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Loola Pérez: «Muchas feministas quieren darse una importancia personal»

Loola Pérez: «Muchas feministas quieren darse una importancia personal»

Foto: TresSotomayor

Reflexiones distantes del cliché, argumentadas, serenas. Sin búsqueda de estridencia tuitera (aunque tengan buena acogida en Twitter) y abundantes de comentarios inteligentes y lúcidos. Así viene Loola Pérez, graduada en Filosofía, integradora social y sexóloga educativa. Nombre de referencia en debates sobre feminismo y política. En la editorial Seix Barral acaba de publicar Maldita feminista, ensayo en el que disecciona el papel de la idea de mujer en la historia de la humanidad y reflexiona sobre aspectos relacionados con el feminismo, la prostitución y la pornografía. 

—¿Quién ha convertido el feminismo en “una sucesión de mediocridad, control social y neurosis»?

—Un grupo de histriónicas aburguesadas en sillones de poder, y desde esos espacios han ido contaminando al resto. Pero no han sido las únicas: en el otro espectro ideológico, un grupo que se hace llamar «librepensadores» también participa de este circo. Son dos polos opuestos y emiten el mismo resultado.

—Hay quien habla del feminismo como un hecho social reciente, pero nada más lejos de la realidad. Usted da ejemplos. ¿Por qué este adanismo?

"No creo que todas las personas estemos obligadas a ser expertas, pero si vas a coger el micrófono y a pontificar sobre el feminismo sí que podemos exigir un mínimo de cultura"

—Bueno, el feminismo es un movimiento muy desigual y sus reivindicaciones vienen ligadas a los valores sociales y morales que marcan una época concreta. Es un movimiento que, desde la Ilustración, ha evolucionado y pasado por distintas fases. En figuras como Christine de Pizan podemos encontrar un protofeminismo, pero en otras, como en Mary Wollstonecraft, hay una conciencia más contundente y fundamentada. Yo creo que ese adanismo responde a una mezcla de ignorancia y egocentrismo. No creo que todas las personas estemos obligadas a ser expertas, pero si vas a coger el micrófono y a pontificar sobre el feminismo sí que podemos exigir un mínimo de cultura. Y en cuanto al egocentrismo… Bueno, muchas feministas quieren darse una importancia personal pasando como propias ideas sumamente manoseadas, superficiales, provocadoras y démodées. Por ejemplo, las corrientes del feminismo radical y cultural apenas han innovado en estos últimos años y continúan mirando el mundo a través de textos de los años setenta y ochenta. Sus reflexiones son muy atractivas para muchas jóvenes que ansían, en su entrada al inestable mundo adulto, la sobreprotección y reducción de la incertidumbre. Los eslóganes del feminismo radical y cultural proporcionan comodidad y son complacientes con la resaca del narcisismo adolescente. Como expreso en Maldita feminista, estas corrientes resucitan pensamientos sumamente totalitarios como el de Andrea Dworkin o Catharine Mackinnon para prohibir y escandalizarse con la pornografía. De forma intencionada generan una elipsis. ¿Acaso no ha cambiado la situación de la mujer en Occidente absolutamente nada desde los 70 hasta ahora? Por supuesto que sí, pero no están interesadas en asumirlo, porque sería abandonar su particular victimismo y enfrentar sus vidas desde la responsabilidad personal.

—Afirma que el patriarcado, en Occidente, es un fantasma. ¿Por qué?

