En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956). Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide (2015). Después de leer y reseñar Cegador, escribí a los editores de Impedimenta, con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún libro más de Cărtărescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy comentando Las bellas extranjeras y ya comentaré El ojo castaño de nuestro amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.
La primera de las tres historias se titula “Ántrax”. Desde la primera frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cărtărescu recibe una llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cărtărescu se siente desconcertado, porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero desde las primeras páginas el Bucarest de esta historia parece un tanto diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia, Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar con un McDonald’s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los otros libros. El Cărtărescu de “Ántrax” va a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra, porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de la dictadura comunista de Ceaușescu.
Cuando Cărtărescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su contenido… Quizás sea ántrax, imagina, ya que —según nos cuenta— por la época en la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los atentados del 11 de septiembre.
Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cărtărescu por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El castillo, de Kafka. Todo esto está aderezado con un humor —poco habitual en Cărtărescu— basado en la exageración y el esperpento. También Cărtărescu interpela de modo coloquial a sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».
“Las bellas extranjeras” es el segundo relato, que es el más largo del conjunto, y podríamos hablar ya más de novela que de relato. Aquí Cărtărescu nos va a hablar de un programa literario francés, que se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para hablar de su literatura. Cărtărescu fue seleccionado, junto con once compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cărtărescu en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor, como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cărtărescu nos va a hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que sabían cómo actuar ante un público. Cărtărescu nos contará también anécdotas sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra fuente de información».
Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».
También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier país: «En el mundo literario se perdona casi todo: la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía… Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales» (pág. 111).
El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).
También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cărtărescu recuerda sus comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas» (pág. 131).
También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción de los primeros libros de Cărtărescu al francés. Y alguna otra historia sobre algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su reacción a ello.
El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se titula “El viaje del hambre”, y guarda bastante relación con el anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en un relato independiente. “El viaje del hambre”, igual que Las Bellas Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de Rumanía, y no a París. Cărtărescu nos va a hablar aquí de su primera invitación a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales. Me ha gustado este cierre, porque lo que Cărtărescu nos viene a decir es que no hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía, cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de su obra más fantástica, de la que ya he hablado.
Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro de Cărtărescu, Las Bellas Extranjeras. Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé ahora —que aún no ha vuelto con el autor— que mi amigo tiene una idea sobre qué clase de escritor es Cărtărescu no del todo real, porque no se ha encontrado con la mirada sombría de Cărtărescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los insectos…, sino con un Cărtărescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A mí, que sí conocía su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho acercarme a este otro Cărtărescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un Cărtărescu menor.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: