Inicio > Actualidad > Entrevistas > Manuel de Lorenzo: «Allí donde se ha sido feliz uno siempre debe regresar»

Manuel de Lorenzo: «Allí donde se ha sido feliz uno siempre debe regresar»

Manuel de Lorenzo: «Allí donde se ha sido feliz uno siempre debe regresar»

Se gana la vida en la escritura, ya sea en los periódicos, en la radio o en los libros. Su nombre es Manuel de Lorenzo y nació a principios de los años ochenta, esa década de la nostalgia y el desmadre. Manuel de Lorenzo, que se estrena en la novela, nos atiende con serenidad, con humor y con inteligencia. Tres virtudes que escasean. Hablamos con él al publicar la pasada primavera Todo lo demás era silencio (SUMA). Una obra que trata del dolor, del amor y de la felicidad. Despachar estos tres temas con alguien como él fue un lujo. Una conversación que jamás hubiese querido acabar. Salvo si acaba en el matrimonio.

—Tu novela trata varios temas complejos e importantes. Uno de ellos es el dolor. ¿Para qué sirve el dolor?

—Desde el punto de vista literario quizá sirva para adelantarnos a experiencias dolorosas que aún no hemos tenido, sobre todo cuando uno es el autor. A veces ocurre que cuando tememos la llegada de una experiencia dolorosa —la muerte de un padre, o asuntos más livianos, como que te despidan del trabajo— no sabemos cómo vamos a reaccionar. Somos impredecibles para nosotros mismos. Quizá escribir sobre el dolor ayuda a adelantarse a esas experiencias; es decir, ayuda a conocernos a nosotros mismos.

—En la novela parece que la pareja protagonista empieza a comprenderse, a quererse, a partir de ese dolor. ¿El dolor construye?

"En la novela hay una quijotización de Sancho y una sanchificación de Quijote"

—No lo sé. Ocurre en la novela, como bien dices, que hay una quijotización de Sancho y una sanchificación de Quijote. Hay un momento en el que uno se apoya en el otro, y viceversa, y van contagiándose poco a poco las fortalezas de uno y otro, también sus debilidades. Una de mis intenciones era no hacer contrastes absolutos entre Julián y Lucía: todos tenemos matices. No podía ser ella un ser de luz y él un ser oscuro. Tenían que tener ambos varias cosas. Y quizá el dolor sirve en este caso para conectarnos. Para que conecten, en este caso, los personajes del libro.

—Otra lección. El dolor aquí es entrega, es abnegación, superación. Yo ahí veo un trasfondo implícito en nuestra cultura occidental: el dolor te salva de tus cargas si en lugar de evitarlo lo asumes.

—Quizá un poco lo que estábamos hablando antes. Es un poco la postura vital de Julián. Él adopta una posición pesimista, en la que creyendo que continuamente puede dar por hecho que la vida es injusta, que la vida es dolorosa, es cruel… Él cree que eso le disculpa, que le disculpa ante las posibles respuestas que deba adoptar. En el fondo es una base pesimista, que nos ocurre a todos. Todos pensamos que el dolor, de alguna manera, sirve para liberarnos de la necesidad de mostrarnos constantemente fuertes. Creo que esto ha sido una idea deliberada, aunque por otra parte no sé hasta qué punto surgió sola.

—¿Te ha sucedido eso: la trama te ha ido llevando?

—Sí, me ha sucedido. Yo soy muy maniático —casi obsesivo, diría— con el método. Antes de empezar a escribir la novela yo ya había descrito los personajes, los escenarios, el paisaje de fondo del libro; había tomado muchos apuntes, casi incluso llegó a ser más material que el contenido neto del libro. Por eso, porque soy muy meticuloso con ese trabajo. Hasta el punto de que cuando no sabía cómo iba a reaccionar Fernando, por ejemplo, acudía a esta pequeña guía de la historia, de la trama, para saber en qué punto estaba. Después es cierto que cuando estás escribiendo, la novela adquiere vida propia. Incluso los personajes que tú pensabas que te iban a llevar por un determinado sitio a veces ellos mismos te van conduciendo y llevando por otros sitios. Pero está bien que pase esto. Cuando uno está escribiendo sobre lo que va a ocurrir en la siguiente página, y en la siguiente, y en la siguiente, casi pierde un poco la proximidad emocional con los personajes. Hay demasiada distancia entre el escritor y la historia que escribe.

—En un tiempo de hiperconectividad y narcisismo virtual en el que siempre parece que tenemos que estar felices, casi por obligación, aquí existe el dolor, la mala noticia inesperada, que desencadena la trama. Quizá es una advertencia.