—Hay teóricas feministas como Celia Amorós que han definido el patriarcado como «metaestable» para justificar su supuesta presencia actual en Occidente. Pretenden mostrar que el patriarcado se reinventa y adapta distintas formas. Es un argumento bastante peligroso, meramente descriptivo, que apenas ahonda en cuestiones antropológicas y que determina el destino de las mujeres. Si el patriarcado se supone que siempre se reinventa, ¿para qué se lucha? Como defiende Gerda Lerner, hablar de patriarcado es hablar de un sistema histórico, pero ese sistema tiene un principio y un final. Cuando el análisis del patriarcado se centra exclusivamente en las relaciones de dominación de hombres a mujeres se pierden muchos matices. Se evita poner el foco en cuestiones como las estructuras de parentesco o la división del trabajo basada tanto en las diferencias biológicas como jerárquicas. Tampoco el feminismo hegemónico ahonda en los significados de todas esas estatuas antiguas que veneraban a las mujeres como diosas o que idolatraban la maternidad o la voluptuosidad femenina. En esos símbolos históricos la mujer no ocupa una categoría de pasividad o sumisión sino que es representada como una fuerza transformadora de la civilización, como una figura venerada y poderosa. Las explicaciones monocausales, lineales y universalistas sobre el patriarcado están condenadas a la aporía. La historia de la humanidad no ha sido una sucesión de abusos de hombres a mujeres. Muchos hombres también han protegido y venerado a las mujeres y también muchas mujeres han abusado abiertamente de otras mujeres. El patriarcado en Occidente es hoy un mito. Lo que no es un mito es la violencia que sufren todavía muchas mujeres y que se salda en muchas ocasiones con leyes que carecen de dotación económica y de recursos.

—¿Por qué, respecto del debate sobre feminismo, hay quien prefiere la sentimentalidad a los hechos?

—La emocionalidad es más inmediata, mientras que conocer los hechos requiere de reflexión constructiva, trabajo de investigación, tiempo, diálogo… La ira y el miedo nunca son buenos consejeros, pero el feminismo hegemónico solo le está pidiendo a las mujeres que sean emocionales… Y eso, sinceramente, es caer no solo en un estereotipo sino también en una trampa. Desde mi primer acercamiento, siempre he entendido el feminismo como un remanso para la esperanza, el pensamiento crítico, la libertad de expresión y la rebeldía. Hay que recuperar eso y depurar su tendencia a las luchas identitarias, la exageración, la superficialidad o la censura.

—Me temo que también favorecen a la caricatura del feminismo, caricatura que emana de sectores reaccionarios o directamente misóginos.

"No voy a prohibirle a nadie que no haga caricaturas del feminismo. Me parece hasta sano que nos podamos reír de algunas de las tonterías que se dicen en su nombre"

—Por supuesto. Pero yo no voy a prohibirle a nadie que no haga caricaturas del feminismo. Me parece hasta sano que nos podamos reír de algunas de las tonterías que se dicen en su nombre. El humor es una forma de desactivar ese tipo de frivolidades o estupideces. Eso sí, prefiero que el humor venga de Ignatius Farray antes que de un colgao que cree que la ultraderecha es la salvación de una supuesta dictadura «feminazi».

—¿Qué está ocurriendo en las universidades para que se den hechos como el que le ocurrió al académico Pablo de Lora?

—Parece que la cultura de las universidades es cada vez más hostil al pensamiento y a la pluralidad. La universidad es un espacio excelente para poder exponer argumentos complejos y desarrollar debates profundos sobre las fallas del feminismo, como la prostitución, la categoría de género o cómo hacer políticas públicas en pro de la igualdad. Sin embargo, hay espacios universitarios que se están prestando a ese infantilismo que se observa muchas veces en Twitter: argumentos breves, feroces y sensacionalistas, pero exentos de marco teórico, fundamentación empírica o calidad argumentativa. La universidad tiene que ser un desafío para el alumnado, no puede convertirse en un elemento de complacencia, más preocupado en «no ofender» que en crear conocimiento y cuestionamientos incómodos. Pablo es un tío listo, no siempre estoy de acuerdo con él, ¿y qué? Sus argumentos merecen ser escuchados y contra argumentados, es lo mínimo que se puede pedir en democracia. Hay que resistirse a ese infantilismo que quiere censurar las ideas incómodas o posicionamientos críticos con respecto al feminismo hegemónico.

—¿Es el feminismo una ideología política?

—Puede serlo, pero yo defiendo que el feminismo es sobre todo una ética.

Foto: TresSotomayor

—Pero sí despierta, según derechas o izquierdas, un tipo distinto de simpatía hacia el feminismo.

