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«Lo que te persigue», de Óscar Montoya

«Lo que te persigue», de Óscar Montoya

El autor de Lo que te persigue (AdN), Óscar Montoya, consigue en esta nueva novela dar un paso adelante en su carrera de escritor. Esta es la historia de un vendedor de seguros, y escritor en plena crisis de la mediana edad, al que de pronto se le viene el mundo encima cuando, tras unas pruebas médicas, su madre debe ingresar en un hospital de Vigo, su ciudad. Zenda publica las primeras páginas.

 

Elche (1978-1988)
Vigo (1988-2019)
Cárcel de A Lama (2003-2004)

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Vigo, julio de 2019

Acabas de regresar de la Semana Negra de Gijón y tu madre te llama. Que ha ido a un internista privado para que le hicieran la ecografía que la Seguridad Social le debe desde hace un año, y al médico no le ha gustado lo que veía. Que la lleves a Urgencias a la mayor brevedad posible para que le hagan mil pruebas. Así que dejas a Teresa (nombre provisional) colgada en la pantalla del ordenador y sales precipitadamente en busca de tu madre. Para ser exacto, dejas en suspenso tu novela en el punto en que João (nombre provisional), el marido de Teresa, le comunica lo siguiente: «Si el Estado nos roba, nosotros lo tenemos todo para robar al Estado». Piensas en armas largas y cortas mientras te pones al volante y el garaje te escupe. Algo en el hígado, te ha dicho tu madre con voz asustada. Unas manchas. Sin embargo, el convencimiento de que es la persona más fuerte que existe en la Tierra te tranquiliza. Te zumba el móvil, situado junto a tu testículo izquierdo. La luz de la pantalla burla fácilmente la trama de tu pantalón de lino. Quien llama es tu mujer, María. Cuando empezasteis a salir, de las primeras cosas que te dijo fue: «Desactiva el buzón de voz». Un lustro después aún no lo has hecho. Te escudas en tu condición de imbécil para hacértelo cada vez que te saca el tema. Tus hábitos hunden sus raíces en lo más profundo de tu egoísmo y es prácticamente imposible arrancarlas. Ella debería saberlo a estas alturas. Como cuando te dice que dejes la ducha colgada al terminar y no en el suelo. Cuatro tonos y salta el buzón de voz, como en la semana en que os conocisteis. Mantienes el contestador por romanticismo. João Sousa (apellido provisional) dirige una pequeña empresa de gestión de residuos ubicada en Oporto y debe a la Hacienda lusa un montón de dinero.

