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Lienzo de sangre, de María Villamayor

Lienzo de sangre, de María Villamayor

María Villamayor regresa a las librerías con un nuevo caso para las hermanas Ferrer. En esta ocasión, la investigación se cernirá al mundo oculto del arte, esto es, a la compraventa ilegal de piezas maestras de la Historia. En ese contexto discurre una novela en la que el dinero y la ambición lo inundan todo.

En Zenda reproducimos el arranque de Lienzo de sangre (Planeta), de María Villamayor.

***

CAPÍTULO 1

Ella miró la hora en el Cartier de su muñeca. Eran las seis y media en punto. Iba con tiempo de sobra. Se dirigió al taxista y le indicó que se detuviera en la puerta del Mercado de Colón.

La mujer descendió del vehículo dejando entrever sus bien torneadas piernas. Se arregló el estiloso traje de chaqueta, colgó su bolso Chanel del antebrazo y con una elegancia innata se adentró en el mercado. El taxista la siguió con la mirada. Al oír varios toques de claxon, el hombre reaccionó, salió de su encanto y continuó la marcha.

El Mercado de Colón, construido en una de las manzanas del primer Ensanche a principios del siglo XX, se creó por la demanda de los vecinos de disponer de un mercado cercano para evitar la venta ambulante, y para no tener que desplazarse hasta los lejanos Mercado Central y de Ruzafa. Declarado monumento nacional, era uno de los edificios emblemáticos, de estilo modernista, situado en el centro vital de la ciudad y núcleo de una de las zonas de mayor actividad comercial.

Había empezado a oscurecer, pero la temperatura seguía siendo agradable para la estación otoñal. La mujer levantó la cabeza para admirar la inmensa fachada y se deleitó con el arco apuntado adornado con cerámica valenciana, trencadís, mosaicos y relieves. Se abrochó uno de los botones de la chaqueta y, con paso firme, se integró en el ambiente que emanaba el centro comercial. Pasó por las terrazas de las cafeterías, atestadas de gente, hasta llegar a la escalera mecánica que conducía al piso inferior. Mientras descendía, posó sus ojos en la imponente fuente central, rodeada de restaurantes y cervecerías, hasta que localizó lo que buscaba. Lo tenía justo enfrente. Mentalmente leyó el letrero que ocupaba gran parte del escaparate: «INACFA Galería de Arte y Sala de Subastas».

Fisgoneó el interior a través de las vidrieras. Había tres personas que curioseaban las obras expuestas junto a una mujer a su lado que les hablaba, seguramente explicándoles de qué iban las obras, y el guardia de seguridad que iba, de aquí para allá, matando el tiempo. Localizó a la persona encargada de la exposición detrás de un discreto mostrador. Sin más preámbulos, entró. La sala era amplia y diáfana. El blanco de sus paredes contrastaba con los variopintos colores de las decenas de creaciones que allí colgaban.

—Buenas tardes, ¿el señor Duarte? — preguntó en tono amable, pero con seguridad.

—Sí, Anselmo Duarte. ¿En qué puedo ayudarla?

—Soy Leonor Villacrés de Pousa.

—Discúlpeme por no reconocerla. — Su rostro reflejó el fastidio de su torpeza y, al mismo tiempo, la suavidad de la complacencia. Esa morena mujer de ojos negros era mucho más bella en persona que en todas las fotografías de sociedad en las que la había visto desde que supo de su existencia.

—Es comprensible — respondió ella, y esbozó una sonrisa—. Nuestra comunicación siempre fue por teléfono. Ya sabe… la distancia nos impide estar en varios lugares a la vez.

—Sí, naturalmente — asintió Duarte, al mismo tiempo que percibía su acento argentino—. Espero que haya quedado satisfecha con las últimas adquisiciones.

—Por supuesto. Me encantó el Pinazo — pronunció con exagerado énfasis—. Su estilo impresionista me seduce. El rostro de esa niña…, sus gestos tan espontáneos. Esa expresión tan realista; solo un maestro como Pinazo podía crear algo así. Darle vida a un retrato. ¿No le parece?

—Estoy totalmente de acuerdo con usted. Pinazo también es uno de mis favoritos. ¿Y qué me dice del Cabellut que obtuvo en la subasta?

—¡Fantástico! — exclamó—. Una obra exquisita. Lita Cabellut plasma el sufrimiento en sus retratos de una forma magistral. Quizá porque ella también tuvo una vida difícil y nos presenta su historia a través de sus obras.

—No sabe cuánto me alegro de que haya quedado contenta— manifestó satisfecho.

—Pero el que me dejó sin palabras — añadió ella locuaz— fue el de Eduardo Naranjo. Tenerlo delante es un privilegio, y es también una satisfacción personal saber que es mío — sonrió.

Anselmo Duarte la escuchaba embelesado.

—Tenía mucho interés en conocerlo personalmente— expuso ella con una penetrante mirada—. Fue tan atento en el trato telefónico y en las subastas.

El marchante se creció, si cabía más, al oír semejante cumplido.

—Tan solo hago mi trabajo, doña Leonor.

—Por favor, dejémonos de formalismos. — Su tono era mitad regañina mitad complicidad—. Leonor es suficiente.

—Como usted prefiera — acató él con las mejillas coloradas—. ¿Qué tal el viaje? Según me contó, venía a Valencia por un tema de negocios.

—Tal cual, llegué ayer de Miami, y estoy alojada en la suite del Hotel Palacio Vallier — explicó sin demostrar demasiado interés.

—¡Un hotel excelente y céntrico! — alabó Duarte.

—¿Tiene lo que le pedí? — preguntó ella impaciente.

—Preparado y listo, tal y como quedamos. ¿Le importa si le muestro primero nuestras instalaciones? He de decirle que estas salas fueron inauguradas hace escasamente un par de meses. Hemos mimado mucho las obras en el traslado. El local anterior se nos había quedado pequeño. La verdad es que estamos muy orgullosos del resultado. No se ha reparado en gastos, como puede apreciar. El arte se merece lo mejor, ¿no cree?

—Qué razón tiene y qué gusto tan refinado en la decoración. También los felicito por el entorno VIP del mercado. Un acierto total. Me comentó que usted es el encargado de la sala, ¿no es así?

—Sí, bueno… — carraspeó antes de continuar—, yo diría que más que el encargado. — La boca se le llenó con las últimas sílabas—. ¡Todo el material que llega pasa por mis manos! — argumentó petulante—. ¡Yo soy quien supervisa y da el visto bueno!

—Entonces lo felicito, porque esto es un verdadero imperio, aunque me gustaría hablar directamente con el máximo responsable, si es posible, ¡claro está! Ya sabe…, cara a cara.

—Sí, claro, claro. Aunque no lo veo factible. Discúlpeme, pero he de confesarle que yo solo lo he visto unas cuantas veces, aunque sí que he hablado por teléfono con él en alguna ocasión más. Una empresa de este nivel tiene una amplia jerarquía de mando, y como imaginará, él es una persona muy ocupada.

(…)

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Autora: María Villamayor. Título: Lienzo de sangre. Editorial: Planeta. Venta: Todostuslibros.

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joaquin
10 ddís hace

Una novela para recomendar.