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Lepisma y el trono marmóreo

Creo que fue en Rita Hayworth y la redención de Shawsank, la novela de Stephen King (y cuya adaptación cinematográfica conocemos aquí con el mucho más explicito y telefilmesco título de Cadena perpetua) donde uno de los problemas con los que se topaba un personaje al recuperar su libertad era el de ir al retrete. Acostumbrado como estaba a poder hacer sus necesidades únicamente con el beneplácito de un guardia, sentarse en el trono marmóreo por propia voluntad era una situación que le hacía sentirse incómodo. Lo mismo me pasó a mí cuando me dieron el alta en el manicomio de Carfax… perdón, de San Humbértigo; aún recuerdo la extrañeza que mostró un desconocido en un bar cuando, a mitad de mi primer café con leche en libertad, le espeté:

—Disculpe, ¿puedo ir a jiñar? —usé ese verbo de forma muy consciente, ya que hacer popó me sonaba muy cursi y cagar demasiado rudo.

Al llegar a casa no me fue mucho mejor: Lepisma Saccharina había salido, pero me percaté de que, durante mi estancia en el psiquiátrico, además de un libro de Carmen Mola (es curioso, esta novela me ha dejado el regusto de tres salchichas, me comentaría a posteriori) se había comido el papel higiénico. Entré en el baño sin inquietud. No sería la primera vez que me limpiaba con papel de periódico, así que empecé a ponerme al día de lo que había pasado en el mundo durante mi ausencia (la gaceta más moderna que uno podía consultar en San Humbértigo abría con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Saravejo, si bien el periodista aventuraba que sería un hecho sin consecuencias).

Leer las noticias en un ambiente tan sosegado fue un momento agradable… hasta que llegó el momento de asearme, y recordé que camino a casa no había pasado por ningún quiosco.

—Oh, no…

Había estado leyendo el diario en un smartphone.

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