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Librerías contra la realidad

En 1925, con la Gran Guerra poco antes acabada, con los edificios y las conciencias aún en ruinas, Zweig publicó «Mendel, el de los libros». Este pequeño cuento narra la historia de un anciano librero cuya única rutina consistía en parar cada mañana en un café de Viena, siempre en su mesa y siempre en su rincón, examinar libros y revistas, tomar dos expresos diarios y llevar consigo el cariño de todo lector que pasara por la ciudad. Respondía al nombre de Mendel, y todos le conocían como «el librero». No había faltado a su rutina durante décadas cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Los primeros meses de conflicto, y dado que Mendel nunca leía periódicos ni le hacía el menor caso a la realidad, siguió acudiendo a su cita con el café de turno, al calor de sus libros y sus revistas. Hasta que un mal día fue detenido por la oficina de censura militar, sin que nadie supiera por qué. Su delito fue descubierto más tarde: había escrito a un librero francés, reclamando el ejemplar que le debían por su suscripción anual al sello. Esa correspondencia entre dos países enfrentados, la sospecha de un posible mensaje cifrado, le costó al pobre Mendel dos años de reclusión en un campo de concentración alemán. Con la llegada de la posguerra, el resto de personajes que merodean alrededor de Mendel descubren cuál es el motivo por el que media ciudad lo adora: les ayudó por un lado evadirse de una realidad negra, y por otro a conocerse a sí mismos.

"Entre esta semana y la próxima, las librerías reanudan su actividad en España. Sé que rozo el romanticismo ingenuo al decir que no abre un negocio cualquiera"

Entre esta semana y la próxima, las librerías reanudan su actividad en España. Sé que rozo el romanticismo ingenuo al decir que no abre un negocio cualquiera. Como había ocurrido con Mendel, muchos acudimos al librero cuando necesitamos evadirnos, salir de una realidad no tan negra como la que dibujó Zweig, pero sí tan gris que da asco mirarla. Hace unos días me preguntaron en el podcast Lugares qué significaba para mí entrar en una librería. Respondí que el librero tiene la capacidad de saber ya no quién eres, sino quién aspiras a ser. Hay algo idealista en esa relación: ellos intentan encontrar el escalón que necesitas pisar esta vez, tú expones tu lado crítico, tus preferencias lúdicas, tus necesidades laborales o académicas. Entre esas aspiraciones está el secreto de la complicidad que siempre despertó este negocio entre los lectores. Desde Mendel, el librero, hasta mi librero Félix.

"Más que nunca es necesario que esa comunidad de lectores apriete, que se defienda ese espacio, que se compren libros y se apoye su comercio"

Reanudarán más tarde, supongo, lo que definitivamente convierte a la librería en lugar de culto: las presentaciones, los talleres, los clubes de lectura, los cuentacuentos, los recitales… Una comunidad de lectores que comparte su pasión por los libros, pero que a la vez debate, enfrenta posiciones, descubre nuevos caminos, potencia esa cara crítica o lúdica de la que hablaba renglones atrás. Más que nunca es necesario que esa comunidad apriete, que se defienda ese espacio, que se compren libros y se apoye su comercio. Sólo así superarán este golpe. Por el bien de la complicidad lector-librero-libro. Por cierto, es precisamente esta complicidad la que saca a Mendel del campo de concentración: uno de sus clientes, el gobernador de Estiria, se entera de la situación y mueve Roma con Santiago para demostrar la inocencia del anciano. El final del cuento es triste, pero la última sentencia que allí aparece se me antoja el colofón perfecto para esta columna: «Sólo se hacen libros para conservar un vínculo con los hombres más allá de la muerte y para defendernos de esta manera contra el enemigo más implacable de toda vida: el tiempo que pasa y el olvido». Pues eso.

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