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Lepisma, el carpaccio literario y la autoayuda

Lepisma, el carpaccio literario y la autoayuda

David era conocido como El Quijote de la Autoayuda; si el seso del inmortal hidalgo cervantino se le secó leyendo novelas de caballería, el de David fue sorbido por la frenética lectura de libros de superación personal y automotivación. Tras un periodo como alquimista (título que logró en un curso por correspondencia organizado por uno de sus literatos de cabecera) había descubierto la piedra filosofal: ésta no era otra cosa que el conocimiento de que si deseaba algo con fuerza el universo entero conspiraría para que su deseo se tornara realidad. Así, disfrazado como un caballero de armadura oxidada, abandonó su taller de alquimia al grito de ¿Quién se ha llevado mi queso?; entendiendo, por supuesto, cualquier lector avezado en su género preferido, que a lo que se refería no era a un humilde producto lácteo, sino a asuntos tales como la felicidad, el trabajo o el amor. Y es que David había llegado a un punto en el que no sabía hablar de otra manera que a través de fábulas, manera ésta de comunicarse que le dificultaba realizar tareas sencillas tales como comprar un billete de autobús o pedir una pizza por teléfono.

A través de parábolas era también como nos explicaba, con la credibilidad que tendría un monje que hubiera vendido su Ferrari, el secreto del éxito y la felicidad. Y sus charlas motivacionales eran recibidas con gran regocijo en el psiquiátrico, donde había sido ingresado seis meses antes tras repetidos intentos de suicidio.

Qué gran chico, aunque algo pesado, este David. Qué suerte he tenido con que sea mi compañero de celda…

—Celda no: habitación. Se lo he dicho mil veces, usted no está encerrado en una celda, usted está ingresado en una habitación —es lo que estoy escuchando en este momento, mientras os escribo—. No querrá que tire la llave de su estancia al mar, ¿verdad?

—No, doctor Seward, lo siento —son las palabras que mi mano redacta al mismo tiempo que mi boca las pronuncia, una mano, temblorosa, sabedora de que no sería la primera vez que mi psiquiatra arrojara por el acantilado sobre el que está construido este edificio la llave de una celd…

De una habitación, perdón.

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