Hay semanas en una gira que trascienden la mera agenda de presentaciones. Recorrer el Cantábrico, para alguien de secano como yo, es especial. Zaragoza queda lejos del mar, y yo todavía recuerdo la primera vez que lo vi. Es una sensación que solo conocemos quienes crecimos lejos de la costa: los que nacen frente al mar, simplemente pertenecen a él; nosotros, en cambio, crecemos soñando con el día de ir a verlo.
Al día siguiente viajé a Oviedo, ciudad profundamente marcada por su vocación cultural —no en vano es sede de los premios Premios Princesa de Asturias—, y la visita al Museo de Bellas Artes de Asturias se convirtió en una parada obligada. Allí, la mirada se detiene inevitablemente ante el retrato que Goya dedicó a Gaspar Melchor de Jovellanos, representado en la playa del Arenal de Gijón. Ese cuadro es mucho más que un retrato: es el encuentro entre dos figuras esenciales de la Ilustración española. Jovellanos, pensador reformista, jurista y hombre de Estado; Goya, testigo lúcido de su tiempo. Ambos compartían una misma tensión entre razón y realidad, entre ideal y desencanto. Y no es casual que ese diálogo pictórico emerja precisamente aquí, en Asturias, tierra natal del ilustrado. Su admiración mutua fue tal que Goya lo retrató una segunda vez, en una obra que hoy custodia el Museo del Prado.
En Oviedo, por su parte, emociona comprobar cómo algunas librerías como Cervantes mantienen vivo un legado que ya alcanza su cuarta generación, ahora en manos de Alfredo y su hija. En estos tiempos de vértigo digital, esa continuidad familiar se siente como un acto de auténtica resistencia cultural.
La ruta prosiguió hacia Santander, donde la sombra de Goya vuelve a aparecer con fuerza. En la ciudad se conserva su retrato de Fernando VII, realizado para el salón de plenos de su Ayuntamiento. Pero hay otro tesoro menos visible y quizá más fascinante: una primera edición de Los Caprichos custodiada en la Biblioteca Menéndez Pelayo.
Presenté mi novela en el Ateneo de Santander, institución esencial en la vida cultural de la ciudad, que reivindica la necesidad de espacios donde el pensamiento, el debate y la creación continúen encontrándose.
La siguiente escala fue Torrelavega, en la librería Taiga. Virginia, que dirige el espacio con maestría, me recibió con una decoración dedicada a los Caprichos y una sala llena de lectores. Mientras tanto, mi mujer y mi hija se quedaron en Santander, pasearon por la playa y la península de la Magdalena. Querían disfrutar del mar, al que luego tanto echamos de menos cuando regresamos a casa. Intentamos que nuestra hija aprenda la geografía de los lugares que visitamos; espero que, cuando crezca y recorra estos mismos lugares, recuerde este viaje. Y si no, siempre tendrá este diario para hacerlo.
Terminamos la semana en Castro Urdiales, coincidiendo con una vibrante feria del libro que anticipa el espíritu del Día del Libro. Fue un evento multitudinario, lleno de lectores, donde la literatura demostró su capacidad de convocatoria. Allí se compartieron conversaciones y firmas con autores como Begoña Oro y Santiago Díaz, en un ambiente de celebración colectiva del libro.
Más allá de las presentaciones, toda gira tiene también su dimensión íntima: la del descubrimiento. En Llanes, la visita a la Torre evocó ecos medievales que conectan inevitablemente con la imaginación del novelista. Lo mismo ocurrió en San Vicente de la Barquera, donde su castillo se alza como vigía del mar, y en el propio Castro Urdiales, donde la silueta fortificada vuelve a recordarnos que el Cantábrico ha sido siempre frontera, defensa y horizonte.
Porque recorrer el norte es también comprender que el mar no solo moldea el paisaje, sino también el carácter cultural de sus ciudades y asimismo, ser testigos de ese diálogo constante entre pasado y presente, entre Jovellanos y Goya, entre librerías y ferias, entre castillos y carreteras.



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