Te detienes en doble fila, te lo piensas mejor y estacionas frente a una parada de autobús llena de gente. Le haces una llamada perdida a tu madre. Bajas la ventanilla porque hace calor y te interesa el público de la marquesina. Los escritores sois buitres y siempre andáis al acecho. Aunque estás inquieto por lo de tu madre nunca dejarás de fabular. Tú has escrito dos novelas escuchando a los demás (la primera autoeditada) y te han invitado a algunos festivales. Así, mientras aguzas el oído por si atrapas algo interesante, buscas entre la gente arquetipos para João y Teresa. María vuelve a llamar. Evocar de nuevo el pasado sería tocarle los ovarios y decides responderle. Te pide que vayas a recoger a Mario de clase de robótica, que ella va muy justa de tiempo. Le dices que no puedes, que te llevas a tu madre a Urgencias. Sí, otra vez los dolores de espalda, pero esta vez va en serio: lo ha dicho un internista privado, cita y ecografía ciento cincuenta euros. María se preocupa porque está muy unida a ella, no digamos el niño. Teresa Salgueiro (apellido provisional) le pregunta a su marido que a qué se refiere con eso de «Si el Estado nos roba, nosotros lo tenemos todo para robar al Estado». Mientras tu madre no termina de bajar, João se sirve un cigarro y decide no revelar su secreto hasta que el sol se ponga en Matosinhos. Mientras tu madre no termina de bajar, te llevas otro cigarro a la boca y haces un breve repaso del año que llevas, el más ajetreado de tu vida: interés de una prestigiosa editorial por tu novela, trabajo sobre el manuscrito, presentación ante toda tu gente, medios de comunicación, mesas redondas, preparación de una nueva historia, de la que apenas llevas mil palabras. Demasiadas cosas en diez meses. Has adelgazado; comes poco; te has desentendido de tus obligaciones domésticas; has dormido mal en los hoteles y paseado insomne por calles de ciudades que te hubiese gustado visitar de otra manera; has descuidado tu trabajo y la lectura. El deseado año de la publicación de tu primer libro está resultando más duro de lo que creías. La vida era más fácil con la autoedición.
Mientras tanto, en la parada, una joven asida a una maleta le pregunta a un hombre si sabe si ha pasado ya el bus que conduce al aeropuerto, concretamente el 4B. El tipo responde que no y le pregunta (la chica le recuerda bastante a su sobrina) que adónde se dirige. Ella contesta que le han concedido una beca Erasmus para estudiar en Berlín y que se va a buscar piso. El hombre señala que, gracias a Ryanair, su mujer y él han viajado un montón de veces a Alemania, crees entender que dos.
—¿Y qué me recomienda ver? —pregunta la estudiante.
—Pues absolutamente todo —responde el fulano—. Es un país fantástico. Incluso fuimos a un campo de concentración que tenían cerca de… Espera… No recuerdo ahora la ciudad…
—¿Dachau? ¿Buchenwald? —sugiere la joven.
—No, no. Era un campo de concentración sencillito, no muy grande…
—¡Por el amor de Dios! —interrumpe una anciana con la antena puesta—. ¿Cómo se le ocurre a usted calificar un campo de exterminio de sencillito?
—Lo digo porque hay otros más grandes y famosos, quiero decir más siniestros, con más enjundia —aclara el aludido.
Anotas lo del campo de concentración sencillito en tu cabeza, subes la ventanilla y accionas el aire acondicionado. Gracias a los vuelos baratos y a la trivialización del viaje se pueden obtener de la gente perlas como la que acabas de escuchar. De esta clase de material vivís fundamentalmente los escritores. Tu madre baja por fin con una bolsa a cuestas. Se ha preparado para el ingreso: bata, zapatillas y varias mudas por si la cosa se alarga. Piensas en armas largas y cortas mientras cruza imprudentemente la carretera y te hace una señal para que abras el maletero. No lo sabrías explicar, pero algo dentro de ti te dice que esta historia va a ir muy en serio, verdaderamente en serio, como si todo lo contado antes no tuviera la menor importancia. Tu madre accede al vehículo y te mira asustada. Tragas saliva. Cuando el sol se oculta finalmente en Matosinhos, João le revela a Teresa su plan.

Dos

Lleváis cinco horas en el box (tú, sentado; tu madre, en camilla) y todavía no os han dicho si la van a ingresar o no. Pensabais que el informe del internista privado era lo suficientemente grave como para que se abrieran las aguas de la sanidad pública, pero ya veis que no. En estas cinco horas una doctora lo ha leído y ha puesto cara de preocupación; luego han conducido a tu madre al box, le han colocado una vía para administrarle calmantes y le han hecho un análisis de sangre que ha dado todo bien. Pero lo que el internista privado quería era que la ingresasen para que le hicieran un TAC y las pruebas que fueran necesarias, y hasta el momento nadie os ha dicho nada. Falta de personal, supones. Recortes presupuestarios. Sobre las nueve, una enfermera deposita una bandeja con la cena en la camilla contigua, ocupada por un paciente con bigote que acaba de llegar. Veinte minutos más tarde otra enfermera —¿supervisora de la primera?— asoma el hocico y se lleva las manos a la cabeza. Al parecer, la primera sanitaria se equivocó y el enfermo del bigote se ha zampado la cena de tu madre. La impaciencia y el dolor de culo por tantas horas sentado se torna en ira y pides explicaciones. La enfermera negligente recibe una reprimenda y a tu madre le traen otra bandeja.

Durante todo este tiempo, Teresa Salgueiro ha pasado de no comprender la idea de su marido, de llamarle loco por ocurrírsele algo semejante, de amagar con abandonarlo y llevarse a su hija, de dar parte incluso a la Guardia Nacional Republicana, a formar parte del plan. Mientras tanto, tu madre te cuenta detalles de su infancia que nunca había revelado antes. No recuerdas la última vez que estuviste tantas horas a solas con ella. La sanidad pública amenaza con batir el récord de tiempo compartido durante la gestación. Te cuenta, por ejemplo, cómo con apenas seis años tus abuelos la obligaban a madrugar para recoger alcaparras silvestres en el campo, mientras ellos, que nunca dieron un palo al agua, seguían durmiendo a pierna suelta. Luego los cómodos ya se encargaban de vender las alcaparras en el pueblo, donde eran muy apreciadas. Pero no solo obligaban a tu madre, lo hacían también con tu tía Cristina, un año menor. Suspiras. Piensas en armas largas y cortas para no ahondar en viejos dramas rurales: tres fusiles de asalto AK-103 de fabricación rusa utilizados, según el vendedor, en la guerra civil siria; tres pistolas semiautomáticas Beretta 98 incautadas, según el vendedor, a dos narcos de Algeciras; una bazuca Shmell-M traída de Afganistán. Tu madre rehúsa comerse la infame tortilla suministrada por el servicio de cáterin y te la cenas tú.

