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Libro bueno, libro ameno

Con un larguísimo índice onomástico —a donde, a buen seguro, irá más de un curioso a comprobar si está ahí reflejado su nombre— y otro dedicado a editoriales, colecciones y publicaciones, el libro de José Esteban, que sobrepasa con creces el medio millar de páginas, se constituye en una especie de compendio de lo que ha acaecido en España en el último medio siglo. Una etapa nada despreciable si tenemos en cuenta las circunstancias históricas, sociales y culturales por las que ha atravesado nuestro país. Más que un texto escrito con un rigor cronológico, con una estructura sólida, con un estilo uniforme, se trata, más bien, de una colección de estampas, a veces por completo independientes las unas de las otras, cuyo principal referente son, a mi entender, las entrañables y divertidas memorias de don Pío Baroja, Desde la última vuelta de camino, autor al que, por otra parte, venera Esteban y al que le dedica varios de los más deliciosos y emocionados capítulos de la obra. Una figura literaria que, según nos confiesa el autor de Ahora que recuerdo, poseía un enorme atractivo para los más jóvenes por su manera tan curiosa y particular de entender el mundo. Se cuenta aquí que Baroja, a propósito de la conocida “Elegía a un moscardón azul” de Dámaso Alonso, perteneciente a su libro Hijos de la ira, realizó la siguiente reflexión que porta el sello inconfundible del autor de Zalacaín: “Hay un poeta que se pasa la vida siendo muy fino y un día parece que se hartó, y empezó a decirle insultos a un insecto que se le había metido por la ventana. Yo eso no lo entiendo; a mí, lo mejor me parece cerrar la ventana”. Genio y figura.

"Pepe Esteban, en esta ocasión, se viste de luces para asestar alguna que otra fina estocada merecedora de orejas y rabo"

A propósito de autores, por estas amenas páginas desfilan sus más dilectos amigos, muchos de los cuales, desde hace algún tiempo, ya forman parte de su particular Libro de los Muertos (Carlos Barral, Juan García Hortelano, Ángel Crespo, Gabriel Celaya, Benjamín Jarnés…), pero entre los que aún queda algún superviviente de aquellas largas noches perfumadas con tabaco y bañadas en alcohol, de sus numerosas aventuras etílicas, como Caballero Bonald, Juancho Armas Marcelo o Alfredo Bryce Echenique, quien, según confiesa Esteban, ha sido “el más gracioso que ha pasado por mi vida”. Sobre todo después de aquella anécdota, que no pienso reproducir aquí —para eso está el libro—, de “¡Al bar…! ¡Al bar…!”. Amigos, conocidos y saludados, que diría el gran Josep Pla. Y también, cómo no, pues no podían faltar en una obra que se jacta de ser sincera, las verdaderas bestias negras de nuestro memorialista, que echa mano de su buen corazón para no hacer demasiada sangre. Es aquí en donde asoman tres conocidos personajes, como Rosa Chacel, Juan Benet y César González-Ruano. Pepe Esteban, en esta ocasión, se viste de luces —recuérdese que quiso ser torero y que su llegada a la capital de España fue en busca de una oportunidad, como le sucedió a Platanito— para asestar alguna que otra fina estocada merecedora de orejas y rabo. De Ruano, por ejemplo, recuerda su imagen de hombre repulsivo, “con las uñas largas, con sus gestos y cara de vicioso, con su sonrisa provocadora y su chulería de perdonavidas”. Mucho más condescendiente es con Rosa Chacel a la que, sin embargo, no duda en tildarla de pérfida, y dar cuenta de su carácter autoritario y, sobre todo, de sus opiniones despectivas (“fueras de tono”) sobre las gentes del exilio. Benet también se lleva un buen repaso. Pese a sus rasgos de adolescente, “quería siempre quedar por encima de todos y de todo, como el aceite”.

Merecen un comentario aparte escritores como Rulfo, Cela y Onetti. Rulfo, porque fue un verdadero “caso” de hombre mudo al que Pepe Esteban logró sacarle, con sutilidad y paciencia, más de dos palabras seguidas, lo que no es poco mérito. Del autor de La colmena trae a colación alguno de sus sabios y mordaces consejos: “Desengáñate, Pepe. El mundo se divide en dos clases: los amigos y los hijos de puta”. Hablar de Onetti es invocar al dios Baco. Fue la reencarnación del santo bebedor. Se echaba al coleto, sin recato alguno, lo suyo y lo ajeno. Esteban tenía que colocar su vaso en el suelo, ente sus pies, para evitar el asalto del uruguayo, pero, aun así, el maestro no sentía vergüenza alguna en ponerse a cuatro patas, “persiguiendo el vaso que había alejado y escondido lo más posible”.

"Pepe Esteban, aunque a él no le guste que se lo digan y piense que es una tontería, ha sido y es el último de los bohemios, de esos bohemios a los que dedicó tantas páginas"

Pero, al margen de las muchas y graciosas anécdotas de que se compone este volumen que, pese a su número de páginas, se bebe —se lee, perdón— de un tirón, la vida de los cafés ocupa un amplio y bien merecido espacio. Y muy especialmente el café por antonomasia, el café de los cafés: el Café Gijón. El autor se lamenta de ese paso que se produjo en su momento en el que comenzaron a desaparecer los viejos cafés de antaño y surgieron las modernas y poco acogedoras cafeterías, “el horrible reinado de las cafeterías”, dicho con sus propias palabras. El Café Gijón es definido como “una especie de teatro donde la gente iba a ver y, sobre todo, a ser vista”. Escuchar de boca de uno de sus asiduos visitantes el listado de habituales contertulios es como abrir un libro de literatura por sus páginas doradas.

Pepe Esteban, aunque a él no le guste que se lo digan y piense que es una tontería, ha sido y es el último de los bohemios, de esos bohemios a los que dedicó tantas páginas. Es el comodín de todas las barajas y la salsa de todos esos guisos a los que también sacrificó muchas horas de su vida. En las fotos que amenizan este volumen —en ocasiones, de un tamaño que pone a prueba la presbicia del lector—, algunas de ellas completamente inéditas, Esteban asoma su rostro sin ánimo exhibicionista. Un rostro que nos recuerda, en porcentajes y proporciones que están por determinar, al de Fernando Fernán Gómez, Miguel Delibes, José Sacristán y algún otro. En definitiva, un destacado miembro de la Santa Cofradía de las Orejas de Soplillo. Llama finalmente la atención que un escrupuloso y exquisito editor como es el autor de este libro haya dejado que se cuele alguna memorable errata en estas páginas, como cuando llama a un conocido plato “poeta gallego”. No me extrañaría, conociendo el percal, que lo haya hecho a posta, con toda la intención del mundo, para comprobar después quiénes, de sus muchos y buenos amigos, se han leído el libro con la atención que merece.

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Autor: José Esteban. Título: Ahora que recuerdo. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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