"Eso es lo mágico de la literatura: que tú estés en tu despacho, leyendo, con un flexo, y yo a kilómetros de distancia, pero que entre los dos exista una armonía"

—Sí, claro. Aquí hay dos ideas: por qué la novela tiene este componente emocional y qué mensaje se quiere trasladar. Respecto al mensaje que se quiere trasladar, es exactamente ese: no debemos olvidarnos de que en la vida no todo es sonrisa y luz. Pero no es mensaje pesimista, al contrario. La idea es que nos debe valer el dolor para resaltar las partes felices y luminosas. Es decir, mi intención era escribir una novela en la que el contraste emocional fuese muy evidente. Se trataba de hacer ver la parte feliz de nuestra vida, que muchas veces no le prestamos atención, recalcando las partes tristes de esa vida nuestra. Eso se enlaza con una de mis intenciones a la hora de escribir, que era conectar emocionalmente con el lector. Eso es lo mágico de la literatura: que tú estés en tu despacho, leyendo, con un flexo, y yo a kilómetros de distancia, pero que entre los dos exista una armonía. Que haya una conexión de unas emociones.

—En cuestiones más estilísticas, me fijo en el tono de la narración. Es una historia dura, complicada, pero se cuenta de manera muy serena. No hay impostados melodramas, que lleva la emoción a la caricatura. ¿Entiendes que en esa literatura del dolor hay que saber contenerse?

—Esto fue deliberado. Cuando te enfrentas a la escritura de una novela hay cosas a las que no puedes renunciar. Pero luego hay elementos que son opcionales. Uno de ellos es el morbo. Otro la violencia. Otro la exageración del dolor. En mi caso creo que este último sobraba. No es necesario para conectar a nivel emocional con el lector ni para contar esta historia dolorosa realzar el dolor, porque ya es de por sí una historia dolorosa. Todo lo que fuese impostado iba a resultar exagerado. Si el dolor no está sólo presente en el fondo sino también en la forma me parece que sería un error, de manera que me parecería un error usar un tono más cómico o más sarcástico. Una vez que sabes lo que quieres contar, la propia historia hace muchas veces de corsé. En este tipo de novelas, menos es más. Porque es una novela sobre el dolor, pero también, por lo que hablamos antes, una novela de la esperanza.

—Los capítulos se suceden a un ritmo acelerado, que logra captar la atención del lector. No sé si has querido jugar con eso.

—Sí. A ver. Es una muy buena pregunta de una muy difícil respuesta. Es cierto que la novela debería estar viva en cuanto a estructura, porque si te fijas, toda la parte inicial del libro, que es la parte del hospital, lo que se está contando precisamente es que el hospital es un sitio donde el tiempo no pasa, donde la asfixia es absoluta. Si eso, además, lo unes a un ritmo demasiado lento, creo que sería reforzar la propia idea que te está contando la historia. Necesitaba poder contar lo lenta que es la vida dentro de un hospital, para mal, sin que la propia novela cabalgase muy despacio. Con el recurso de la estructura traté de evitar que la historia se viese reforzada en la lentitud, en la angustia. Se trataba de lograr, de nuevo, un equilibrio entre forma y fondo.

—Por los adjetivos con los que describes las diferentes luces del día, o por los sonidos del bullicio en los pasillos del hospital: qué importante, para trasmitir emociones, la sensación que provoca el adjetivo. Más que la acción en sí. Una palabra, una imagen, transmite pensamiento. Emoción.

"Yo creo que la precisión a la hora de elegir un verbo o un adjetivo es fundamental"

—Lo decía Josep Pla: lo importante es saber poner el adjetivo (risas). Mira, fíjate, eso quizá se deba al Manuel de Lorenzo lector. Cuando, hace años, descubro a Scott Fitzgerald, y veo que es capaz de evocar imágenes en mi cabeza con dos palabras, me asombra, digo: «Caramba, ¿qué es esto?». Me pasó cuando leí por primera vez El gran Gatsby y el narrador describe las fiestas al otro lado de la bahía, y en una de las frases dice: “Las lanchas hendían el agua de la bahía”. Esa imagen es certera, te imaginas la senda del agua. Eso fue una sensación que me puso los pelos de punta. Yo ahí dije: “Quiero hacer esto, quiero llegar a esta excelencia de precisión verbal”. Me parecía muy interesante, por ejemplo en el hospital, a la hora de describir sensaciones, intentar ser lo más conciso posible, porque creo que es la mejor forma de evocar esas sensaciones. Yo creo que la precisión a la hora de elegir un verbo o un adjetivo es fundamental.