María llama. Que qué os han dicho. Que si la van a ingresar. Que si has avisado a tu hermano. No os han dicho nada. No sabes si la van a ingresar. Tu hermano está de viaje de placer en Cuba, mejor no preocuparlo. Le recuerdas que su suegra es la persona más fuerte de la Tierra. Mario le grita algo a su madre desde algún lugar de la casa. Desde la publicación de tu primera novela, el chico ha dejado de llamarte Papá y ahora te llama por tu nombre. Preferirías que se dirigiera a ti de todos los modos posibles menos por tu nombre: Papá, Papi, Señor, Usted, Viejo, cualquier cosa menos tu arcaico nombre. João Sousa, por ejemplo, siempre le llamó Pai a su padre (provisional, tendrás que buscar en Google cómo los portugueses nacidos en los setenta se dirigían habitualmente a sus progenitores). El padre de João les inculcó a él y a su hermano Rodrigo (nombre provisional) su amor por la caza. João y Rodrigo eran chicos normales, salvo en lo de manejar diestramente una escopeta: como todos los críos de su generación, veían los dibujos en versión original subtitulada y tenían un nivel de inglés que ya quisieran los niños pijos del país vecino. Teresa también sabe inglés y disparar.

Un sanitario empuja una camilla ocupada por una persona escuálida, más muerta que viva. Un hospital es un campo de concentración sencillito. Si Hitler viviese utilizaría compañías aéreas low cost para el traslado de presos en lugar de trenes. Mucho más barato, y lo del equipaje de mano, fenomenal. Nota mental: descartar la idea. En tus novelas anteriores hiciste una abnegada defensa del humor, pero esto no tiene ni puta gracia. Le dices a tu madre que necesitas estirar las piernas, que ahora vuelves. Ella también lo necesita, puede valerse perfectamente por sí misma, solo tiene unas preocupantes manchas en el hígado y un informe demoledor. De la camilla mejor no moverse hasta que la ingresen o le hagan el TAC. Sales al exterior a fumar y, en lo que dura el cigarro, llegan tres ambulancias. Mario jamás dice a sus amigos que tiene un padre escritor. Quizá ni siquiera diga que tenga padre. Para los chavales de hoy en día, los escritores son como los radiocasetes: ni saben cómo funcionan ni para qué sirven. Bueno, tú tampoco tienes muy claro lo segundo. Además, trabajas en una correduría de seguros; la vida se te escapa entre pólizas y seguros de decesos. Algo parecido les sucede a los hermanos Sousa. Dirigen una empresa de gestión de residuos en Oporto que no va precisamente bien. Pero en el fondo lo que más les gusta es la caza y la guerra, y por eso desde hace tiempo coleccionan armas antiguas y, gracias al mercado negro, algunas nuevas.

Tres

Finalmente ingresan a tu madre, pero mientras conduces de regreso a casa no puedes evitar sentirte culpable por no pasar la noche con ella. Realmente tú insististe, aunque la magnitud de la insistencia la tendría que valorar un perito. Tu madre te dijo que te marcharas, que ya habíais conseguido lo que queríais, que era que la ingresaran, así que para qué ibas a pasar una mala noche sentado a su lado si todavía podía valerse por sí misma: ir al baño y manejar el brazo articulado de la tele. Y ahora te sientes culpable y no puedes dejar de pensar en ese todavía mientras la ciudad se hace cada vez más grande en detrimento del hospital. Lo único que te consuela es que, por el momento, la cama contigua a la de tu madre está vacía.

