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Lo que duele más

No es que el morir nos duela tanto
Es el vivir lo que nos duele más

Son tan precisos estos dos versos de Emily Dickinson… Vivir duele, y cada uno intenta aliviar ese dolor a su manera. Dickinson lo hizo desde el encierro, casi desde el silencio. Nunca quiso publicar, y lo poco que dejó escrito lo desordenaron sus herederos y/o autoproclamados albaceas. En este libro el periodista Simon Worrall toma como punto de partida la subasta de un poema falso de Dickinson para contarnos una fábula moral que es, por increíble que parezca, una historia real.

La historia de un tipo normal, un buen marido, un padre cariñoso. Serio, experto en antigüedades, aparentemente religioso (mormón, por más señas). Se llamaba (se llama) Mark Hofmann y cuando su poema falsificado fue subastado en Sotheby’s, en 1997, hacía doce años que él había asesinado a dos personas.

"A lo largo de 350 páginas, Worrall evita el suspense: sabemos que Hofmann empezó a falsificar a los catorce años, sabemos que mató a los treinta"

¿Estaba intentando Hofmann aliviar su dolor cuando empezó —medio en broma, medio en rebeldía; por una mezcla de soberbia, codicia y ateísmo militante— a falsificar textos sagrados? ¿Estaba intentando vengarse, como dice Worrall, de sus padres y todos sus mayores, de la hipocresía de la religión, de la pura y absoluta credulidad del ser humano?

A lo largo de 350 páginas, Worrall evita el suspense: sabemos que Hofmann empezó a falsificar a los catorce años, sabemos que mató a los treinta. Lo que nos falta es averiguar el cómo y, sobre todo, entender el por qué. ¿Por soberbia, porque la impunidad era su forma de demostrar que era mejor que los demás?

En este libro apasionante solo falta una entrevista con el asesino, pero Worrall lo compensa con detalles, datos y conversaciones con todos sus contactos profesionales. Porque sí, hizo del engaño una profesión (secreta).

"La teoría de Worrall es que Hofmann era un rebelde, un antisistema"

En 1671, sir William Berkeley, gobernador real de Virginia, escribió: «Agradezco a Dios que no haya escuelas gratuitas ni imprentas, y espero que no las tengamos en cien años, porque la instrucción ha traído al mundo desobediencia, y la herejía, y las sectas, y la imprenta las ha divulgado… Que Dios nos libre de ambas».

La teoría de Worrall es que Hofmann era un rebelde, un antisistema. Documento a documento, éxito a éxito, reconstruye las principales falsificaciones de Hofmann y su gusto por engañar a los más altos cargos de la iglesia mormona, la cumbre, para él, de la mayor mentira del mundo: la religión. Si quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, ¿quien engaña a un mentiroso qué tiene?

Era como esa sensación descrita por Mark Twain en Inocentes en el extranjero, cuando visitó lo que se rumoreaba que podía ser la tumba de Adán, cerca de Jerusalén: no puedo probar que lo es, y tampoco puedo probar que no lo es.

"Es allí, también, cuando enredado en su codicia, decide probar otras artesanías: ¿se puede fabricar una bomba? ¿Se puede matar?"

La credulidad de las altas instancias de la iglesia envalentona a Hofmann. Sus falsificaciones empiezan a burlarse, ligera e imperceptiblemente, de una religión que desprecia. Y se las siguen comprando, casi sin mirar, por puro miedo: “que esto que nos delata no se sepa”. Tal es el engaño original que es mejor no profundizar en la autenticidad de los documentos. A Hofmann se lo compran todo. Ni pueden ni quieren probar que sus hallazgos son ciertos, tampoco que son falsos. Así, a lo largo de varios años, el negocio de la falsificación crece: Hofmann empieza a inventar. Verdades suyas que son absolutas mentiras. En unas décadas sin internet, mentir cuesta: Hofmann tiene que investigar técnicas para envejecer papeles y pergaminos, averiguar cada detalle grafológico de los autores a los que falsifica, gestionar y reinventar tintas… Todo mientras, oficialmente, es un experto respetado en libros antiguos y un gran coleccionista de primeras ediciones infantiles.

En su sótano es otra persona: pura técnica de la mentira, o el refugio de su yo auténtico. En su sótano es un falsificador. Es allí, también, cuando enredado en su codicia, decide probar otras artesanías: ¿se puede fabricar una bomba? ¿Se puede matar? Un paso que da sin vacilaciones, convencido de su impunidad.

La poeta y el asesino, no obstante, tenían intenciones diametralmente opuestas. Hofmann trabajaba para engañar a los demás. Emily Dickinson escribía para registrar la realidad sobre su propia persona, sin importarle lo escandalosa que fuese. (…) Hofmann se quedó atrapado en su propia red de mentiras. Sin embargo, al enfrentarse a sus fantasmas, Emily Dickinson encontró la libertad interior y la paz mental.

Casi al final del libro entendemos por fin la auténtica conexión de la poeta y el asesino: la verdad está en el interior, el artificio está fuera. Y, al cerrar la última página, seguimos fascinados por ese falsificador, esa alma fría, y —como los fans que le escriben a prisión— queremos más sobre él. Una entrevista, un documental, otro libro.

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Autor: Simon Worrall. Traductora: Beatriz Ansón. TítuloLa poeta y el asesino. Editorial: Impedimenta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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