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Llegaron de oriente

Llegaron de oriente

La catedral de Colonia es un imponente templo de traza gótica cuya construcción se prolongó durante nada menos que seis siglos. Empezaron a levantarla en 1248, pero las obras se interrumpieron en 1510 porque el dinero no daba para mucho y porque, según parece, tampoco había un excesivo interés en concluirla. El cabildo dejó de aportar fondos en 1560 y se optó por aprovechar para las tareas litúrgicas la parte del edificio que estaba más o menos terminada. Ese oficiar misa en un escenario a medio hacer se perpetuó a lo largo de tantos siglos que muchas generaciones de coloneses desfilaron por el mundo con la convicción de que jamás llegaría a terminarse la sede episcopal. Pasaron los años, llegó el siglo XIX y aparecieron con él los primeros románticos, que soñaban cada noche con los ecos fabulosos de la Edad Media. Algunos repararon en la grandeza interrumpida de aquella magna construcción y comenzaron a hablar de la necesidad de darle término adecuadamente. Ciertas personalidades de la época, como Sulpiz Boisserée y Joseph Görres, fueron mucho más expeditivas y ejercieron toda clase de maniobras hasta que el rey Federico Guillermo IV de Prusia tuvo a bien destinar algo de dinero para rematar el proyecto. Con el fin de que no todo fuesen donaciones de la corona, nació una asociación que se esmeró para recaudar la mayor cantidad de fondos posible. El 4 de septiembre de 1842 se puso la primera piedra de la nueva fase de la construcción, en una ceremonia que presidió el propio monarca y en la que tomó parte el coadjutor y futuro arzobispo de la diócesis, Johannes von Geissel. Cuando todo hubo acabado, en 1880, los fastos no pudieron ser igual de memorables. En esa época ya se había desatado una guerra abierta entre el Estado prusiano y la iglesia católica en Alemania. Al inaugurar el templo, el 15 de octubre de aquel año, el arzobispo Paulus Melchers se encontraba en el exilio, por lo que el cabildo se negó a que se celebrara una misa con la presencia estelar del emperador Guillermo I y únicamente consintió en entonar un solemne Te Deum para la ocasión.

Relicario de los Reyes Magos en la catedral de Colonia.

Por aquel entonces ya habían recibido sepultura en su interior los Reyes Magos. Esto es inexacto: a decir verdad, fue la llegada de sus cadáveres lo que dio lugar a la construcción del propio templo. Los tres cuerpos descansaban allí desde 1164, cuando el entonces emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja, ordenó trasladar sus restos desde Milán a Colonia. 

"Posiblemente no existan figuras más entrañables que los Reyes Magos en toda la cristiandad, aunque su identidad sea una absoluta incógnita."
El suntuoso relicario se situó desde entonces en el mismo lugar que ocupa hoy: elevado por detrás del altar mayor, en el lugar más venerable y más visible de toda la basílica. Hay quien asevera que el sepulcro de los Reyes Magos es una de las reliquias para cuya adoración no es preciso incurrir en ningún acto de fe, puesto que está bien claro que quienes allí reposan son los tres viajeros de oriente. El 20 de julio de 1864 —es decir, setecientos años después de su depósito en Colonia y dieciséis antes de que el templo fuese inaugurado en su totalidad— se abrió el ataúd y se hallaron en su interior los esqueletos de tres hombres. Uno de ellos debió de haber fallecido a una edad muy avanzada, otro exhaló su último suspiro en plena madurez y el último se había despedido de este mundo cuando aún era demasiado joven para entablar tratos con la muerte.

Posiblemente no existan figuras más entrañables en toda la cristiandad, aunque su identidad sea una absoluta incógnita. De los cuatro evangelios canónicos que constan en la Biblia, sólo el atribuido a Mateo los menciona y las referencias que da resultan, de tan generales, bastante incompletas:

Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

         —¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo.

         Al oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Entonces convocó a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le respondieron:

         —En Belén de Judea, pues así está escrito en el profeta:

Y tú Belén, tierra de Judá,
no eres, ni mucho menos, la menor
entre las ciudades principales de Judá;

         porque de ti saldrá un jefe,
         que será pastor de mi pueblo, Israel.

Entonces Herodes, llamando aparte a los sabios, hizo que le informaran con exactitud acerca del momento en que había aparecido la estrella, y los envió a Belén con este encargo:

         —Id e informaos bien sobre ese niño; y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo.

         Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en oriente los guió hasta que se paró encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra. Abrieron sus tesoros y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra. Y advertidos en sueños de que no volvieran donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino.

Friso de los Reyes Magos en la iglesia de San Apolinar Nuovo (Rávena).

