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Las putas de la ciudad son tristes, relato ganador del concurso #HombresyalgunasMujeres

Historias de hombres (y algunas mujeres)

Las putas de la ciudad son tristes, de Salvador Terceño Raposo, ha ganado el concurso de relatos #HombresyalgunasMujeres, en el que han participado más de 300 autores y en el que se pedía a los participantes, de cualquier sexo, ponerse en la piel de un hombre para contar la historia de una mujer. Su premio es de 2.000 euros. Angulas para los cerdos, de Asier Susaeta, ha quedado finalista y su premio es de 1.000 euros. Zenda ha organizado este concurso, patrocinado por Iberdrola, para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y la publicación del libro Hombres (y algunas mujeres)una obra coordinada por Rosa Montero con cuentos firmados por Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón.

El jurado de este concurso lo han formado los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

Las 10 historias que han optado a los premios además recibirán un ejemplar del libro Hombres (y algunas mujeres) en su edición en papel. Hombres (y algunas mujeres) es un libro ideado, coordinado y editado por Rosa Montero con once cuentos que celebran el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, firmados por Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. Con la colaboración con Iberdrola, este libro es una edición no venal que se puede descargar gratuitamente a partir del 27 de febrero. Su versión de papel será sorteada por Zenda e Iberdrola en más iniciativas además del presente concurso.

A continuación publicamos los relatos premiados. Gracias a todos por participar.

 

