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La fuerza y la tempestad

La fuerza y la tempestad

Confieso: no conocía a Annie Ernaux, no sabía nada de ella hasta que le dieron el premio Formentor. Y desde esa ignorancia absoluta —que significa también falta de prejuicios— leo los dos libros que edita Cabaret Voltaire, por su orden.

Primero, La mujer helada. Una autobiografía casi médica, con las letras como bisturí, una literatura documental, clínica. Annie Ernaux (Annie Duchesne entonces, antes de casarse) es hija única, nacida en 1940, de un matrimonio que regenta una tienda y un bar, juntos, pero distintos. Ernaux dice sobre su madre:

¿Cómo, viviendo junto a ella, no iba a pensar yo que es glorioso ser mujer, e incluso que las mujeres son superiores a los hombres? Ella es la fuerza y la tempestad, pero también la belleza, la curiosidad de las cosas, figura de proa que me abre las puertas del futuro y me afirma que no hay que tener miedo de nada ni de nadie. Una luchadora contra todo, los proveedores y los malos pagadores de su tienda, la alcantarilla atascada de la calle y los peces gordos que querrían aplastarnos siempre.

Una madre que la empuja a estudiar, a leer, a abrirse al mundo. Que la nutre para que vuele. Y un padre dulce, un padre casi abuelo. Aun así, estimulada, mimada, Ernaux los narra sin pasión, sin detenerse, como si nada. Los narra porque así se narra.

Su padre cocina y canta. Su madre lleva el restaurante y las cuentas. Años 40. Estudios y libertad. La niña Annie no es consciente de su privilegio, pero sí de la exigencia. En un remoto rincón de Normandía, rodeados de gente con aspiraciones más simples, su madre le repite: tienes que ser alguien. Tienes. Que. Ser. Alguien.

Y la niña Annie sueña como una niña.

Viajar y hacer el amor, creo que nada me parecía más hermoso a los diez años.

"Porque la historia de la educación de una niña no es la de su familia, sino la de su sociedad: su colegio, sus amigas, sus revistas, sus novelas"

Porque la historia de la educación de una niña no es la de su familia, sino la de su sociedad: su colegio, sus amigas, sus revistas, sus novelas (ahora, también, sus redes). Esa niña ve el amor como “una promesa de felicidad”. Pero cuando ya adolescente empieza a mezclarse con chicos hace un descubrimiento tremendo: a ellos les repelen las mujeres inteligentes. “Está claro que por el cerebro dejamos de ser una mujer para ellos”. Y Annie, entre la promesa de felicidad y la exigencia de ser alguien, elige lo obvio: la promesa (que no es felicidad). Annie, sin compasión por su yo de entonces, se cuenta casándose y dispuesta a quedarse embarazada.

Mi mayor cobardía, la inconfesable, en los últimos círculos del amor: deseo que mi vientre se convierta en trampa y elija por mí. Hacer el amor como se echan las cartas, para saber qué nos depara el futuro.

Impresiona la escritora que se cuenta con esa frialdad quirúrgica. Estremece que cuente así dos embarazos y cómo pasa de compartir el hogar a ser esa mujer a la que su marido (el hombre al que ama, o amaba) le dice: «Me voy al cine solo, que yo trabajo, tú te quedas en casa. Tú eres la casa, yo el cerebro».

Y Annie aguanta un año, dos, cuatro, pero… es también la fuerza y la tempestad: se saca unas oposiciones, y no abandona al marido, no todavía, pero sí sus rejas. Sale, trabaja, crece, escribe. Y luego vuelve a casa, cocina, disimula. Es una rebelión individual, aunque solo porque ella no sabe que es también social. Lo sabrá luego.

"H. no la quiere. H. la ridiculiza en medio de todos los compañeros. La llaman puta (¿qué si no?), la insultan, la rechazan. Y a ella le da igual. Se obsesiona"

Lo sabremos todos, cuando en Memoria de chica nos cuente su lectura de Simone de Beauvoir. De hecho, en ese segundo libro hace algo todavía más revolucionario, más sincero, más terrible: contar su amor adolescente por un hombre que no la quiere. Era 1958. Annie Duchesne tenía 18 años. Pero no era ella, ya no cuando lo cuenta. Por eso la llama “la chica del 58” y escribe en tercera persona. Esa chica que se va de campamento y, casi la primera noche, se ve mirada por un hombre y confunde la lascivia con el deseo, el deseo con el amor, el amor con el futuro. Un hombre la toca, la desprecia, se burla. Pero la ha tocado. ¡La ha tocado! Y, al tocarla, cree que la ha despertado. Ese hombre. H. Un hombre con el que soñar una historia de amor que sí, hemos soñado todas. Confundir la culpa y el amor, el maltrato y el merecimiento, la burla y la dignidad. Confundirlo todo. H. no la quiere. H. la ridiculiza en medio de todos los compañeros. La llaman puta (¿qué si no?), la insultan, la rechazan. Y a ella le da igual. Se obsesiona. H. Solo H. ¿Dónde vive? ¿Qué hará? ¿Lo volverá a ver el próximo verano?

La valentía y la brillantez de la Annie escritora son inversamente proporcionales a su ingenuidad romántica y culpógena adolescente. Y, también por eso, mil veces más valiosas y más necesarias: esa ingenuidad y esa culpa son, además, las nuestras.

Y es extraordinario, también, que esa chica del 58 no apareciera en La mujer helada, cuando la explica. Está en sus errores, está en su rebelión.

Gracias por tu precisión, Annie Ernaux. Gracias por tu valor.

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Autora: Annie Ernaux. Título: La mujer helada. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Amazon

Autora: Annie Ernaux. Título: Memoria de chica. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Amazon

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