Eso es todo. Cabe señalar que las traducciones modernas del texto bíblico emplean el sustantivo «sabios» por interpretar que ésa es la traducción más atinada de la voz griega magós, que no sólo se empleaba para referirse a los hechiceros —muy vilipendiados tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento—, sino que además designaba a los «hombres sabios» o, como parece más pertinente en este caso dados los conocimientos astronómicos de los que hacían gala los extraños visitantes, a los «hombres de ciencia». También merece destacarse que por ninguna parte se alude a su condición real ni se especifica su número. Fue en el siglo III cuando se estableció que tal vez aquellos viajeros fueran reyes —hasta entonces no eran tenidos más que por personajes pudientes— y en esa misma época el escritor eclesiástico Orígenes se atrevió a aventurar que componían un trío, cuestión que fue ratificada por el Papa León I. Como si el número tres jugara verdaderamente un papel crucial en esta historia, habrían de pasar otros tres siglos para que se adornara la iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena, con una escena donde sus efigies aparecen por primera vez con los nombres con que los conocemos hoy en día. Se trata de un friso compuesto por mosaicos que representan la procesión de las Vírgenes. La marcha está liderada por tres hombres ataviados según la moda persa y cuyo escorzo denota una actitud oferente hacia María, que les aguarda sentada en un trono con el Niño Jesús sobre su rodilla izquierda. Sobre sus cabezas, de izquierda a derecha, figura la inscripción Balthassar Melchior Gaspar.

"En el siglo XIX, alguien tuvo la idea de convertir la fecha de celebración de la Epifanía en una fiesta infantil, siguiendo el modelo de los fastos que en otros países se llevaban a cabo, coincidiendo con la Nochebuena, en honor de San Nicolás."

A partir de entonces la simbología se disparó y los Reyes Magos representaron tanto los tres continentes que se conocían (Europa, Asia y África) como las tres razas de las que se tenía noticia en aquellos tiempos o las tres edades del hombre. Comenzó a hacerse habitual su presencia en obras artísticas de cariz religioso, en las que la Adoración de los Magos pasó a convertirse en recurrente leit motiv a la hora de glosar los primeros años de la vida de Jesús, y la fuerza evocadora de la escena —no hay que olvidar que la visita de los sabios constituye el preludio de la trágica matanza de los inocentes acometida por Herodes en su infructuoso intento de acabar con el Mesías— llevó a que el pasaje bíblico calara cada vez con más contundencia en el imaginario popular. Sin embargo, su incorporación a las tradiciones navideñas en España fue bastante más tardía. En el siglo XIX, alguien tuvo la idea de convertir la fecha de celebración de la Epifanía en una fiesta infantil, siguiendo el modelo de los fastos que en otros países se llevaban a cabo, coincidiendo con la Nochebuena, en honor de San Nicolás. La primera cabalgata de Reyes de la que tenemos constancia tuvo lugar en 1866 en la ciudad alicantina de Alcoy. La iniciativa, poco a poco, se extendió al resto del país y hasta cruzó el océano para arraigar en diversas zonas de América Latina. Poco hay que decir acerca de su éxito.

«La Adoración de los Reyes Magos», de Peter Paul Rubens (Museo del Prado).

Ahora bien, y volviendo a la fuente original, ¿quiénes podían ser aquellos sabios? ¿De dónde venían y, sobre todo, a dónde fueron una vez consumada la adoración del Niño? Eruditos de toda condición se han entregado, desde antiguo, a toda clase de especulaciones. Evangelios apócrifos dan por hecho que provenían de la tierra del Preste Juan, un gobernante del Lejano Oriente cuya identidad reviste un carácter ciertamente legendario, y hasta hay quienes, a partir de una interpretación seguramente no muy acertada de lo que plantea el Papa Benedicto XVI en su obra La infancia de Jesús, llegaron a sostener que su verdadero lugar de procedencia era Tartessos, un territorio que englobaría las actuales provincias andaluzas de Huelva, Cádiz y Sevilla. En cuanto al destino que pudieron correr tras su paso por el portal de Belén, tampoco hay excesivas pistas. Existe una leyenda que narra cómo, una vez resucitado Jesús tras la crucifixión, el apóstol Tomás se encontró con ellos en el reino de Saba y se ocupó de bautizarlos y consagrarlos como obispos. Algo más tarde, en el año 70, habrían sido martirizados y sepultados en el sarcófago que desde el siglo XII se custodia en Colonia. Como se puede comprobar, es éste un asunto de difícil verificación. De ahí que sorprenda que la literatura no haya hecho mucho caso a tan enigmáticos personajes ni a las vicisitudes que tuvieron que atravesar en sus periplos de ida y vuelta en pos de una estrella fugitiva. Lo dejó dicho Álvaro Cunqueiro, que solía publicar un artículo sobre el particular cada año, cuando se acercaba la Noche de Reyes: «Está por escribir el diario de viaje de los Magos».