Me escribió, a través de Instagram, David Gargallo, uno de los editores de Altamarea, especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción de Trabajar cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La traducción la ha hecho Carlos Clavería Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento, y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los mares del sur es uno de mis favoritos.
La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta novela, da mucha importancia al espacio físico en el que se desarrolla gran parte de ella: la colina, a la que va connotando de símbolos. La colina, o las colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante sabremos que esas colinas son las cercanas a Santo Stefano Belbo, así que escritor y protagonista comparten los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina» en su título.
En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos: «Mussolini había sido derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La sensación de amenaza siempre estará presente.
En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos; aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los cuarenta años.
Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate, una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual. Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.
Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así, en la página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se incendiaban, salvarles las pertenencias». En la página 62 leemos otra frase que quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No te fíes de quien se baña a diario».
La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente cercano. En este sentido leemos, en la página 91: «Ahora que incluso aquellos días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de estar vivos un día más, una hora, que da alegría».
Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario, El oficio de vivir, sé que era sexualmente impotente, y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre 1947 y 1948.
La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales, muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo, taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «no era triste, ni arrogante, estaba solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo profundo.
Como ya me ocurrió hace unos pocos años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oé, al que no regresaba desde hacía más de veinticinco años, ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la primera página he reconocido su estilo y he vuelto a tener la sensación de volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este reencuentro, La casa en la colina me ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de Cesare Pavese.


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