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Lepisma y las experiencias compartidas

Lepisma y las experiencias compartidas

Tras inventarme mil excusas para no asistir a la reunión de antiguos alumnos del instituto, al final me obligué a dar el sí por dos motivos:

A) El Dr. Tovar me había recomendado socializar más, ya que no era bueno que mi mejor amigo fuera un pececillo de plata: que ese insecto fuera real o fruto de mi mente era irrelevante.

B) Si íbamos a rondar los 60 asistentes, ¿cuántas probabilidades había de que me tuviera que sentar al lado del pesado de Andrés?

Horas después, con él a mi derecha, maldecía mi suerte. Yo había intentado colocarme a la vera de Sonia, mi amor platónico de aquella época. Qué bien se conservaba, que guapa estaba con su camiseta de YO APOYO LA SALUD MENTAL… ¡Y qué bien se escabulló de mí al saber que acababa de ser dado de alta del psiquiátrico de San Humbértigo 

Andrés seguía tan pedante como siempre, y continuaba con esos chistes tan homófobos que ya nos escandalizaban en 1988. Lo que tampoco había cambiado era su escaso aguante al alcohol, así que allí lo tenía, abrazándome y abriéndome su corazón a voz en grito, bien pegadito a mi oreja:

—A mí esta mierda de internet me ha hecho perder mucho status.

—¿Ah, sí?

—Por supuesto. ¿No te acuerdas de que me llamabais el cinéfilo?

—Pues sinceramente no.

—Sí, hombre, sí. Cuando alguien dudaba por ejemplo sobre quién había dirigido Piraña 2, ¿a quién llamaban? A mí, claro, y yo les decía que había sido James Cameron, pero que no se olvidaran que la había codirigido junto a Ovidio G. Assonitis. Si se discutía sobre quién había ganado el Oscar a mejor película de 1959, era a Andrés a quién llamaban. Pero llegó internet, llegó la era en que todo el mundo lleva un ordenador en el bolsillo, creyendo que así los eruditos ya no somos necesarios, y la jodida Wikipedia y el jodido IMDb nos robaron los momentos de gloria. ¿Te acuerdas ya, te acuerdas, no?

Sonreí: era cierto, recurríamos a él en cuanto a nuestras dudas cinematográficas, pero estoy seguro de que nunca fue conocido, más allá de su imaginación, como el cinéfilo. El mote de nuestro redicho compañero, el sobrenombre que le pusimos en aquellos años en que el Trivial Pursuit era el juego de moda, era otro bien distinto: Andrés, el aficionado a los chistes sobre homosexuales, era conocido, sin que él lo supiera, como el Quesito Rosa.

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