GANADOR

Salvador Terceño Raposo

Las putas de la ciudad son tristes

Yo nací en la casa del pueblo, en la misma cama que mi padre y mi abuela. No tengo recuerdos de antes de los cuatro años, antes de aquella Navidad en la que un pollo descabezado puso toda la casa perdida de sangre. Luego, algunos flashes. El velatorio de mi abuela, su rostro de cartón. La negra verga del caballo montando a la yegua del farmacéutico. El tractor y las cabañas hechas de pacas de heno.
Cuando nació mi hermana, mi padre empezó a beber y a pegar palizas a mamá y yo pensaba que era por su culpa. La odiaba todo lo que podía.
Al crecer, cada uno estaba a lo suyo. Yo trabajaba en el campo con mi padre y cubriendo bajas en la fábrica. Por las noches, cerrábamos los bares. Mi hermana llevaba la casa con mamá, cuidaba el huerto, limpiaba y cocinaba. Por la noche solo sabía apagar su cuerpo de huesos molidos.
Las tristes rutinas.
Un día, mi hermana salió con que quería ir a la ciudad para estudiar. Antes de poder terminar la frase, mi padre le soltó una tremenda bofetada que la hizo rodar. No dijo palabra. Luego le pegó a mi madre, pues supuso que la idea era suya. Mi hermana decidió no sacar más el tema, sobre todo por mi madre, pero una noche saltó por una ventana para escapar en un tren. Mi padre notó a mamá nerviosa y le sonsacó el secreto a golpes. Consiguió llegar a la estación a tiempo y sacarla a tirones del vagón. La llevó a rastras hasta la casa, atravesando medio pueblo, y al día siguiente todos murmuraban y sonreían.
La gente empezó a hablar de ella. Que si se creía especial… Que, para limpiar en la ciudad, mejor que limpiara en su pueblo… Que, lo que tenía que hacer era ayudar a su madre… La muy…
Mis amigos en el bar decían de todo. Cuanto más borrachos, más salvajes. Me decían lo muy puta que era y todo lo que le habían hecho o querían hacerle. Yo les reía la gracia aunque, a ratos, me entraban ganas de partirles la cara.
Al final, un martes de enero que helaba, mi hermana se marchó y no volvimos a saber de ella. Dejó una carta muy breve. Quería estudiar enfermería y trabajaría en lo que le fuera saliendo para pagarse los gastos y la carrera. Podría haberse desahogado bien, pero no lo hizo. “Adiós”, decía al final. Y un punto.
Mamá lloró, mi padre golpeó muebles y mis amigos hicieron bromas sobre las putas de la ciudad, que son más tristes que las de los pueblos. Le di un puñetazo a uno y entre tres me partieron la nariz y dos costillas.
Tras unos meses, mamá enfermó, un cáncer, y la vida se nos descarriló. Comenzamos con los viajes a la ciudad, para ir al hospital: especialistas, pruebas, tratamientos… Íbamos en la camioneta y yo la dejaba en el Hospital de Día, donde pasaba horas. Durante ese tiempo, yo daba vueltas por el campus universitario, buscando la facultad de enfermería, rumiando qué le diría si la viera, pero no hizo falta. No la encontré.
Comencé a pensar que podría no haber tenido suerte, que podría estar arrastrada por puticlubs o arrabales, drogándose, prostituyéndose para sobrevivir. Entonces, cuando a mamá se le bajaban las defensas e ingresaba por alguna neumonía, yo aprovechaba la noche para dar una vuelta con la camioneta, recorriendo lo peor de la ciudad. Me asfixiaba cierta ansiedad por encontrarla. Temía que pudiera ser demasiado tarde. Transitaba con lentitud la oscuridad de los barrios chinos, la árida soledad de los polígonos, haciendo preguntas. Bajo las farolas, aquellas chicas que mascaban chicle y enseñaban la mercancía, derramaban a su paso la misma tristeza. Fumaban y me decían cochinadas para calentarme, pero estaban derrotadas por dentro. Había tíos sacándose la polla en plena calle, otros culeando contra unas piernas, apoyados en una tapia meada. Había condones tirados y camellos trapicheando, chulos con sus miradas torvas y desconfiadas.
Tras varias noches recorriendo los más sucios lugares de la ciudad, desistí.
Pasaron unos años. Mamá mejoró pero luego volvió a empeorar. Esta vez de verdad. Una día, al regresar del hospital, encontramos a mi padre muerto, sentado en el váter. Era una forma estúpida de morir y me reconfortó. Le había dado un infarto de esos que vienen por derecho. En el entierro nadie lloraba.
Poco después, mamá cayó en picado. Estaba en las últimas. Pasamos muchos días en el hospital, pero yo ya no salía. Quería estar con ella. A veces bajaba a la calle a echar un pitillo y me gustaba ver llegar las ambulancias. Una noche llegó un coche tocando el claxon. Un hombre bajó gritando nervioso, pidiendo un médico. Apareció un celador con una silla de ruedas. Al momento, llegó corriendo una mujer joven. Tenía la nariz de mi hermana.
—Tranquila —le dijo a la parturienta—, soy la matrona.
La chica gritaba y lloraba. Parecía primeriza.
Entonces, la matrona levantó la mirada hacia mí. Palideció ligeramente y se llevó a la embarazada hacia el interior. Yo quedé petrificado. Era ella. No cabía la menor duda. Sabía que regresaría y me quedé a esperarla. Tardó dos horas. Me preguntó y le conté lo de mi madre. Subimos a verla.
—De niño pensaba que papá le pegaba a mamá porque tú habías nacido – Le dije en el ascensor.
—Qué tontería —respondió.
—Te he buscado en todos los puticlubs de la ciudad —confesé.
Ella sonrió.
En la habitación revisó la planilla y los sueros. Le tomó el pulso y se echó sobre ella, abrazándola con ternura. Así estuvo una buen rato. La besaba y lloraba en silencio. Sin dramatismos.
—¿Eres matrona? —pregunté—. ¿Traes niños al mundo?
Asintió con la cabeza inclinada sobre el pecho de mi madre.
—Perdóname —le dije desde la puerta.
—No pasa nada —susurró, sin separarse de mamá.
Se llama Marina, mi hermana. Trae niños al mundo. 

***

FINALISTA

Asier Susaeta

Angulas para los cerdos

En 1958, cuando Malena tenía diecisiete y yo dieciséis, nos encontrábamos en las ruinas de una casa del pueblo. Ella decía que había estado con más chicos antes, y yo mentía igualmente. A veces ella sabía a pipas de girasol y, otras, las menos, a sopa. La tarde que nos acostamos por primera vez sabía a las dos cosas.

Ese mismo año, el gobierno de Mao Zedong lanzó la campaña «Gran Salto Adelante» con la que pretendía acabar con las cuatro plagas que diezmaban sus cosechas. La población china —obviando por poco agraciados a ratones, moscas y mosquitos— se lanzó con, todos sus medios, contra los gorriones; golpeaban latas vacías para asustarlos y hacerlos escapar, rompían los huevos en los nidos y los abatían con tirachinas o escopetas. En 1960, el gobierno se dio cuenta de su error y admitió, de puertas adentro, que los gorriones comían más insectos que grano. Yo, en aquella época, observaba a las golondrinas posarse sobre el cable que pasaba por encima de casa de Malena. Tocaba a la puerta y ella salía azorada dejando atrás algún grito de su madre, la señora Herminia. Un día cualquiera —que en el pueblo eran casi todos si hacía sol y tenías hambre—, descubrí por qué ella se ponía tan a menudo el vestido holgado que le había prestado su hermana mayor. También que la marcha atrás solo servía para volver a meter lagartijas mareadas en una lata.

