creo recordar que aquel diario de bitácora, publicado los jueves, se titulaba, en homenaje al poeta asturiano Ángel González, Ayer fue miércoles toda la mañana. Es el día de hoy que conservo en mi memoria los temas de muchos de sus artículos, pero, por encima de todos, recuerdo los dos que tituló “Me acuerdo”.
En 2020, en la fase más dura de la covid 19, Munárriz publicó un artículo titulado “Me acuerdo”, con una sucesión de frases breves que evocaban recuerdos personales.
La acogida fue tal que, apenas una semana después, escribió “Me acuerdo de los amigos”, recogiendo aportaciones de lectores que se sumaron a la iniciativa.
Aquellos textos, que tanto me impactaron, los escribió Miguel en el confinamiento provocado por la pandemia, razón de más para que los entendiese como un acto de evocación melancólica de un tiempo en el que éramos despreocupadamente felices, y más en esos momentos de añoranza por lo perdido. Mi espíritu contestatario se rebelaba por perder la libertad de hacer lo que quisiera, puesto que el gobierno, guardián de nuestra salud y bienestar, nos impidió salir de donde estuviésemos confinados. Al leer lo escrito por Munárriz abracé esos artículos como algo liberador y como una manera de seguir moviéndome, al menos, a través de la memoria.
Según contó Palmira Márquez, conductora del acto, el origen de esta propuesta fue casi doméstico: una cena entre amigos en la que Ginés García Millán sugirió trasladar aquellos textos al teatro. Miguel Rellán, al conocer la idea, la celebró y propuso llevarla al Ateneo de Madrid. Años después, esa intuición sigue viva.
En este 2026, el acto celebra ya su quinta edición. Diecinueve participantes, figuras destacadas de distintos ámbitos culturales, compartieron sus “me acuerdo” en un ambiente cercano y sin artificios. Lo que allí sucedió durante más de dos horas fue algo más que un espectáculo: fue una exposición de humanidad.
En una suerte de sesión unplugged, cada uno se convirtió en narrador de sí mismo. Hubo mucho sentimiento, emoción contenida por parte de los intervinientes, humor, pudor y valentía. Porque no es menor el gesto de exponerse así: bajo los focos, muchos de ellos practicaron una especie de estriptis público, compartiendo miedos, carencias y recuerdos que, en ocasiones, rozaban lo doloroso.
De aquella sucesión de voces quedaron grabadas en mí muchas escenas:
Alberto Amarilla, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que cuando murió mi abuelo quise que se encarnara en mí. Para ello me dediqué a imitar sus gestos, expresiones, maneras… y así poder hablar con él.
Lorena Berdún, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo cuando la primera vez un chico me rompió el corazón. Lloré mucho, y mi padre, hombre parco me dijo: “Lorenita, el amor no es solo romanticismo”.
Javier Cámara, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo del ruido del extractor del bar de enfrente de mi casa en el pueblo. Lo oía desde mi cama e imaginaba que era un río o una tormenta. Siempre me acompañaba. Incluso ahora, cuando no puedo dormir, escucho el ruido del puto extractor.
Miguel ángel Feria, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que mi abuela, analfabeta, leía el periódico, cuando lo dejaba mi abuelo, que sí sabía leer. Lo leía del revés y decía que lo hacía así, ya que este mundo era muy feo, para que las noticias se dieran la vuelta y los pobres coman pan y los ricos coman mierda.
Antonio Hernández-Rodicio, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que hubo una tragedia en el estadio de Heysel, en Bruselas. En una final de Champions, los hinchas del Liverpool atacaron a los de la Juventus. Se produjo una avalancha en la que murieron más de veinte personas. Recuerdo a los seguidores de la Juventus muertos, alfombrando el césped. Los retiraron y, a continuación, se jugó el partido. Fue el día que dejé de seguir al fútbol.
Susana Hornos, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de mi abuelo, ciego, recostado sobre una radio, y de cómo conversaba con todos los locutores.
Ara Malikian, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo cuando me despedí de mí padre en el Líbano. Supe que nunca más lo volvería a ver. También me acuerdo cuando, con quince años, escuché por primera vez la Quinta sinfonía de Mahler y, al oírla, sentí que tenía un orgasmo.
Antonio Molero, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que me levantaba a las cinco de la mañana el día del examen para estudiar, no para repasar. La procrastinación la invento yo. Estudiaba en una habitación ganada por mi madre, con cristales, a la terraza. Me acuerdo de la mesa camilla con un brasero en la que estudiaba. Me acuerdo del frío que pasé en mi cabeza y espalda, salvo mis piernas y huevos, que estaban ardiendo. Los huevos escalfados también los inventé yo.
Pedro Piqueras, entre otras mucha cosas, contó:
Me acuerdo de ayudar a mi madre a colocar las latas de leche condensada en el estante más alto de la alacena, escondidas dentro de otros botes que ponían “lentejas”, “garbanzos”, “alubias”, etc. Se trataba de que mi hermano no diera con las latas. Era “goloso compulsivo”.