—Puede ser. En el caso de España, de un tiempo a esta parte, algunos partidos de izquierda se han reapropiado de los movimientos sociales, y especialmente del feminismo. Se da así la impresión de que la izquierda nunca ha sido machista, de que no sigue siendo machista, de que sus espacios de toma de decisiones son ya la cuna del feminismo. Hay quien cree que poner a cuatro machotes delante de un eslogan en femenino es guay y revolucionario. A mí me parece patético. Cuando la estética se impone a la ética conviene sospechar… Y creo, también, que de forma paralela muchas personas que se definen en el espectro de la derecha han entendido que el feminismo tiene un espíritu más universalista, y por tanto quieren beneficiarse de sus demandas y conquistas. Quien sí ve el feminismo como un mal a combatir son las instituciones más conservadoras, como la Iglesia y los partidos de ultraderecha. Esto se puede ver en nuestro país, pero también de una forma más global en países como Brasil, Alemania o Francia.

—Lo que ahora cuento es una reflexión propia. Observo una relación cultural entre el feminismo identitario o de masas y el catolicismo integrista (sentimiento de culpa, enajenación de ideas sobre hechos, valores nobles sobre los que todo vale en sus acciones…).

—Sí, claro. En Maldita feminista reflexiono sobre ese paralelismo también. De hecho, el propio título del libro lo que evoca es esa etiqueta de hereje que se impone a quien disiente del dogma o tiene otro tipo de posicionamientos que, emanados también de la tradición y el compromiso feminista, contradicen ese feminismo de masas e identitario.

—¿Puede un maltratador reinsertarse? ¿Cómo? ¿Datos tenemos?

"La mayoría de hombres que cometen un delito de violencia de género pueden reinsertarse"

—La mayoría de hombres que cometen un delito de violencia de género pueden reinsertarse. Otra cosa distinta es que se invierta lo suficiente en ello, que se realicen políticas públicas al respecto o que socialmente se tome en serio y no como una frivolidad o provocación este tipo de medidas. Tan escandaloso es que no haya un cambio significativo en la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas como el hecho de que se apliquen de forma escasa, y en algunas comunidades intermitente, los programas de rehabilitación específicos. Desde 2010 España cuenta con un Programa de Intervención para Agresores (PRIA), cuya ejecución viene reglamentada por un Real Decreto. El programa puede desarrollarse en todo el estado, a excepción de Cataluña que tiene competencia autonómica en el ámbito penitenciario. También existe PRIA-MA para condenados por violencia de género que tienen una condena menor de dos años y no van a la cárcel. En el año 2018 se estimaba, según Instituciones Penitenciaras, que de 33.000 condenados por violencia de género, solo el 30% había sido obligado por un juez a participar en PRIA-MA. Es insuficiente y debe de ponerse sobre la mesa. La mayoría de jueces continúa imponiendo trabajos en beneficio a la comunidad para que no ingresen en la cárcel ante un delito de estas características. Por su parte, de 4.000 presos por este delito, alrededor de unos 500 participaron voluntariamente en PRIA. Cabe decir que cuando están en la cárcel no pueden ser obligados a participar en este tipo de programas. Nuestro país tiene una asignatura pendiente al respecto y creo que el feminismo no puede olvidar esto en sus demandas, ya sea en cuanto a maltratadores como a violadores. La intervención con agresores suele ponerse en duda, pero se ha demostrado su eficacia. Para que esto sea posible tienen que darse unos factores concretos en la terapia, por ejemplo, que el maltratador reconozca el delito y que exprese su voluntad para cambiar. También importa el fundamento de la terapia. Creo que es un error enfocar la terapia de forma exclusiva en la perspectiva de género, abordando solo cuestiones ligadas a la dominación del hombre sobre la mujer. No se puede descuidar la perspectiva de la violencia, los rasgos de personalidad o los déficits cognitivos y emocionales del agresor. Y sí, datos tenemos. En el libro comparto algunas cifras y estudios al respecto.

—¿Es severa la Ley de Violencia de Género? Muchas veces, seguro que ha oído estos comentarios, se dice que si una mujer quiere, aunque el hombre no haya incurrido en ningún delito, de antemano pasa la noche en el calabozo.