En 1969, Japón disminuyó drásticamente su producción de anguilas por la caída en la captura de angula en sus aguas, mientras, en las marismas de Doñana, todavía se usaban para alimentar a los cerdos. Entonces, Jorge tenía ocho años, Carmen, cinco y Teresita, dos, y yo había cumplido seis trabajando como comercial. Vendía enciclopedias ilustradas y diccionarios por tomos, y necesitaba colocar cinco enciclopedias o diez diccionarios completos a la semana para pagar, sin retrasarme, las letras del Seiscientos de segunda mano, el pisito de Vallecas y alimentar cinco bocas. Calculé que en cada diccionario había unas cincuenta mil definiciones, así que necesitaba facturar medio millón de palabras en negrita a la semana. Pero eso no era lo peor. Aquel año, Malena, a la que por entonces ya llamaba cariñosamente Lena, le compró un periquito al vecino del cuarto porque, aseguraba, le recordaba al sonido del pueblo. Bueno, a decir verdad «comprar» no sería la palabra adecuada; ella acordó con él plancharle la ropa y bajarle un plato caliente al día durante un mes a cambio del dichoso periquito. Le pusimos de nombre Kiko, era amarillo como una mazorca y solo cantaba por las mañanas.

En 1972, se produjo la primera hambruna en Etiopía por la sequía y la especulación con el precio del grano. El NO-DO emitía imágenes escalofriantes sin que a sus responsables de contenidos les importase que hubiese niños en el cine. Cuando iba a la sesión de tarde con Teresita, debía explicarle por qué aquella gente tenía los ojos así de grandes y tantos huesos asomando. Que ella era muy afortunada. Fue el mismo año en que Kiko murió atragantado por un grano de pienso. Lo enterramos metido en una caja de zapatos vieja, en el parque que había al lado del pisito, aunque, a las dos semanas de aquello, nuestro vecino del cuarto nos subió una pareja de petirrojos. Con su jaula dorada y todo. No pidió nada a cambio, pero Lena insistió en que no le importaba echar un puñado más de fréjoles a la olla cada día.

El veinte de noviembre de 1975, Carlos Arias Navarro anunció a todo el país que Franco había muerto. Yo lo celebré a lo grande y dormí la mona en un banco del parque, con un tomo que empezaba por Sanaco y acababa en ZZ a modo de almohada. Cuando desperté, una paloma picoteaba la suela de mi zapato en busca de comida. El barrio amanecía nublado y caminé hasta casa por las calles en las que solo se adivinaban los gritos de júbilo de la noche anterior. Una de las grandes cosas que me proporcionaba vender enciclopedias y diccionarios era que podía entretenerme con datos interesantes de cuando en cuando. O recitar al aire definiciones. Aquel día en concreto, me dio por recordar que el gobierno de Mao Zedong había estimado en cuatro kilos y medio de grano la dieta de un gorrión al año. Y reí, reí de verdad por un instante. Luego saludé al sereno, a Fede, el portero, y subí al cuarto. Toqué el timbre, y Lena —que volvía a ser Malena cuando pronunciaba su nombre en voz alta—, me abrió la puerta pasados unos segundos. Un gorjeo de petirrojos arañó el silencio. Yo, para romper el hielo, le dije que Franco había muerto y su respuesta fue un «ya» predemocrático, mientras, al fondo del pasillo, Jorge asomaba su cabeza recién levantada. No tendrás algo por ahí para desayunar, le pregunté, y ella arrastró sus pantuflas hasta la cocina. Desde el rellano, que comenzaba a apestar a combinado de ron, pude ver cómo vertía dos cazos de puré en el plato que acabó en mis manos. Después, cerró con cuidado, con la suavidad con la que sumergía la cuchara en la sopa, y no me quedó más remedio que odiarla por aquello. Por suerte, tan solo unos escalones más arriba, vi cómo una urraca descansaba en el ventanuco situado entre el cuarto y el quinto piso. Su silueta se recortaba contra las nubes, desafiante. Esquivó el plato y salió volando hacia el cielo gris, aunque no tardó en descender para pelear con otros pájaros por el charco marrón que se extendía por la acera.

 

 

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