—En las páginas de la novela hay amor. Y también una lectura generacional: el compromiso. La felicidad en la relación sentimental está en darse al otro. Ese miedo a entregarse, tan de nuestra generación, nos impide muchas veces formalizar relaciones.

—Es muy difícil pontificar sobre esto. Cada uno tiene una idea de lo que son las relaciones, el amor, el otro. Yo tenía que elegir cómo construir la pareja de mi novela. Tanto desde el punto de vista literario como desde el punto de vista personal me apetecía reforzar un poco la idea del amor que tengo yo. Uno siempre acaba escribiendo de aquello que conoce. Yo no creo en la ficción absoluta, me parece imposible escribir sobre algo que no conoces. Nunca va a resultar verosímil un autor que escribe sobre aquello que no conoce. Yo necesito anclajes para construir mi relato de ficción. En el caso del amor que se describe en esta novela también es así, porque es mi forma de entender el amor. Me sería imposible para mí escribir sobre algo en lo que no creo. He escrito del amor en estos términos casi por limitación. Porque es lo que conozco.

—Se suele decir que uno no debe volver al lugar donde ha sido feliz. Pero Lucía sí vuelve. ¿Por qué nos buscamos en el pasado?

"De repente un día, cuando echamos la vista atrás, sí que nos damos cuenta de que en alguna parte del camino hemos dejado nuestra felicidad"

—En la nota de autor del principio de la novela, que hace las veces de prólogo, parece que da la impresión de que he querido desautorizar a Félix Grande. Jamás se me ocurriría desautorizar a Félix Grande. De hecho, lo que digo es que ese poema de Grande es la verdad del poeta, pero la mía es otra: allí donde se ha sido feliz uno siempre debe regresar. Porque en ese camino impreciso que es nuestra vida, en esa senda determinada que recorremos a lo largo de los años, vamos dejando cosas atrás. Vamos dejando miedos, problemas, incertidumbres. Pero también partes de nuestra felicidad, y a veces no somos conscientes de eso. Y de repente un día, cuando echamos la vista atrás, sí que nos damos cuenta de que en alguna parte del camino hemos dejado nuestra felicidad. Lucía lo que hace es regresar a Galicia porque, de alguna manera, quiere volver a aquel punto del camino en el que no existía nada más que el presente. Donde toda una vida cabía en una tarde.

—Se escribe del azar y del destino en un diálogo, al final de la novela. ¿Crees que somos libres de las decisiones que tomamos?

—Sí que creo que somos libres para tomar grandes o pequeñas decisiones que no sabemos qué consecuencias van a tener. Yo creo que nosotros somos libres para decidir, otra cosa es que las consecuencias de nuestras decisiones estén en nuestra mano. Eso es el azar. Lo que pasa es que a veces no nos damos cuenta de que tomando una decisión pequeña, mínima, las consecuencias son tremendas. Yo creo que el azar funciona un poco así: el momento que justo estás viviendo ahora se ha generado en función de las pequeñas o grandes decisiones que mucha gente ha tomado en su vida. Todo forma parte de un puzle que se va ordenando para que el presente de cada persona, en un determinado momento, sea el que es y solamente ese. Somos libres para decidir, pero eso no quiere decir que las consecuencias vayan a ser lo que nosotros queramos. Tampoco quiere decir que todo esté escrito, claro.

—¿Por qué elegiste escribir esta novela?

"Escribí para darle salida a una obsesión"

—Creo que es por lo mismo por lo que he contestado a todas estas preguntas: porque uno tiene que escribir de lo que conoce. Una de las cosas que mejor conocía, y es curioso que la última pregunta sea un compendio de todas las anteriores, era una de mis obsesiones: cómo sería mi vida si un día desaparecen mis seres queridos, o alguno de mis seres queridos. Qué haría yo. Qué hago. Cómo sigo adelante. Qué ocurre el día después. Eso a mí me obsesionaba. Entonces, ya que uno tiene que escribir de lo que mejor conoce, que es lo que mejor ha palpado, qué mejor que hacerlo sobre una de mis obsesiones. Que era esta. He escrito de esta novela porque así podía adelantarme a ella, podía adelantarme a esa obsesión, a esa experiencia. Que si alguna vez sucede, conocerme a mí mismo. Y que la incertidumbre o el daño sea menor. Escribí para darle salida a una obsesión.

4.3/5 (14 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)