"Que el Tribunal Supremo declare que toda violencia de un hombre a una mujer es violencia de género no es un triunfo del feminismo sino un triunfo de la idiotez"

—No la calificaría de severa, lo que yo creo es que es una ley que necesita revisarse y ajustarse, en su fundamentación, a una visión mucho más científica, con mayor perspectiva criminológica y forense. También creo que es una ley que, aunque asume una declaración de intenciones, no llega a materializarse en cuestiones como la prevención y la educación. En esta última cuestión no se concreta nada, y claro, educar para la igualdad entre mujeres y hombres requiere de una visión profesional y una concreción de contenidos y metodologías. La buena voluntad no basta y no deberíamos conformarnos. Luego está su interpretación… Que el Tribunal Supremo declare que toda violencia de un hombre a una mujer es violencia de género no es un triunfo del feminismo sino un triunfo de la idiotez. Los hombres que matan mujeres tienen muchas más motivaciones para el crimen que el hecho de que ella sea mujer o su pareja o ex pareja.

—“La empatía impostada es la épica del feminismo”, escribe. ¿Qué, y cómo, hubiese sido la tercera ola del feminismo sin las redes sociales?

—Sin duda, habría sido más aburrida (risas). Las redes sociales han permitido que el feminismo de la tercera ola se haya resignificado como el estandarte contemporáneo de la caza de brujas. También, desde una visión más positiva, se ha permitido que su tradición, historia y demandas actuales sean más accesibles. Si yo hubiera tenido más cultura feminista con 15 años seguramente habría tenido una mayor conciencia sobre que solo yo soy dueña de mi vida.

—¿Hay o no que legalizar la prostitución y por qué?

—No lo tengo claro. No se puede defender la legalización a cualquier precio. Dependerá del tipo de legalización que se proponga y cómo se protegen los derechos de las personas que se dedican al trabajo sexual. Lo que sí tengo claro es que hay que despenalizar la prostitución. No se puede mantener a la vez que una prostituta está explotada y promover políticas públicas que las tratan o bien como un peligro moral o como delincuentes.

—¿Es la prostitución un oficio incompatible con los valores del feminismo o es un trabajo que coincide con muchos de estos?

"Si el feminismo reivindica 'mi cuerpo es mío', ¿por qué iba a ser la prostitución incompatible con la lucha feminista?"

—Si el feminismo reivindica «mi cuerpo es mío», ¿por qué iba a ser la prostitución incompatible con la lucha feminista? Yo creo que la incompatibilidad está en decirle a una mujer «tu cuerpo es tuyo, pero hasta lo que yo considere moralmente aceptable», en no crear alternativas laborales efectivas para quien quiera abandonar la prostitución o en limitar la libertad de expresión de quienes se dedican al trabajo sexual.

—¿Realmente existen prostitutas que se dediquen a su oficio por propia voluntad?

—Por supuesto, y muchas de ellas no se esconden, sino que participan activamente en la vida comunitaria y en el activismo feminista. Es el caso de OTRAS, el Colectivo de Prostitutas de Sevilla, AFEMTRAS… El rechazo y negatividad a que las prostitutas se expresen bloquea de facto la posibilidad de que pueda existir un debate serio y comprometido sobre la prostitución. Hay quien dice que el feminismo se tiene que centrar en «los consensos», pero es muy hipócrita y conformista, y bueno, para qué negarlo, muy cómodo para quien sí tiene sus derechos reconocidos, no se enfrenta a la represión policial o no corre el riesgo de ser deportada en caliente porque se encuentra en situación ilegal y no puede demostrar que la prostitución es su trabajo.

—Hay quien alega que nadie quiere ser puta de mayor.

—Tampoco nadie sueña con trabajar en un matadero, limpiar culos o ser la empleada explotada de una ministra.

—¿Pueden existir, hoy día, en Occidente, movimientos mayoritarios que se opongan al feminismo y que socialmente triunfen?

—Sí. Sobre todo porque el feminismo hegemónico, que es ese feminismo que nos venden los medios de comunicación, los partidos políticos y algunos grupos de presión, está reafirmando su sinrazón. Lejos de convertirse en una opción justa, reflexiva y atractiva se está perfilando como un movimiento e ideología sumamente represivo, vacuo y narcisista. Es triste que se esté dando esta tendencia, pero creo que la opción no es el inmovilismo o rechazar la igualdad entre mujeres y hombres. Por ello he escrito Maldita feminista. Como yo, muchas personas no se sienten identificadas con el feminismo hegemónico, pero no quieren renunciar a ser feministas. No me cansaré de decirlo: el feminismo es necesario en democracia, y mucho más urgente con la revitalización de la ultraderecha.

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