Minerva Piquero, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo la primera vez que vi un fantasma: Lo vi en mi casa, yo tenía cinco años, y no sabía que era mi padre, que ya estaba muerto y a quien no había conocido.
Moisés Rodríguez, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que el día que me tocaba jugar un partido de futbol tuve mi primera relación sexual. Fue con mi vecina, en mi casa. Era unos años mayor que yo. Fue lo que fue. Lo malo fue que, cuando llegué al vestuario para el partido, seguía con una erección persistente: cada vez que me acordaba de mi vecina, aquello renacía. Fue muy festejado por mis compañeros. Le pedí al masajista una solución, linimento o cualquier cosa que hiciese desaparecer aquello. Pero al saltar al campo seguía igual, no podía disimularla: si dejaba la camiseta por fuera, el árbitro me obligaría a meterla por dentro del pantalón y me sacaría una tarjeta amarilla por no ir correctamente equipado con la camiseta. Así que me acerqué a un compañero y le dije: “En cuanto cojas el balón dame un balonazo ahí, a ver si baja esto”. Es el día de hoy que aún me duele el balonazo.
Antonia San Juan, entre otras muchas cosas, contó:
Me acuerdo de que después del cáncer temía no acordarme cómo seguir viviendo y me conjuré para no volver a enfermar.
Debo aclarar que he escogido al azar, en aras de no cansar al lector, algunos de las decenas de testimonios de las diecinueve personalidades participantes. Todos ellos son igualmente evocadores, y la omisión de los me acuerdo de Nacho Carretero, Javier Fesser, Esther García, María Isasi, Luisgé Martín, Natalia Moreno y María José Rubio responde solo a una cuestión de economía lectora.
Al despedirme de mi maestro y amigo Miguel le confié que me alegraba mucho de haber podido asistir y que habían conseguido hacerme feliz durante dos horas.
Al salir del Ateneo, ya de regreso a casa en un Cabify, comenzaron a aflorar mis propios “me acuerdo”. Siempre he presumido de tener buena memoria, hasta que esta, quizá cansada de mi soberbia, ha decidido volverse esquiva. Ahora me obliga a abrir y cerrar puertas en el cerebro para encontrar recuerdos que antes acudían solos. Sin embargo, aquella noche regresaron con nitidez: eran, por decirlo así, la élite de mis recuerdos.
Comprendí que aquellas dos palabras no solo evocaban el pasado, sino que habían terminado por modelar también mi presente.
Me acuerdo de aquel día, allá por 2017, en que mi amigo Txema Munárriz me descubrió en su Facebook la página Zenda, coordinada por su hermano Miguel. Lector empedernido como soy, quedé fascinado con aquel espacio y con quienes firmaban sus artículos, de los que saqué muchas recomendaciones de lectura. Me acuerdo también de los jueves en que Txema compartía las entradas de Miguel, una cadena de textos que seguí con entusiasmo y de los que aún recuerdo algunos que me impactaron.
Y me acordé de que, a finales de agosto de 2020, Miguel Munárriz me escribió para invitarme a comentar una novela histórica. Conocía mi afición al género y mis reseñas en la página de Facebook “Novela Histórica”, de cuyo equipo de administración formaba y sigo formando parte. Aquel mensaje me descolocó: ¿cómo iba a ser posible que yo, hombre de ciencias puras, ingeniero técnico de minas, procedente del mundo de la minería del carbón y tan ajeno a las letras, pudiera embarcarme en esa aventura?
Me acuerdo de la oportunidad que supuso aquello y del trato cercano y generoso que siempre recibí en Zenda Libros, empezando por Miguel, que tuvo la paciencia de enseñarme y darme confianza, y siguiendo por Leandro, Álvaro, Miguel Ángel y Arturo, a quienes guardo mi eterno reconocimiento por su trato y su apoyo. Y recuerdo, sobre todo, el consejo que me dio Miguel en los primeros días, que sigo al pie de la letra y tengo tatuado en mi memoria. Me dijo: “Ramón, cuando leas y escribas, ¡diviértete!”.
Hoy, al recrear lo que supuso el acto del Ateneo, entiendo que todos esos recuerdos —tanto los relatados en el escenario, como los míos propios — no son solo evocaciones, sino pequeñas piezas de lo que soy. Gracias a ellos, y a quienes me leen, aquí sigo.
Me acuerdo cada día de que debo dar las gracias a todos, y muy especialmente a los fundadores por crear Zenda, y a los lectores por leerme y permitirme ser y sentirme zendiano.
Porque, al fin y al cabo, los me acuerdo no solo evocan el pasado: me enseñan, sobre todo, a habitar el presente. Y es en esa experiencia de lo vivido donde, quizá, reside lo más profundamente humano.



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