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Lepisma y el audiolibro

Desde el primer día de mi ingreso en el psiquiátrico de Carfax me sorprendió que el doctor Seward grabara nuestras sesiones en un fonógrafo que, como mínimo, debía datar del siglo XIX. Mis palabras quedaban registradas en unos cilindros de cera que luego el psiquiatra almacenaba en un armario y, recordando la anécdota de Lepisma Saccharina que reflejo en las viñetas de esta semana, sonreí; dejé de hacerlo al leer a quién pertenecían las grabaciones almacenadas al lado de las mías: Charles Manson, Andrei Chikatilo, Lizzie Borden, Ted Bundy, John Wayne Gacy

¿Qué hacía mi nombre al lado de unos psicópatas asesinos como aquellos? ¿Acaso estaba recluido en Carfax no porque no creyeran en mi amistad con un pececillo de plata sino porque yo mismo era un psycho killer? No tenía la menor consciencia ni recuerdo de haber cometido jamás ningún homicidio, pero comencé a pensar que quizás por ello mismo estaba allí, y que quizá por ello los celadores me miraban con esa expresión de desprecio. El doctor Seward debió de adivinar mis pensamientos, por lo que se apresuró en cerrar las puertas del armario, no sin que antes yo vislumbrara un último nombre en esos cilindros: Erzsébet Báthory. 

Sí, la conocida como Condesa Sangrienta, noble húngara acusada de decenas de asesinatos con el objetivo de permanecer siempre joven y bella. Fallecida en 1614.

263 años antes de que Thomas Alva Edison inventara el fonógrafo.

Era, pues, totalmente imposible que se conservara ningún registro con su voz, así que… ¿Era yo el loco, o lo era el doctor Seward? ¿O lo era el personal de todo este bizarro hospital?

¿O quizás lo eres tú?

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