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Lepisma y los creadores de contenido

Lepisma y los creadores de contenido

Lepisma no es amiga de youtubers, tiktokeros, instagrammers y similares, pero no por ello penséis que está chapada a la antigua, ni la llaméis pollavieja; tampoco chochopelao, que sería el equivalente femenino del término, aunque juraría que aún no está reconocido por la RAE. Lepisma es un insecto devoralibros, y bastante hace con hablar como para encima exigirle que no tenga sus propias filias y fobias. Yo no tengo nada en contra de los llamados creadores de contenido, y disfruto con muchos de ellos: lo tengo contra los tontolabas.

Todo esto viene a cuento porque el otro día, tras salir del Salón del Cómic de Barcelona, me detuve en un bar para recuperar fuerzas con unas tapas. En la mesa de al lado, un chico hablaba muy rápido y a un volumen muy alto, se le notaba algo achispado:

—Mira, esto es lo que vamos a hacer —le decía al camarero mientras lo grababa con el móvil—. Tú me invitas a los mejores platos que tengas y yo subo mi recomendación a las redes. Quid pro quo. Te garantizo miles de likes y retuits.

—Perdone, pero… ¿usted quién es?

—Soy… —no entendí el nombre, y aunque lo hubiera hecho no lo pondría… creo—. Y tengo dos millones de seguidores. Venga, tráeme lo que te pido.

—Claro, caballero. Al lado de cada plato tiene su precio correspondiente.

—¿No me has entendido? ¿Y por qué me tratas de usted si yo te llamo de tú? ¿Tengo cara de viejo? ¿Quieres que hable mal de este sitio? Que os hundo, ¿eh? Que os hundo.

—Perdone, ¿es usted crítico gastronómico?

—¿Qué dices, atontao? Yo soy creador de contenido… ¡Creador de contenido! Y ahora tráeme lo mejor que tengas, algo especial para mí, que ando muerto de hambre… —siguió farfullando mientras el camarero se dirigía a la cocina.

Yo casi lamenté haber dejado de fumar hace ya cuatro años, porque cuando asisto a una situación así, acumulo tal rabia en mi interior que mi mente me traiciona y me susurra: Fuma, así se te pasa, fuma. 

Enseguida supe que no me haría falta ningún pitillo y sustituí la ira por una sonrisa maliciosa: al ver cómo el barman depositaba encima de la mesa del influencer, con la más exquisita profesionalidad, un plato de yo no sé qué diablos era eso, pero que sin duda haría vomitar al mismísimo Cthulhu… ¿Aceite y grasa proveniente de una cocina que llevaba años sin limpiar? ¿Qué sería esa cosa verde? ¿Aquello que estaba en el centro del plato se movía?

—Pe… pero… ¿qué mierda me has traído?

—Algo especial, como me pidió. Usted no es un artista, señor, es usted un creador de contenido… al igual que quien le ha preparado este menú no es un cocinero: es un rellenador de platos.

Y mientras yo saboreaba mis chipirones y mis patatas bravas alcé el pulgar al camarero: tenía mi like.

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