Enciendes la radio. Una voz de doblaje anuncia la reapertura del delfinario, prevista para cuando deje de llover. «Delfines Celtas de nuevo abre sus puertas», menudo reclamo. El verano pasado le prometiste a Mario que lo ibas a llevar, aunque no te gusta la idea. Muchos de tus amigos trabajaban en el viejo astillero en cuyas gradas un importante grupo americano ergió un complejo de ocio marino. Joder. Cómo vas a ver saltar a un delfín sin acordarte por ejemplo de Luis, abocado por el desempleo a la pintura abstracta (otro refugiado en la Escuela de Artes y Oficios); cómo vas a disfrutar del espectáculo sin que te venga a la mente Anxo, que casi pierde un ojo en una trifulca con la policía. Pero Mario ya no tiene la memoria de aquel niño de cuatro años que un día conociste: entonces se le podía engañar con facilidad o emplazarlo a la nada, aunque procurabas no hacerlo para que te reconociera como padre. Hoy tiene nueve y recuerda mejor que tú lo que le prometiste el año pasado.

Llegas a casa. María ve la tele tumbada en el sofá y te hace un gesto para que no hagas ruido. Vivís en un piso de ochenta metros cuadrados. Mario duerme en su cuarto. Su madre te pregunta cómo está la tuya. Le dices que el informe del internista privado es muy inquietante y que te sientes culpable por no haberte quedado con ella. María te responde con inteligencia: mejor será que duermas bien hoy para estar en plena forma mañana. Se ofrece también voluntaria para relevarte por la tarde, cuando salga de trabajar. Son las once y media de la noche. En Portugal, una hora menos. Teresa Salgueiro repasa una y otra vez el mapa junto a su marido, a quien el inesperado entusiasmo de ella le pone cachondo. La niña duerme en el otro extremo del chalé que han puesto en venta para intentar saldar parte de sus deudas. Teresa prende con un mechero el mapa y lo reduce a cenizas. «Si el Estado nos roba, nosotros lo tenemos todo para robar al Estado», le dice a João mientras desabrocha la pretina de su pantalón. Se besan en el suelo bajo un paisaje de escopetas de caza, metralletas alemanas de la Segunda Guerra Mundial y cuatro ballestas. Los tres fusiles de asalto AK-103 cuelgan de una pared del sótano.

Acabas de cenar y le envías un wasap a tu madre. Que está bien. Que no te preocupes. Que está como en un hotel. Zapeas en busca de algo que no te haga pensar en nada, pero no hay nada. Lo único que te llama la atención es un documental titulado La tumba perdida de Herodes, aunque la imagen solo muestra a dos pingüinos sobre un iceberg. Fallos en la programación. Esperas en la sanidad pública. Cien días sin Gobierno. Le preguntas a María si te seguiría en un eventual asalto a un furgón blindado y te responde que no. João Sousa llora de rabia mientras Teresa le practica una felación. Diez años invertidos en la empresa para nada. Treinta trabajadores a la puta calle. El chalé, malvendido. María te acaricia el cabello y te besa con lengua: las palomas de una iglesia cercana despegan como si estallase un petardo. Le sigues el juego porque debes seguirlo, y tu lengua iguala en entusiasmo a la suya. Luego te besa el cuello y tú haces lo propio, el sexo es la técnica del empate. Tratas en cualquier caso de no pensar. No pensar en que María quizás haga esto por razones sanitarias. No pensar en tu madre, postrada y sola en un hospital. No pensar sobre todo en que desde que te publicaron la maldita novela no se te levanta, o al menos no con facilidad. No pensar. La edición se ha cobrado un precio muy alto en tu caso, y mientras Teresa se folla a João, tú tratas de no pensar.

O pensar en otra cosa. Camino Francés: Saint Jean Pied de Port, Roncesvalles, Pamplona, Estella, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, Hornillos del Camino, Castrojeriz, Terradillos de los Templarios, y así hasta llegar a Santiago de Compostela. Alcanzas la erección mientras cuentas las ciudades y pueblos del Camino Francés que recuerdas: lo viste una vez en Google mientras confeccionabas otra historia, pero cuando las poblaciones se te acaban piensas en el fracaso y todo se viene abajo. Quizás esa técnica sea más propia de la eyaculación precoz y no de la disfunción eréctil. María te abraza y te dice que todo está bien, que no pasa nada, que es algo pasajero. León. Astorga. Ponferrada. Cuando terminan, ni João ni Teresa se imaginan que será la última vez que echen un polvo

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Autor: Óscar Montoya. Título: Lo que te persigue. Editorial: AdN. Venta: Todostuslibros y Amazon

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