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«Las Brujas» de Roald Dahl, y la infravalorada maestría de Robert Zemeckis

«Las Brujas» de Roald Dahl, y la infravalorada maestría de Robert Zemeckis

Desconozco qué ha pasado en el mundo o en la mente de los espectadores y críticos cinematográficos para que la carrera del cineasta Robert Zemeckis, autor de la trilogía Regreso al futuro o de Forrest Gump, haya pasado del taquillazo y el reconocimiento de sus habilidades narrativas, Oscar mediante, a donde esta ahora. El director presenta Las Brujas, una nueva adaptación del relato de Roald Dahl que seguramente medirá sus fuerzas con un título de culto como La maldición de las brujas, la anterior adaptación que firmó Nicolas Roeg allá por 1990 (y que, por cierto, se saldó con un pavoroso fracaso de taquilla). Y como aquella, y si no me equivoco, que todo puede ser, será recibida con igual desdén, indiferencia y la habitual y guerracivilista división de opiniones (con frases que irán desde el “es un remake innecesario” a “la anterior era más inquietante”, pasando por todos los demás estratos de decepción posibles).

Es lo que ha ocurrido, al fin y al cabo, con la práctica totalidad de las películas recientes de Zemeckis, quien, tras una etapa de ensayo en las nuevas texturas visuales mediante la animación digital con títulos tan minusvalorados como Beowulf, Cuento de Navidad oThe Polar Express, regresó al cine de acción real con una reinterpretación del relato capriano como El vuelo, una particular heist movie funambulista como El desafío, un thriller con vocación romántica y corazón moderno como Aliados, y la más suicida de todas, su exégesis a la propia Forrest Gump en tiempos de reformulación de identidades de género como es la tremenda Bienvenidos a Marwen. Ninguna de ellas es perfecta, porque este texto no va de eso. Y todas han pasado por la taquilla con más o menos suerte, aunque desde luego sin dejar demasiada huella, como si el realizador de mitos como Regreso al futuro, Forrest Gump, Náufrago y ¿Quién engañó a Roger Rabbit? se hubiera convertido en 2020 en un senil y sentimentaloide ensayista de los FX digitales y no en el impecable fabulador bisagra entre lo clásico y lo moderno que algunos todavía nos empeñamos en ver en él.

"El director de La muerte os sienta tan bien se apea de recuperaciones nostálgicas propias de tiempos de Stranger Things"

En España tendremos la suerte de poder ver Las Brujas, versión Zemeckis, en la gran pantalla, porque su estudio y distribuidora, Warner Bros, así lo ha decidido (en muchos otros países, incluyendo EEUU, se estrena a través de la plataforma de streaming HBO Max, recién lanzada al otro lado del charco pero ausente todavía en nuestro país). Y este es un dato a celebrar, al menos por todos aquellos que aún se asoman por el patio de butacas de cuando en cuando y gustan del cine comercial al margen de modas.

Consciente él mismo de que los tiempos de Amblin han pasado a mejor vida, el director de La muerte os sienta tan bien se apea de recuperaciones nostálgicas propias de tiempos de Stranger Things e indaga en historias más incómodas. Respecto a esto, puede que la película reduzca el grotesco desfile de incómodas y surreales imágenes de la película de Roeg, pero 1) respeta a pies juntillas el texto original, y 2) añade su propia colección de ellas sustituyendo la entrañable “puppetería» de Jim Henson por, sí, efectos digitales de última hornada menos encantadores para el espectador nostálgico. Nada de ello oculta que la película, que se adapta a la mitología norteamericana más que la europea, ha sido rediseñada en profundidad, reconstruyendo la paranoia sobrenatural para la Alabama racista de 1960 y añadiendo un ritmo más propio de su director, con un diseño de personajes más sólido y contemporáneo, aunque con un trabajo de post-producción (que no de diseño) un tanto errático: da la impresión de que un tiempo más en el horno hubiera favorecido a sus FX, algo que tampoco extraña en un año tan absolutamente imposible como este 2020.

"Zemeckis no se deja llevar por discursos sociales de agenda y no necesita verbalizar nada que no contengan sus imágenes de fantasía"

Pero Zemeckis, al igual que en Bienvenidos a Marwen, no se deja llevar por discursos sociales de agenda y no necesita verbalizar nada que no contengan sus imágenes de fantasía, de modo que todo el asunto social se filtra en los fotogramas digitales de Las Brujas sin que el narrador tenga la obligación de detener su asunto, su historieta, por culpa del momento cultural. El niño protagonista y su abuela son negros de clase baja en la Alabama de tiempos de Rosa Parks, eso es obvio, y comparecen a un hotel de lujo donde el servicio se compone en su totalidad de, también, negros. Y a partir de ahí ustedes deciden, con Zemeckis trazando una analogía entre cierta idea de aristocracia y todos los estratos inferiores, ese presunto material de derribo que sin embargo mantiene en pie las estructuras de un hotel, de un país. No me parece una analogía inapropiada y desde luego también estaba en la anterior película, si bien adaptada a las coordenadas de la nobleza británica.

Zemeckis, naturalmente y como Roeg, pisa el acelerador de la locura en la recepción de las brujas, aunque la película se muestre algo más decepcionante en la fiesta final, esa cena sin nada de ajo que, sin embargo, nos reserva ese perturbador plano de la Gran Bruja dirigiéndose a la mesa de Octavia Spencer. Aquí la dueña y señora de la película se llama Anne Hathaway, convertida en un trasunto del legendario juez Doom de la inalcanzable ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, de la mano de un fingido acento nórdico en V. O. y más curvas que nunca, con todos sus histriónicos movimientos subrayados por la memorable banda sonora del habitual de Zemeckis, Alan Silvestri (apostando de nuevo, como en Regreso al futuro, por el maximalismo incluso cuando el relato adquiere cotas más íntimas). La película pertenece a la actriz, y es de justicia reconocerlo.

"El desenlace de Las Brujas, aparentemente optimista, deja la puerta abierta a interpretaciones incómodas para un filme infantil"

Las Brujas no es la mejor película de Zemeckis, y es una que, paradójicamente, sufre de ciertas carencias en sus efectos visuales, habitual punto fuerte del director. Pero sí es una en la que, de nuevo, éste demuestra su intención firme de afrontar proyectos propios al margen de franquicias, aprovechando su envidiable posición (algunos dirían malgastando talento) en meandros independientes pero paralelos al devenir de la industria. La elegancia de su puesta en escena, ciertamente más pulcra y limpia que la de Roeg, no obstaculiza la creación de un espectáculo infantil extraño, perturbador, terrorífico y absurdo, conservando de paso una coda final que la versión de Roeg dulcificó en pos de un broche a lo cuento de hadas. El desenlace de Las Brujas, aparentemente optimista, deja la puerta abierta a interpretaciones incómodas para un filme infantil en el que un poco igualado combate entre fuerzas ocultas cede ante el peso, confortante pero igualmente implacable, del orden natural de las cosas. No está tan mal en un año de tan poco y tan mal cine como este 2020.

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